Anoche

Música: Armando Pontier
Letra: Cátulo Castillo

Grabaciones:
Walter Escobar con Luis Caruso, en 1949
Pablo Moreno con Francini-Pontier, en 1952
Horacio Deval con guitarras, en 1956
Aldo Campoamor con Mariano Mores, en 1959
Oscar Alonso con Carlos Garcia, en 1968
Alberto Hidalgo con Osvaldo Piro, en 1969
Alberto Morán con Armando Cupo, en 1970
Jorge Maciel con el Sexteto Tango, en 1970


Es esta una de las obras de más alto vuelo lírico dentro de la producción de dos grandes de la auténtica cultura argentina: Cátulo Castillo (quien dijo, al asumir como Director Nacional de Cultura en 1952: "La cultura, o es popular o no es nada"), y Armando Pontier, hombre de una personalidad melancólica que se pone de manifiesto en la hondura de sus composiciones melódicas, y que él disimulaba cotidianamente con su afable sonrisa.
Es harto difícil presentar una poesía sin destruir en ella lo poético. Valga la intención de hacer resaltar -tal vez de modo superfluo- la grandeza del alma de Ovidio Catulo González Castillo, que le permitía describir de modo tan admirable las vicisitudes de lo humano.
La melodía está obligadamente ausente en este análisis. Remitimos a quienes han escuchado alguna de las muchas versiones grabadas de este tango, al recuerdo del clima que infunde en el espíritu la música de Armando Pontier, ora festiva y alegre (Milongueando en el cuarenta), ora plena de lirismo (Trenzas), ora patética como en el tango que da motivo a este artículo, pero siempre intensamente sentida, con una hondura que se percibe y se comparte.

Conrado De Lucia



Anoche

El hombre que la amaba, y sigue amándola, la ve pasar aparentemente dichosa, en el coche de un desconocido:
Anoche, mi amor,
anoche te vi
pasar sin dolor
con otro querer y ser feliz...

El lujoso automovil la exhibe como una vidriera; el brillo
de los cromados enmarca su belleza, y ella tiene hasta el pelo teñido:
Tras ese escaparate de cristal,
dorada de metal, y rubia,

Siente que el auto, insolente, lo salpica con su indecencia de lujo y falsedad:
tu coche que pasó me salpicó
su noche de fangal y lluvia.


La contempla con piadosa pena, y la ve enferma
en medio del lujo sin amor que la rodea:
Anoche, mi amor,
anoche... te vi!...
¡Qué pálida tenés tu tez marfil,
por más que esté a tus pies la vida vil!

Con la clarividencia del enamorado, percibe que el corazón de ella,
abrigado por la ropa de lujo, se sobresalta con su presencia,
Envuelto en tu visón, me presintió
temblando de ansiedad tu corazón.

Expresa su dolor, su ofuscación, su impotencia de estar viviendo
una situación sin sentido:
Yo estaba en el cordón, desesperado,
nublada la razón, deshilachado....

Y exclama, embargado de ternura y afán de protegerla:
¡Qué pálida tenés tu tez marfil,
que extraña y que febril tu palidez!

Luego cavila sobre el sentido de la vida, y justifica la actitud de ella:
Anoche, tal vez,
anoche, mi bien,
recién comprendí
tu mal, y lo que es vivir, morir...

En medio de la desilusión por haber cambiado el amor por el dinero, ella
debe llorar cuando queda a solas y le habla su conciencia:
Sintiendo la ilusión, que claudicó
vendiéndote a un visón y a un coche;
llorando por la noche en un rincón
cuando habla al corazón la noche.

Y repite su piadosa exclamación:
¡Qué pálida tenés tu tez marfil,
que extraña y que febril tu palidez!

 

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