La prosa poética

(A modo de presentación de "Eje vital", de Cristina Núñez)

Un poema, poiesis, creación del espíritu en suma, puede ser expresado en forma de prosa poética, como se le ha reconocido a Juan Ramón Jiménez. El espíritu produce de modo distinto al de la materia: ésta evoluciona según leyes predeterminadas, establecidas por el Autor de todo lo creado, mientras que el espíritu es el principio que fundamenta la posibilidad de crear ex nihilo, de hacer surgir de la nada, si no la luz, las tierras y las aguas como el Dios del Génesis, al menos una expresión original de alabanza a lo creado, que es en sí misma una nueva, humilde, humana creación. Toda poesía, aún la más lúgubre y pletórica de melancolía -pienso en los Nocturnos de José Asunción Silva- es un canto de alabanza al Ser que permite que participemos con nuestro propio ser del misterio de su inmenso acto creador.
El árbol ha sido desde siempre para el hombre signo material y a la vez símbolo de lo sagrado que se expresa a través de su fuerza biológica: El arbol de la vida de los hindúes, el árbol cósmico surgiendo del ombligo de Narayana, el élan vital de Henri Bergson asimilable al surgir incontenible de la vida arbórea; Antoine de Saint Exupéry en Citadelle, contándoles a los árabes del desierto: "¡ustedes no se imaginan lo que es un árbol!". Todas estas visiones y alegorías, expresadas de mil distintas maneras, no agotan sino que enriquecen nuestra percepción del misterio del ser y de la vida, del misterio de sabernos finitos y a la vez de permanecer confiadamente sedientos de infinito.
El árbol ha sido y será cantado una y otra vez por los poetas porque todo símbolo, al igual que todo mito, es una vertiente inagotable de verdad y de sentido.

Desde Río Gallegos, Santa Cruz, La señora Cristina Núñez nos ha enviado el siguiente poema en prosa, que por el poder taumatúrgico de la poesía podrá originar otras síntesis, como la expresada en las líneas que anteceden.

                                      Eje vital

Tu figura enhiesta amilana toda presencia que te mira, te rodea y se atreve a acercarse muy junto.
Brillas con los rayos dorados y cuando el viento te agita, no te inmutas pues sabes que tu creación en estas pampas tiene la razón de la protección.
Tus brazos danzan como música llorona, silban el sonido milenario de la estepa patagónica y cobijan cálido seres vivos en busca de tu refugio.
Te sujetas a la madre tierra con garras ávidas de solidez y de ese alimento forjas la dureza que te sostiene intacto, que te mantiene firme.
Eres poderoso e irreemplazable, generador de calor, de aromas vitales y del oxígeno seguro que contrasta con el cemento urbano que es frío y duro en las formaciones ciudadanas.
Te miro y te admiro. Te quiero incólume. La vida transcurre con prisas y temo por tu futuro. Quisiera abrazarte como a un niño que en el regazo materno encuentra la paz y protección únicas de toda entidad.
El mundo no se detiene por tu belleza, no logras eludir las bombas y los hombres no te cuidamos.
Hasta ayer eras mi mañana verde. Comienzas un despojo en claridades que me resultan hasta audibles. Tus lágrimas amarillas nos invaden. El otoño llamó a mi puerta y el sentimiento de desamparo culminará cuando el esplendor renaciente te devuelva cada una de las láminas que hoy te abandonan.

                                                                                                        Cristina Núñez
                                                                                                            
22/03/03

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