Palabras al Che

                                                  

Cuando se haya redimido este ya largo deshonor que gravita sobre Latinoamérica:
Cuando esa gran vergüenza sea lavada con el buen jabón que da la sangre de los héroes;
Cuando la libertad no sea entre nosotros un giro en dólares y una ilusión tramposa;
Entonces, compañeros, se verá cómo un fénix puede resucitar de su acostada ceniza;
Y no importa si el mismo sol alumbra por igual ahora la tumba de un guerrillero recién caído;
Y la espada estéril de los tristísimos generales.

¿De qué te indignas, hombre? ¿Por qué lloras, mujer?
¿No sabías que un héroe debe morir y muere, como llevado por su hermoso viento?
El héroe fue una instancia que no sabía dormir
y un desvelo con la boca llena de clamor.
Un peligro, en suma, y una incomodidad irritante.
Por eso, cuando el héroe sucumbe, los malditos en acto se alegran de frente
Y los benditos cautelosos se duelen de perfil.

¡Oh, Che, no soy yo quien ha de llorar sobre tu carne derrotada!
Porque otra vez contemplo una balanza ya puesta en equilibrio por tu combate último.
Y frente a esa balanza diré a tus enemigos y los nuestros:
"Han hecho ustedes un motor inmóvil de un guerrero movible".
Y ese motor inmóvil que alienta en Santa Cruz
Ya está organizando el ritmo de las futuras batallas.

                                                                                Leopoldo Marechal
                                                                                        
(1970)

Leopoldo Marechal es uno de los grandes poetas y escritores argentinos. Su obra permanece escasamente difundida, acallada por el malicioso olvido con el que en nuestro país se suprime todo lo que sea auténticamente nacional, católico y, por añadidura, peronista.

Quienes participan del círculo que asume la representación oficial de nuestra cultura son invariablemente elogiados y publicados por la gran prensa y la gran industria editorial. Ya se trate de liberales, gorilas, pederastas, blasfemos, todos encuentran su aplauso y su premio por ser adalides de lo antiargentino.

Jorge Abelardo Ramos, otro gran silenciado, se burla en uno de sus libros de algunos de los "expertos en moral" que participaron en cierto acto de la "Academia de Ciencias Morales" de Buenos Aires: Rodolfo Ghioldi, el almirante Rojas, algún obispo, varios ignotos aspirantes a becas en cierto estado ficticio, siempre generoso con quienes disimulan sus genocidios.

Leopoldo Marechal es, por el contrario, un auténtico representante de la cultura nacional y popular. Tanto en su poesía –desde Los aguiluchos (1922), o Días como flechas (1926), hasta Canto de San Martín (1979)como en su versión argentina del drama de Sófocles Antígona Vélez, que María Eva Duarte de Perón dispuso fuera llevada al cine, o en su magistral narrativa, de sólido cuño aristotélico tomista en Adán Buenosayres (1948), políticamente anticipatoria en El banquete de Severo Arcángelo (1965) y ya francamente profética en Megafón o La guerra (1970), nos encontramos con un hombre intelectualmente íntegro, un luchador de las ideas en busca de la verdad a todo precio, incluso el de su sistemático rechazo y deliberado silenciamiento.

En el poema que publicamos se pone una vez más de manifiesto esa independencia de criterio a la que sólo se atreven los grandes hombres. El bahiense Ezequiel Martínez Estrada, repudiado por sus pares –tan antiperonistas como él– cuando denunció abiertamente el absurdo de la sedicente "Revolución Libertadora", es el más cercano contemporáneo suyo que ha sido, como él, víctuma de la técnica del olvido deliberado, simétrica del autobombo de la bien denominada izquierda festiva –a la que algunos llaman, quizás con mayor justeza, izquierda psiquiátrica–. Es la izquierda de los Ghioldi, de los burócratas del PC, esa izquierda que se siente honrada de compartir su mesa con el general Videla, a quien consideran "un general democrático" mientras tortura y asesina por igual a inocentes y a terroristas a los que no tiene el coraje de aplicar la pena de muerte decretada tras el asesinato de Aramburu.

