Tango y Filosofía:

     La conciencia de la libertad como fundamento de la angustia, en el tango "Por una cabeza"


                                                                         "La realidad que se ve es apenas un símbolo de otra que está oculta."
                                                                                                                                                       José Cirigliano

   Alimentar el famoso y dilatado mito de que el tango es un obstinado y extenso lamento sin ningún otro fundamento que la queja ociosa, y sin ningún otro efecto que la depresión, es un error que muchos han cometido, y que nosotros, desde la certeza de que esta aseveración es incorrecta, intentaremos no cometer, aun cuando el título que elegimos para nuestro articulo pueda indicar cierta inclinación hacia esa misma concepción que desaprobamos incipientemente.
    Aportar nuevos fundamentos a esta tendencia que se ha diseminado con insistente arbitrariedad e irreflexión es caer en un terreno yermo y estéril. El objetivo de esta entrega, entonces, es martillar esta creencia, y revelar el carácter y la hondura filosófica que los tangos reservan a los espíritus más atentos. Hemos optado por analizar los versos del tango "Por una cabeza" (1935), de Alfredo Le Pera (letra) y Carlos Gardel (música) tomando como eje de soporte el concepto de "angustia ante el pasado" del filósofo francés Jean Paul Sartre (1905-1980).
 

    La elección de este tango, uno de las más divulgados y grabados en la historia de la música popular rioplatense –desde Gardel hasta Calamaro– no es una ocurrencia arbitraria sino que está motivada por la creencia de que los tangos más difundidos –nacional e internacionalmente– son los más proclives a sufrir un desgarramiento crudo y sustancial del contenido de sus letras: Las teorías de comunicación modernas –a partir de la proliferación de las nuevas redes de comunicación– han podido demostrar que cuanto más se repite una información, más desgaste sufre ésta, y menos comunica cada vez que la volvemos a oír. Podemos pensar que lo mismo ha ocurrido con algunas letras de tangos.
    Convencidos de que permitir este desgarramiento es no sólo una injusticia para con el autor sino también un crimen para todos nosotros, proponemos por medio de estas líneas volver a pensar en el sentido profundo de la letra, y en las grietas que permiten vislumbrar un fondo de vasto contenido filosófico y reflexión existencial.
   
A primera vista, y tal como se ha señalado en varias oportunidades, la letra hace referencia a las carreras de caballos y al fanatismo que se crea en torno de estas competencias y sus apuestas. También aparece la figura de la mujer, con su coquetería habitual y su sonrisa ligera. La expresión "por una cabeza", sumamente usada en la jerga hípica rioplatense, es usada como medida de referencia. Cuando los caballos terminan la carrera de modo reñido, se dice que ganan por una cabeza. Frente a un comentario tan escueto, el que acostumbra hacerse en los estudios sobre letras del tango nace indefectiblemente una pregunta que no siempre es fácil de responder: ¿Qué más dice la letra? ¿Es sólo una esmerada descripción de una situación típica de la época? ¿Un momento pasajero, de ocio, mala suerte y diversión? ¿Una anécdota, simplemente?
   Los que han visto la película "Tango bar", rodada en Norteamérica pero estrenada en el cine "Suipacha" de Buenos Aires el 22 de agosto de 1935, recordarán la escena en que Gardel, con su voz impoluta y su gesto sutil pero altamente expresivo, entona las primera notas de este tema. Los matices expresivos del Zorzal parecen estar advirtiéndonos sobre la existencia de un subtexto, de algo que no está escrito pero que sí está presente en la letra de Le Pera.
   Partiendo de esta sospecha, del camino que nos abre el arte de Gardel para repensar la letra de este tango, comencemos a releer los versos, y a detenernos en ellos hasta lograr descubrir el trasfondo filosófico que ocultan.
   Gardel comienza con una frase famosísima: "¡Estoy harto de perderlo todo!". Esta confesión ya nos introduce en un clima de sufrimiento y desilusión. Pero ¿Cuál es el fundamento de esta angustia?
   La angustia, según Sartre, es: "la conciencia de ser uno su propio porvenir en el modo del no serlo". Tomaremos a continuación el ejemplo que expone en El ser y la nada, para luego ajustarlo a los versos de Le Pera. Dice Sartre: "Existe una angustia ante el pasado, la del jugador que ha decidido libre y sinceramente no jugar más y que, cuando se aproxima al tapete verde, ve de pronto naufragar todas sus resoluciones". Repasemos ahora los versos de Le Pera:

