Sobre el misterio teológico de la Encarnación

De: Gustavo Ch.
Enviado: Lunes 31 de Mayo de 2010 13:40
Asunto: algunas consideraciones y una pregunta

Estimado Conrado:
Ante todo, quiero decirle que es para mí un placer escuchar todos los domingos a la noche su programa, uno de los mejores de la radiofonía,
sin duda.
Muchas veces no comparto sus posiciones referidas a diferentes temas; sin embargo son esas, sus opiniones divergentes a la mías, las que obran como una suerte de disparador y me obligan a (re)pensar mis ideas y sus argumentaciones.
Abusando de sus conocimientos, deseo consultarle acerca de algo que hace tiempo vulnera mis pobres saberes:
Decimos que Dios es eterno. Si mal no recuerdo, la eternidad es la no sujeción al tiempo, por lo que mal puede acontecer en Él un cambio; cambio que sería imposible por esencia también, dado que Dios es perfecto y la perfección no puede ser alterada sin caer en imperfección. Entonces, ¿cómo puede haber acontecido el cambio de la Encarnación (o cómo el Verbo se sometió a los avatares temporales) sin que Dios altere su perfección y su eternidad?
Supongo que en días de los apologistas (desde Tertuliano en adelante) esta objeción al dogma cristiano se debe haber efectuado, y debe existir una respuesta lógica. Pero no la he hallado.
Si usted pudiera darme la solución a este problema, se lo agradecería muchísmo.
Reciba mis más cordiales saludos,
Gustavo, un oyente tanguero

Estimado Gustavo:

Es verdaderamente difícil dar a su pregunta una respuesta que resulte satisfactoria para todo lector, porque en ella se mezclan en forma inevitable cuestiones de filosofía metafísica con cuestiones de fe.

Los creyentes en la Encarnación del Verbo no se plantean esta pregunta, porque la fe –el salto a-lógico de la fe– les permite aceptar ese misterio al igual que otros análogos como la Trinidad o la presencia real de Cristo en la Eucaristía, sin requerir una explicación lógica y ontológica que los satisfaga, y que resulta a todas luces imposible de alcanzar.

Puede ser oportuno señalar que "misterio" no equivale de ningún modo a "ignorancia": Todo aquello que hoy se ignora puede llegar a saberse, al menos como posibilidad que está al alcance del intelecto humano, mientras que, por definición, un misterio es algo inexplicable para la mayoría casi absoluta de los mortales. Solamente los santos místicos y aquellas personas que, sin ser oficialmente santos, pueden acceder plenamente al sentido del misterio ("místico" deriva del griego "mistikós", que significa precisamente, "misterio").

Sin llegar –ni mucho menos– a la plenitud mística de un San Juan de la Cruz o una Santa Teresa de Ávila, el misterio está al alcance de los comunes creyentes como nosotros, simplemente por medio de un acto voluntario de profunda aceptación.

"Simple" se toma erróneamente como sinónimo de "sencillo", "fácil", por oposición a lo "compuesto" o "complejo", que implica la existencia de un conjunto de partes mutuamente dependientes. Lo complejo es explicable, bien que haya que proceder gradualmente y descomponer su totalidad en partes, como cuando, por ejemplo, la medicina estudia el cuerpo humano tanto en su anatomía como en su fisiología.

En realidad, "simple" es lo que no tiene partes, como el alma (para quienes creen en su existencia), que a diferencia del cuerpo no está constituida por partes, o el mismo Dios–. Esta simplicidad en el plano de la esencia hace que la propuesta de aceptar "simplemente" los misterios de la revelación judeocristiana –en suma, creer, tener fe– sea un acto realmente difícil, y en apariencia sin fundamento y hasta insensato: "Credo quia absurdum" –"Creo porque es absurdo"– es una frase que más que indicar una actitud polémica de quien la enuncia expresa probablemente el recóndito dolor de todo aquel que no posee el don gratuito de esa fe que –se ha dicho con justeza– es "escándalo y consuelo".  Cuando el anhelo de lo eterno y definitivo no ha caído en el resentimiento de la frase Credo quia absurdum, que implica un rechazo, incluso burlón, de la fe, sino que se conserva de algún modo en el corazón del no creyente o del apenas creyente, cabe expresarlo con otra frase que es en realidad una jaculatoria –"jaculatoria" tiene la misma raíz que "eyaculación": algo que se envía con fuerza, en este caso, hacia Dios–, es decir, una oración breve, pero que puede ser vivida intensamente: "Creo, Señor. ¡Ayuda a mi incredulidad...!"

El misterio –los misterios de la fe, comunes a todas las grandes religiones– no es, como ya se señaló, explicable. Pero en cambio sí es habitable: Se ha dicho con acierto que cuando el intelecto consigue aceptar al misterio como tal, éste no desaparece para ser reemplazado por una explicación racional, sino que simplemente se torna habitable, y en esa habitabilidad consiste, precisamente, el hecho de vivir en la fe.

