Fidelidad e infidelidad
De: N.N.
Asunto: Oyente confundida

Buenas noches, profesor:
No sé si corresponde que pregunte esto, porque es algo muy personal, pero sé que con pocas palabras suyas me dará algún alivio.
Acabo de leer su artículo publicado sobre "El mito matrimonial"; entiendo la diferencia que propone entre fidelidad y lealtad, y quisiera que me aclare:
Perdonar un caso de infidelidad, ¿es ser leal? La persona que amo no me asegura que no vuelva a pasar, Pero lo que sí me asegura es que soy lo que más ama en el mundo, y soy lo mejor que le pasó en la vida.
Perdonar y aguantar esto, ¿es "luchar por superar los defectos y limitaciones", como escribió usted en su artículo?
Hoy puedo decir que él es mi primer y único hombre, con el que me casé y tuve hijos.
Quizás yo no entienda algo de su artículo, o estoy muy confundida. Sepa disculparme; es una situación que me angustia pero no me inmoviliza.
Desearía que me sugiera alguna lectura relacionada a esta situación.
Todos los domingos lo puedo escuchar una vez que los chicos leen un cuento y se duermen. Inmersos como estamos en tanta hipocresía, me hace muy, muy bien, escucharlo.
Gracias por compartir sus conocimientos.

