La escuela y el deterioro de las costumbres

por Conrado De Lucia

Publicado por "La nueva provincia" el 8 de diciembre de 2000


"Platón y Aristóteles son nuevos esta mañana. El diario de hoy ya ha envejecido." Esta rotunda frase de Charles Pèguy nos recuerda lo efímero del acontecer cotidiano, la rapidez del devenir que sume al hombre moderno en una perplejidad que paraliza su capacidad de juicio.

El cúmulo de novedades que nos llega cada día, el torrente de información que ofrecen los medios masivos de comunicación, deja poco espacio y tiempo para la reflexión, para la selección, para el ejercicio del criterio.

Bajo la presión de un fuerte condicionamiento social, el hombre común percibe que se le exige estar informado, actualizado, al tanto de lo que ocurre -ya se trate de un hecho trivial o de un acontecimiento relevante-, para no ser considerado una persona retrógrada o ignorante.

Novedad y cambio son las palabras de orden. Nos sentimos obligados a aprobar lo nuevo sin reparar en otro valor que el de su novedad, y a cambiar lo consagrado por la prudencia sin evaluar primero qué es lo que se espera ganar y cuánto se puede perder en el trueque.

Ante esta circunstancia de cambio cultural acelerado, la escuela es y debe seguir siendo la primera institución encargada de preservar y transmitir la cultura. El modo de vivir de un pueblo se ha adquirido trabajosamente; sus mejores rasgos son fruto del esfuerzo y el sacrificio de generaciones de hombres generosos, y constituye una riqueza moral que no debe dilapidarse.

Las costumbres y valoraciones que forman el modo de vivir de un pueblo -su verdadera cultura, no la de una pretendida èlite que presume de culta- deben ser conservadas e impartidas por la escuela. Estos rasgos incluyen la corrección del lenguaje, la dignidad de las costumbres cotidianas, las humildes virtudes de la cortesía y la urbanidad, los gestos de consideración y de respeto.

Se paga necio tributo a los ídolos del cambio y la novedad cuando permitimos que se reemplace la gentileza del "usted, señorita ", por la vulgaridad del "vos, seño". Este es un mínimo ejemplo de lo que la escuela ha perdido en su necia actitud de incorporar sin ponderarlo todo aquello que se presente como actual, moderno, aprobado por la corriente psicológica de moda.

Los padres sensatos, y más todavía los abuelos, la gente que no tiene mucha instrucción sistemática pero sí educación en su recto sentido, aquellos que han sido los mejores educadores de sus hijos a través de la abnegación y el ejemplo silencioso de sus vidas, perciben claramente cuánto ha perdido la educación por seguir modas pedagógicas, y cuánto podría recuperarse todavía, si se elimina de la escuela el palabrerío y el acatamiento pusilánime a las directivas de un sistema burocrático y ciego, y se retorna a la disciplina y al esfuerzo, al orden y al estudio.

Podría comenzarse por reducir a un mínimo el uso actualmente indiscriminado de fotocopias de páginas aisladas de libros, disminuidos en su valor por la pérdida de su contexto -a veces hasta sin título ni autor. Deberían usarse con moderación los medios audiovisuales y técnológicos, poniendo de manifiesto que amenidad y espectacularidad computarizada no son necesariamente sinónimos de aprendizaje. Habría que considerar con prudencia el empleo de la bibliografía importada que llega en su mayoría ya ensayada y descartada en sus países de origen, verdadera basura editorial para consumo de docentes sin criterio.

El sistema democrático de legitimación del poder de los gobernantes les confiere, por su propia naturaleza, una autoridad débil, apenas la mínima necesaria para asegurar un aspecto esencial del bien común que es la paz social, fruto a su vez de la justicia. Esta escasa capacidad de coacción que la así llamada democracia puede ejercer sobre los ciudadanos, requiere como contrapartida la libre y hasta entusiasta aceptación de los deberes y responsabilidades de cada uno.

Antoine de Saint Exupéry llamó a estos rasgos "sentido del deber" y "fervor comunitario". Pero estos sólo se tornan actitudes asumidas por todos cuando también existe "mando responsable", es decir, un verdadero compromiso de los gobernantes y las autoridades con su misión de procurar el bien común.

Si no los proporciona la escuela, delegada de una responsabilidad educativa que corresponde primariamente a la familia, ¿dónde van a aprender los alumnos el respeto a los mayores, la obediencia a la autoridad de padres y maestros, la actitud de observancia de las responsabilidades y deberes de cada uno, indispensables en una democracia a la que lo último que le conviene es fomentar el desorden social? La anomia de una sociedad proporciona justificativos al autoritarismo, a la represión irresponsable, al atropello de los derechos de quienes por falta de educación no supieron ejercerlos sin abuso, ni han sabido defenderlos en lo que tienen de legítimos.

Sólo mediante una humilde actitud de retorno a lo que es y ha sido siempre la educación -que no depende de modas ni de posturas pedagógicas, sino de la naturaleza humana, que permanece invariable a través de la historia y de las culturas- será posible comenzar la restauración de la convivencia social, recuperar la decencia y el decoro perdidos, y comenzar a avanzar nuevamente hacia la comunidad organizada que todos anhelamos.


El licenciado Conrado De Lucia enseña Filosofía de la
Educación en institutos terciarios de nuestra ciudad   
desde 1978.                                                            


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