Sobre frases célebres y rinocerontes

De: Arnulfo Álvarez Domínguez (Villahermosa, Tabasco, México)
Enviado: Martes 20 de Abril de 2010  16:56
Asunto: Inquietud sobre frase del Quijote
Hola, muy buenas:
Tuve la oportunidad de entrar a su portal, en vista de que tenía interés en saber acerca del lenguaje giglico utilizado por Julio Cortázar, y del cual encontré una explicación más que excelente acerca de ese tema y del tan controvertido capitulo 68 de Rayuela.
Vi además algunos otros artículos que son muy interesantes y educativos, de donde me surge la necesidad de consultar con usted el origen de una frase que he escuchado atribuírsele a Cervantes en “El quijote” , pero que en todo el libro no aparece, o no la encontré.
La frase dice:
“Dejad que los perros ladren, eso es señal de que vamos avanzando al cabalgar.”
En México, desde donde le escribo, es bastante común escucharla de muchas personas, incluso políticos de renombre (puede leerse "presidentes").  Me ayudaría mucho si pudiera darme una explicación al respecto, o asesorarme de dónde poder localizarla.
Saludos y muchas felicidades por su portal.

Estimado Arnulfo:

Ante todo no quiero dejar de señalar que tiene usted el honor de llevar el mismo nombre de pila del arzobispo de El Salvador monseñor Oscar Arnulfo Romero, valeroso y heroico defensor de los pobres y perseguidos, de cuyo alevoso asesinato se han cumplido treinta años el pasado mes de marzo.

Yendo al tema de su pregunta: Como ocurre con otros proverbios célebres, su origen suele ser controvertido, y al parecer Cervantes escribió la frase: "Ladran, Sancho. Señal de que cabalgamos" en otro libro sobre las andanzas de don Quijote, que no llegó a publicar.

En esta clase de cuestiones existen distintas actitudes. Para algunos eruditos –muy respetables– es importante establecer con la mayor precisión el origen de una frase célebre, la fecha y el lugar en que ha sido pronunciada o escrita. Otros intentan esclarecer su significado dentro de su contexto originario, averiguando las circunstancias históricas, sociales y aun políticas y económicas en que ha sido formulada.

Quienes se dedican a la filosofía tratan, por su parte, de abstraer y explicitar el sentido puramente lógico de la frase, que puede reescribirse, por ejemplo: "Los maledicentes se ocupan de nosotros, Sancho, porque les molesta reconocer que estamos logrando nuestros propósitos.". Esto es lo que intentan decir quienes en la actualidad recurren a la frase cervantina, y es comprensible que lo hagan personas de posición destacada, porque la expresión connota también cierta petulancia: "Me critican porque soy importante –o porque me envidian–".

Agrego a continuación una apostilla sobre la búsqueda de lo legítimo y verdadero y, en general, de "verdades definitivas", como fenómeno social de actualidad –están de moda también los "orígenes", "raíces" y "ancestros", que facilitan la invención y venta de ficticios árboles genealógicos y escudos de familia, para gente que no puede soportar tantas generaciones de anonimato–.

En un nivel popular abundan también los sedicentes eruditos que encuentran placer en refutar datos que no han podido ser suficientemente comprobados, oponiéndoles otros igualmente discutibles, cuando no francamente falsos. La sociología señala que muchas personas dudan de la veracidad de lo que afirman especialistas reconocidos en determinado tema, y aceptan con ingenuidad –no siempre exenta de la petulancia de quien cree conocer una verdad definitiva, como sucede con los sectarios de algunas seudoreligiones– datos, hechos o interpretaciones propuestos por presuntas "autoridades", rodeadas generalmente por una aureola de misterio o de exotismo.

Una consecuencia de esta actitud acrítica –en la que se perciben sin embargo resabios de la muy humana aspiración de alcanzar una verdad definitiva, del tipo ofrecido por los mitos religiosos–, es el apoyo a quienes proponen toda clase de alternativas a lo que se toma generalmente como establecido y probado, sea por la ciencia, por las grandes religiones o incluso por el más elemental sentido común.

De este modo, por ejemplo la así llamada "medicina alternativa" ha sido convertida en un próspero negocio que se basa en dos conocidos principios del oportunismo comercial: "Nadie que subestime al público perderá dinero." y "Cada día nace un tonto nuevo.".

Buena parte de esa medicina "alternativa" se basa en el anhelo –emocional y afectivamente comprensible– de encontrar remedio a males incurables. Quienes en estos últimos años comían gorgojos para curarse del cáncer parecen no conocer el fraude del "lisado de corazón" que elaboraba cierto médico uruguayo a fines de los años '50, o la más reciente fama curativa de la crotoxina, cuyos efectos clínicos se conocen desde hace décadas, y no tienen relación causal comprobada con la cura del cáncer. También están quienes lucran con preparaciones homeopáticas cuasi mágicas, de las que sólo puede aceptarse el efecto terapéutico de placebo eficaz para infundir ánimos y esperanzas a enfermos terminales.

Este anhelo de verdades definitivas se manifiesta en toda clase de actividades humanas. A los docentes de arte culinario se les dirigen con frecuencia preguntas carentes de sentido, tales como: ¿Pero ésta es la receta de la verdadera pasta frolla?, o
¿Cuál es la verdadera paella valenciana? Parecería que si no se trata de cierta utópica preparación "verdadera" –surgida in illo tempore1, como los gestos arquetípicos de los fundadores de religiones– no puede ser realmente una comida sabrosa y nutritiva.

Para concluir con otro concepto de la lógica –parte de la filosofía que se ocupa del razonamiento correcto, que puede a su vez ser o no verdadero–, es oportuno recordar que un juicio universal negativo es imposible de probar. Es decir, no hay manera de disuadir a quienes afirman que los gorgojos son eficaces para curar el cáncer, porque carece de sentido lógico afirmar que "Ningún enfermo de cáncer se cura comiendo gorgojos": basta un solo caso de curación atribuida a los gorgojos, para que pueda establecerse que "Algún enfermo de cáncer se cura comiendo gorgojos".

Es como el recurso de chasquear los dedos para ahuyentar a los rinocerontes de las cercanías. Lo he hecho algunas veces, particularmente después de leer la alegoría de Eugen Ionesco,2 y me ha dado excelente resultado: Nunca he visto aparecer por la calle un solo rinoceronte.

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Notas:
1 Ver las obras clásicas sobre Historia de las Religiones de Mircea Eliade, passim.
2 Eugen Ionesco, El rinoceronte, Bs.As., Losada, 2000, 107 págs.

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