Belgrano

 

   Entre lunas de barro y luz salada,
   entre voces de luto y amargura,
   descubriste de pronto la hermosura
   de una antigua paloma inmaculada;
   de una rosa de vientos, desplegada
   como una anunciación de la aventura,
   como un arcángel, como la ternura,
   como una gloria azul inconquistada:
   descubriste de pronto los colores,
   fe de la fe y amor de los amores.
  
   Un infinito corazón piadoso,
   general de la pena y el desvelo,
   adelantado fundador del cielo,
   eternamente limpio y silencioso.


                        Gustavo García Saraví
                 (de Estampas con honras y llanuras)

 

 

 

 

 

   Gustavo García Saraví (La Plata, 1920 – Buenos Aires, 1974). Abogado, egresado de la Universidad Nacional de La Plata
   en 1948. Primer Premio de Literatura de  la Pcia. de Bs. As, 1952; Premio Internacional de Poesía otorgado por el diario La    Nación, 1962; Segundo Premio Municipal  de Poesía, 1972; Premio Regional y Nacional de Poesía, 1974–1977; Premio    Internacional de Poesía Leopold Panero, 1981;  Premio José Luis Núñez, Sevilla, España, 1981; Diploma al Mérito de la    Fundación Konex, 1984.  Ciudadano Ilustre de la ciudad de La Plata y Huésped de Honor de la ciudad de Posadas.


Acerca de este poema

Abundan –casi podría decirse que con exceso– los sitios de la web en que pueden leerse producciones poéticas, dentro de un rango que abarca desde el balbuceo –a veces lleno de fuerza pero aún no suficientemente cultivado con la perseverancia de orfebre que requiere la poesía– hasta el poema plenamente logrado, aquel que consigue iluminar con su excelencia deslumbrante un ámbito de la realidad que permanecía velado para los ojos de quienes amamos la poesía pero no hemos recibido los dones otorgados al poeta.

Como cada uno de nuestros humanos talentos, el poético es gracia recibida desde un plano trascendente, y por lo mismo es también vocación, llamado a desempeñar un oficio sagrado: el del artista –ya sea músico, pintor, escultor, poeta, arquitecto, o creador (poiesis: creación) de nuevos modos de contemplar (zeoréin: contemplar) la gran obra del Poeta del cielo y de la tierra, actitud que incluye a todos los que intenta develar la perfección de lo creado: físicos, químicos, biólogos, matemáticos...

La actitud que adoptamos espontáneamente ante el verdadero poema es de admiración, de reverencia, de conmovida emoción ante lo sagrado que –paradójicamente– se nos está manifestando en una obra humana, y que como tal se apodera de nosotros, nos abarca, nos incluye y nos hace participar, en un momento de éxtasis, de la comunión con lo infinito.

Es lo que ocurre al leer una y otra vez, colmándonos de maravilla, la biografía total, perfecta y excluyente de don Manuel Belgrano que Gustavo García Saraví ha logrado con un puñado de palabras.

Cada uno de nosotros manifiesta a lo largo de la existencia su personeidad singular, en una variedad de rasgos de personalidad a veces sorprendentemente disímiles, pero que convergen en esa unicidad de misterio irrepetible de cada hombre. García Saraví ha sido abogado, estudioso de nuestra historia, y como tal pudo habernos obsequiado con una biografía de Belgrano que nos mostrara la real dimensión del gran hombre a través de sus actos, sus actitudes y sus afectos.

En esa tesitura podemos leer valiosos textos como el de Jorge Newton Belgrano, una vida ejemplar (Bs.As., Claridad, 1970), o la detallada historia escrita por Bartolomé Mitre. Pero hay otro modo, inmediato, fulgurante, de entender en un ramalazo de intuición quién ha sido aquel jurista y militar que fue mucho más que el creador de nuestra bandera: Es el modo de captación inmediata de su esencia que se alcanza con la lectura de un poema como el que encabeza esta página.

El poeta es un ser humano colmado de amor: ama la creación de Dios, la recrea en su obra, y nos la ofrece en un consecuente acto de amor al prójimo, que nos permite a los lectores participar de su intellectus, de su capacidad de leer dentro de la más profunda realidad de un paisaje, de una gesta, de un insecto, de una mirada, y reposar, agradecidos, del habitual trajín de la ratio, del esfuerzo discursivo que busca aprehender el significado de los entes desde la lógica del pensamiento científico, que nos brinda sus frutos tanto como nos deja insatisfechos en una parte fundamental de nuestra dimensión humana..

