Evocación del maestro Virgilio Expósito
                                                                                                                                         (Publicado en el diario "La Nueva Provincia" el domingo 29 de octubre de 2006)
 

                                                   "Siempre recordaré a Virgilio como uno de los
                                                   más grandes compositores que he conocido."
                                       
                                         Litto Nebbia - 24/06/06

A fines de octubre de 1996 me encontraba de paseo por Buenos Aires, recorriendo en soledad las calles y lugares de la ciudad amada. Había estado deambulando por el Rosedal y por el Botánico, para vivir, aunque más no fuera como observador, la magia que describe el poeta Federico Silva en su tango "Palermo en octubre". Me había propuesto también visitar a algunos amigos de las épocas de estudiante, y en especial a alguien de quien guardo un permanente y agradecido recuerdo: el maestro Virgilio Expósito, que junto con su hermano Homero había sido mis profesor de Cancionística en los cursos de Sadaic. Lamentaba no haber podido encontrarlo hasta ese momento, pues una vez más había cambiado de domicilio.

  Estaba anocheciendo y caminaba por Corrientes hacia el Obelisco, cuando al pasar ante un edificio en remodelación, con el frente sin terminar, escuché por una de las puertas entreabiertas una melodía tocada en piano con un estilo que creí reconocer. Subí algunos peldaños de la escalera de cemento aún sin alfombrar, y alcancé a ver en el piso superior la silueta del hombre que tocaba, de espaldas a la calle.

 



  Vestía un impecable traje gris que destacaba su complexión atlética, y lucía en su cabello rubio la característica "pluma" de los artistas. Rodeando al piano de cola, varias personas escuchaban en actitud reverente. Más al fondo, en lo que ahora percibí que era un gran salón, algunos operarios disponían butacas y otros elementos. Cuando el pianista concluyó su ejecución, ya no tuve dudas. Me acerqué y lo tomé por los hombros.

  –¡Conrado...! ¿Cómo me encontraste? –fue su saludo, mientras se incorporaba y me daba un afectuoso beso.
Le conté que había reconocido su manera de tocar el piano, y que en un primer momento me había sentido desconcertado
al ver que el lugar estaba en construcción.
  –Es que vamos a estrenar esta sala en la próxima quincena, y Virgilio es nuestro asesor musical –me explicó una de las personas presentes, que era la coreógrafa del espectáculo y esposa del empresario de la sala.

  El ensayo prosiguió durante media hora más, y Virgilio siguió tocando, repasando partituras y deteniéndose para dar indicaciones cordiales y entusiastas, como siempre lo he visto hacerlo en sus clases, pues este gran compositor era ante todo un maestro de alma. Su cátedra de ese momento, dirigida a los actores, bailarines y músicos del espectáculo, era tan clara y colmada de conocimientos que no pude menos que exclamar:
  –¡Esto habría que grabarlo...!
  –Es lo que estoy haciendo –respondió la coreógrafa, indicándome un pequeño aparato que estaba sobre el piano.Y agregó–: Las clases de Virgilio no tienen desperdicio.

  Así había sido siempre mi maestro, lleno de conocimientos y de generosidad para ofrecerlos, tanto en sus clases en Sadaic como en el estudio que tenía a la vuelta, en la calle Montevideo, Allí acudían en busca de su asesoramiento conocidas figuras como Claudia Lapacó, Libertad Leblanc y hasta la viuda de Charlo, una consagrada artista plástica que deseaba componer música. "Me resulta fácil enseñarle", me había dicho Virgilio en su presencia. "Sólo tengo que reemplazar los colores y formas que ella domina, por notas y figuras musicales."

  Al concluir el ensayo acompañamos al matrimonio de los empresarios a cenar en el restaurante de la planta baja. Virgilio, como siempre, sólo tomó agua mineral, mientras seguía explicando animadamente sus ideas sobre el próximo espectáculo.
Eran apenas las veintitrés cuando se levantó de la mesa y me fui con él, caminando lentamente por Corrientes hacia Callao. Como era su costumbre, Virgilio no pensaba trasnochar sino levantarse muy temprano para componer, escribir arreglos y seguir trabajando incansablemente en su música.

  Charlamos un rato más mientras aguardábamos un taxi. Virgilio los dejaba pasar, hasta que finalmente se decidió a tomar uno. Entonces volvió a abrazarme y besarme paternalmente, y me quedé viéndolo alejarse en el auto, que atravesó los carriles de la avenida casi desierta y dobló a la izquierda por Paraná. Antes de que el taxi desapareciera por la bocacalle, alcancé una vez más a ver su noble cabeza bien erguida, coronada por su cabellera rubia.

  Me quedé un rato en el mismo lugar, mirando hacia el Obelisco cercano mientras trataba de atesorar en la memoria ese momento. Me sentía feliz y nostálgico a la vez, y me puse a releer la placa de bronce de un pequeño monolito que, junto al cordón de la vereda, recuerda que alguna vez vivió allí Tita Merello. Después me fui caminando despacio hacia Callao, pensando en el privilegio de ser un discípulo apreciado y querido por tan grande maestro.

  No volví a verlo. Exactamente un año después, el 25 de octubre de 1997, Virgilio Hugo Expósito pasó a integrar el grupo
de los queridos músicos inmortales de Buenos Aires.

                                                                                                                                  Conrado De Lucia
 
                                                          
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