De: "Calamar"
Enviado: Jueves 08 de junio de 2006     11:12
¡Hola!
Tengo 19 años, y la verdad es que llegué a la página por una búsqueda en el Google. Estaba tratando de encontrar Licenciados en Filosofía (carrera que estoy empezando a hacer) y los ámbitos donde se han desarrollado, y de esa forma llegué a esta página. Ojeándola un poco, encontré el taller literario... y se me ocurrió mandar este poema, que escribí hace poco y me gustaría que lo lean y opinen acerca de posibles correcciones.
Desde ya, muchas gracias, y voy a tratar de involucrarme con el taller, seguir leyendo lo publicado y enviando lo mío...


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Texto original:

El ayer que me saluda.
Y regresa, cumpliendo su rito.
El instante que divaga.
Va, vuelve... vuelve y va.
Choque frontal de esencias: la del niño que fui y la del adulto que quise ser.
Cambio de planes.
Nada de aviones.
Canoa y remo...
Espuma y olvido.
Saltos precipitados a lugares inhóspitos, que no espero...
porque ya no espero nada...
                                                       Calamar

Estimado Calamar:
Solamente podrían proponerse algunos cambios para optimizar la puntuación –correcta, por lo demás.
Como señalo una y otra vez, tanto en este taller virtual como cuando lo enseño personalmente, las reglas más flexibles de la escritura son las de puntuación, bien que en algunos casos su transgresión torna ambiguo y hasta incomprensible lo escrito.
En el caso del texto poético, resulta incluso difícil distinguir cuándo se trata de un error, y cuándo es una licencia ortográfica que el autor se ha permitido con el loable propósito de transmitirnos mejor su pensamiento y de reflejar más ajustadamente su estado de su ánimo, o el que quiere infundirnos a sus lectores.
Por eso sólo incluyo a modo de ejemplo otra versión posible, con algunos cambios en su puntuación y –por consiguiente– en el énfasis que ésta propone para su lectura:

El ayer que me saluda
y regresa, cumpliendo su rito.
El instante que divaga,
va, vuelve... vuelve y va.
Choque frontal de esencias: la del niño que fui y la del adulto que quise ser.
Cambio de planes:
Nada de aviones;
canoa y remo,
espuma y olvido...
Saltos precipitados a lugares inhóspitos, que no espero...
porque ya no espero nada.
                                                       Calamar

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Sent: Jueves 08 de junio de 2006     11:58
¡Buenas!
Acabo de mandar un mail con un poema. Me faltó decir mi seudónimo: "Calamar".
Envío otro escrito que hice en honor a un amigo el 11 de mayo, a dos años de su fallecimiento.
Desde ya, muchas gracias.

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Texto corregido:
                                  De cómo vencimos a la muerte
  

Siempre alejaba de mi mente la palabra “muerte”.
Me chocaba, me dolía, me asustaba.
La veía muy lejana. La creía posibilidad sólo de los otros. No mía, no de los que quiero. A veces la notaba más cerca, cuando se presentaba en alguien a quien conocía. Y entonces reflexionaba: “Puede pasarme; puede pasarnos”. Pero en seguida dirigía la mirada hacia otro lado, y me refugiaba en el asilo seguro, aunque absurdo a la vez, de creerla distante y ajena a mi realidad. Al menos a la más cercana.

Un día me sorprendió. Irrumpió sin aviso, se introdujo en una de las personas que más quería. Él era fuerte, muy fuerte. Y luchó contra ella. Mucho tiempo. Meses. Fue una batalla dura, dolorosa. La seguí de cerca. Confiaba en mi amigo, a quien conocía, y no en la muerte, de quien sólo tenía una vaga idea. Pero ella fue más fuerte: es ley natural de la vida (a pesar de ser su opuesto), y eso le da una jerarquía insuperable. Es misterio irresuelto, arma omnipotente que convirtió en desigual esa lucha que yo ingenuamente creía ganada.

Fue entonces cuando la conocí, cuando conocí todo su poder. Me transmitió la sensación más desesperante en lo que va de mi vida. Me hizo sentir pequeño, ínfimo… me hizo sentir nada, o mejor dicho, logró que descubriera o confirmara justamente mi ser: nada. Me hizo inventar mundos nuevos, en los que los reencuentros eran posibles… y me los aplastó de un soplido, dejándome sin rumbo una y mil veces. Me obligó a gritar hasta la disfonía, y me quitó las ganas de recuperar la voz. Me aplanó en llanto hasta deshidratarme, y me robó el ánimo de buscar el manantial. Me clavó mil cuchillos hasta desangrarme, y se llevó la esperanza de la cicatrización…

Hoy, dos años después, los gritos son susurros, las lágrimas son brisa, los cuchillos no tienen filo… No necesito imaginar nuevos mundos, ni posibles reencuentros, ya que en éste en que vivo el reencuentro es diario. En los recuerdos. Que casualmente, son felices. Son de risas, carcajadas… son de charlas, de ideales… son de mates y pileta… son de silencios, y de palabras.