Sin compartir las propuestas políticas del doctor Ernesto Guevara Lynch de la Serna, Marechal admira en él al luchador ungido con otro carisma: el de los que intentan lavar con el buen jabón de su sangre el deshonor que nos ensucia a todos los latinoamericanos.

El profeta Marechal nos predice que cuando se extinga la ilusión tramposa del uno a uno resucitará en la sangre de los jóvenes el ansia de un mundo más justo y equitativo, anhelo generoso adormecido temporariamente por el consumismo estupefaciente. Aunque por algún tiempo más los generales de escritorio puedan suponer que su traición a San Martín, a O´Higgins y a Bolívar ha triunfado para siempre.

No se lo debe llorar al héroe, enseña el profeta. La eliminación de su irritante inquietud ante la injusticia alegra por ahora a los malditos, y es momento tan sólo de dolerse calladamente, "pensando de perfil" –como lo dice Homero Expósito en su tango Óyeme, ante la prematura muerte de su amigo Horacio Francini–.

La muerte del guerrillero ha conseguido equilibrar la fuerza de los justos ante el inmenso poder –militar, económico, cultural– del enemigo. Porque ha transmutado la débil contingencia de lo humano en lo trascendente del símbolo, siempre renovado, perpetuamente joven, absolutamente imperecedero.

No sólo Dios, en la contemplación del filósofo cristiano, es el Motor Inmóvil. Participan también de esa fuerza inextinguible el sabio, el santo, el héroe. Y desde Santa Cruz de la Sierra, en nuestra Tarija tanto boliviana como argentina y latinoamericana, un nuevo motor inmóvil impulsa desde la muerte del Che la lucha de los pueblos por su libertad, su dignidad y su independencia.
                                                                                                        
                                                                                                                                Conrado De Lucia

Invito a oír a Paco Ibáñez en "Soldadito boliviano", sobre poema de Nicolás Guillén

Nota 1:
Puede resultar ilustrativo confrontar el comentario precedente con el de Cosme Beccar Varela publicado en el blog www.labotellaalmar.com/vercorreo_lector.php?id=3247 que transcribo a continuación:

EL MITO DE LEOPOLDO MARECHAL, su oda laudatoria al "Che" Guevara y una introducción


INTRODUCCIÓN: Cuando alguien se inspira para escribir una oda en homenaje al Che Guevara es necesario concluir tres cosas, por lo menos:

1) Que el autor de esa oda fue guevarista, al menos en el momento de escribir la oda.

2) Ahora bien, como el prontuario criminal del múltilpe asesino comunista Ernesto Guevara, alias "el Che", es del dominio público y lo era aún más en 1970 cuando aún vivía, el autor de la oda debe ser calificado como imperdonablemente injusto con Dios Nuestro Señor cuya existencia negó y violó Sus mandamientos con total desprecio, con Cuba y sobre todo con las numerosas víctimas del asesino.

3) Como según la filosofía "nemo summo fit repente", o sea, nada de extremo ocurre de repente, esa oda laudatoria demuestra que la mentalidad y la ideología del autor hacía rato que coincidían en mucho con la del criminal comunista Guevara.

Todo esto viene a cuento porque he conocido una oda al Che Guevara escrita por el famoso escritor nacionalista Leopoldo Marechal, tenido por sus correligiionarios como una especie de dios de las letras. A mí nunca me gustó y su novela "Adan Buenos Aires" que intenté leer pero que abandoné cuando me derribó el aburrimiento, me pareció modernista, o sea, lo contrario del tradicionalismo que, supuestamente, debería ser la posición común de los nacionalistas.

Hace dos días me enteré de esta oda al Che Guevara y con eso, he terminado de formar mi juicio sobre Marechal y sobre los nacionalistas que lo admiran. Ahi va la oda.

Cosme Beccar Varela


Nota 2:

Para formar un juicio sobre personas como Cosme Beccar Varela puede leerse la obra de Jorge Abelardo Ramos Historia de la Nación Latinoamericana, Bs.As., Continente, 2011, 448 págs.

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