          Por una cabeza de un noble potrillo/ que justo en la raya afloja al llegar,
          y que al regresar parece decir: "No olvides, hermano, vos sabés, no hay que jugar…"

   En estos primeros versos no sólo se manifiesta la desilusión de haber perdido en la apuesta sino que además se proyecta el sentimiento del declamador en la figura del caballo. Es evidente que el "noble potrillo" no le dijo: "no olvides, hermano, vos sabes, no hay que jugar" sino que el jugador se lo dice a sí mismo aún sabiéndolo de antemano, intentando autoconvencerse.
Luego siguen unos versos que analizaremos más adelante cuando tratemos el tema de la mujer y el amor en relación con el juego y el concepto de angustia ante el pasado.

   Ahora prestemos atención, sin olvidar el ejemplo de Sartre que trascribimos más arriba, a la forma en que concluye:

           Basta de carreras, se acabó la timba, un final reñido yo no vuelvo a ver,
           pero si algún pingo llega a ser fija el domingo/ yo me juego entero ¡Qué le voy a hacer…!

   En este final está explicita la tensión entre una decisión tomada con anterioridad y la traición a la misma que se hace inmediatamente después, al no poder controlar la pasión por la timba: "Por una cabeza, todas las locuras". Se trata de la vieja fórmula: "lucha de la razón contra las pasiones", lo cual nos permite imaginar una mente poblada de fuerzas antagónicas que luchan por la supremacía de unas sobre las otras.
   Según expone Sartre, la angustia surge precisamente de la total ineficacia de la resolución pasada. "Yo juré mil veces: 'no vuelvo a insistir'": esta resolución está ahí, pero congelada, ineficaz, trascendida por el nuevo dictamen del corazón: "Pero si un mirar me hiere al pasar, su boca de fuego otra vez quiero besar…". Aquí, además, hay un desdoblamiento de la idea de no volver a cometer los mismos errores del pasado: por un lado se refiere a al juego, y por otro a la mujer y el amor.
La frase inicial, entonces: "¡Estoy harto de perderlo todo!" podríamos decir que alude tanto a las apuestas como al amor y a la mujer que se niegan a darse.
   La angustia se fundamenta en la conciencia de la libertad. El sujeto –a menos que pensemos en un determinismo psicológico– es el que elige jugar o no jugar –en el amor y en las carreras–. Se juega con los posibles que le otorga la libertad, y al tomar conciencia de ella sufre, se debate entre una opción y otra, sintiendo goce y culpa alternativamente.
   Por otra parte, sabe que si juega pierde a la mujer que ama, pero al mismo tiempo percibe con angustia que más allá de esta barrera no existe nada que le impida volver a jugar: "Por una cabeza, si ella me olvida, qué importa perderme mil veces la vida, para qué vivir". Cae nuevamente en la tentación, una vez más, y culmina rendido, harto, resignado ante la pasión irrefrenable: "Yo me juego entero/ ¡Que le voy a hacer!".
   Queda claro entonces que no se trata de una situación pasajera y fútil –aunque sí lleva la máscara de éstas–, que no es una simple pintura costumbrista, y que detrás de la trama se esconden profundas reflexiones que no se limitan a ninguna situación particular ni temporal. Puede pensarse, y no es arriesgado hacerlo, que la carrera de caballos es una metáfora de lo que ocurre en el interior del hombre: corridas incesantes en las que amores y odios, miedos y certezas, pasiones y argumentos racionales compiten desenfrenadamente para pisar primero la raya final. Luego sobreviene el dolor de haberse equivocado, pero enseguida la posibilidad de intentarlo otra vez.
   Las letras de tango, y sus personajes, son tan universales como el Hamlet de Shakespeare. Ambas hablan del hombre y de su angustia frente a la conciencia de la libertad.
   Si efectivamente creemos que el arte es un reflejo preciso de las ondulantes y siempre actualizadas inquietudes humanas, entonces debemos ubicar al tango en un sitio privilegiado, analizarlo con la dedicación que se merece, y difundirlo en toda su integridad.

M. O.
Domingo 22 de mayo de 2010