De: Belquis Masó (Montevideo, Uruguay)
Enviado: Lunes 12 de Mayo de 2008  11:51

Estimado Conrado:
Le envío un cuento mío, como usted me dijo en su correo.
Saludos cordiales.
Belquis

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Texto corregido:

                                        Agradecimiento

   Todos los días lo mismo. Mi tía me dice que tengo que acompañar a Pepa, todos los días acompañarla a darse una inyección que oigo decir que es de vida o muerte. A las cinco de la mañana vamos, yo delante y ella atrás con su mano sobre mi hombro, como si eso aligerara su cuerpo que parece haberse inflado más y más… cada año desde que nació.
   Porque el que le pincha el brazo tiene que ser Avelino; es el que me pincha a mí cuando me enfermo, y a mi tía y a mi abuela y a toda mi familia, y también a toda la gente que yo conozco. Todos dicen –sobre todo mi abuela, que no se cansa de repetirlo–: "¡Qué mano la de ese hombre!" Pero el problema de la levantada tan temprano es que Avelino ya no vive más en el barrio; se mudó a unas quince cuadras, y tenemos que caminar más lento que las tortugas por eso de Pepa de haberse inflado tanto. Tenemos que llegar antes de que él se vaya para el trabajo.
   Dice mi tía que yo le debo mucho a Pepa porque Juan, el esposo de Pepa, cuando la rabieta se me subía hasta la cabeza y hasta quedar con los ojos de sapo, él me subía en su jeep y me decía que íbamos a buscar a mi mamá. Sí, yo gritaba mucho desde el día que no vi más a mi mamá escondida debajo de la mesa de la cocina, y Juan era él único que me sacaba, porque se enteraba cuando mis gritos se colaban en su casa. Su casa estaba al lado de la casa de mi tía. Mi abuela le decía: "déjela,
Juan, que son puras rabietas que con el tiempo ella se cansa", y yo sólo quería volver con mi mamá.
    Lo que no entiendo mucho es por qué el agradecimiento tiene que llegar hasta Pepa –digo yo–, porque el agradecimiento es para Juan. Y Juan está en la capital, haciéndose ver por los médicos con su hija Rosa. Rosa es su única hija. La casa de Pepa es grande, me da miedo. A
unque apenas he llegado a la cocina, la luz no me ayuda a ver todo lo grande que es. Si Pepa prende una –dicen mi tía y mi abuela que Pepa es más que ahorrativa–, queda mucho espacio oscuro, tan oscuro como el cielo de tormenta que esconde las estrellas y la luna. Mi abuela dice, cuando ve el cielo así: “va a llover”, y yo digo que las estrellas y la luna se esconden porque querrán dormir.
   Los vecinos y mi abuela y mi tía hablan de Pepa, de Juan y de Rosa que ellos no permiten que nadie entre a su casa; cuando les tocan a la puerta, la entrejuntan, asoman la cabeza y así hablan: ellos con la cabeza salida para afuera, y los otros con las cabezas y el cuerpo parado en la acera. Las vecinas que visitan la casa de mi tía me preguntan sobre la casa, y yo les digo que es como otra cualquiera, y se miran y hablan de que deben tener mucho dinero escondido y tienen miedo a que se lo roben. Entonces yo les digo que lo que pasa es que por la noche los cuadros de la familia de Pepa y Hugo, que tienen colgados en la pared, se convierten en fantasmas, y que además sale un hombre que Pepa lo llama "el hombre del