Sobre la nobleza y la verdad
                                                                                                                            Publicado en el diario "La Nueva Provincia"
                                                                                                                                                                                   el 24 de noviembre de 2007


  En la así llamada "cumbre" realizada recientemente en Chile se reunieron los presidentes de los países de América Latina y el presidente del gobierno español. Se permitió que estuviera presente también el señor Juan Carlos de Borbón, quien, a la sazón, estaba de viaje por este continente. Cabe recordar que Borbón no es un gobernante elegido por el pueblo, sino un personaje simbólico que impuso el dictador fascista Francisco Franco.

   La ilegitimidad de su presencia en la reunión de gobernantes fue señalada involuntariamente por su compatriota el señor Rodríguez Zapatero al declarar reiteradas veces que los gobernantes elegidos democráticamente deben ser respetados: Reconoció así que cuando el señor Borbón interrumpió con términos vulgares la palabra de uno de los gobernantes latinoamericanos elegido por la mayoría de su pueblo, cometió una verdadera falta de respeto.

   Luego de su conducta desaforada el señor Borbón emprendió la retirada, para evitar que los encargados de mantener el orden procedieran a sacarlo del lugar velis nolis; o sea, invitándolo primero gentilmente a irse y, en segunda instancia, como se estila en los democráticos Estados Unidos, tomandolo por el pezcuezo.

  Con su proceder, Borbón mostró que ignora que en Latinoamérica no existe la clase de "nobleza" que él cree poseer, –al igual que la que se pretenden arrogar sus hijos, a pesar de sus públicas, notorias y reiteradas conductas de personas vulgares–, que lo eximiría de las reglas de la urbanidad y el decoro. Tanto en Chile como aquí, tenemos otro concepto de lo que significa ser noble.

  En la Argentina, desde 1813, no reconocemos otra nobleza que la que emana de una conducta ejemplar, como la de nuestros próceres San Martín, Belgrano, o sus pares latinoamericanos O'Higgins, Bolívar, Artigas, Sucre, y tantos otros prohombres que consagraron sus vidas a librarnos de la explotación española. Pero Borbón supone que un español puede todavía mandar
callar a cualquier latinoamericano, así se trate de un gobernante que está hablando como legítimo representante de su pueblo.

  Muchos argentinos reividicamos con justicia que "por España somos gente", agradeciendo así el haber recibido, a cambio de la dominación española, sus instituciones jurídicas y políticas –romanas, por otra parte–, su bella y riquísima lengua, su religión judeocristiana y tantos otros excelentes rasgos culturales.

  Pero no podemos admitir que un extranjero pretenda prepearse, ya provenga de España o de Inca-la-perra –como llamó burlonamente José Hernández a nuestro enemigo desde 1806 hasta hoy–. Afortunadamente para su integridad física, al señor Borbón no se le ha ocurrido todavía ejercer el anacrónico derecho de pernada, porque en tal caso sería poco probable evitar su linchamiento, aunque pretendiera consumarlo con alguna habitante de nuestras villas de emergencia, cuya dignidad, sin duda, ha de suponer inferior aún a la de los presidentes latinoamericanos.

  Varias empresas españolas, con la complicidad de pésimos gobernantes argentinos, siguen abusando de nosotros a través de contratos sobre nuestros combustibles, transportes y teléfonos, mediante tarifas turbias y el apoyo de una banca de honestidad incierta. Todavía no han sentido "tronar el escarmiento", como reclamó el poeta Olegario Andrade en El nido de cóndores, pero si esto ocurre, sin duda, invocarán la libertad económica –de poder saquearnos libremente– y, sin poder confesarlo, también la libertad política de entrometerse en nuestros asuntos internos, como ha sido acusado justamente en Chile el ex gobierno español de Aznar.

  Recordarles estas verdades en una reunión que esperaban se redujera como de costumbre a charlas anodinas y compromisos inoperantes es lo que resultó insoportable a los señores Rodríguez y Borbón, y apelaron al patético recurso de considerarse agraviados para esquivar los fundados reproches que les hacían los presidentes Chavez y Ortega en defensa de la dignidad de sus pueblos.

  Todo latinoamericano bien nacido considera que su país, representado en la persona de sus legítimos gobernantes, tiene el derecho irrestricto de decir la verdad ante quien sea, en todo lugar y en todo momento. José Gervasio Artigas, cuando dijo: "Con la verdad no ofendo ni temo", estaba reformulando acertadamente las palabras de Jesús: "La verdad os hará libres".

  Los usurpadores de títulos y honores y los impostores que se rasgan las vestiduras prefieren sacar provecho de la mentira, con el apoyo obsecuente de la prensa mundial. Pero no ha de ser así para siempre.

                                                                                                                                  Conrado De Lucia

De: Néstor
Enviado: Miércoles 28 de Noviembre de 2007  17:26
Asunto: Crítica

Querido Conrado:
      Nora me hizo llegar tu artículo sobre el payaso borbónico (una tautología), el que además leí en LNP del sábado p.pdo.
      Me ha parecido bueno en lo argumental, como no cabía menos de quien tiene rigurosa mente filosófica.
      Pero hay un par de datos que lo desmerecen, a mi ver:

1. Llamar a Franco "dictador fascista", lugar común que es inconcebible sin embargo en CDL. Ni Franco fue fascista (por el contrario, aniquiló al fascismo español, corporizado principalmente –aunque no exclusivamente– por FE-JONS) ni puede resumírselo sólo como "dictador". Más allá de haberlo sido, fue también el creador del Estado español, como lo desarrolla magníficamente Jerónimo Molina Cano en "La derecha española o el Estado" ("Razón Española" nro.145, Madrid, sept./oct. 2007, pp. 179/203): sus Leyes Fundamentales son el esqueleto de lo que luego, en 1978, inauguró la monarquía. Yo también, hace años, escribí sobre esto. Entreveo el sentido de la calificación: demostrar la poca raíz "democrática" del régimen borbónico, pero igual me parece desacertada.

2. Adjudicar papel de dignidad estatal ("presidentes") a un par de payasos impresentables y vergonzantes (chacal sanguinario el uno, macaco capado –supongo, por la grasa que ostenta– el otro). Lo cortés no quita lo valiente, y lo cierto es que el Tirano Banderas (¡etiqueta inmejorable, de un gallego genial!) interrumpió constantemente al ZP. Era de opereta. El Borbón (más allá de la profunda repulsa que le tengo) reaccionó como cualquier hombre ante un desaforado, sin simbolismos políticos ni segundas interpretaciones. Nada que ver con la dignidad (no cacareada, además, sino virilmente ejercida en el campo del honor) de un Rosas o aun de un Máximo Gómez o de un Hipólito Yrigoyen.

       En fin, como decía Nimo, así lo veo yo...
       ¡Si habré leído veces "Nido de Cóndores" y sin embargo inadvertí que de allí choreó el Potro lo de "tronar el escarmiento"! Te lo debo a vos.
      Igual que lo de adjudicar a Artigas lo de "con la verdad no ofendo ni temo". Hace un tiempo se armó un debate sobre si la feliz frase era del nombrado o de Moreno o de Sarmiento... Hurgué cuanta bibliografía pude y no encontré nada. ¡Estás seguro? A mí me pondría muy feliz.                                                              

                                                                                             Con indefectible cordialidad,
                                                                                                                                                     Néstor

    
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