Convencionalidad y transgresión

por Conrado De Lucia   

Se ha vuelto frecuente oír hablar de transgresión y de transgresores en un tono de admiración, y hasta de franca adhesión. Transgredir las normas usuales de convivencia y cultura de una determinada sociedad está dejando de ser una conducta contracultural, esto es, desviada y censurable, para convertirse en una alternativa de personalidad social aprobada.

El modo de vivir que predomina entre los miembros de una sociedad está contenido implícitamente en la tradición y en las costumbres, y es expresado en las leyes y las normas. Tal conjunto de folkways y de mores constituye la cultura deuna sociedad.

Antaño, cuando una persona adecuaba su manera de vivir a los usos, costumbres y normas de su sociedad, solía recibir el respeto y la consideración de sus conciudadanos. Hoy en día suscita más bien la reprobación que implica el ser etiquetado de sujeto "convencional".

Las cualidades de las personas moralmente buenas no son en modo alguno rasgos "convencionales". El hombre moralmente virtuoso es una persona bien educada, cuyos rasgos originales, cuando los tiene, constituyen aportes a una manera de vivir correcta y digna.

Un transgresor, en cambio, es una persona totalmente convencional, cuyas desviaciones de la norma general están claramente delimitadas por su propia conveniencia, así como previstas en sus consecuencias por el orden social que las tolera.

El transgresor, ni es moralmente bueno, ni es original en su artificiosa búsqueda de notoriedad. Es solamente una persona mal educada, que confunde grosería con sinceridad, conducta antisocial con coraje civil, falta de principios con autenticidad.

El sujeto convencional, tanto el apocado como el transgresor, se someten al mismo dictamen anónimo e impersonal que rige las modas culturales. No intenta ante todo conducirse de un modo acorde con su conocimiento del bien, sino que trata de que su conducta, sus ideas y sus valores concuerden con los de la mayoría.

El vulgo desaprueba con desconfianza la verdadera originalidad de los hombres superiores que enriquecen y elevan la cultura, tanto como aprueba con entusiasmo la ordinariez de un transgresor, un campeón de la vulgaridad, cuando es mostrado por los medios masivos de comunicación.

El individuo convencional sostiene las ideas y las opiniones del vulgo, y cuando percibe que la mayoría carece de criterios fundamentados, tampoco manifiesta los propios, por temor a ser tildado de diferente. Sin embargo, suele ser el mismo que admira a los transgresores, precisamente porque se atreven a ser en apariencia diferentes al rebaño.

Tanto el individuo gregario y adocenado como el que con aparente audacia se burla de usos y costumbres, se guardan muy bien de transgredir las normas cuya infracción podría acarrearles un serio castigo.

Ambas modalidades producen el mismo efecto: facilitar el control social. La conducta de apocados y de transgresores, por ser convencional, resulta previsible, y por lo tanto inofensiva para el orden establecido.

Cuestionar este orden, mejorarlo en lo que tiene de injusto o inhumano, no es tarea de quienes no se atreven a alzarse del rebaño, ni de los transgresores, que sólo se preocupan por mantener su estéril notoriedad.

La gris uniformidad de quienes temen a la originalidad de ser personas, y el colorido vano e inútil de los transgresores, no conducen a constituir pueblos sino tan sólo masas, que como tales se prestan a la manipulación y al engaño.

Cuando alguien, en vez de ser un transgresor previsible, se atreve no ya a infringir lo convenido sino a proponer con su ejemplo, superando las normas, un nuevo modelo de pensamiento y de conducta, se expone a la desaprobación, al ridículo e incluso a la violencia.

En la historia ha sucedido una y otra vez así. La moral convencional de los fariseos fue puesta en entredicho por las enseñanzas y el ejemplo vivo de la conducta de Jesús. El mahatma Gandhi descalificó moralmente al imperio inglés, y lo obligó sin violencia a permitir la emancipación de la India. Martín Lutero King enfrentó la hipocresía de la sociedad estadounidense y se constituyó en líder de la lucha por los derechos civiles.

Resulta lamentable que personas aparentemente lúcidas repitan irreflexivamente que tanto Jesús como Gandhi o King fueron "trangresores". En realidad, encarnaban los máximos valores de su cultura, lo mejor del judaísmo, del hinduísmo y del protestantismo. Es obvio que no fueron transgresores, sino santos.

Estos ejemplos señalan que los más altos valores de una cultura son los religiosos, y que de ellos dependen, y se le deben subordinar, todos los demás.

Vivir de una manera no convencional no consiste en apartarse de la moda vigente -lo que implica adherirse a otra-, sino asumir un compromiso personal que se proyecta hacia una actitud ética e incluso a una apertura religiosa.

Quien no vive guiado por convenciones, vive sostenido por convicciones, y en el límite, toda verdadera convicción, aunque se manifieste honestamente atea, lleva al hombre al plano de lo que es trascendente a sí mismo y a su situación histórica.

Evitar la convencionalidad del adocenado tanto como la del transgresor, tratar de desarrollar los rasgos únicos e irrepetibles que nos constituyen en personas, es un rumbo hacia el que podemos dirigirnos en busca de un sentido para nuestra vida.

 

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