¡Y yo que pensaba no poder soportarte, Muerte! ¡Yo que te creí tan poderosa!
Y vos, que nos atacaste de espaldas, sin previo aviso, con toda tu fuerza y tu misterio, con tu poder de ley y tus cuchillos… vos resultaste ser la débil. Y resultaste ser nada, más nada que yo y que todos. Porque me arrebataste un amigo… pero no pudiste llevarte los momentos.

                                                       (En memoria de mi amigo Martín (1987–2004), que en su corta vida me enseñó, nos enseñó tanto…
                                                        y que hoy perdura en el placer eterno de los recuerdos…)
                                                                                                                                                                                            Calamar

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Texto original:

                 
                                 De cómo vencimos a la muerte

Siempre alejaba de mi mente la palabra “muerte”.
Me chocaba, me dolía, me asustaba.
La veía muy lejana. La creía posibilidad solo de los otros. No mía, no de los que quiero. A veces la notaba más cerca, cuando se presentaba en un ser que conocía. Y ahí reflexionaba: “Puede pasarme, puede pasarnos”. Pero enseguida dirigía la mirada a otro lado, y me refugiaba en el asilo seguro, aunque absurdo a la vez, de creerla distante y ajena a mi realidad. Al menos a la más cercana.

Un día me sorprendió. Irrumpió sin aviso, se introdujo en una de las personas que más quería. Esa persona era fuerte, muy fuerte. Y luchó contra ella. Mucho tiempo. Meses. Fue una batalla dura, dolorosa. La seguí de cerca. Confiaba en mi amigo, a quién conocía, y no en la muerte, de quién solo tenía una vaga idea. Pero ella fue más fuerte: es ley natural de la vida (a pesar de ser su opuesto), y eso le da una jerarquía insuperable. Es misterio irresuelto. Arma omnipotente, que convirtió en desigual esa lucha que yo ingenuamente creía ganada.

Fue entonces cuando la conocí. Cuando conocí todo su poder. Me transmitió la sensación más desesperante en lo que va de mi vida. Me hizo sentir pequeño, ínfimo… me hizo sentir nada, o mejor dicho, logró que descubra o confirme justamente mi ser: nada. Me hizo inventar mundos nuevos, en los que los reencuentros eran posibles… y me los aplastó de un soplido, dejándome sin rumbo una y mil veces. Me obligó a gritar hasta la disfonía, y me quitó las ganas de recuperar la voz. Me aplanó en llanto hasta el deshidrate, y me robó el ánimo de buscar el manantial. Me clavó mil cuchillos hasta desangrarme, y se llevó la esperanza de la cicatrización…

Hoy, dos años después, los gritos son susurros, las lágrimas son brisa, los cuchillos no tienen filo… no necesito imaginar nuevos mundos, ni posibles reencuentros, ya que en este que vivo, el reencuentro es diario. En los recuerdos. Que casualmente, son felices. Son de risas, carcajadas… son de charlas, de ideales… son de mates y pileta… son de silencios, y de palabras.

Y yo que pensaba no poder soportarte, Muerte. Yo que te creí tan poderosa.
Y vos que nos atacaste de espaldas, sin previo aviso, con toda tu fuerza y tu misterio, con tu poder de ley y tus cuchillos… vos, resultaste ser la débil. Y resultaste ser más nada que yo, y que todos. Porque me arrebataste un amigo… pero no pudiste con los momentos.
    
                                                                                                                                                                            Calamar

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Comentario:

   Como esta sección de Terapia Tanguera es un taller literario, aun con el mayor respeto hacia el contenido personal y afectivo de los textos propongo en ellos las modificaciones que puedan resultar oportunas para que quienes visitan estas páginas encuentren indicaciones que les ayuden a expresarse por escrito con mayor corrección.
    Por esta razón no publico la totalidad de los textos que recibo –en Cartas y Respuestas he proporcionado direcciones de algunos de los numerosos sitios que lo hacen– sino que incluyo sólo aquellos que me permitan ilustrar algunas de las dificultades que se presentan en la difícil tarea de escribir.
   Las palabras que aparecen en letras itálicas en el texto que antecede remiten a la modificaciones que he hecho en el original para corregir aspectos tales como la correlación de tiempos verbales, la ambigüedad que suele presentarse entre la voces activa y pasiva, y el uso más apropiado de algunas preposiciones.
   De este modo el lector interesado puede utilizar los textos de este taller para replantearse sus propios criterios de escritura y tratar de mejorarlos.     
                            
                                                                                                                                               Conrado De Lucia

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