Estimada N.N.:
   Le agradezco que me haya distinguido con su confianza y me pregunte acerca de un tema que requiere de mucha reflexión y prudencia.
Perdonar la falta del otro, por grave que sea, es –ante todo– un gesto de amor. Ante dificultades personales semejantes, suelo repetirme a mí mismo una esclarecedora frase de Fritz Künkel:
   "¿Qué haremos con toda la energía de nuestro sufrimiento? Comprender. Aceptar. Perdonar. El perdón es el comienzo del amor."
Este destacado psicólogo no habla de preservar o conservar el amor mediante el siempre difícil perdón, sino que afirma que con ese gesto recién comenzamos verdaderamente a amar.
   El perdón es siempre una actitud difícil de tomar. Pero este destacado psicólogo no nos propone perdonar para poder conservar el amor, sino que afirma que con el gesto del perdón recién comenzamos verdaderamente a amar.
   Comprender esto requiere revisar la idea que tenemos sobre la naturaleza del amor: Suele tratarse de una idea convencional, que no surge de nuestra reflexión personal –la mayoría de nosotros no somos teólogos, filósofos o siquiera psicólogos para poder hacerlo–, sino que forma parte de lo consabido, de lo aceptado sin mayor análisis ni crítica.
   Suponemos ingenuamente que, puesto que hemos contraído matrimonio y cumplimos habitualmente con nuestras obligaciones domésticas para con nuestro cónyuge y nuestros hijos, no cabe duda de que los amamos y, por consiguiente, tenemos derecho a esperar una respuesta que nos haga felices o, al menos, que no nos produzca sufrimiento.
   En realidad, ya el propio Jesucristo nos enseñó: "¿Quién de ustedes, si un hijo le pide pan, le va a dar una piedra?" Y agrega que hacemos eso aunque somos malos –en el sentido de que somos pecadores, personas llenas de defectos–.
   Es decir, que no hace falta una gran virtud ni un gran amor para hacer el bien a nuestros híjos –o a nuestro conyuge–: No hace falta un gran amor para iniciar un noviazgo, casarse y formar una familia.
   Si partimos de la premisa de que somos buenas personas, con las virtudes y defectos comunes a la mayoría de los hombres y mujeres, por más que idealicemos las circunstancias particulares que han llevado a María a casarse con Juan, y a Susana a casarse con Pedro, en principio somos intercambiables –aunque esto suene escandaloso–: María ha preferido y sigue prefiriendo a Juan antes que a Pedro, no porque ama a Juan y no a Pedro, sino porque Juan ha satisfecho, entre otras, sus expectativas emocionales, afectivas y aun sociales y económicas, y ella ha resultado recíprocamente semejante para él.
   No me estoy refiriendo a una conveniencia calculadora y cínica, sino al hecho de que, más allá de las particularidades individuales que hacen que María sea la esposa de Juan y "lo quiera", y por más que ella suponga que es insustituible por otro hombre, esto no significa necesariamente que exista "un gran amor" entre María y Juan, sino tan sólo que se sienten satisfechos –y hasta felices– por estar llevando adelante juntos un proyecto de matrimonio y de familia.
   Pero cuando uno de los cónyuges cae, y el otro debe esforzarse por sostenerlo –tratando, incluso desesperadamente, de "Comprender. Aceptar. Perdonar."–, es entonces cuando quien no ha faltado comienza realmente a amar, es decir, a dejar de asumir una serie de conductas, de roles y de situaciones psicológica y culturalmente previsibles, para empezar a vivir la dimensión del amor en tanto que misterio entrañablemente unido al dolor, al sufrimiento, y por ende a lo sagrado, al vínculo religioso que tenemos con Dios, que nos ama por encima de nuestros peores defectos ("Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia", ha dicho San Pablo.).
   Cuando por una fatalidad del azar –una enfermedad grave, un cambio ruinoso en la situación económica u otra desgracia cualquiera–, o cuando la conducta extraviada del otro cónyuge –la caída en la prodigalidad, en la pereza, en el alcohol, en el juego, en una infidelidad– hace irrumpir en nuestra vida el lado doloroso y absurdo del vínculo matrimonial, es entonces cuando se requiere realmente comenzar el difícil aprendizaje del amor.
   No se trata de una necia contabilidad, muy de moda actualmente: "¿Por qué debo ser siempre yo quien comprenda, acepte y perdone?"
Esto tiene una sencilla alternativa: De acuerdo, no es justo que sea así. Por consiguiente, separate, celebrá con tus amistades tu recuperada "libertad", y con coartadas semejantes reclamá tu "derecho a la felicidad" y pasá a ser una persona desgraciada que –compadecida, justificada y hasta elogiada– no pudo o no intentó siquiera asumir la dura carga del amor verdadero, del que en el Evangelio se dice que "todo lo acepta, todo lo espera, todo lo comprende."
   Las que anteceden son consideraciones inusuales, apartadas del pensamiento único que rige en nuestra sociedad adoctrinada por las cotidianas falacias de la televisión, pero creo sinceramente que pueden ayudarle a superar la situación que le ha tocado vivir.
   Lo que estoy sugiriendo es que ante la falta del otro –única o reiterada, da igual–, es posible refugiar el propio dolor en el impersonal "se": "se dice", "se debe", "se hace" –o "no se hace"–, pero también se puede, en la total soledad que nos exige el misterio del amor, en tanto que mínima chispa humana que participa del misterio del amor de Dios –en el amor de Jesús por nosotros, que lo llevó a su injusta muerte de cruz–, aceptar la prueba que a cada uno le toca en suerte vivir "sin dejar la puerta abierta, como Judas, para huir a último momento".
   Así lo ha afirmado el filósofo existencialista cristiano Emmanuel Mounier, refiriéndose a la comprensible tentación de escapar –tentación que contrapone a la verdad como un compromiso total de la persona–.
   Comprender, aceptar y perdonar son conductas que convierten en verdadero y digno lo que visto desde afuera parece dudoso y hasta "cobarde", "inauténtico", o cualquiera de las calificaciones –cuestionables y hasta confortables– que se proponen actualmente para eludir el esfuerzo y el sufrimiento.
   El amor nos permite confiar en la fuerza que tiene la lealtad a lo vivido –al proyecto iniciado en común, a los hijos nacidos de ese proyecto– para pasar por encima del error, del pecado, del mal que nos pone a prueba.

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Buenas noches, profesor:

No se imagina lo bien que me hicieron sus palabras. Lo leo muchas veces y me da tanta paz...
Me atormentaba lo consabido, lo culturalmente previsible. Sentía una lucha interna con todos mis principios, mis prejuicios, mi cultura, mi educación, mis ejemplos.
El miedo, o no sé cómo llamarlo, es ahora mi actitud. Espero que me entienda: perdono, seguimos juntos, satisfechos, pero pienso que en el futuro pueden surgir situaciones en que mi reacción sea reprochar, recordar, dudar, desconfiar. ¿Esto significa que no perdoné? ¿O es una reacción lógica?
Creo que me estoy preocupando por algo que aún no sucede. Es que mi mente piensa en cómo seguir, porque algo cambió, ya no va a ser igual.
Perdone que insista, pero es que necesito respuestas.
Sé y siento la fuerza de Dios que me ilumina, y me va a dar la certeza para proceder.

