"Evaristo Carriego. Poeta. Nació en Paraná, provincia de Entre Ríos, el 7 de mayo de 1883, aunque desde la niñez vivió en Buenos Aires, en el barrio de Palermo, paisaje, atmósfera y fuente capital de su obra. Si bien Almafuerte, Rubén Darío y Marcelo del Mazo gravitaron en su estilo, fue luego, con toda originalidad, el primer gran poeta del suburbio porteño. Misas herejes fue el único libro que dio a la estampa en vida. Su visión de la ciudad, su manera de sentirla y de escribirla, alcanzaron luego enorme gravitación en las letras del tango, particularmente por vía de Homero Manzi, que fue su más talentoso continuador. Murió en Buenos Aires, a los veintinueve años de edad, el 13 de octubre de 1912."
                                                                                                                                      Horacio Ferrer, El libro del tango

Los tangos de Evaristo Carriego

                                                                                                                Publicado en el Nº 4
                                                                                                                                                             de la revista "Bondiguía"

   Carriego llamó "misas" a sus poesías, es decir, mensajes, envíos, y las calificó de "herejes": apartadas de la recta opinión, anticipándose al rechazo de quienes pudieran no comprenderlas.
   De su obra emana una sencilla religiosidad, un tono de rezo que lo hace precursor de Baldomero Fernández Moreno y de Homero Manzi. Poesías como "La vaca muerta", con sus humildes viejitos campesinos que la lloran, o letras como "Discepolín", que describe con tono dolorido lo grotesco de la vida, son oraciones al modo de Carriego.
   Y las poesías que hablan de las novias encerradas, de los hombres poseedores de un secreto que a veces los hace llorar, o de la tristeza irreparable de la silla vacía, son a la vez plegaria y tango, si es que los grandes tangos no lo son, precisamente, por contener una plegaria.
   El hombre es un ser religioso, y todo gran poeta es un oficiante de misterios sagrados: el de la vida y la muerte, el del amor y el desencuentro, el de la traición de Judas y el de la redención del buen ladrón, que son temas de los tangos de los dos Homeros, de Cátulo, de Contursi, de Bahr.
   Carriego tiene un continuador mayor en Enrique Santos Discepolo, el poeta que sufrió el dolor de los demás para poder atestiguarlo, porque testigo significa mártir, como suele recordar Ernesto Sabato, tal vez sin percibir que habla también de sí mismo.
   Tanto Leonardo Castellani, que en su eminencia de teólogo descalificó la obra "bastante tangusa" de Carriego, como Ezequiel Martínez Estrada, que desde su dignidad de maestro moral rechazó la vulgaridad que percibía en el tango, asumieron a su manera la misma actitud que inspiraba a Evaristo Carriego.
   Porque los escritores, poetas o tangueros verdaderamente grandes son los que se encargan de dar testimonio, cada uno desde su personal carisma, de las esperanzas, sinsabores y desdichas de los hombres.

                                                                                                                                    Conrado De Lucia

Volver a Artículos de Conrado De Lucia
Volver a la Página Principal