sombrerón”, y que Pepa y él hablan durante mucho rato con palabras que no se les pueden entender. Además les digo que a mí me está gustando estar allí, que a lo mejor algún día "el hombre del sombrerón” habla conmigo y me hace entender las palabras extrañas. Entonces la voz de mi abuela y mi tía se unen para decirme un: "cállate, muchacha, déjate de tantas sandeces.". A las vecinas se les saltan los ojos como para alcanzarme y matarme. Pero dejan de preguntar. Pero de lo que más hablan es de la soltería de Rosa, y de una amiga que todas las tardes la visita, y dicen: “juy, esa amistad a mí no me gusta.". Como si la soltería de Rosa no fuera igual a la de Narcisa, la hermana de mi abuela, que tiene ochenta años y la llaman “señorita Narcisa”. Será porque Narcisa se pasa todo el día en la iglesia, y a Rosa la visita sólo esa amiga también soltera como ella. A Narcisa la llaman en el pueblo “la mano derecha del cura”.
   Lo que menos me mortifica es tener que levantarme temprano, o que Pepa me haga quitar los zapatos para entrar a la casa; total, a mí me gusta andar descalza y que me haga entrar por un costado de la sala. Ella me dice que es para que no marque los pies; la cosa es que a mí siempre se me olvida y Pepa siempre me lo recuerda. Lo que sí me parece raro, pero no lo digo, es que todas las noches me lleve por el pasillo a la otra entrada de la casa, y me haga orinar en una lata. Dice que es para que no ensucie el baño. Por eso de Pepa y Hugo de bañarse en el pasillo para no ensuciar el baño, me dieron una paliza, porque yo me encaramaba a la ventana de mi casa que da al pasillo, todos los días a las cinco –a la misma hora que Pepa me hacía levantar pero por la tarde–. El chorro de agua resbalaba por los cuerpos de Pepa y Juan, que la cogían de un latón enorme con un jarro grande, porque para mojar esos dos cuerpos todo tenía que ser grande. Yo había visto a mi tía desnuda, pero no me llamaba la atención, y el cuerpo de Pepa sí. Los bultos del pecho tenían el tamaño de las alforjas de mi abuelo cuando venían bien cargadas de la finca de mi tío Pedro, pero creo que eran más grandes porque tapaban el ombligo.
    Lo bueno venía cuando las iba a enjuagar: Juan tenía que sostener los bultos, y los levantaba tanto que daba la idea de que en cualquier momento iban a caer sobre la espalda. Como Pepa tenía un brazo enfermo, Juan tenía que hacerse cargo de las alforjas hasta que desapareciera el jabón. Esto duró hasta que Pepa le dio por mirar por la ventana.
   Ahora el pobre Juan ya no tendrá ese problema, porque los bultos dicen que no están más. Tampoco yo ya no puedo mirar por la ventana. No sé cuándo los médicos van a terminar de curar a Juan para que Rosa y él se vengan con Pepa. Las fotos de Rosa, Juan y toda su familia son como mi tía y mi abuela, como si fueran de la familia. De ahí creo yo que me viene eso de hacer rostros con los ojos cerrados.
   A la verdad que el agradecimiento se me está haciendo muy largo y ancho, como Pepa y Juan juntos. Hace siete días que a partir de las ocho de la noche miro el techo por la luz de luna que entra por las rendijas de la ventana pensando que el sueño venga, por eso de levantarme a las cinco de la mañana.

