In memoriam

Jorge Melazza Muttoni
(1921-1995)

   El 23 de mayo de 1995 se nos fue Jorge Melazza Muttoni, el escribano poeta.
   Vaya a saber por qué, tenía dos miedos, que le sirvieron de causa para otras tantas bellas poesías: a los días viernes y a morirse en un café. La vida le deparó la gracia de morir en su casa, entre los suyos, y un martes (que, hélas, era el día aciago para los antiguos).
Será por eso que no quiso abusar de la suerte y se quedó sin ver el sol patrio que se acercaba.
   Discurrió su vida en un plano discreto y menor, perfectamente asumido y determinado, como sólo los grandes que saben que lo son tienen el temple para decidir. Porque Melazza fue un gran poeta, aunque jamás lo admitiera y aunque la sociedad en que vivía apenas se diera cuenta.
   Y como tal le cantó incomparablemente, alternando un castizo ortodoxo y un lunfardo encantador, a su ciudad (baste recordar Buenos Aires, 1930, Palermo, Boca Juniors –¡era hincha de San Lorenzo!– y Gardel, todas antológicas), a sus gentes, a sus pequeñas cosas cotidianas, a los misterios de la vida.
   Pero, además, cantó a sus grandes hombres y a la historia patria, clavando así en este duro Flandes americano su pica revisionista: desfilaron de este modo por su lira San Martín, el Perito Moreno, Dorrego, Lugones, Yrigoyen, Artigas, Chilavert, José Hernández, Perón, el Operativo Cóndor (quién, si no Melazza, se acordó de él y se conmovió ante él?). Todos transfigurados, protagonistas de una poesía sin prosopopeya, con adjetivos administrados cicateramente a fuerza de tanto respetarlos, con imágenes originalísimas, desde puntos de vista inatisbados y sorprendentes.
   Pero dos de estas poesías sobresalen del resto: las que dedicó a Rosas y a Ciriaco Cuitiño, el mazorquero, pequeñas joyitas que afortunadamente merecieron imprenta. La primera fue incluida en la formadable crestomatía La Vuelta de Don Juan Manuel, que seleccionó Fermín Cháves y editó Theoría en 1991. La segunda la sacó el padre Castellani de Tenemos que morirnos –todo un título para un libro de versos– y la reprodujo en Jauja Nº 11, de noviembre de 1967.
   En 1993, seguramente por una premonición de ésas que los poetas tienen (porque sólo a ellos les es dado), sintió la necesidad de publicar una antología, De la ciudad, su gente y sus amores, que le editó Vinciguerra y que naturalmente ni intentó vender, limitándose a distribuirla generosamente entre sus amigos.
   En el prólogo escribió:
   "En mi país –duramente contradictorio–, el comenzar a ser se inaugura con la muerte.
    A su espera, aún a riesgo de que en ella se me catalogue de buen hombre, publico estos versos, que valen como formal angustia".
   Jorge Melazza Muttoni ya no está angustiado. Ya comenzó a ser. Respetuosos, no cederemos a la tentación de calificarlo de buen hombre, aunque lo fue y en grado sumo.
   Pero, hueros de su poesía singularísima, habremos –para concluir– de tomarle prestados unos versos escogidos de su Poeta envejecido que escribió, con temor tal vez:

                          Lo llevan y lo traen mansamente
                          con algún gil para contar su gloria.
                          Pero al final se irá de la memoria

                          como se va en el subte alguna gente.
                          Y habrá crecido pelotudamente
                          como una mina que no tuvo historia...

   Melazza tiene ya asegurado un lugar entre los que, si querer hacerla, hicieron sin embargo Historia, con la más difícil, dura y noble de las herramientas: la poesía. Y ya integra la memoria de la Patria.

                                                                                              Néstor Luis Montezanti

   Nota: El doctor Montezanti es Juez de la Cámara Federal de Apelaciones de Bahía Blanca.

        Poeta envejecido

     La noche lo fatiga. Y el deschave
     de encontrarse fulero y amargado
     toca su corazón del otro lado
     (ése que no se ve, pero se sabe).

     Inútil su chamuyo. Todo cabe
     en su vieja vejez. Está parado
     detrás de un Buenos Aires ignorado,
     y es un enfermo que se siente grave.

     Lo llevan y lo traen mansamente
     con algún gil para contar su gloria.
     Pero al final se irá de la memoria

     como se va en el subte alguna gente.
     Y habrá crecido pelotudamente
     como una mina que no tuvo historia.

                                        Jorge Melazza Muttoni
 

                                                  Perón

     Soy metalúrgico.
     Llevo el año 30 deshojado
     como una rosa
     sobre mi camiseta.
     Eran mis tiempos
     hechos de machetazos y de olvido,
     cuando entre bulones y nostalgia,
     apenas sí comíamos
     –y una vez por día–
     aquella sopa amarga de la huelga.

     Yo soy aquel que vos no conociste
     rodeado de fulanos familiares,
     soy aquel que viaja en colectivo
     cuando la madrugada
     aprieta entre los dedos
     un dulce sueño fraternal y escaso.
     Yo sólo tengo tu foto autografiada
     con una letra que ni sé si es tuya,
     sobre la cabecera de mi cama.

     Yo siempre te voté, no quiero nada;
     siempre viví tan triste
     como siempre;
     y mi camisa fue como cualquier camisa,
     cuando desde el balcón me saludabas
     rodeado de traidores y bacanes.

     Mirá:
     si todavía digo Evita
     como si recitara el Padrenuestro.
     Te espero como el tango
     –solo y viejo–
     y no sé qué pensar:
     si vos viviste
     o creciste, tal vez,
     como los sueños.

                                   Jorge Melazza Muttoni

      

 

 

 

 












        Fantasma

     Mañana, amiga
     –cuando el tiempo apriete–,
     yo quedaré con vos
     como un fantasma
     de esos que nos frecuentan
     y nos aman,
     de esos que nos invaden dulcemente.

     Viviré
     –lo entendés–,
     con esa angustia
     que me empaña los ojos
     como el tango.
     Estaré en los rincones
     de tu casa
     –esos que se acomodan como perros fieles–,
     en esas horas
     en que nada pasa
     y te encontrás perdida entre los muebles.

     De noche creceré
     junto a tu sueño
     como un amigo servicial y escaso,
     y así sabré si bailas,
     cuando bailas
     con el talle rodeado por mi brazo.

     Te buscaré, seguro,
     de improviso,
     cuando el domingo muera
     como un pájaro
     y estaré junto al pan del mediodía
     o en el espejo gris de tu nostalgia.

     Seré un fantasma
     particular y quieto;
     ocuparé un lugar
     donde tú vayas
     y creceré con vos.
     (Al fin y al cabo,
     será una forma extraña
     de renacer
     como una vieja planta.)

                          Jorge Melazza Muttoni


        Hombre

     Como un animal
     estúpido y cansado
     caigo en la cama,
     en esta noche
     entre abril y mayo,
     solemnemente angustiado
     por el oficio de hombre.

     ¿Qué llega en esta sangre
     notarial y difusa?
     ¿El abuelo carpintero?
     ¿la savia rosada de mis primeros años?
     ¿los trasnochados paños de billares
     de la juventud?
     ¿acaso mi madre
     o las facultades con olor a papel viejo
     y a palomas?

     Tal vez –nada de eso–,
     tal vez un antepasado homesexual,
     un mago, un conocido al que le falta un diente,
     alguna calle con nombres olvidados
     o sólo tú.
     Entonces debemos olvidar,
     dejarnos llevar por el sueño
     como a un viejo prostíbulo.

                                        Jorge Melazza Muttoni

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