(...)

Estimada N.N.:
   Para desarrollar los temas que propone en su segunda carta –de la que he copiado sólo el comienzo–, transcribo a continuación algunos de sus párrafos:


   "Me atormentaba lo consabido, lo culturalmente previsible. Sentía una lucha interna con todos mis principios, mis prejuicios, mi cultura, mi educación, mis ejemplos."
   Usted lo ha sintetizado acertadamente con su primera expresión: a uno lo atormenta el sentir que debe responder de un modo culturalmente previsible, el modo que trata de imponernos la impersonalidad –y el consiguiente descompromiso– del "se": "se dice", "se hace", "se supone que", y uno no se siente seguro de obrar correctamente cuando se atreve a dar la respuesta única y original de quien asume que debe atreverse a empezar a amar al otro de una manera nueva, que es la que las circunstancias requieren.

   "El miedo, ahora –o no sé como llamarlo–, es mi actitud. Espero que me entienda: perdono, seguimos juntos, satisfechos, pero pienso que en el futuro pueden surgir situaciones en que mi reacción sea reprochar, recordar, dudar, desconfiar. ¿Esto significa que no perdoné? ¿O es una reacción lógica?"
   Usted describe bien su estado, al que aproximadamente caracteriza como "miedo". Es que, comprensiblemente, percibe en su ánimo un trasfondo de zozobra que antes no existía y que ahora la atormenta, le quita seguridad, a pesar del sincero perdón y del seguir juntos.
  La suya es una reacción totalmente lógica ante esta situación de conflicto que los involucra a ambos. Por supuesto que usted ha perdonado, y sin duda lo ha hecho de corazón. Pero los seres humanos no somos máquinas programables como las computadoras, y –gracias a Dios– tenemos sentimientos, afectos y emociones que son en conjunto lo que enriquece nuestra vida.
   Esta dimensión emocional y afectiva de lo humano depende sólo en parte de nuestra voluntad. Aun cuando hayamos elegido lo más acertado y generoso, sostener esa decisión a través del tiempo conlleva tener que soportar un dolor sordo casi permanente, y sin duda inevitable. Repito: pese a la sinceridad del perdón otorgado.
   Ese trasfondo doloroso se mitiga, como también lo dice usted con acierto, encontrando satisfacción en el hecho de seguir juntos, en los logros cotidianos del proyecto familiar común, en la lealtad con lo vivido.

   "Creo que me estoy preocupando por algo que aún no sucede. Es que mi mente piensa en cómo seguir, porque algo cambió, ya no va a ser igual. Perdone que insista, pero es que necesito respuestas."
   Efectivamente, algo aún no sucede, pero también algo ya sucedió, algo que resulta negativo para ambos. Pero sólo usted puede rechazar la coartada que proponen las psicólogas de las revistas, y no repetir el lugar común: "hay un antes y un después", "algo cambió, ya no va a ser igual" –como usted misma lo dice–.
    En vez de aceptar ese concepto impuesto por la cultura del individualismo y de la búsqueda de "felicidad" en soledad (una de las propuestas más empobrecedoras de la sociedad actual: "disfrutar", "consumir", "darse permiso", "mimarse" –contemplarse el propio ombligo, en suma–), usted puede tratar de mantener el derrotero de la nave matrimonial y familiar, y recuperar totalmente el rumbo original luego de la tormenta.
    Lo estará haciendo no sólo para usted –aunque también, por supuesto, para usted y por usted– sino para el esposo, la hija, la familia, los amigos comunes, la casa que los reúne, el sentido con el que tanto usted como su esposo han ido configurando su existencia en común.

