Néstor Romano, Se dice de mí. La vida de Tita Merello, Bs.As., Sudamericana, 2001, 153p.

    Este libro es una detallada crónica de la vida de Laura Ana Tita Merello, desde su humilde y penosa infancia hasta sus últimos años, que la estrella pasó recluida en la Fundación Favaloro. Los datos biográficos se completan con un detalle de su filmografía y de sus participaciones en programas de radio y de televisión, y con una sección impresa en excelente papel ilustración, que contiene treinta y seis fotografías de distintos momentos de su vida, además de la que reproducimos de la portada del libro, en la que insinúa sus célebres piernas de bataclana.
    Recuerdo que una de las últimas veces que las exhibió en una pose semejante -ya tenía sesenta años cumplidos-, fue en "Sábados Circulares de Nicolás Mancera", cuando cantaba acompañada por el pianista Oscar Sabino. Al igual que otras privilegiadas como Amelita Vargas, que cantaba, bailaba y mostraba sus piernas en un café concert de Buenos Aires con casi setenta años, Tita conservaba toda su lozanía y su fuerza temperamental para entonar los temas que la habían hecho tan famosa y tan amada por el público.
    "Se dice de mí", la letra que Ivo Pelay escribió para cantante masculino y que con tanta gracia Tita modificó para hacerla definitivamente suya, es el acertado título de esta biografía. Un acierto que tiene relación con el estilo y la intención del texto, meramente analítico y descriptivo de las circunstancias y anécdotas que rodearon la vida de Tita.
    En esta correcta recopilación de datos no se ha formulado ninguna síntesis de lo que ha significado y seguirá significando Tita Merello como protagonista principal de la cultura popular argentina, y tampoco se ahonda -más allá de algunas consideraciones sobre sus actitudes, tantas veces extemporáneas e inesperadas- en la indagación sobre las necesariamente complejas motivaciones de una mujer de tan rica personalidad.
    La merecidamente célebre milonga de Canaro y Pelay nos muestra a la Tita exterior, mundana, acostumbrada a hacerse un lugar en la vida por sus propios medios, una mujer cuyas andanzas describe con meticulosidad el texto de Romano. Está aún por escribirse una biografía de Tita Merello que busque en los hechos de su vida las pautas y claves que nos permitan aproximarnos al conocimiento de su verdad profunda, al alma y al corazón de esta gran artista, que sospechamos tan ricos, grandes y generosos como su entrega al público y a las personas que amó.
     Un indicio para dar comienzo a la tarea de descubrir a esa Tita Merello íntima y secreta puede encontrarse en los versos que ella misma escribió en 1964 y que grabó con total autoridad, acompañada por la orquesta de Carlos Figari. En ellos se presenta como una mujer dolorida y a la vez desafiante, que se atreve a discutir mano a mano con el Creador sobre el sentido del dolor humano y de las injusticias que todos padecemos en algún momento de nuestra vida.
    Pero tras la efusión justificadamente resentida, esa mujer encerrada en un dolor que la hace aparecer soberbia nos muestra también su fe, y expresa su anhelo de encontrar por fin a Dios y de someterse humildemente a su voluntad.
    Leamos como un valioso documento este testimonio de la propia Tita:

          Le dí la cara a la vida, y me la dejó marcada;
          en cada arruga que tengo llevo una pena guardada.
          Yo me jugué a cara o cruz; iba toda en la parada;
          llegó el tiempo del barajo, y me dejó como estaba.

          Si sos audaz, te va mal;
          si te parás, se te viene el mundo encima.
          Decime Dios, dónde estás, que te quiero conversar...

          Si para unos fui buena, otros me quieren colgar;
          mientras me estoy desangrando,
          vivo sentada esperando el día del juicio final.

          Decime, Dios, dónde estás, ¡que me quiero arrodillar...!

                                                              
Tita Merello, "Decime, Dios, dónde estás",
                                                                    música de Manuel Bernardo Sucher     

                                                                                                                                            Conrado De Lucia

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