Los "perduellis", hoy como ayer

En el año 1942, el periodista José Luis Torres (que había acuñado la expresión "la década infame" para descalificar al aciago período que se inicia con la sedición del 6 de septiembre de 1930) se presentó ante el juez de instrucción Ramón F. Vázquez con un escrito de querella contra la sucesión
de los cónyuges Otto Sebastián Bemberg y Josefina Elortondo de Bemberg por defraudación al Consejo Nacional de Educación en el impuesto hereditario.

En su escrito, José Luis Torres hacía renuncia a lo que le pudiera corresponder como participación
por la denuncia de evasión de dicho impuesto por parte de los herederos de los Bemberg. De igual manera, renunciaban a sus honorarios los abogados patrocinantes Gilberto A. Zavala, Colón
Quiroga y Juan Jacobo Zavala.

Por su actualidad, merece recordarse lo expresado en el Capítulo Primero de esa querella bajo
el acápite "El enemigo interno de la Patria en el antiguo derecho romano":

          En la antigua Roma, se llamaba "perduellis" al enemigo interno de la Patria, y "hostis"
          al enemigo exterior. El crimen de "perduellio" (contra la Patria) y el de peculado           (apoderamiento ilegítimo de cosas del Estado) eran castigados con la pena de muerte.

          Como principio general, la muerte liberaba de la pena y de la acción penal al delincuente;
          pero, como dice Mommsen, "en lo tocante a los delitos públicos de la época antigua, o sea,
          los que iban inmediatamente dirigidos contra el Estado, la regla dicha no valía; la maldición           obraba más allá de la tumba y aún después de la muerte podían aplicarse las penas de
          privación de sepultura, de remoción de la tumba y, sobre todo, "de execración de la
          memoria del difunto
" (ver Derecho Penal Romano, tomo I, página 74).

         Y cuando después, en el correr de los años, sobrevenían épocas nefastas de peculados y
         de crímenes, las generaciones coetáneas volvían sus ojos hacia atrás para admirar e inspirarse
         en aquella inmensa civilización latina, cuya excelsitud moral fue capaz de maldecir, de negar          sepultura y de execrar la memoria de esos difuntos cuyas vidas depravadas se dedicaron a          comprar conciencias, envileciendo a gobernantes y a gobernados.

El juez Vázquez dio traslado de la querella al fiscal Leopoldo E. Silva, para que éste se pronunciara sobre la personalidad pretendida por Torres. El fiscal, de acuerdo con el prejuzgamiento del juez,
se expidió negándole a Torres el carácter de particular ofendido o damnificado. Basándose en el dictamen del fiscal, el juez resolvió "no hacer lugar al rol del querellante pretendido en esta causa
por José Luis Torres".

La querella en contra de Bemberg, destinada a recuperar para el Estado cifras millonarias indispensables para el fomento de la instrucción primaria, con absoluto desinterés de parte del denunciante, introducía, según la vista del fiscal, "un verdadero desorden jurídico". El orden jurídico consistía, pues, en mantener por siempre la impunidad de los delitos denunciados (José Luis Torres. Los perduellis, los enemigos internos de la patria).

Hoy, igual que ayer, nuestra clase política y empresaria dirigente no se ha inspirado precisamente
en esa paradigmática civilización latina: Maquiavelo y Stavisky han sido los modelos de los
"perduellis" de antes y de ahora, como anatematizara Discépolo en Cambalache.

                                                                                              Carlos A. Manus
                                                                                                  Mayo 2001

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