Educación: Aprender a aprender

                                                                               Publicado en el diario "La Nueva Provincia"
                                                                                                         el 6 de octubre de 1997

En el proceso de preparación para el ejercicio de la docencia, se destaca a menudo la importancia de aprender a aprender, es decir, de adquirir ciertos hábitos necesarios para desarrollarse intelectualmente.

Se incluye entre ellos la capacidad de enfrentarse con ideas nuevas sin rechazarlas porque difieren de las propias, de entender lo que un texto quiere decir y no lo que queremos
entender que dice, de entrenar el cuerpo y el espíritu para permanecer largas horas en quietud física, leyendo, elaborando las ideas que suscita la lectura, anotando dudas, comentarios, referencias, relacionando los nuevos conceptos con los ya adquiridos.

En suma, se aprende a desarrollar la capacidad de sostener un gran esfuerzo intelectual sin coartadas facilistas, con la mayor objetividad posible, con el mayor coraje posible para plantearse seriamente de qué se duda, en qué se discrepa, qué relación tiene lo que se está aprendiendo con los conocimientos anteriores que se poseen, y también con el estado de ignorancia anterior, con los prejuicios que se han sostenido infundadamente.Se dice que toda situación de aprendizaje significa una ruptura de un equilibrio logrado: Sólo aprendemos cuando, al encontrarnos frente a una situación que cuestiona nuestros puntos de vista anteriores, nos animamos a cambiarlos para hacerlos compatibles con los nuevos hechos conocidos, en vez de aferrarnos a la seguridad subjetiva, el equilibrio que se había alcanzado con nuestro conocimiento anterior.

Cuando los nuevos hechos o ideas nos dejan sin base para seguir sosteniendo nuestros puntos de vista anteriores, sólo aprendemos cuando nos animamos a revisarlos, a cambiarlos, a reconocer que estábamos equivocados, que nuestro conocimiento era superficial, que estábamos en una postura puramente subjetiva o basada en prejuicios.

En el arte de aprender, se trata siempre de atreverse a abandonar el cómodo equilibrio alcanzado en un tema -aunque haya llevado muchos años de estudio alcanzarlo- para aceptar un nuevo concepto, una teoría que no se conocía, un punto de vista que antes no se había considerado.

Se trata de un proceso gradual: cuando se sabe poco sobre un tema, se poseen pocos elementos para juzgar, y los primeros pasos para afirmar la propia personalidad intelectual deben darse con mucha prudencia.

Con el transcurrir de años de estudio, de centenares de horas de cotejar las nuevas lecturas con lo que guardaba en la memoria como síntesis de lo ya leído, los pasos en los que se afirma el propio conocimiento -el propio perfil intelectual-, se van haciendo más sólidos y más abarcadores.

Poco a poco se van integrando más datos, más lecturas, más reflexiones, y comienza a percibirse que se madura, que se enseña con la seguridad que otorga el conocimiento bien reflexionado, que cuando se habla no se repiten ideas de otro, sino que se expresan las propias ideas con un lenguaje personal, que ha llevado años adquirir.

Se llega a cierto grado de conocimiento -de sabiduría, en los casos más felices- solamente leyendo, estudiando y reflexionando seriamente a diario, y no sólo ocasionalmente -nulla dies sine linea-; de lunes a domingo, de enero a diciembre, y al precio de postergar o abandonar otras actividades, trabajos y diversiones.

No existen los sabios aficionados. Muchas personas entusiastas de la ciencia, o de la filosofía, o de la novela, los ensayos o la poesía, e incluso afectos a escribir sobre estos temas, no pasan de ser buenos consumidores de conocimiento. Hablan de sus lecturas, se muestran entusiasmados con tal o cual escritor o pensador, ostentan la abundancia de su información con citas y referencias. Pero no han aprendido a aprender. No han aprendido la humildad que es condición indispensable del arte de aprender, y que está en el fundamento de toda sabiduría.

Humildad para incorporar el conocimiento gradualmente, con paciencia, acostumbrando la mente y el espíritu al ensanchamiento que producen las ideas bien digeridas. Lo contrario es la codicia del que se atraganta con lecturas y no acepta que el camino del desarrollo intelectual es penoso, lento y no admite atajos.

Humildad para resistir la tentación de querer brillar, el orgullo de ostentar conocimiento. No se trata de falsa modestia, sino de que el que realmente sabe conoce ante todo la inmensidad de lo que ignora. Por otra parte, el conocimiento ilumina con su luz también al que es su portador, y hace que el verdadero sabio se destaque aun sin proponérselo.

Humildad, finalmente, para reconocer al maestro, a aquel que está más adelante en el camino del saber y que ofrece su conocimiento y se ofrece a sí mismo como ejemplo. Humildad para aceptar que lo necesitamos, pues si bien podemos encontrar sin ayuda ciertos caminos, para recorrer otros es indispensable aceptar su guía, y el modelo de su testimonio personal.

De esta manera, habiendo aprendido la actitud de humildad de quien está siempre dispuesto a aprender, el futuro docente motivará y alentará a sus alumnos con la fuerza de su testimonio de vida, en ese proceso siempre inconcluso de educarse, en el que se desarrollan los mejores y más auténticos rasgos de cada persona.

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