                                                                                                 Belquis Masó


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Texto original:
               
                                  Agradecimiento

Todos los días lo mismo. Mi tía me dice que tengo que acompañar a Pepa, todos los días acompañarla a darse una inyección que oigo decir que es de vida o muerte. A las cinco de la mañana vamos, yo delante y ella atrás con su mano sobre mi hombro como si eso aligerara su cuerpo que parece haberse inflado más y más… cada año desde que nació. Porque el que le pincha el brazo tiene que ser Avelino, es él que me pincha a mí cuando me enfermo y a mi tía y a mi abuela y a toda mi familia y también a toda la gente que yo conozco, todos dicen: -sobre todo mi abuela que no se cansa de repetirlo- ¡que mano la de ese hombre! Pero el problema de la levantada tan temprano es que Avelino ya no vive más en el barrio, se mudó a unas quince cuadras y tenemos que caminar más lento que las tortugas por eso de Pepa de haberse inflado tanto. Tenemos que llegar antes de que él se vaya para el trabajo. Dice mi tía que yo le debo mucho a Pepa porque Juan el esposo de Pepa cuando la rabieta se me subía hasta la cabeza y hasta quedar con los ojos de sapo, él me subía en su jeep y me decía que íbamos a buscar a mi mamá. Sí, yo gritaba mucho desde el día que no vi más a mi mamá escondida debajo de la mesa de la cocina y Juan era él único que me sacaba porque se enteraba cuando mis gritos se colaban en su casa. Su casa estaba al lado de la casa de mi tía. Mi abuela le decía déjela Juan que son puras rabietas que con el tiempo ella se cansa, y yo solo quería volver con mi mamá. Lo que no entiendo mucho es por qué el agradecimiento tiene que llegar hasta Pepa, digo yo, porque el Agradecimiento es a Juan. Y Juan está en la capital haciéndose ver por los médicos con su hija Rosa. Rosa es su única hija. La casa de Pepa me da miedo es grande aunque apenas he llegado a la cocina, la luz no me ayuda a ver todo lo grande que es, si Pepa prende una –dicen mi tía y mi abuela que Pepa es más que ahorrativa- y queda mucho espacio oscuro tan oscuro como el cielo de tormenta que se esconden las estrellas y la luna. Mi abuela dice cuando ve el cielo así, “va a llover”, y yo digo que las estrellas y la luna se esconden porque querrán dormir. Los vecinos y mi abuela y mi tía hablan de Pepa de Juan y de Rosa que ellos no permiten que nadie entre a su casa, cuando les tocan a la puerta, la entrejuntan, asoman la cabeza y así hablan ellos con la cabeza salida para afuera y los otros con las cabezas y el cuerpo parado en la acera. Las vecinas que visitan la casa de mi tía me preguntan sobre la casa, yo les digo que es como otra cualquiera, y se miran y hablan que deben tener mucho dinero escondido y que tienen miedo a que se lo roben, entonces yo les digo que lo que pasa es que por la noche los cuadros de la familia de Pepa y Hugo que tienen colgados en la pared se convierten en fantasmas y que además sale un hombre que Pepa lo llama el “hombre del sombrerón” y que Pepa y él hablan con palabras que no se les pueden entender durante mucho rato. Además les digo que a mi me está gustando estar allí que a lo mejor algún día el hombre de “el sombrerón” habla conmigo y me hace entender las palabras extrañas. Entonces la voz de mi abuela y mi tía se unen para decirme: un cállate muchacha, déjate de tantas sandeces. A las vecinas se le saltan los ojos como para alcanzarme y matarme. Pero dejan de preguntar. Pero de lo que más hablan es de la soltería de Rosa y de una amiga que todas las tardes la visita y dicen: “juy, esa amistad a mi no me gusta. Como si la soltería de Rosa no fuera igual a la de Narcisa la hermana de mi abuela que tiene ochenta años y la llaman “señorita Narcisa”. Será porque Narcisa se pasa todo el día en la iglesia y a Rosa la visita solo esa amiga también soltera como ella. A Narcisa la llaman en el pueblo “la mano derecha del cura”.
Lo que menos me mortifica es tener que levantarme temprano o que Pepa me haga quitar los zapatos para entrar a la casa, total a mí me gusta andar descalza y que me haga entrar por un costado de la sala, ella me dice que es para que no marque los pies, la cosa es que a mí siempre se me olvida y Pepa siempre me lo recuerda. Lo que si me parece raro, pero no lo digo, es que me lleve al pasillo la otra entrada de la casa y me haga orinar en una lata, todas las noches. Dice que es para que no ensucie el baño. Por eso de Pepa y Hugo de bañarse en el pasillo para no ensuciar el baño, me dieron una paliza porque yo me encaramaba en la ventana de mi casa que da al pasillo, todos los días a las cinco, a la misma hora que Pepa me hacía levantar pero por la tarde. El chorro de agua resbalaba por los cuerpos de Pepa y Juan que la cogían de un latón enorme con un jarro grande porque para mojar esos dos cuerpos todo tenía que ser grande. Yo había visto a mi tía desnuda pero no me llamaba la atención, y el cuerpo de Pepa sí, los bultos del pecho tenían el tamaño de las alforjas de mi abuelo cuando venían bien cargadas de la finca de mi tío Pedro, pero creo que eran más grandes porque tapaban el ombligo. Lo bueno venía cuando las iba a enjuagar, Juan tenía que sostener los bultos, y los levantaba tanto que daba la idea que en cualquier momento iban a caer sobre la espalda. Como Pepa tenía un brazo enfermo, Juan tenía que hacerse cargo de las alforjas hasta que desapareciera el jabón. Esto duró hasta que Pepa le dio por mirar por la ventana. Ahora el pobre Juan ya no tendrá ese problema porque los bultos dicen que no están más. Tampoco yo ya no puedo mirar por la ventana. No sé cuando los médicos van a terminar de curar a Juan para que Rosa y él se vengan con Pepa. Las fotos de Rosa, Juan y toda su familia son como mi tía y mi abuela como si fueran de la familia. De ahí creo yo que me viene eso de hacer rostros con los ojos cerrados. A la verdad que el agradecimiento se me está haciendo muy largo y ancho como Pepa y Juan juntos. Hace siete días que a partir de las ocho de la noche miro el techo por la luz de luna que entra por las rendijas de la ventana pensando que el sueño venga por eso de levantarme a las cinco de la mañana.