Este vivir en la fe es, además enteramente compatible no sólo –obviamente– con el estado de Gracia de quien se siente libre de todo conflicto con Dios originado por su conducta, sino también –como ya señalamos, para escándalo de los no creyentes y para consuelo de los pecadores– con la situación existencial de quien se sabe inveterada y reiteradamente pecador, como el sacerdote de El poder y la gloria, de Graham Greene. Y esto es así porque, como nos lo dijo San Pablo: "En donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia". Gracia que consiste en este caso, en que nadie es lo suficientemente virtuoso para creerse a salvo del juicio condenatorio de Dios, pero también en que nadie es lo suficientemente vicioso como para que se extinga definitivamente en su alma el anhelo de encontrar a Dios, aún en medio de los peores pecados.

El psiquiatra judío Viktor Frankl lo ha explicado cabalmente en sus numerosos libros de logoterapia: Si pensáramos que un ser humano que está espiritualmente, moralmente o mentalmente enfermo, es un mecanismo que se ha estropeado en forma irreversible, carecería de sentido todo intento de ayudarlo a recuperar la salud de su mente, de su espíritu o de su integridad moral. Y tal pesimismo radical nos llevaría de inmediato a la lúcida alternativa del gran escritor ateo Albert Camus: Si la existencia humana realmente carece de sentido, "la única cuestión que merece ser discutida es la del suicidio".

Obsérvese sin embargo –sin intentar santurronamente decretar que Camús ha sido en realidad una especie de "criptocreyente", sino aceptando lo verdadero y auténtico de su ateísmo–, él también busca, como el creyente judío Frankl, y como el creyente en cualquier otra religión, un sentido definitivo para la existencia, y lo ha alcanzado en un universo sin Dios, y lo proclama grandiosamente en El mito de sísifo: A solas consigo mismo, sin la esperanza en el auxilio de ninguna clase de dioses, Sísifo reanuda una y otra vez su tarea, que sabe que lo llevará a un nuevo fracaso. Y Camus concluye con su afirmación grandiosa de un humanismo ateo en el que el hombre puede encontrar sentido para su existencia del mismo modo en que lo encuentra el creyente sincero en Alá, en Jehová o en Jesucristo: "Hay que imaginar a Sísifo dichoso".

Concluida esta necesaria tarea previa de situar el hecho contradictaorio de la Encarnación –como bien se lo pregunta Gustavo: ¿Cómo pudo Dios, que es inmutable –y por ende, necesario– mutar a la condición humana –y por ende, contingente– en la persona de Cristo?

Voy a agregar algunos elementos más para una reflexión personal sobre este tema –la reflexión que quiera proponerse quien lea este artículo, la reflexión de Gustavo, y por supuesto también la mía propia, que de ninguna manera está concluida ni ha arribado a conclusiones definitivas, más allá de la aceptación de la mínima fe que creo poseer–. Y esto requerirá que explicite algunos conceptos de Metafísica, que es la parte de la filosofía que se ocupa del ser. Aclaro esto porque la Metafísica no es una forma de "autoayuda" –actividad actualmente de moda entre gente que siente que ha naufragado–, sino la especulación acerca del ser, de los entes –en especial, del hombre: la antropología filosófica–, y del Ser trascendente –es decir, el concepto metafísico de Dios, que es estudiado por la teodicea (del griego "zeós": dios, y "dike": justicia): "justicia –justificación racional– de Dios.".

La pregunta de Gustavo constituye una aporía –un problema de suyo irresoluble porque no puede arribarse a una conclusión única, definitiva y aceptada por todos–: Cómo es posible que Dios, que es inmutable por definición porque su condición de acto puro exige que no cambie en absoluto, haya podido encarnarse, someterse a las leyes del devenir espacio temporal que rigen a la materia, lo que constituye una forma de cambio que resulta lógicamente inaceptable.

Dios también interviene en la historia, y no sólo como motor inmóvil –como, varios siglos antes de la Encarnación, lo concibió Aristóteles– sino durante la vida terrenal de Cristo, y actualmente con su Divina Providencia –otro descubrimiento de la teología judía, en la que creemos actualmente tanto judíos como cristianos.

Comencemos con un misterio tan antiguo como nuestra fe judeocristiana: la afirmación –descubrimiento de los teólogos judíos– de que Dios es persona. Esta condición de persona no convierte a Dios en contingente, como nos sucede a las personas humanas, que estamos destinadas a morir.

Un segundo descubrimiento de la especulación judía acerca de Dios es su condición única, es decir, el monoteísmo, que implica un notable avance en el concepto de divinidad al depurarlo del politeísmo, con su riesgo de extravío en mitologías
peregrinas.

