El "affaire" de la venta de armas

                                                                                                          "Eran otros hombres, más hombres, los nuestros"
                                                                                                                      Manuel Romero, "Tiempos viejos"


El negociado de la venta de armas a Croacia y Ecuador -en el que estarían presuntamente involucrados el ex-Presidente de la Nación, algunos de sus ministros, prominentes funcionarios y parientes y amigos del ex-mandatario- trae a colación un episodio ocurrido hace más de ochenta años que, a diferencia del actual, nos llena de legítimo orgullo.

A principios de septiembre de 1917, el servicio de informaciones británico logró descifrar la clave utilizada por el ministro alemán en nuestro país, conde Carlos von Luxburg, para comunicarse con su gobierno, y consiguió traducir más de cincuenta mensajes intercambiados entre la Cancillería de Berlín y su legación en Buenos Aires.

El 7 de septiembre, el Secretario de Estado Robert Lansing presentó a Rómulo S. Naón, nuestro embajador en EE.UU., tres cables de Luxburg interceptados y traducidos por los ingleses que éstos remitían a Washington "con fines tácticos". En esos cables, Luxburg calificaba a Honorio Pueyrredón, nuestro ministro de Relaciones Exteriores, como "notorio asno anglófilo", y aconsejaba "hundir sin dejar rastros" los barcos sospechosos (los nuestros). Lansing presentó esos cables como "agravio de Alemania a la Argentina" con el propósito de presionar al presidente Yrigoyen a abandonar la neutralidad.

Pueyrredón declaró "persona no grata" a Luxburg y le retiró los privilegios diplomáticos. Nuestro país no rompió relaciones con Alemania por ese incidente pero es notable que, por ese motivo, lo hiciera la República del Uruguay. Su presidente Feliciano Vieira, indignado por los adjetivos utilizados por Luxburg, propuso la ruptura de relaciones con Alemania en generosa solidaridad y en acto fraternal hacia la Argentina, que las Cámaras aprobaron.

Como suele ocurrir en esos casos, una psicosis guerrera tomó de buena fe al pueblo uruguayo que vio enemigos por todas partes. Se propagó el rumor de que los colonos alemanes residentes en los estados brasileños de Río Grande do Sur y Santa Catarina no eran agricultores pacíficos sino soldados prusianos militarizados y entrenados para invadir el Uruguay por orden de Guillermo II. Se habló, incluso, de divisiones enteras que el ejército uruguayo, con sus precarios armamentos, no podría resistir.

El gobierno uruguayo, sinceramente preocupado, envió a su Canciller a informar a Yrigoyen de dicho peligro, gestionar la compra de armamentos y averiguar la actitud que asumiría nuestro país ante una eventual ocupación alemana del Uruguay.

Yrigoyen le contestó con estas palabras: " Si se produjera la invasión, tenga la más absoluta seguridad el pueblo amigo que mi gobierno no le vendería armas, sino que el Ejército Argentino cruzaría el Río de la Plata para defender la tierra uruguaya".

Este episodio permaneció en absoluto secreto durante varios meses hasta que un día del año 1918, al inaugurar el presidente Vieira las sesiones ordinarias de la Legislatura Nacional uruguaya, noblemente lo reveló prologando la narración del hecho diciendo: "Con la Argentina se han intensificado aún más los sentimientos de solidaria amistad que vinculan a nuestros pueblos, afirmados no hace mucho tiempo por el presidente Yrigoyen con un gesto que hace honor a sus sentimientos americanos y que enaltece al gobierno que preside la democracia argentina…"

Una gran emoción se apoderó de los representantes uruguayos al oir estas manifestaciones, y la Asamblea estalló en aplausos. Por decisión unánime, la Cámara de Representantes envió una nota al presidente Yrigoyen expresando" "Hemos visto en sus palabras un mensaje de cordialidad espontáneamente enviado por un pueblo hermano a nuestro pueblo, que demuestra acabadamente los vínculos fraternales que ligan al pueblo uruguayo con la generosa nación argentina, cuyos destinos V.E. noble y austeramente dirige".

Esa comunicación fue contestada por Yrigoyen con una frase profesión de su profunda fe americanista: "Seáme permitido afirmar mi credo americano por la sustentación fundamental de la soberanía de las naciones en su consagración inmanente e inmutable, tal como la divina Providencia las discerniera y el espíritu de cada una de ellas culminara, constituyendo unidas unas de las más poderosas entidades del mundo en el concierto de los bienes universales".

Tiempo después, un gran amigo de nuestro Presidente le recordó este episodio, a lo que contestó Yrigoyen: "Al proceder así interpretaba los verdaderos sentimientos del pueblo argentino. Las causas que motivaron nuestro acto han pasado pero hay entidades morales que quedan en pie. Yo quisiera que contase mi admiración por la actitud viril del Uruguay en aquella difícil circunstancia. Nada más admirable que la actitud de esa nación, dispuesta a jugarse ella sola su destino. He pasado en Montevideo, días que, si eran amargos por el destierro, estaban reconfortados por la alegría de vivir en el seno de la amistad uruguaya. Tengo vivos deseos de volver algún día, pero silenciosamente, como todo el mundo, perdido en el anónimo de los viajeros… No sé cuándo ni cómo volveré…"

Volvió al final de sus días después del martirio de de su prisión en la isla Martín García. Una calle de Montevideo lleva su nombre.

Carlos A. Manus
Abril 16, 2001

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