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Texto original con correcciones en letras itálicas:
                                                                                 
                                              Agradecimiento

   Todos los días lo mismo. Mi tía me dice que tengo que acompañar a Pepa, todos los días acompañarla a darse una inyección que oigo decir que es de vida o muerte. A las cinco de la mañana vamos, yo delante y ella atrás con su mano sobre mi hombro, como si eso aligerara su cuerpo que parece haberse inflado más y más… cada año desde que nació.
   Porque el que le pincha el brazo tiene que ser Avelino; es el que me pincha a mí cuando me enfermo, y a mi tía y a mi abuela y a toda mi familia, y también a toda la gente que yo conozco. Todos dicen –sobre todo mi abuela, que no se cansa de repetirlo–: "¡Qué mano la de ese hombre!" Pero el problema de la levantada tan temprano es que Avelino ya no vive más en el barrio; se mudó a unas quince cuadras, y tenemos que caminar más lento que las tortugas por eso de Pepa de haberse inflado tanto. Tenemos que llegar antes de que él se vaya para el trabajo.
   Dice mi tía que yo le debo mucho a Pepa porque Juan, el esposo de Pepa, cuando la rabieta se me subía hasta la cabeza y hasta quedar con los ojos de sapo, él me subía en su jeep y me decía que íbamos a buscar a mi mamá. Sí, yo gritaba mucho desde el día que no vi más a mi mamá escondida debajo de la mesa de la cocina, y Juan era él único que me sacaba, porque se enteraba cuando mis gritos se colaban en su casa. Su casa estaba al lado de la casa de mi tía. Mi abuela le decía: "déjela,
Juan, que son puras rabietas que con el tiempo ella se cansa", y yo sólo quería volver con mi mamá.
    Lo que no entiendo mucho es por qué el agradecimiento tiene que llegar hasta Pepa –digo yo–, porque el agradecimiento es para Juan. Y Juan está en la capital, haciéndose ver por los médicos con su hija Rosa. Rosa es su única hija. La casa de Pepa es grande, me da miedo. A
unque apenas he llegado a la cocina, la luz no me ayuda a ver todo lo grande que es. Si Pepa prende una –dicen mi tía y mi abuela que Pepa es más que ahorrativa–, queda mucho espacio oscuro, tan oscuro como el cielo de tormenta que esconde las estrellas y la luna. Mi abuela dice, cuando ve el cielo así: “va a llover”, y yo digo que las estrellas y la luna se esconden porque querrán dormir.
   Los vecinos y mi abuela y mi tía hablan de Pepa, de Juan y de Rosa que ellos no permiten que nadie entre a su casa; cuando les tocan a la puerta, la entrejuntan, asoman la cabeza y así hablan: ellos con la cabeza salida para afuera, y los otros con las cabezas y el cuerpo parado en la acera. Las vecinas que visitan la casa de mi tía me preguntan sobre la casa, y yo les digo que es como otra cualquiera, y se miran y hablan de que deben tener mucho dinero escondido y tienen miedo a que se lo roben. Entonces yo les digo que lo que pasa es que por la noche los cuadros de la familia de Pepa y Hugo, que tienen colgados en la pared, se convierten en fantasmas, y que además sale un hombre que Pepa lo llama "el hombre del sombrerón”, y que Pepa y él hablan durante mucho rato con palabras que no se les pueden entender. Además les digo que a me está gustando estar allí, que a lo mejor algún día "el hombre del sombrerón” habla conmigo y me hace entender las palabras extrañas. Entonces la voz de mi abuela y mi tía se unen para decirme un: "cállate, muchacha, déjate de tantas sandeces.". A las vecinas se les saltan los ojos como para alcanzarme y matarme. Pero dejan de preguntar. Pero de lo que más hablan es de la soltería de Rosa, y de una amiga que todas las tardes la visita, y dicen: “juy, esa amistad a no me gusta.". Como si la soltería de Rosa no fuera igual a la de Narcisa, la hermana de mi abuela, que tiene ochenta años y la llaman “señorita Narcisa”. Será porque Narcisa se pasa todo el día en la iglesia, y a Rosa la visita sólo esa amiga también soltera como ella. A Narcisa la llaman en el pueblo “la mano derecha del cura”.
