Carta de un israelí desde el kibutz Barkai

Por Alejandro Stein

Viernes 4 de julio de 2014

  Escribo esto con consternación, con dolor, con desesperanza. Anteayer fueron hallados los cadáveres de los tres jóvenes israelíes asesinados unos minutos después de haber sido secuestrados mientras hacían autostop en los territorios ocupados. No voy a hacer disquisiciones sobre el origen de la gallina o el huevo. Duele profundamente la espiral de odio de uno y otro lado. Estoy harto de escuchar a los judíos que hablan de venganza, y a los ministros del gobierno de Israel que hablan de castigos que en realidad son venganza, aumentando la intensidad y la crueldad de los mismos, y llegando a proponer la pena de muerte, pena ésta que en Israel estaba reservada a los criminales nazis.

   Mientras escribo esto ya se ha descubierto el cadáver maltratado de un joven árabe del pueblo de Shoaffat en la Jerusalén ocupada, que fue secuestrado e inmediatamente asesinado como respuesta a la muerte de los tres judíos. Cabe destacar que la familia de una de las tres víctimas judías emitió una proclama de repudio declarando que un asesinato es imperdonable, cualquiera sea el origen de la sangre derramada.

   Es no sólo reconfortante sino admirable que la humanidad elija expresarse a través de la boca de las víctimas. Y quizás sí, a pesar de todo, valga la pena hacer disquisiciones acerca de la gallina y el huevo. Y decir una cantidad de cosas tremendamente impopulares acá en este Israel mesiánico. Porque inmediatamente después de conocerse la noticia, se le preguntó a una pareja de judíos religiosos por qué hacían autostop en el mismo lugar en donde se había producido el secuestro, y la respuesta, frente a la televisión, fue que "este es nuestro país y viajamos como se nos da la gana". O la foto –que me da vergüenza ajena– publicada en Facebook de dos adolescentes con un cartel que reza "Odiar árabes no es racismo, son valores". Para muestra basta un botón, y es cierto que esos son los valores que predominan aquí hoy en día.

  "La conquista corrompe". Tan cortita, tan exacta, redondita, es la consigna del Movimiento "Hay una Frontera", que les da asistencia y apoyo a los soldados israelíes que se niegan a servir en los territorios ocupados. No es sólo una consigna, es la descripción de una realidad dolorosa. La ocupación de los territorios es una lepra que va desmembrando y corrompiendo a la sociedad israelí, desde la explotación de los colonizados hasta el maltrato y el desprecio con la complicidad silenciosa e hipócrita del gobierno israelí. No olvidemos, por otro lado, que los tres chicos secuestrados y asesinados brutalmente eran, junto con sus familias, miembros de colonias situadas en los territorios ocupados, los territorios que conquistó Israel en la guerra de los seis días, y que el adolescente árabe asesinado era habitante del pueblo de Shoaffat, una aldea que queda al lado de Jerusalén, ocupada por Israel en la misma guerra. Valga la diferencia.

   Sin justificar el odio, sí se lo puede explicar; no hace falta mucho: sólo volver a las fuentes. Hay un libro que no ha perdido vigencia a través de los años, y que con respecto al conflicto de Medio Oriente es imperdible: Cuando Franz Fanon escribió Los condenados de la tierra lo hizo sobre la guerra de Argelia, y sin embargo parece que lo hubiera escrito sobre Israel. Con sólo leer el prólogo de Jean Paul Sartre se puede aprender y comprender el odio del colonizado al colono, el desprecio del colono hacia el colonizado, y la contradicción que sólo puede tener un final…

   Supongo que los gobernantes israelíes no leyeron a Fanon, o están seguros de que pueden torcer el rumbo de la Historia. Así estoy. Consternado, rabioso.

Alejandro Stein
Kibutz Barkai, Israel