   "Lo que yo necesito es que otra persona me sacuda, me haga reaccionar, y me haga ver todo lo bueno y lindo que me rodea."
   Mis reflexiones no se proponen "sacudirla", porque usted está bien plantada en la realidad de su situación, y no lo necesita. Solamente trato de ayudarle a ordenar sus propios pensamientos, para que pueda desarrollar una nueva visión del sentido de su vida familiar y matrimonial, que le devuelva la tranquilidad y le permita volver a percibir los destellos de felicidad que de tanto en tanto iluminan nuestro camino.
   La situación que usted ha descripto tiene otros aspectos que correspondería analizar, en particular para comprender cómo se llega a la infidelidad entre personas sin duda honestas y bienintencionadas.

   "Él tiene problemas de salud bastante serios por los que debe medicarse, y el médico le ha aconsejado que limite la actividad física que pueda afectar su corazón."
   Una cuestión que puede plantearse son los efectos que el estado de salud delicado producen en su esposo. Este aspecto debe ser tenido en cuenta no como una justificación de su conducta pero sí para comprenderla mejor –y usted evidentemente lo hace, dado que me lo refiere como algo significativo–.
   Aunque no me gusta recurrir a los análisis de la "ciencia" psicológica, siempre más precarios y vacilantes que los de la filosofía y la teología, creo que puede ser oportuno considerar cómo se asumen –o más bien cómo el psiquismo masculino no consigue asumir– las limitaciones físicas que se van presentando con la edad.
   La mujer parece estar más habituada –o quizás mejor dispuesta, por su organismo preparado para la maternidad– para aceptar los dolores físicos y la pérdida de la lozanía juvenil, aspectos que suele compensar con otras expectativas y proyectos: retomar estudios interrumpidos, aguardar la llegada de los nietos y ocuparse asiduamente de ellos, o simplemente asumir y disfrutar legítimamente del status alcanzado luego de años de esfuerzo por llevar adelante una sociedad conyugal que es reconocida y valorada por sus amistades y demás relaciones sociales.
   La médica italiana Gina Lombroso es autora de un libro, El alma de la mujer, al que me he referido en el artículo titulado "Sobre la sexualidad femenina y masculina". Usted puede encontrar en ese comentario algunas claves para comprender mejor con qué angustia inexpresable vive un padre de familia las restricciones ocasionadas por una enfermedad, y aún por las limitaciones que se requieren para prevenirla.
   Cuando un hombre siente que algo disminuye o recorta su afirmación de masculinidad –que para él no es un estado, como la femineidad, sino que emana de sus acciones cotidianas–, suele intentar reafirmarse poniendo a prueba su virilidad.

   Esto podría explicar la paradoja que usted ha percibido acertadamente, cuando en su primera carta escribe:
    "la persona que amo no me asegura que no vuelva a pasar. Pero lo que sí me asegura es que soy lo que más ama en el mundo y soy lo mejor que le pasó en la vida."
   Su esposo dice la verdad tanto cuando afirma lo anterior, como cuando le dice también que no puede asegurarle que no vuelva a ocurrir. Es muy probable que simplemente se esté rebelando contra el hecho de su declinación física, particularmente difícil de asumir para un hombre habituado a contar con toda la energía que le requiere la lucha de cada día por su familia.