   Lo que menos me mortifica es tener que levantarme temprano, o que Pepa me haga quitar los zapatos para entrar a la casa; total, a mí me gusta andar descalza y que me haga entrar por un costado de la sala. Ella me dice que es para que no marque los pies; la cosa es que a mí siempre se me olvida y Pepa siempre me lo recuerda. Lo que me parece raro, pero no lo digo, es que todas las noches me lleve por el pasillo a la otra entrada de la casa, y me haga orinar en una lata. Dice que es para que no ensucie el baño. Por eso de Pepa y Hugo de bañarse en el pasillo para no ensuciar el baño, me dieron una paliza, porque yo me encaramaba a la ventana de mi casa que da al pasillo, todos los días a las cinco –a la misma hora que Pepa me hacía levantar pero por la tarde–. El chorro de agua resbalaba por los cuerpos de Pepa y Juan, que la cogían de un latón enorme con un jarro grande, porque para mojar esos dos cuerpos todo tenía que ser grande. Yo había visto a mi tía desnuda, pero no me llamaba la atención, y el cuerpo de Pepa sí. Los bultos del pecho tenían el tamaño de las alforjas de mi abuelo cuando venían bien cargadas de la finca de mi tío Pedro, pero creo que eran más grandes porque tapaban el ombligo.
    Lo bueno venía cuando las iba a enjuagar: Juan tenía que sostener los bultos, y los levantaba tanto que daba la idea de que en cualquier momento iban a caer sobre la espalda. Como Pepa tenía un brazo enfermo, Juan tenía que hacerse cargo de las alforjas hasta que desapareciera el jabón. Esto duró hasta que Pepa le dio por mirar por la ventana.
   Ahora el pobre Juan ya no tendrá ese problema, porque los bultos dicen que no están más. Tampoco yo ya no puedo mirar por la ventana. No sé cuándo los médicos van a terminar de curar a Juan para que Rosa y él se vengan con Pepa. Las fotos de Rosa, Juan y toda su familia son como mi tía y mi abuela, como si fueran de la familia. De ahí creo yo que me viene eso de hacer rostros con los ojos cerrados.
   A la verdad que el agradecimiento se me está haciendo muy largo y ancho, como Pepa y Juan juntos. Hace siete días que a partir de las ocho de la noche miro el techo por la luz de luna que entra por las rendijas de la ventana pensando que el sueño venga, por eso de levantarme a las cinco de la mañana.


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Indicaciones y correcciones:
 
- La lectura se torna dificultosa por la ausencia de puntos y aparte para indicar los cambios en el discurso, y de las correspondientes sangrías que facilitan el inicio de la lectura de cada nuevo párrafo.

- Aparecen errores en el uso de la puntuación. En la versión anterior se han destacado, poniendo en itálicas la palabra que antecede y el signo que corresponde, las modificaciones que ahora se explicitan.
 
- La escritura de corrido es en este texto un recurso literario correcto y adecuado para que el lector perciba que se trata del fluir espontáneo del pensamiento de una adolescente –tal vez de una niña–, y es congruente con la frescura e ingenuidad que trasunta el relato.
 
