El cantor de tangos Carlos Moreno

   Esta mañana, 6 de julio de 2015, el tangólogo Florentino "Tino" Diez me envió un correo con la noticia de que había fallecido el cantor de tangos Carlos Moreno mientras viajaba en colectivo de Tucumán a Santiago del Estero. En las Efemérides Tangueras consta que había nacido en 1936 en Canals, provincia de Córdoba, el 11 de diciembre –actualmente es el Día del Tango– de modo que ha fallecido a los setenta y ocho años.   
 
   Conocí a Carlos Moreno en 1975 en Buenos Aires, en los estudios de grabación de la Philips. Lo recuerdo como un hombre de mediana estatura y de aspecto elegante, que aparentaba tener cerca de cuarenta años. Yo había llegado allí con Virgilio Expósito y con Leo Lípesker, director artístico del sello Philips, y pude presenciar cómo Carlos Moreno grababa los tangos que había orquestado Virgilio para la telenovela "No hace falta quererte", que iban a protagonizar Rodolfo Bebán y Gabriela Gili.

   Mi "colaboración" esa mañana había consistido en cebarle mate a Virgilio en su departamento de la calle Montevideo, mientras él escribía las orquestaciones con una lapicera con tinta y tintero –curiosamente– en la media docena de plegos pentagramados que tenía sobre la mesa, uno para cada músico. Cuando dudaba acerca de un acorde lo entonaba en voz alta, se daba vuelta, lo probaba en el piano que estaba a sus espaldas, y luego seguía escribiendo. 

   Entre los tangos que esa tarde grabó Carlos Moreno, recuerdo "Torrente" con letra de Homero Manzi, y también el tango con el nombre de la telenovela, que se iba a usar como cortina y que no sé si lo había compuesto el propio Virgilio. Era un tema comercial, pero de melodía muy pegadiza. El final de la letra decía: "No hace falta quererte/ ya no creo en el amor".

   Los músicos llamados para la grabación vinieron a mediodía. Me maravilló comprobar el nivel de su oficio: al llegar fueron saludándose, se sentaron después ante sus atriles, y a la voz de uno de ellos empezaron a tocar a primera vista como si lo hicieran juntos habitualmente. Lípesker les daba algunas indicaciones, repetían la ejecución y ya la grababan. También me asombró ver que todo lo que había escrito Virgilio unas horas antes no requería la menor corrección. Se lo comenté a Lípesker, y como respuesta exclamó: "Pibe, ¡Virgilio Expósito!", como si con ese nombre no hiciera falta ninguna otra explicación. 

  Habíamos llegado caminando por la avenida Belgrano al 1300, y la gente nos miraba al pasar porque, con sus más de cien kilos de peso, Lípesker llevaba puesto un estridente traje rojo –como el que usan los que se encargan de cobrar deudas de morosos– y un sombrerito "Nat King Cole" del mismo color. Se parecía bastante a otro célebre artista voluminoso: Eduardo Bergara Leumann.

   La entrada al estudio de la Philips parecía un sencillo portón de garage. Uno no podía imaginar que al trasponer la siguiente puerta, pesada y con gruesos burletes, iba a encontrar una enorme sala de grabación con piano de cola, una decena de lugares con atriles, asientos y micrófonos, y en lo alto una habitación de control con una gran ventana de vidrios dobles. Ese era el lugar de trabajo de Pedro, el ingeniero de sonido, que el año anterior había estado en Holanda, capacitándose en Eindhoven, "la ciudad Philips", como se la llama porque allí están sus laboratorios y sus fábricas, de los que me mostró varias fotografías.

   Los grabadores eran aparatos del tamaño de un lavarropas que tenían arriba, a ambos lados de la cabeza de grabación, dos grandes carretes de cinta de acetato de color marrón, como las de los cassettes pero de treinta y cinco milímetros de ancho, lo que permitía grabar en ocho pistas separadas. Había dos grandes baffles en las paredes, a cada lado de la mesa de control, y desde allí se oía la música en estéreo y con una calidad maravillosa, porque provenía de los micrófonos situados junto a cada instrumento. El ingeniero optimizaba el nivel de cada uno y hacía la mezcla que escuchábamos y que simultáneamente se grababa.

   Me sorprendió que en el estudio no había podido ver a ningún cantor. Como a las tres de la tarde los músicos se fueron, y poco después llegó Carlos Moreno. Se puso un par de grandes auriculares, se ubicó de pie frente a un micrófono en medio del estudio vacío y en penumbra, y allí cantó cada tema escuchando el acompañamiento recién grabado y motivándose, como si hubiera público, con gestos y ademanes.

   Después de la sesión se fueron el cantor, el director artístico y el técnico, y me quedé a solas con Virgilio, que incansablemente se había puesto a ensayar acordes y a improvisar melodías en el piano de cola. Habian pasado varias horas y se me estaba haciendo tarde para ir a mi clase de filosofía en el Salvador. Tímidamente se lo dije, y como si le molestara mucho que se lo interrumpiera, me dijo: "Allí tenés la puerta", y siguió enfrascado en su música.

   Recuerdo que me gustaron las interpretaciones de Carlos Moreno, a quien había podido conocer y escuchar por primera vez esa tarde. Su timbre de voz era muy agradable, y aunque no se destacaba por algún rasgo en particular, su afinación y su impostación eran impecables. Pensé que de lo contrario Virgilio se lo hubiera corregido sin muchos miramientos, porque así como era un maestro afectuoso y podíamos percibir el interés con que se ocupaba de cada uno de nosotros, nos exigía también tanta dedicación como la que él ponía en su trabajo, y que pude comprobar una vez más durante esa hermosa tarde que pasé a su lado hace ya cuarenta años.

                                                                                                                              Conrado De Lucia
                                                                                                                                6 de julio de 2015
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