De seudocreadores, innovadores y corregidores

Vivimos en un mundo "posmoderno"y "globalizado", en el que el capitalismo salvaje ha convertido a la salud, la educación, la seguridad e incluso la justicia en meras mercancías solamente accesibles para quien puede pagarlas. De sus cinco funciones indelegables el estado sólo conserva actualmente la de defensa, hasta que los políticos se atrevan a privatizar también las fuerzas armadas.

También las artes, ámbito supuestamente regido por los valores estéticos, van quedando cada vez más sometidas a los criterios economicistas de las leyes del mercado.

El arte como negocio, como modus vivendi, como actividad comercial muchas veces totalmente desvinculada de la búsqueda de la belleza, queda sujeta a los mecanismos del marketing –más colonizado aún resulta el término "mercadeo"– y origina, por ejemplo, el surgimiento de pandillas de media docena de sujetos –a veces varios más: todos los del barrio sin oficio conocido quieren participar– que dan saltos simiescos sobre un escenario mientras suena una horrible música pregrabada que ellos ni siquiera sabrían tocar.

Hace un tiempo apareció cierta jovencita con una estridente voz de verdulero (y no de verdulera como correspondería a su sexo) –¿o debe decirse género, como han decretado algunos sociólogos?– que pegaba inexplicables saltos y revoleaba un poncho. La presunta novedad de un folklore de saltimbanquis tuvo algún éxito hasta que, parafraseando el tango de Vicente Spina, "Después de un año atroz de Soledad, volvimos a escuchar a Suma Paz", y la gente que consiguió poner a su sensatez a salvo de la influencia idiotizante de los medios masivos comprendió que había sido tan engañada como esas madres que en vez de estimular la inteligencia de sus hijos ocupándose de educarlos, acatan la orden televisiva de comprarles Danonino, y se desentienden de ellos. (En mi niñez no existían tales "suplementos dietarios", y esta carencia nos condenó a una notoria estupidez, aunque a las seis de la tarde tomáramos Toddy –que a muchos no nos gustaba– y aulláramos como Tarzán).

Esta tendencia a reemplazar lo artístico por lo comercial ha originado también que se abuse del concepto de la recreación o co-creación de la obra de arte por parte de su circunstancial oyente o espectador. Las "lecturas", "miradas", "finales abiertos", "propuestas", permiten que cualquiera se sienta en el mismo plano que el artista que ha empeñado toda su dedicación y esfuerzo para ofrecer al público una obra acabada y completa. Quien asiste a la exhibición de "Ladrones de bicicletas" puede llegar a suponer que de este modo ha participado en la realización de la película, y se siente autorizado a comentarla como si hubiera sido un colaborador de Vittorio De Sica.

En análoga tesitura de pretendida co-creación –que se aproxima a la usurpación–, algunos cantores populares modifican con dudoso acierto palabras e incluso frases enteras de las letras que interpretan.

Tino Diez me ha referido que el doctor Eduardo Giorlandini –quien escribió, con música de Edmundo Rivero, "Aguja brava"– le comentó en una oportunidad que Rivero era un auténtico corrector de las letras de tango, pero que antes de hacer una modificación a lo escrito por el poeta lo consultaba y se ponía de acuerdo con él, para no cambiar el mensaje original de la obra.

Discepolo escribió en su tango "Secreto": "ventarrón que desgarra en su furia un ayer". Para expresar una idea con todo su dramatismo no recurrió en este caso a ninguna imagen. Julio Sosa le agrega la de un árbol azotado por el viento, y canta: "ventarrón que desgaja en su furia un ayer". En las grabaciones de "El varón del tango" –intérprete sobresaliente, por lo demás–, pueden encontrarse otros ejemplos de modificaciones que pueden considerarse superfluas.

Con la pretensión de "mejorarlas", a veces se les realizan correcciones gramaticales a las letras. En "Ventanita de arrabal", de Pascual Contursi, el verso: "Aquel que un domingo bailaron un tango" suele cantarse, con mejor sintaxis pero con cierta pérdida de autenticidad y frescura: "Aquel que un domingo, bailando en un tango".

El propio Gardel trató de corregir otro defecto de esta letra, y en vez de "aquel que su almita rodó por el fango" canta "arrastró por el fango". En el primer caso, la sintaxis correcta sería: "aquel que a su almita hizo rodar por el fango", que no se puede hacer caber en la melodía con ningún recurso cancionístico. En algunas recopilaciones figura como verso original "aquel que su almita rodó por el tango". Formalmente, esta versión se asemeja más al estilo de los otros presuntos "errores", y sugiere toda una historia que permanece tácita: "Aquel que mediante la seducción que puede ejercer el tango hizo rodar a su almita."

A quien le resulte imperfecta, críptica o rebuscada esta manera de expresarse se le puede sugerir que cuestione los versos de la "Fábula de Polifemo y Galatea" de Góngora, del tipo de: "erizo es el zurrón de la castaña".

Otro "error" de don Pascual Contursi ocurre cuando enuncia una analogía entre la ventanita del arrabal y la mujer del relato: "vos también abandonada, de aquel día se quedó". Apretadamente, quiere decir: "vos también abandonada desde aquel día quedaste", que como los anteriores sería imposible de cantar. De haber sido más riguroso, Contursi debió haber tirado al cesto una letra tan desprolija, pero nos hubiéramos quedado sin un hermoso tango que refleja con autenticidad la manera de vivir, de pensar e incluso de expresarse de una época.

Pero debemos recordar también que ya no estamos en 1927, y que los comprensibles balbuceos de los iniciadores del tango canción no pueden ser alegados para justificar la imperfección de lo que se escribe ochenta años después. La obra de Discepolo, Manzi, Cátulo, Expósito, y del propio hijo de Contursi, José María, señalan una evolución formal y conceptual de las letras de tango que también sugiere el nivel de calidad que puede exigirse a toda nueva producción tanguera.

                                                                                                                                Conrado De Lucia           
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