- Se han destacado los incisos que fueron desplazados de lugar dentro de la oración para mejorar la fluidez de la sintaxis. Por ejemplo, en la oración:
Lo que si me parece raro, pero no lo digo, es que me lleve al pasillo la otra entrada de la casa y me haga orinar en una lata, todas las noches.
Mejora la fluidez, sin alterar el tono del relato, la variante siguiente –además de acentuar el "sí" afirmativo para diferenciarlo del condicional "si", cambiar la preposición "al" por la preposición "por", y añadir la preposición "a":
Lo que sí me parece raro, pero no lo digo, es que todas las noches me lleve por el pasillo a la otra entrada de la casa, y me haga orinar en una lata.
 
Dado que tanto la puntuación como la sintaxis admiten cierto rango de flexibilidad, se ha optado por las variantes que más se asemejan al tono general del relato. Por ejemplo, en el giro "es él que me pincha a mí cuando me enfermo", la forma más correcta es:
"es él quien me pincha a mí cuando me enfermo", pero el ritmo del relato se conserva mejor si solamente se cambia el pronombre "él" por el artículo "el": "es el que me pincha a mí cuando me enfermo".

Los incisos que se apartan del significado general de la oración más de lo que puede indicarse acotándolos entre comas, no se deben escribir entre guiones (-) sino entre rayas de diálogo (–), que se escriben con Alt + 0150. En los textos que van a ser impresos se utiliza generalmente la raya más larga (—), que se escribe con Alt + 0151.

-
 Cuando luego del inciso debe anunciarse la frase siguiente con dos puntos (:), éstos deben colocarse después de la raya con la que finaliza el inciso precedente. Las expresiones textuales deben ir entre comillas, aunque incluyan también signos de exclamación. Si un inciso contiene dos más aserciones, éstas deben estar separadas por comas. Estos aspectos pueden verse conjuntamente en la expresión:
todos dicen: -sobre todo mi abuela que no se cansa de repetirlo- ¡que mano la de ese hombre!
La forma correcta es:
Todos dicen –sobre todo mi abuela, que no se cansa de repetirlo–: "¡Qué mano la de ese hombre!"

- Cuando la forma gramaticalmente incorrecta refleja la particular manera de expresarse del hablante, no se la debe corregir.. Por ejemplo:
Mi abuela le decía déjela Juan que son puras rabietas que con el tiempo ella se cansa, y yo solo quería volver con mi mamá.
En esta oración deben agregarse empero los dos puntos (:) que anuncian la frase textual; las comillas, la coma delimitando el vocativo "Juan", y el acento en el adverbio "sólo". Lo diferenciado en negritas, aunque incorrecto, debe permanecer inalterado porque es el modo de hablar del personaje:
Mi abuela le decía: "Déjela, Juan, que son puras rabietas que con el tiempo ella se cansa", y yo sólo quería volver con mi mamá.

- Otro caso:
Los vecinos y mi abuela y mi tía hablan de Pepa de Juan y de Rosa que ellos no permiten que nadie entre a su casa,
Se han agregado dos comas. También un punto y coma –en vez de coma– para separar la frase siguiente:
Los vecinos y mi abuela y mi tía hablan de Pepa, de Juan y de Rosa, que ellos no permiten que nadie entre a su casa;
La forma más correcta, pero que probablemente haría perder cierta frescura al relato, es:
Los vecinos y mi abuela y mi tía dicen de Pepa, de Juan y de Rosa, que ellos no permiten que nadie entre a su casa;

- En la manera de referirse a un personaje se debe incluir el artículo:
Pepa lo llama el “hombre del sombrerón”.
La forma correcta es:
Pepa lo llama "el hombre del sombrerón”.

- Del mismo modo –acentuando además el pronombre "mí", y separando con una coma los dos dichos de la oración–:
Además les digo que a mi me está gustando estar allí que a lo mejor algún día el hombre de “el sombrerón” habla conmigo y me hace entender las palabras extrañas.
La forma correcta es:
Además les digo que a mí me está gustando estar allí, que a lo mejor algún día "el hombre del sombrerón” habla conmigo y me hace entender las palabras extrañas.

