De: "Pucho"
Enviado: Jueves 05 de Febrero de 2009 10:40
Asunto: "Apellidos de prosapia"

Querido Conrado:
Te escribo para pedirte que me aclares si está bien o es incorrecta una indicación que figura en un formulario oficial, donde al precisar cómo consignar el apellido, aclara "cuando el apellido sea de prosapia, se iniciará con letra minúscula", y da ejemplos como "de Olivos" " de la Prieta" o " de González Quinterno"
Como para mí es toda una novedad esta tipificación de apellidos, quisiera que me arrojes un rayo de luz sobre el tema.


                            ¿Qué es un "apellido de prosapia"?

Es obvio enunciar que los seres humanos no provenimos de la nada. En este sentido, todos somos "hidalgos", "hijos de algo": ha habido un padre que nos engendró y una madre que nos parió; tenemos antepasados, nacimos en un determinado lugar y nos han impuesto un nombre.

Del mismo modo que nuestra personalidad, el mencionado conjunto de rasgos nos diferencia de los demás: somos alguien desde el nacimiento tenemos un nombre propio. Pero para llegar a ser verdaderamente una dama o un caballero no alcanza con la prosapia, estirpe, abolengo, linaje, o como se quiera llamar –siempre con palabras rimbombantes– a la circunstancia común de tener antepasados. Para poder ser considerado un verdadero hidalgo más allá de esta hidalguía nominal, cada uno debe desarrollar sus mejores potencialidades y expresarlas en su conducta y en sus obras.

Viene a cuento el célebre diálogo de la comedia La verdad sospechosa, de Juan Ruiz de Alarcón (siglo XVII):     

                –¿Sois caballero, García?
                –Téngome por hijo vuestro.
                –¿Y basta ser hijo mío
                  para ser vos caballero?
                –Yo pienso, señor, que sí.
                –¡Qué engañado pensamiento!
                  Sólo consiste en obrar
                  como caballero el serlo.

El obrar como caballero –o como dama, para la tonta distinción "de género" actualmente indispensable– tiene como condición necesaria el haber recibido una educación que haya originado el desarrollo de nuestras mejores posibilidades y talentos, y que nos haya habituado a emplear esas cualidades con rectitud tanto en las minúsculas cosas de la vida diaria como en las decisiones y en las obras que comprometen toda nuestra existencia.

"Dejar de ser mero número de eso que se llama gente para destacarse y singularizarse implica cualificación. Superar la vulgaridad y la innominación, adquirir nombre y renombre, es cuestión de cualidad. E investirse de cualidades perfectivas actualizando potencialidades y distinguiendo uniformidades es cuestión de educación", dice el eminente filósofo español Ángel González Álvarez". (Filosofía de la Educación, Bs.As., Troquel, 1963, p.57).

Se percibe un comprensible matiz despectivo en el giro: "eso que se llama gente". El aristócrata –cualificación alcanzada por su propio esfuerzo y trayectoria vital– González Álvarez descalifica al vulgo indiferenciado, a la masa sin nombre que intenta usurpar un rango que no le corresponde. Y cuando habla de "renombre" no se refiere al status de quienes la sociología denomina "personajes" –Monzón, Maradona, Moria, Mofovich (uno que se mofa de todos)–, sino al status al que esa misma disciplina llama "prestigio": el del doctor Laureano Maradona, el de Horacio Accavallo, el de Nelly Omar, el de todo aquel que se destaca digna y noblemente en su propia actividad.

Cuando la Asamblea de 1813 suprimió los títulos de nobleza, quienes no soportaban ser tratados de modo igualitario comenzaron a valerse de otros medios para darse importancia. El más utilizado, aún hoy, es el título de "doctor" –preferido por los políticos aunque algunos sean casi analfabetos–.

Otra manera de darse importancia, según la costumbre española de dar énfasis en la procedencia paterna y materna, consiste en anteponer a los apellidos un "de" con sentido genitivo, e incluso un "y" para incluir al de la madre: Hace algunos años el diario de Bahía Blanca publicaba una columna a cargo de Ricardo Paz. Así se llama, y así se lo presentaba cuando aparecía en televisión. Pero en el diario, debajo del título de sus artículos, decía hispánicamente "Por Ricardo de Paz y Figueroa".

Burlándose del intento de jerarquizar la propia ascendencia con aditamentos puramente exteriores, Ernesto Sabato ironiza en una de sus novelas sobre la atribución de rasgos favorables o desfavorables a las personas a partir de prejuicios sobre sus apellidos, y refiere un diálogo entre dos personajes, "el Nene Costa" y "Pampita", quienes con frívola erudición se ponen a inventar decenas de apellidos, sobre todo italianos y judíos, y a hacer satíricos comentarios sobre sus significados. (Abaddón, el Exterminador, Bs.As., Sudamericana, 1974, pp. 383-389).

En otra novela de Sabato aparece "Quique", un personaje que comenta con aguda ironía: "Si en este país vos te llamás Vignaux, aunque tu abuelo haya sido carnicero en Bayona o en Biarritz, sos bien. Pero si sobrellevás la desgracia de llamarte De Ruggiero, aunque tu viejo haya sido un profesor de filosofía en Nápoles, estás refundido, viejito: nunca dejarás de ser una especie de verdulero." (Sobre héroes y tumbas, 18ª ed, Bs.As., Sudamericana, 1976, p.212).

