De: Adolfo M.Vaccaro
Enviado: Martes 7 de marzo de 2006    4:28
Quiero enviarle este escrito biográfico para que me dé su autorizada opinión. Muchas gracias.

Estimado Adolfo:
Incluyo aquí su evocación personal de Piazzolla y el poema con que la concluye.
Solamente realicé en el texto algunas correcciones de acentuación, puntuación y sintaxis.
Lo saludo cordialmente
Conrado
                                          Años de soledad

    ¿Adónde llegar cuando de vida se trata? ¿Cómo seríamos cada uno de nosotros si las circunstancias que conformaron nuestra historia hubieran sido diferentes? ¿Qué clase de mundo tendríamos si Gengis Khan y Carlo Magno hubieran muerto en el período de lactancia; si a los primeros cristianos, en lugar de perseguirlos y asesinarlos, les hubieran permitido compartir espacios de poder en el Imperio Romano; si Constantinopla no hubiera claudicado; si las Cruzadas hubieran fracasado; si la Revolución Francesa no hubiera sido ejecutada; si el levantamiento bolchevique contra el Zarismo hubiera sido sofocado; si Alemania, en la carrera nuclear armamentista, llegaba primera en la construcción de la bomba y ganaba; si Franco perdía; si el sur hubiera ganado la fraticida guerra de Secesión; si Fidel se hubiera convertido en un abogado burgués pacifista; si Gandhi no hubiera nacido o si al Coronel Perón, siendo ministro de trabajo, lo hubieran asesinado en la isla Martín García? ¿Quiénes estaríamos aún en este derrotero existencial, y qué visión tendríamos de la realidad y del determinismo histórico? ¿Cuál sería la conformación geopolítica actual? ¿Qué idioma hablaríamos?
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   Nací a los tres meses de haberse producido uno de los peores holocaustos en tiempos de guerra, que dio como resultado la mayor masacre de la historia provocada en el menor tiempo y, por consiguiente, la rendición incondicional del imperio Japonés ante los Estados Unidos. De la misma manera que nunca debemos olvidar a Hitler asociado al exterminio judío, ejercitemos siempre la memoria evocando a Truman como el máximo responsable de lo sucedido en Hiroshima y Nagasaki.

   Mis pequeños pies recorrían, de la mano de mis padres, el barrio de San Cristóbal, en donde, por aquellos años, cada manzana esquinaba un bar haciendo gala de lugareños aquerenciados a ese sitio de concurrencia distinta al resto, dándole paso al codillo, a la anécdota burlona y al confiable don Chicho: el levantador de juego.

   Eran tiempos para honrar las tradiciones, haciendo del saludo un respetuoso ejercicio a flor de labios, y convocar a la sutil malicia del piropo amable, sin visos de grosería.

   Aunque nunca pregunté por qué, todos los veinticuatro de junio íbamos al Cine National o al Select San Juan a ver las mismas películas de Gardel; intuía que algo sacralizado ocurría en esos días, dado que las emisoras radiales arrebataban zorzales. Luego del biógrafo cruzábamos la avenida y nos metíamos en "Serafín", la pizzería de la mitad de cuadra, donde mi viejo pedía apoyado en el mostrador de mármol: "Dos porciones de muzzarella con fainá, una de anchoas, dos gaseosas y un moscato". El ticket de la caja a manija afloraba, como anunciando el permiso para hacer la cola de ansiosos comensales.

   A modo de saludable hábito, mis padres dialogaban durante la cena, y las emociones surgidas de la reciente visión cinematográfica volvían más gestuales sus rostros, instalando un fulgor cristalino en las miradas. Escuchando atentamente el repetido ofertorio perteneciente a nuestra costumbre familiar, me quedaba mentalmente detenido en una escena de El día que me quieras: en la cara de aquel diarierito metido en su gorra de purrete.
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   Es curioso cómo los años nos desbordan y la evolución nos quita la constancia de aquellos recuerdos, hoy perimidos por la globalidad indiferente y el delirio consumista. Solamente los muertos o los caídos del sistema derrochan su tiempo. La informática y los medios de difusión hablan y piensan por nosotros. Todo viene digerido y envasado, con un toque de modernismo a ultranza, abrevado con algo de superoferta transgresora. Ya no existe lo peor; únicamente lo distinto. Con "v" de vedette trabaja Florencia, y el centro -que alguna vez nunca durmió- hoy se viste de linyera y desperdicio.

   Mi padre me hablaba de los maravillosos cabarets, de las lujosas confiterías, de los cines, teatros y revistas de espectáculos, de salones de baile con grandes orquestas, cuando Pantaleón no era Vargas Llosa ni sus visitadoras.
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   El pibe de la gorra a lo Crosby, nativo marplatense de la calle Almafuerte y que, a modo de Chagüí Pituco, la taba clavó en Entre Ríos y Corrientes, llegó a Manhattan de la mano de Nonino, quien le entregó una armónica a su infancia. El Village sudaba Gershwin, canzonetas, blues y danzas judías. Buscavida en sinagoga y otros lances del oficio que le dio, con su primer bandoneón, el escalpelo final que le permitió llegar al mundo a corazón abierto. El teclado horizontal también se hizo tentación, aunque tal vez el ángel de Gardel, mientras el pebete guiaba al cantor en New York, le puso un alma a su fuelle. Será por eso que cada uno deberá cumplir con su obra en este mundo, aun debiendo expresar y realizar lo peor que hay en nosotros.

   Este no ha sido el caso de Astor, que no pudo viajar con Charly e incorporarse a su grupo de amigos y músicos. No cumplía con los requisitos exigidos, por su corta edad. Fue en ese instante cuando su destino, entre fuga y misterio, lo apartó milagrosamente de Medellín.

   Ya de regreso a su ciudad natal, junto al Elvinito trata de imponer infructuosamente su caudal creativo y su manifiesto experimental en pos de la música ciudadana. Entonces decide trasladarse a Buenos Aires, lugar donde encontraría la posibilidad de llevar acotadamente su criterio innovador -rechazado muchas veces por el medio tanguero- como arreglador, pianista y ejecutante del bandoneón.

   En verdad, todo lo antedicho lo sabemos. Lo hemos conocido por suculentas crónicas que lo ubican en diferentes orquestas o en su independiente formación junto a Fiorentino, a mediados de los '40.

   Más tarde sobrevendrían las dudas: El bandoneón o el piano. Clásico o música popular. Hasta que el cultivo parisino le suministra la proyección final que lo catapultó hacia su consagración universal.

   Pero lo mejor de Piazzolla está más allá de su historia. Le pertenece a él mismo. En lo que no pudimos alcanzar por medio de su genial legado. Ese que fuera entregado por el músico argentino más trascendente de todos los tiempos. Aquel que en nuestros sueños le permite mostrarse junto a Sarah Vaughn, Duke Ellington, Franz Haydn, Arturo Toscanini, Carlos Gardel o Ludwig van Beethoven...

   ...ese, el pibe de la gorra a lo Crosby, dándonos un ramo de él... qué sé yo... ¿viste?

En voces de suburbio renace el teclado
nidal de tus anguilas creando pentagramas,
allí,
dónde la herencia clama,
la que duerme en puertos su misterio
gorjeando luces al viento,
apabullada de silencio y madrugada.
¡Qué manos arrecian vírgenes secretos
plegando el espacio sonoro del tiempo!
¡Oh, semental de instantes!
Donante cuando nadie te requiere.
Ausente cuando todos te reclaman.

                                                                                                                       Adolfo M. Vaccaro

                                                                                  
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