Alfredo Palacios - Entre el clavel y la espada

Víctor García Costa, Alfredo Palacios - Entre el clavel y la espada, Barcelona, Planeta, 1997

Considero que García Costa debió haber sido más amplio en su comentario sobre la actitud de Palacios ante el proyecto de Código de Trabajo presentado en 1904 al Congreso por Joaquín V. González, ministro del Interior de Julio A. Roca.

Dicho Código, inspirado en uno similar francés, fue elaborado -a solicitud del ministro González- por Juan Bialet Massé, autor de un detallado informe sobre la vida de los trabajadores, conjuntamente con Augusto Bunge, Enrique del Valle Iberlucea, José Ingenieros y Manuel Ugarte, personalidades en su mayoría pertenecientes al mismo partido político en que militaba Palacios.

Aunque imperfecto, ese Código hubiera significado un gran adelanto para resolver "la cuestión social". La redacción del Código podía haber sido modificada en el Congreso en lugar de rechazarlo o dejar vencer el plazo para su tratamiento.

Es comprensible la oposición al mismo por parte de la clase dirigente, que integraba mayoritariamente el Congreso, así como la de los anarquistas de la FORA, pero no es comprensible la de Palacios. Tal vez su vanidad y egolatría le hizo anteponer los aplausos y halagos que recibía con la presentación individual de leyes obreras a la sanción de todo un cuerpo de normas de avanzada que hubiera evitado al país los graves males que se sucedieron.

Raúl Larra intentó sin éxito justificar esa postura en la biografía "Palacios, el último mosquetero". Esa actitud de Palacios contrasta con la que sostuvo en la sesión del Congreso del 12 de mayo de 1913 al insistir en la aprobación de su proyecto de ley sobre seguro de accidentes de trabajo, manifestando su deseo de que se dicte esa ley "aun cuando ella no sea perfecta".

Una anécdota sobre la hidalguía de Palacios, que García Costa omite recordar en su libro, es la defensa que hizo, ante sus propios compañeros de bancada, de Diego Luis Molinari a quien se pretendió ofenderlo durante un debate en el Congreso gritándole "carbonero".

Es infortunada la comparación que hace García Costa entre las personalidades de Palacios y Manuel Ugarte porque no era necesario rebajar la figura de éste para exaltar la de aquél.

El libro de García Costa tampoco menciona los sendos pedidos de renuncia que formuló Palacios a los presidentes Yrigoyen, Perón y Frondizi. En el discurso que no se le dejó pronunciar por radio, en respuesta al llamado a la pacificación, citando a San Agustín, Palacios le aconsejó a Perón "huye de las cosas que te exceden".

Hubiera sido interesante que el libro incluyera un mayor detalle sobre la interpelación a Alfredo Vítolo, ministro del Interior de Frondizi y ex-alumno de Palacios.

Olvida García Costa mencionar que, siendo embajador ante la República del Uruguay, Palacios dispuso la colocación de un busto a Roque Sáenz Peña en la Embajada Argentina.

Concluyendo, el libro de García Costa no se compadece con los "treinta años de investigaciones sobre la vida y obra de Alfredo L. Palacios" como manifiesta el autor en los Reconocimientos con que prologa su libro.

                                                                                               Carlos A. Manus
                                                                                                 Mayo 14, 1998

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