En la desaparecida revista "Rico Tipo" aparecían las andanzas de "El gordo Villanueva", personaje creado por Luis de la Plaza. El protagonista, vestido siempre con traje oscuro, corbata y chaleco, llevaba consigo una medalla que le había comprado a un "ruso" de la calle Libertad, parecida a la que se otorga a los legisladores, y cuando quería obtener una ventaja cualquiera –no pagar entrada, no esperar turno en una fila– la exhibía mientras farfullaba: "Doctor Villanueva, blblblmnmngñgñ de la Nación".

El afán de presunción ha hecho resurgir la heráldica, y resulta frecuente que un García Pérez cualquiera –que no ha sido ni jugador de Racing ni marido de Victrolita– se haga diseñar un árbol genealógico y un escudo de armas, y los exhiba al lado de un estante con libros de Coelho, Pigna, Bucay y Lanata.

Para evitar el título de "doctor", desprestigiado por la sospecha de su inautenticidad, muchos recurren al de "licenciado". A los técnicos en toda clase de actividades se los llama ahora licenciados: Los hay en relaciones públicas, en seguridad, en pedicuría ("podología"), en cosmética ("cosmiatría"), en reiki, en masoterapia. En realidad la licentia docendi (autorización para enseñar) es el grado académico inmediatamente inferior al de doctor, que es a quien la universidad le ha reconocido el más alto nivel de conocimiento.


Como alcanzar un doctorado verdadero requiere años de estudio, y los licenciados aspiran a diferenciarse de sus pares cada vez más numerosos, se ha redescubierto el antiguo grado académico de "maestro". Pero este término está demasiado relacionado con la escuela primaria, y entonces se lo usa en latín o directamente en inglés: son los magister y los master, que suelen conseguir empleo en multinacionales deseosas de decorar su imagen alquilando algún tipo de prestigio académico.

Otro manido recurso para creerse distinguido consiste en procurarse el modo de adquirir –del modo que sea– todo aquello que puede dejar boquiabiertos a los simples: ropa de marcas conocidas, auto en lo posible nuevo, vivienda en un gueto de la periferia urbana, concubina de belleza siliconada. Este consumo superfluo –al que la sociología llama "conspicuo"– atrae a personas de todos los niveles sociales, y mientras escribanos y dentistas esquilman a sus clientes y se vanaglorian de los costosos restaurantes que frecuentan y de la variedad de vinos que paladean, a poca distancia de ellos, en los barrios sin desagües ni pavimento, los pobres ostentan sus teléfonos celulares con MP5 y sus zapatillas moldeadas, dos veces más caras que los mejores y más duraderos zapatos artesanales.

En "Sexto piso", Homero Expósito le dice lapidariamente a la mujer que lo dejó solo en su modesto departamento:

                 "Si tristeza da al mediocre la pobreza, ¡cómo habrás sufrido vos!
                  ¡Vos que tenés la misma altura que el montón!".

En la década de 1950 la editorial Haynes publicaba, además del diario "El Mundo", la revista de interés general "Mundo Argentino". En una de sus páginas el humorista Rafael Villafañe presentaba "Yo me la cuento", una sección que ironizaba sobre aquellas personas que no pueden aceptar ser quienes realmente son, y se atribuyen alcurnias y prosapias inexistentes.

En el tango "Niño bien" Víctor Soliño descalifica las pretensiones de un personaje de esta clase, y otro tanto hace el humorista Aldo Cammarota en su tango "¡Petitero!".

Otro humorista argentino –creo que se trata de Carlos Garaycochea– ha escrito entre otros libros una obrita satírica titulada Cómo parecer distinguido uno que es un ordinario, y es autor también de la frase: "No te hagas el fino, que se enfrían los fideos".

El formulario oficial encontrado por Pucho, en el que se aclara "cuando el apellido sea de prosapia, se iniciará con letra minúscula", es un signo de la necedad de algunas personas. Correspondía indicar que los apellidos españoles que comienzan con "de" se inician con letra minúscula, sin prejuzgar atribuyendo "prosapias" gratuitamente. A menos que quien elaboró el texto admire al gran inepto Fernando de la Rúa, o que ignore que quienes se apellidan "de la Cruz", "de la Iglesia", "de Dios" –en Italia, "Nazareno", "Sposito"–, son descendientes de criaturas abandonadas en un orfanato religioso.

La letra del tango "Polos" dice en uno de sus versos: "y si es por apellidos, que el mío hable por mí." El significado oscuro de la frase se explica al recordar que su autor es Homero Expósito, quien desde su condición hidalga de poeta solía blasonar irónicamente de su ascendencia diciéndonos: "Soy Expósito, de la Casa de Expósitos."

Homero, Virgilio y Luis María Expósito nacieron en el hogar de un matrimonio de laboriosos panaderos y confiteros de Zárate. Su padre fue actor vocacional de teatro, luchador anarquista y lector de los clásicos griegos y latinos de quienes tomó los nombres que impuso a sus hijos mayores. Difícilmente pueda encontrarse una estirpe, un linaje, un abolengo, una prosapia más digna que la de quienes llevan el apellido de un honesto padre de familia.

                                                                                                                                      Conrado De Lucia
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