Recuerdos de un ex músico porteño

Bariloche, 22 de mayo de 2010

Querido Conrado:

El domingo pasado –gracias a tu aviso– por fin sintonicé AM 560 Radio Nacional Bahía Blanca y así pude participar de la sesión N° 767 de "Terapia Tanguera".

No puedo hacer un comentario imparcial sobre esta audición, ya que ella involucró fortuitamente momentos especiales de mi juventud.

Las vivencias rememoradas corresponden a mi truncado paso por el mundo de la música.

Lo curioso fue que uno de los primeros temas musicales que irradiaste el domingo –la Marcha de la Armada Argentina, de Alberto Soifer y Manuel Romero– me transportó al final de mi carrera como músico; y contrariamente, lo último que ese día nos brindaste –el tango "Uno", de Mariano Mores y Enrique Santos Discepolo– me llevó a mis comienzos en el arte de la música.

 
                   Don Armando Varano

Para hacer inteligible este introito, cuento mi pequeña historia.

Mi padre, eximio trombonista, formó parte durante las décadas de los años 30 a los 50 de las principales orquestas de jazz de la época tales como "Santa Paula Serenaders", "René Cóspito", Eduardo Armani, "Cotton Pickers", Luis Rolero y Rudy Ayala, y finalizó su trayectoria como solista de la orquesta estable del Teatro Argentino de la Plata. Él fue quien me enseñó a solfear y me explicó los principios de la teoría musical, cuando en aquel mismo tiempo yo descubría, en las aulas de la escuela primaria, lo que desde entonces hasta hoy sería una de mis pasiones: la lectura.

Cumplidos los nueve años de edad mi padre me ejercitó en la obtención de los primeros sonidos ásperos con la boquilla de mi flamante trompeta (así se comienza a aprender antes de hacer sonar al instrumento mismo). Luego de largos meses de práctica y habiendo logrado un buen nivel de ejecución, mi padre decidió dejar la continuación de mi aprendizaje en manos de un maestro especializado.

Carlos Percuoco fue el maestro elegido. Trompetista y compositor napolitano, desarrolló una intensa actividad profesional en nuestro país como ejecutante y compositor de música clásica. Luego de jubilarse en el año 1933 como subdirector de la Banda Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, se dedicó a la enseñanza. Un dato llamativo de su obra es que, por su relación con el letrista Luis De Biase, el maestro Percuoco también incursionó en el genero popular: En el año 1926 recibió un quinto premio en el concurso de la firma grabadora Max Glücksmann, por el tango "El mal que me hiciste", y al año siguiente recibió el primer premio en ese mismo concurso, por el tango "Piedad", que fue llevado al disco por Carlos Gardel, entre otros artistas.

A través del tiempo hoy distingo a aquel chico de diez años, de pantalón corto, medias tres cuartos, zapatos gastados por el uso pero como siempre bien lustrados que, portando un estuche de color marrón en mano estaba, sin ninguna compañía, a la espera del tranvía número noventa y nueve que lo llevaría desde la calle Avellaneda, en el barrio de Floresta, hasta el barrio del Congreso

Allí, en los altos de un segundo piso de una vieja casona, en dos prolijas habitaciones (una servía de antesala de espera y frecuentemente de auditorio, ya que podían oírse las interpretaciones de alumnos mas avanzados), por las tardes de los días martes y jueves el maestro Percuoco me regalaba sus conocimientos en la sala principal –ningún pago habría alcanzado a compensar su sapiencia–.

Cuando veo en los estantes de mi biblioteca los métodos de estudio para trompeta en Si bemol de "Domenico Gatti" y de "J.B.Arban" –ejemplares que conservo cuidadosamente–, no puedo dejar de recordar las lecciones que interpretábamos a dúo: el maestro Percuoco con su trompeta piccolo (de registro mas agudo que la trompeta normal) y yo con mi trompeta.

Aquí debo discontinuar el orden cronológico de mi relato para referirme al primer cimbronazo emocional que me conmovió al principio de tu programa del domingo pasado.

En el mes de diciembre de 1945, con mis juveniles diecisiete años de edad y portando mi trompeta, ingresé a la Banda de la Escuela de Mecánica del Ejército para que, en carácter de soldado voluntario y luego de dos años de servicios como músico, se me diera por cumplido el servicio militar que, en aquel tiempo, era obligatorio. Allí, entre otras marchas militares, ejecutábamos numerosas veces en desfiles y formaciones internas la Marcha de la Armada Argentina.

Al escucharla el domingo pasado –hacía años que no la oía– vinieron a mi memoria un montón de gratos recuerdos.
Fue inevitable que también evocase entonces –pero sin ningún dejo de tristeza, puesto que siempre entendí que la vida enseña con hechos y situaciones en positivo y en negativo, y al recibirlas siempre las agradecí por igual– el final de mi carrera como trompetista, ya que en el mes de junio de 1947 (a pocos meses antes de cumplir diecinueve años de edad) fui dado de baja a causa de una enfermedad pulmonar.

