La página de Carlo D. Coioni

                                                                                               ¿Qué haremos con toda la energía de nuestro sufrimiento?
                                                                                                                               Comprender. Aceptar. Perdonar. El perdón es el comienzo del amor.
                                                                                                                                                                                                                       Fritz Künkel

   Estimado Carlo:

   Sé que usted siempre se ha negado a que publique sus textos en mi sitio, pero ahora que está tan lejos que no puede retarme, ni tampoco ofenderse demasiado por mi infidencia, le anuncio que voy a atreverme a poner en esta página algunos de los tan numerosos e-mails que ha tenido la afectuosa deferencia de enviarme durante todos estos años de entrañable amistad epistolar.

   Seguramente usted ya habrá visto entre los textos del Taller literario algunas de sus producciones de los años noventa. Tal como lo esperaba de su bonhomía, hasta ahora no me ha hecho usted ningún comentario al respecto, no sé si porque en el fondo de su ánimo le ha agradado esa difusión, o porque ha preferido conservar nuestra amistad a pesar de esto, que antes que deslealtad preferiría llamar afectuoso aprecio por su persona y por sus actitudes ante el drama de la vida..

   Tal vez usted no regrese nunca a Quequén, ni tampoco podrá encontrar ya en la Europa actual el mágico ambiente que la noche consiente en cada ciudad para abrigo de desvelados, solitarios y melancólicos como los que usted describe en "En lo de Marión".

   Le anticipo que me propongo publicar incluso algunos de los relatos autobiográficos más dolorosos que usted me ha confiado. Estoy seguro de que llevarán algún consuelo a quienes al leerlos se sientan interpretados y comprendidos de un modo que ellos mismos no sabrían expresar, tal como me sucedió a mí con cada confidencia suya. Está de más decir que se las agradezco de todo corazón.

   Le decía que no creo que se pueda encontar en parte alguna el clima –que algunos consideran putrefacto y burgués– de las casas europeas que hace cien años ofrecían –entre moños de raso rojo y señoras jóvenes con apariencia de amas de casa trasnochadas– un bálsamo para el espíritu de quienes tratan de encontrar un atisbo de lo que suponen será el paraíso. Nuevos Dantes en busca de lo definitivo –otro título de un texto suyo–, cada hombre bueno intuye que en alguna parte está la respuesta a todas sus preguntas. Y me consta que usted ya conoce el camino que lleva a ese lugar, al que nos está vedado anticiparnos por nuestra propia mano. Ese Amigo de todos nos está esperando, y junto a él, como en la Divina Comedia, todo estará resuelto.

   Tenemos que aguardar con paciencia hasta entonces, y mientras tanto la belleza de las artes será otra forma –esta vez, lícita– de anticiparnos a nuestro destino. Lo invito a que nos sintamos en la sala de una casa galante de Viena, sonriendo a las damas que conservan una serena formalidad, afortunadamente presta a deponerse.

   La mayor de las señoras nos sonríe a su vez mientras acaricia el crucifijo de plata que lleva sobre su pecho, y un genial viejito judío violinista entrecierra sus ojos disfrutando tanto como nosotros de la música de Fritz Kreisler que él mismo hace surgir de su violín, junto al piano de sonido amortiguado por una funda de fieltro para que no moleste a los vecinos. Tal vez alguna de las damas es precisamente Rosmarín, la juguetona y bella Rosmarín.

   Hasta nuestro próximo encuentro a través del correo electrónico. Fraternalmente suyo,
                                                                                                                                              Conrado

Recuerdos de un sueño
Un diálogo en La Gaviota
Un recuerdo de quinceañera
Moral cerrada y moral abierta
Apuntes sobre masaje heterosexual
Encuentro con Eva
Segunda inocencia
Encuentro con Betty
En lo de Marión
En busca de lo definitivo
Alejandra

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