De la "Mission to Seamen" a "San José Obrero"

From: Rosario Hernández
Sent: Jueves 18 de noviembre de 2004
Buenas tardes. Soy una estudiante de turismo de la UNS, y necesitaría informacion sobre la Iglesia "San José Obrero".
Por favor, si tienen alguna direccion o datos a tener en cuenta les ruego me los envíen.
¡Muchas gracias!
Rosario.

Estimada Rosario:
Junto a la rampa de acceso al Puente La Niña (llamado así por la carabela de Colón), y vecina al cuartel en forma de gran galpón y al campo de deportes de la agrupación Scout que fundó hace precisamente 90 años don Ernesto Pilling, que era el jefe de la usina eléctrica del Ferrocarril del Sud, se encontraba otra obra inglesa: La Mission to Seamen (Misión para Marineros) de la Iglesia Anglicana. Tenía un salón para "sociales", que eran las actividades recreativas de fin de semana a las
que acudían solitarios marineros provenientes de los barcos del muelle cercano, sino mucha gente joven del pueblo
Se cantaba, se bebía limonada y se bailaba al son de música de fonógrafo. Fox-trots, shimmies, one-step, charlestons, eran los ritmos preferidos. Mi papá, nacido en 1909, solía ir a esos bailes que empezaban por la tarde y concluían a la hora de la cena, y bailaba con gentiles señoritas e incluso con damas maduras de la colectividad inglesa de Bahía Blanca, quienes eran las encargadas de animar la fiesta en un clima de gran cordialidad y respeto. Mi papá me contaba que cierta vez, cuando en el entusiasmo de la danza una dama se cayó ruidosamente al piso de tablas de pinotea, nadie se rió, sino que gentilmente la ayudaron a reincorporarse para seguir bailando.
En una habitación contigua las señoritas organizaban juegos de prendas y otras inocentes diversiones como "la sociedad del pito", a la que se invitaba a entrar de a uno a quienes no conocieran de antemano el juego: Para ingresar a la sociedad se debía atrapar al poseedor de un silbato que el aspirante oía sonar insistentemente detrás de él. A su alrededor se
producía un alegre alboroto de risas festejando sus bruscos movimientos, hasta que el sujeto caía en la cuenta de que
tenía el silbato prendido a la ropa de su espalda.
Por la tardecita, antes del baile, el pastor anglicano les leía el Evangelio en un librito que obsequiaban a los marineros presentes y a todos quienes los requirieran. Aún conservo el ejemplar en hule rojo oscuro de mi papá, quien me contaba que
algunas veces también se oficiaba una misa, y se comulgaba con un pequeño panecito y una copita con vino.
Había además una biblioteca circulante con novelas en inglés, y por supuesto un armonio para amenizar la liturgia y que se luego se llevaba al salón para acompañar las alegres canciones de los marinos y demás concurrentes.
La actividad de la "mishon", como se la conoció siempre en Ingeniero White, fue decayendo luego de la segunda guerra mundial, y en la década del '60 se desarmó -no se demolió, porque era de madera forrada con chapa como casi todas las casas del pueblo- el salón y las dependencias contiguas. Pero el viejo templo anglicano protagonizó un singular acontecimiento, del que algún vecino whitense conservará fotos: Tal como se hacía con otras construcciones de madera, se lo colocó sobre un carretón con la ayuda de grandes "gatos" -no hidráulicos, sino de manivela- y se inició su traslado.
Yo mismo he visto de chico pasar lentamente alguna vivienda de madera por delante de mi casa. Alguien la había comprado a otro vecino que se proponía edificar con ladrillos en el solar desocupado, y la trasladaba a su nuevo terreno, a veces a varias cuadras de distancia.
Pero el récord ha sido el del templo anglicano: Recuerdo cuando sobre grandes ruedas de varias clases, algunas con
llantas y rayos de metal, y arrastrado por un tractor con orugas amarillo con cabina sin techo, subió muy despacito con su campanario y todo la pendiente del puente La Niña, recorrió sus casi quinientos metros, descendió por la rampa curva del otro extremo y prosiguió todavía diez cuadras más, hasta llegar a su actual emplazamiento. Hasta entonces había tenido el color rojizo de la clásica pintura anticorrosiva. Los nuevos dueños lo pintaron de color celeste, entronizaron en su interior a San José Obrero y desde entonces es el lugar donde se congrega el pueblo católico del Bulevar Juan B. Justo.

                                                                                                                                      Conrado De Lucia

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