Sin embargo no abandoné totalmente mi afición y lazos con la música. Con la guía del profesor Cayetano Marcolli estudié armonía y contrapunto.
En el primer piso de la calle Teinta y Tres, del barrio de Boedo, el Maestro nos recibía con gesto adusto a la hora puntualmente fijada. Quienes tuvimos el privilegio de recibir la sapiencia de Marcolli no podemos dejar de recordar el set de afilados lápices sobre el escritorio, con los que corregía nuestros ejercicios y hacía anotaciones en nuestros libros.

Para darle "vida" a los ejercicios de composición era conveniente ejecutarlos con el piano.
"Cesi", "Köhler", "Bertini" (todavía resuenan en mis oídos las melodías de las sonatinas de Clementi y de Kuhlau) fueron algunos de los primeros libros que sirvieron para que yo llegase luego a la técnica básica necesaria para reproducir mis "obras".
Al escribir en la primera oración de este párrafo la palabra "armonía", recordé no sólo el nombre de Rimsky-Korsakov (autor del tratado con que estudiaba) sino además otro episodio que se relaciona con otro de mis afectos: el Esperanto.

Esta otra novísima remembranza es ahora la siguiente:
El profesor Marcolli me sugirió que tratase de obtener un segundo método de armonía, el de Emile Durand, que se complementaria muy bien con el de Korsakov. La dificultad estribaba en que en Argentina no se podía obtener ese tratado.
A pesar de tener parientes en Europa –que probablemente no me hubiesen dado la misma respuesta que luego obtuve– preferí contactarme con una esperantista en París, Mlle. Ginette Lechemean, a quién le comuniqué mi necesidad.
Sin haber tenido relación previa alguna, la respuesta de Ginette fue que no pudo encontrar ediciones nuevas en París; por eso recorrió librerías de viejo en otras localidades vecinas a su ciudad. En una de ellas encontró un ejemplar usado en buen estado, que compró. Su costo era de 1.000 francos y los gastos de envío 160 francos.
¡Ya lo había despachado, confiando en la honestidad que existe en todo esperantista!
Todavía guardo con cariño –tal vez este papel lo sienta– la factura testigo de este generoso y espontáneo acto.

El final de este latoso relato tiene conexión con lo que al final de tu audición del domingo me conmocionó más felizmente.

Faltaban varios meses para llegar al mes de septiembre, en aquel año de mil novecientos cuarenta y tres, cuando habría de celebrar mi decimoquinto cumpleaños. De acuerdo a las costumbres de aquella época, los chicos debían vestir inexorablemente pantalón corto hasta haber cumplido los quince años.
Pese a ello, tuve que romper esta norma.
En el teatro Astral de la calle Corrientes se presentaba en aquel momento una compañía teatral de revistas en donde actuaba una orquesta dirigida por el maestro Julio Rosenberg.
Yo debutaba en esa orquesta como tercera trompeta, y debía vestir saco smoking blanco y pantalón negro… largo.
No sufrí nervios de debutante porque a mi lado estaba mi padre, que ocupaba el puesto de primer trombón.
En el elenco de la compañía figuraban, entre otros, Fernando Borel, Fanny Navarro, Pepe Iglesias,"el Zorro", y Tania.
Menciono a Pepe Iglesias porque en una de sus interpretaciones de escena corta, complementaba sus dichos e imitaciones con algunos integrantes de la orquesta sobre el escenario. Como yo era uno de esos actores, explicaba mi presencia en el tablado –aprovechando mi cara y presencia infantiles– con el falso comentario de que mi padre, el trompetista oficial de la orquesta, al intentar dar con su instrumento una nota sobreaguda resintió sus pulmones y por eso envió al hijo en su reemplazo.

Mas allá de esta jocosa anécdota que, a pesar del tiempo transcurrido, visualizo con frescura, hubo otro hecho de aquellas funciones teatrales que aún permanece fiel en mi memoria:
Dos funciones diarias de martes a sábados, y tres funciones los días domingos. Durante varios meses, en cada una de ellas oía y volvía a oír el tango "Uno" cantado por Tania, que aparecía por la izquierda del escenario.
No soy un fanático seguidor del tango. Hay muchas piezas de este género que me agradan. Sin embargo –lo que digo a continuación es verdad enteramente–, no pocas veces dan vueltas por mi cabeza la melodía y la letra del tango "Uno"

¿Será porque lo oí en el momento de su estreno?

Yo tengo el corazón,
ese mismo que no perdí,
y no olvido
lo que ayer me sucedió.
Me abrazo a ese recuerdo
con fervor,
porque fue más que una ilusión.

Conrado, con todo lo que me significó la "Terapia Tanguera" del domingo pasado, ¿Qué más puedo decir?

Armando

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