Viene también al caso recordar que "persona humana" no es una expresión redundante, ya que hay varias clases de personas (entendido "personeidad" como la capacidad de conocer y de elegir.): Existe una única persona divina, que conoce en forma perfecta –es omnisciente–, y elige sin ninguna limitación a su voluntad –es todopoderoso–. Existen también –siempre dentro de la concepción judía y posteriormente cristiana– personas puramente espirituales, y como tales de un rango superior al humano, ya que su voluntad de elegir –su libertad– no está acotada por la materia: son los ángeles ("ángel" significa en griego "mensajero": son los mensajeros de Dios, que aparecen en ambos Testamentos). Finalmente existimos las personas humanas, de condición espiritual y material a la vez, con anhelos de lo perfecto y definitivo que corresponde a nuestra condición espiritual pero, en tanto que seres materiales, sujetos también al devenir, situados en el tiempo y en el espacio, y limitados –por consiguiente– tanto en nuestro conocimiento como en nuestras decisiones.

Por ser persona Dios está abierto al diálogo con nosotros, que se concreta a través de la oración. En la concepción judeocristiana Dios es el Tú omnipotente con el que podemos, a pesar de la infinita diferencia de rango ontológico que nos separa, dialogar, y hacerlo no sólo en la actitud de la reverencia que nos inspira su inmensidad, que puede llegar a manifestarse como temor e incluso como terror, sino también con total confianza, como en la oración enseñada por el mismo Jesús: "Padre nuestro..." (el término arameo que usó Jesús es "abba", que es el nombre dado familiarmente al padre: "Papá nuestro...".).

La posibilidad de diálogo con Dios ya implica una aparente caída de la inmutabilidad de Dios en la historicidad del hombre: un tú, aún el Tú divino, es un interlocutor, y como tal deja de ser inmutable ante nuestras palabras (nuestra oración, nuestras súplicas, que evidentemente carecen de sentido si Dios no puede cambiar).

La disquisición sobre este tema es inagotable, pero carece de sentido si lo que se persigue a través de ella es arribar a una conclusión que permita decidir si Jesucristo, en tanto que Verbo encarnado, es Dios, o si es un mero "avatar" –término que se emplea actualmente como coartada para justificar la fe en cualquier gurú de moda–. Es imposible someter los misterios teológicos a la supuesta "luz" de la lógica discursiva.

Quizás un alivio a la zozobra de no poder encontrar una respuesta "lógica", "racional", "científica", "comprobable", "definitiva",
pueda proporcionarlo el ensayista judío, marxista, psicoanalista y además estadounidense –por lo que todo lo anterior resulta particularmente heroico– Erich Fromm.
En su clásica obra El arte de amar (Bs.As., Paidós, 1970, 155 p.) analiza el amor a Dios y señala la dificultad que tenemos en occidente para ir más allá de la lógica formal:

   "Desde Aristóteles, el mundo occidental ha seguido los principios lógicos de la filosofía aristotélica. Esa lógica se basa en el principio de identidad que afirma que A es A, el principio de no contradicción (A no es no-A) y el principio de tercero excluido (A no puede ser A y no-A; tampoco ni A ni no-A.)." (p.88)
   "En oposición a la lógica aristotélica, existe la que podríamos llamar lógica paradójica, que supone que A y no-A no se excluyen mutuamente como predicados de X.". (p.89)

Y unas páginas más adelante, Fromm señala que el pensamiento lógico discursivo no puede darnos "respuesta" a los misterios –aparentemente contradictorios– de la teología:

  "Los maestros de la lógica paradójica afirman que el hombre puede percibir (p.93) la realidad sólo en contradicciones, y que su pensamiento es incapaz de captar la realidad-unidad esencial, lo Uno mismo. Ello trajo como consecuencia que no se aspira como finalidad última a descubrir la respuesta en el pensamiento. Éste sólo nos dice que no puede darnos la última respuesta. El mundo del pensamiento permanece envuelto en la paradoja.".(p.94)
 
Luego Fromm refirma el sentido de la fe expresada evangélicamente (San Mateo 25, 33-38) como amor por el prójimo, que conlleva tolerancia y también esfuerzo de autotransformación, antes que búsqueda de un imposible "esclarecimiento" lógico:

"Por lo tanto, lo más importante en la forma correcta de vivir." (p.94) "Desde el punto de vista de la lógica paradójica, lo fundamental no es el pensamiento sino el acto." (p.95)

Para concluir su argumentación con un dejo de critica mordaz:

"En resumen, la lógica paradójica llevó a la tolerancia y a un esfuerzo hacia la autotransformación. La consideración aristotélica condujo al dogma y a la ciencia, a la Iglesia Católica y al descubrimiento de la energía atómica.". (p.96)

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