Acerca de un reciente artículo del padre Roger J. Landry

   El señor Pedro Modric ha enviado al Centro Croata de Bahía Blanca un artículo del sacerdote Roger J. Landry titulado "Cuál debe ser nuestra respuesta ante los escándalos en la Iglesia". Por su parte, el titular del Centro Croata de Bahía Blanca, don Luis Crismanich, me lo ha hecho llegar y, dada su claridad y consistencia, lo he publicado en esta sección. Añado ahora algunas apostillas a su contenido.

   Esta reflexión del padre Landry, estadounidense de origen irlandés, comienza reconociendo directamente la gravedad del problema de la pederastia, pero haciendo una distinción fundamental entre los hechos y la propaganda sobre los hechos.

   Por supuesto que la prédica malintencionada de los medios periodísticos no afecta a las personas con fe religiosa, pero contribuye a hacer vacilar a quienes, involuntaria e inconscientemente, reemplazan la fe en lo ganz andere, en lo totalmente otro, por una conformidad psicológica y social con los usos de su ambiente: Es la gente que se declara católica porque queda bien, y lo sigue sosteniendo mientras siga quedando bien. Por eso son vulnerables a que se les diga: "¿Y vos seguís yendo a misa a pesar de lo que hacen los curas?" como si descubrieran repentinamente que la debilidad humana existe y que se manifiesta a veces con rasgos extremos como el escándalo de la pederastia.

    El escritor católico inglés Graham Greene ha dicho acertadamente que en el alma del peor criminal sigue habiendo la posibilidad de que llegue a ser un santo, y que en el alma de la persona más santa hay siempre suficiente maldad como para que se convierta en un criminal.

   Ésta es una consideración muy desagradable para aquellos que se consideran recibidos de virtuosos y suponen que han desterrado para siempre el pecado de sus vidas. Son gente como esos matrimonios parroquiales que se presentan a sí mismos envueltos en un presunto halo de santidad, sin darse cuenta de que con esa actitud de secreta soberbia están mucho más cerca de los fariseos a los que Jesús desprecia por hipócritas, que de los publicanos que nos reconocemos pecadores y hacia quienes Jesús manifiesta constantemente su misericordia.

   León Tolstoi, de quien a fines de este año se cumplen cien años de su muerte, escribió sobre este tema una novela sobresaliente, que vale la pena leer y releer: Se llama El padre Sergio, y cuenta cómo el anhelo de Dios inspira a este sacerdote y lo lleva a desarrollar virtudes que llegan a parecer sobrenaturales.
   Su fama trasciende su parroquia, y de todas partes llega gente que desea conocerlo y recibir su bendición. Se habla de consejos inspirados, de curaciones milagrosas, de conmovedoras conversiones de no creyentes movidos por su testimonio.
   Es entonces cuando el cura se da cuenta de que tanta maravilla que Dios le permite realizar está haciendo también que en su alma crezca la soberbia, y que él también está comenzando a creerse un ser excepcional en vez de un hombre a traves del que Dios está dispensando su gracia.
   Se refugia entonces en una ermita, se convierte en un ermitaño para huir de la vanidad mundana que lo acecha detrás de sus buenas obras. Pero aunque se repliega cada vez más, la gente sigue intentado verlo para solicitar su ayuda.
   Su fama despierta también la curiosidad de personas incrédulas. Una dama de sociedad, hermosa y seductora, decide frívolamente poner a prueba el ascetismo del sacerdote, y consigue ser recibida por éste. Despliega entonces todo el encanto de su femineidad, y el padre Sergio, como última defensa ante la tentación, le da la espalda y se corta un dedo para que el dolor le impida caer en el pecado.
   La distinguida señora regresa a la ciudad deshecha en lágrimas de arrepentimiento, abandona todas sus actividades de brillo social y se dedica en adelante a ayudar y consolar a los pobres y los que sufren.
   Al conocerse esta conversión, la celebridad del padre Sergio crece aún más, y en su anhelo de evitar la tentación de creerse santo el sacerdote se recluye totalmente y se dedica cada vez más a la oración y a la mortificación.
   Es entonces cuando le traen el pedido de un padre desesperado por la situación de su única hija, que padece un retraso mental. El sacerdote accede a recibirla, y es ella, con su inocente estupidez, quien consigue tentarlo y hacerlo caer en el pecado.
   El padre Sergio abandona entonces definitivamente toda concesión mundana, y se va a peregrinar por los caminos, orando y viviendo como mendigo. Se convierte en uno más de los "santos de Dios" rusos que el conde Tolstoi había visto deambular por sus posesiones de Yasnaia Polyana, pidiendo apenas un plato de comida para sobrevivir y poder seguir implorando a Dios por nuestras miserias.

   Es significativo que el propio Tolstoi vivió una existencia semejante, renunciando –a despecho de las protestas de su familia– a las grandes sumas que le correspondían como derechos de autor por sus geniales novelas, y huyendo finalmente de su mansión, anciano y muy enfermo, para morir el 20 de noviembre de 1910 en la sala de espera de una ignota estación ferroviaria.

   Cuanto más grande es el hombre, más exigente suele ser la prueba a la que Dios lo somete. Por eso, en vez de buscar humildemente a Dios, es mucho más fácil y gratificante perseguir la apariencia de virtud exterior, tal como suelen hacerlo esas sedicentes "madrazas", mujeres que descuidan a sus hijos para lucirse en obras de caridad parroquial, como también las esposas autoproclamadas "ejemplares" que se consideran víctimas de la infidelidad de un marido cuyas necesidades afectivas siempre han descuidado por estar ocupadas en cultivar su propia presunta virtud.
    O esos hombres que durante los días hábiles proceden despiadadamente a enriquecerse a costa del despojo legal que les permite su profesión, y los domingos se hacen ver –como buenos fariseos– yendo a misa tomados de la mano con sus esposa y sus hijos, por las amplias veredas que conducen a la iglesia de Don Bosco.

   A esa clase de gente le molesta el escándalo de los curas pederastas porque nos menoscaba y nos pone bajo sospecha a todos los católicos a los ojos de quienes –al igual que ellos, en el fondo– sólo ven la religión como una mera adscripción socialmente prestigiosa a la liturgia y a los sacramentos.

   En la actual sociedad global, salvajemente atea y materialista práctica –que integramos también con entusiasmo millones de católicos–, es natural que los medios periodísticos corruptos, que son en realidad empresas capitalistas para la difusión de mentiras que producen lucro y poder, ataquen a la fe que aún existe en el corazón de tantos bautizados, y nos enrostren la conducta de muchos malos sacerdotes, ocultando el testimonio ejemplar de muchísimos otros sacerdotes mártires y santos inspirados durante dos milenios por la fe en el Dios vivo que es Jesucristo.

   Hace cuarenta años la doctora en filosofía Dorotea Macedo de Steffens dejaba de lado su inmensa erudición humanística para proponernos a sus alumnos un criterio tan elemental como incuestionablemente sólido: "Aunque el Papa se escape con una corista –nos decía–, la fe sigue intacta.".

   Resulta oportuno recordar aquí una vez más las grandiosas palabras de San Pablo, que nos llenan de esperanza: "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.".
                                                                                                                               Conrado De Lucia
                                                                                                                                  
 Abril de 2010

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