   Otra cuestión que puede se considerada, y que involucra también a las esposas y a sus roles, es el tema del pecado de omisión, que nuestro cristianismo cultural ha escamoteado hasta de la oración del Padrenuestro. Hace un tiempo lo expliqué en el programa radial, y tal vez sea oportuno que ahora trate de desarrollarlo nuevamente.
   En la oración que nos ha enseñado directamente Jesús, decíamos hasta hace algunos años: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores".
   Es obvio que el concepto de "deuda" no se refiere meramente a lo material, a la obligación de restituir lo que no nos pertenece, sino que abarca también lo que dejamos de hacer por nuestro prójimo: estamos en deuda cuando pecamos por omisión, cuando no hacemos lo que el otro necesita o espera de nosotros.
   Ahora se dice en el Padrenuestro: "Perdónanos nuestras ofensas", es decir, el pecado de acción cometida en perjuicio de otro. Se trata de una actitud mucho más confortable, propia del cristianismo cultural cada vez más vigente, que se limita a considerar: "No hago mal a nadie, de modo que no tengo nada de qué disculparme." "No he sido nunca –por ejemplo– infiel a mi marido. Por consiguiente nada le debo, ya que no lo he ofendido. En cambio él me ha hecho una ofensa con su infidelidad, y ni siquiera me promete no reiterarla."
   El acertado "perdónanos nuestras deudas" de la traducción antigua, reclama también que la esposa no omita ocuparse de mantener no sólo un vínculo afectuoso, tierno, sino también erótico y hasta osadamente lúbrico. Sería hipócrita escandalizarse por algún supuesto exceso de seducción, coquetería o –dicho lisa y llanamente– lascivia dentro del matrimonio, mientras vivimos en una cultura que considera a la genitalidad extramatrimonial como un deporte que debe practicarse en la forma más aséptica y más descomprometida posible con el otro.
   Los jóvenes de hoy asumen plenamente ese descompromiso, y reemplazan la severa responsabilidad del matrimonio por la comodidad del concubinato, al que reconocen implicita o incluso expresamente como algo provisorio y sujeto a lo contingente de la satisfacción mutua que se siga logrando –obviamente que no sólo ni preponderantemente genital, sino referida a proyectos en común que involucran metas de estudio, laborales, sociales e incluso económicas–.
   Todo esto está incluido también, por supuesto, en la unión matrimonial, pero ésta conlleva ademas un rasgo decisivo que la así llamada "vida en pareja" significativamente soslaya: la previsible llegada de los hijos que completan la constitución de una familia con su conjunto de nuevas obligaciones y motivos de alegría, de esfuerzos y de gratificaciones afectivas.
   El hombre y la mujer que han tenido la fortuna de poder procrear hijos, o que han asumido la grande y meritoria actitud de amor de la adopción, se abocan a tantas tareas y tan diversas actividades que el vínculo interpersonal del matrimonio corre el riesgo de debilitarse y hasta de perder todo encanto, postergado una y otra vez por el cúmulo de obligaciones.
   Aquí aparece nuevamente el pecado de omisión. El padre se esfuerza durante todo el día por asegurar la tranquilidad económica del grupo familiar, y olvida la galantería y hasta la cortesía debida a su esposa. La madre aspira a proveer en todos los aspectos los requerimientos de cada etapa del desarrollo de sus hijos.
   Presionados por los escasamente cuestionados valores de la cultura actual, él se siente orgulloso de los logros económicos que le permiten ofrecer un alto nivel de consumo a su familia, y ella aspira, muchas veces inconscientemente, a constituirse en una "madraza" según el modelo que propone la televisión.
   Aunque familias de este tipo suelen parecer ejemplos dignos de admiración, en realidad su situación es altamente vulnerable. Los hijos, consumidores de todo el bienestar que se les provee, no se están educando realmente sino tan sólo –en el mejor de los casos– instruyendo en un buen colegio pago de doble turno. Nada garantiza que se estén ejercitando en las actitudes y valores de una persona plenamente educada.    Los padres, en el mejor de los casos proveedores de todo lo que socialmente se requiere para ser una familia exitosa, tienen cada vez menos vínculos afectiva y emocionalmente significativos no sólo con sus hijos, sino primordialmente entre ellos.
   Cuando por cualquier circunstancia particularmente adversa esa inadvertida vulnerabilidad se manifiesta en toda su gravedad, la aparentemente sólida familia se desintegra, la pareja conyugal que iba regularmente a misa los domingos se deshace, y los pecados de omisión cometidos por algunos de sus miembros, o por todos ellos, exigen su tributo en la forma de extravío de los hijos adolescentes o de separación de los padres.

   "Pero fue él quien engañó, él quien deshonró la palabra empeñada", alega legítimamente una esposa que es víctima de una infidelidad.
   A respecto, es significativo que en su primera carta, luego de referir el episodio de infidelidad, usted agregue: "Hoy puedo decir que es mi primer y único hombre, con el que me casé y tuve hijos." Es decir: "La acción reprobable la cometió él. Yo he sido una esposa y una madre que no tiene nada que reprocharse".
   Las consideraciones anteriores proponen reflexionar acerca de esa conducta, sin duda ejemplar, pero que puede haber dejado insatisfecha por omisión alguna importante necesidad emocional y afectiva del cónyuge, carencia que ha podido tentarlo a caer en
la circunstancia –dolorosa para ambos– de la infidelidad.
                                                                                   
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