El poeta viene a completar ese discurso legítimo pero insuficiente de lo técnico, lo pragmático, lo eficiente y obviamente necesario, pero limitado. El poema, la obra del artista, nos des–limita, nos abre a la contemplación de otras dimensiones del logos que ha sido participado en todas las cosas y en todas las personas.

Así, el "Belgrano" de García Saraví puede constituir también un paradigma desde el que podemos deducir criterios para establecer los distintos rangos en que se disponen esas obras literarias a las que aludimos con el término "poemas", y que resulta a veces excesivamente abarcativo.

Pero el discurso lógico, la ratio, es, como en todo objeto de conocimiento humano, aplicable también al poema, siempre que se realice luego de la primera e insustituible experiencia del intellectus, el insight, la intuición inmediata de esa realidad que el poeta se ha propuesto mostrarnos. Incluso resulta legítimo, como una forma didáctica de aproximarnos a la poesía, el análisis, la des-articulación de las partes que componen el poema. Como toda autopsia (autós optos: ver por sí mismo), este estudio –que suele constituir un quehacer habitual de los docentes de la lengua– requiere de una disección a la que se supone indolora, ya que se realiza sobre algo –persona o poema– que ha sido privado de existencia por el propio análisis.

Pese a este riesgo de que el espíritu del poema se separe de su cuerpo al hacerlo, intentaremos separar y describir algunos rasgos de esa totalidad que lo constituye en obra de arte. Volvamos, pues, a los versos de García Saraví, pero ahora con la actitud del estudioso que admira el todo y quisiera además comprender cómo se han dispuesto sus partes para que produzcan tan logrado efecto.

   Entre lunas de barro y luz salada,
   entre voces de luto y amargura,
   descubriste de pronto la hermosura
   de una antigua paloma inmaculada;
   de una rosa de vientos, desplegada
   como una anunciación de la aventura,
   como un arcángel, como la ternura,
   como una gloria azul inconquistada:
   descubriste de pronto los colores,
   fe de la fe y amor de los amores.
  
   Un infinito corazón piadoso,
   general de la pena y el desvelo,
   adelantado fundador del cielo,
   eternamente limpio y silencioso.

La primera dificultad que he encontrado ha sido la disímil puntuación de las varias versiones de este poema que aparecen en Internet. He optado por puntuar el poema del modo que me ha parecido el más adecuado para evitar errores en su lectura. Algunas versiones producen confusión entre los hechos, los objetos –el objeto: nuestra bandera– y el retrato de don Manuel Belgrano. En otras se distribuyen las estrofas siguiendo la forma clásica del soneto español, lo que presenta la dificultad de que une los dos últimos versos que se refieren a la bandera –y que sintetizan lo preanunciado en todos los precedentes– con el primero de los cuatro versos finales, que constituyen una perfecta síntesis poética de la personalidad de Manuel Belgrano.

García Saraví ha necesitado un sólo verso para mostrarnos la noche augural a orillas del Paraná, sus barrancas, la soledad cósmica en la que –sin embargo– va a producirse el milagro de la creación de nuestra enseña.
Un sólo verso ha requerido, también, la acabada descripción de los esfuerzos, de los sufrimientos y privaciones de nuestros soldados y de su ilustre jefe.
Y en el tercer verso se inicia el milagro: Se le revela a Belgrano –o más bien Dios se lo revela– el sentido de algo sublime, purísimo y trascendente. Que es a la vez una señal, un mandato cardinal, un rumbo, una exhortación a la lucha y al coraje.
Algo inmenso se nos promete: lo que descubrirá su genio será un mensaje trascendente, pero a la vez colmado de emocion y de afecto humanos. Será una promesa de algo final, de un triunfo definitivo y a la vez inalcanzable, pero al que aspiramos y que a la vez se nos exige que intentemos.
E irrumpe nuestra bandera: Belgrano la descubre en el azul del cielo y la llena de la más elevada de las esperanzas y del más intenso de los afectos: el amor por la patria entonces naciente.

A continuación el poeta ensalza, en una descripción que es a la vez una plegaria, el inmenso talante religioso de Belgrano, su capacidad inconcebible de resignación y de sacrificio.
Y lo proclama por último como Adelantado: como enviado por una autoridad suprema, no para establecer ciudades o naciones, sino para fundar ese azul y ese blanco inmateriales que a todos nos cobijan. Nuestra bandera es nuestro cielo, fundado por Belgrano como superior demiurgo. Puro, callado, indefenso y a la vez invulnerable en la imperturbable grandeza a la que Dios lo había destinado.

                                                                                                                                     Conrado De Lucia

                                                      
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