- El siguiente párrafo requiere varias correcciones:
La casa de Pepa me da miedo es grande aunque apenas he llegado a la cocina, la luz no me ayuda a ver todo lo grande que es, si Pepa prende una –dicen mi tía y mi abuela que Pepa es más que ahorrativa- y queda mucho espacio oscuro tan oscuro como el cielo de tormenta que se esconden las estrellas y la luna.
Una forma más correcta puede ser (los cambios se han señalado en negritas):
La casa de Pepa es grande, me da miedo. Aunque apenas he llegado a la cocina, la luz no me ayuda a ver todo lo grande que es. Si Pepa prende una –dicen mi tía y mi abuela que Pepa es más que ahorrativa–, queda mucho espacio oscuro, tan oscuro como el cielo de tormenta que esconde las estrellas y la luna.

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Comentario:

   Estimada Belquis:
  Realmente he disfrutado con este cuento durante las sesiones de varias horas que le he dedicado a su cuidadosa lectura y corrección. Su relato está lleno de frescura y verosimilitud, y aunque no permite conocer el nombre de la protagonista, avanzando en la lectura se nos hace cada vez más familiar, y despierta por lo tanto nuestra simpatía.
  Como en otros casos analogos, quisiera que no se sienta intimidada por la profusión de detalladas correcciones. Usted tiene una rica imaginación y sabe infundir realismo a los personajes del relato, cosa que está más allá de las posibilidades de quien carece, como en mi caso, de talentos artístios y sólo dispone de ideaciones abstractas y conceptuales.
  Luego de dedicar buena parte de mi vida a ejercitarme en el pensamiento filosófico, puedo percibir y disfrutar plenamente las producciones artísticas de los géneros más variados, e incluso analizarlas y valorarlas con bastante objetividad. Pero soy incapaz de crearlas, de dar vida a imágenes reales y a personajes vivos en busca de autor –según la genial caracterización de Luigi Pirandello–. Por consiguiente, en vez de producir textos sin gracia me dedico a ayudar a quienes sí están dotados del don de la creatividad, para que sus producciones sean formalmente lo más correctas y ordenadas que resulte posible. La armonía, la proporción, el orden en suma –aunque cierta izquierda tan psiquiátrica como ignorante identifique "orden" con "fascismo"–, es uno de los componentes fundamentales de la belleza, como lo señaló en forma definitiva San Agustín.
   Me siento realmente feliz de poder colaborar con los noveles escritores que tienen la humildad de reconocer que necesitan de maestros que los guíen. Otros, los mediocres e infatuados, envidian secretamente el conocimiento técnico del lenguaje adquirido tras años de esfuerzo, y conceden que "adecuo" sus escritos, cuando en realidad debo lisa y llanamente corregir sus reiterados errores.
   Cuando en mis talleres literarios presenciales han participado personas así, a las pocas clases han huido en busca de refugio entre sus pares: aquellos que se autotitulan "literatos", "escritores", "poetas", o hasta se conforman con el miserable título de "periodistas". En realidad son meros aficionados, aunque algunos hasta ejercen cátedras y perciben sueldos en la prensa en retribución por sus defectuosas producciones. La cercanía de la vejez los conmina a apresurarse en busca de una gloria que por su trayectoria de vida ya les resulta inalcanzable, y siguen aplaudiéndose unos a otros en patética complicidad, reuniéndose en "salones literarios" y organizando tertulias donde los rasgos que más se destacan son la vanidad y el egocentrismo.
 
   Volviendo al comentario sobre los textos que me ha enviado para su corrección, creo que usted posee los dones que se requieren para dedicarse a escribir. Espero que la presente lección sobre la "ciencia del lenguaje" –como la ha denominado Martín Alonso, cuya obra le recomiendo1–, sea estudiada por usted con tanto esmero como el que por mi parte he puesto para elaborarla, y que de este modo pueda ir perfeccionándose también en el otro fundamento de la literatura, al que el mismo autor llamó "arte del estilo".
   Le deseo que sus futuras producciones alcancen el mayor de los éxitos.
                                                                                                                                     Conrado De Lucia

1 Martín Alonso, Ciencia del lenguaje y arte del estilo, 12ª edición, 4ª reimpresión, Madrid, Aguilar, 1982, dos tomos.
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