De: Jorgelina Armington  (Buenos Aires)
Enviado: Miércoles 12 de Marzo de 2008 18:59
Asunto: Taller Literario
Hola. Di por casualidad con la página del taller.
Dado que invitan a enviar textos para corrección, me atrevo con éste.
Muchas gracias y saludos.

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Texto original:

 

CINCO AÑOS

Juguemos por un rato
a que pasaron cinco años.
Seré tu pitonisa.

En cinco años seguirás intentando
poner palabras
donde no hay lugar.

Seguirás buscando dónde era
que las almas
dialogaban entre sí,
y allí querrás estar.

Nacientes resplandores
desvelarán tu sueño
y siempre estarán por llegar
renovadas brisas que desnudarán tu nuca.

Habrás cuerpeado (algunas) nuevas realidades
y otras tantas fantasías,
lidiando afanosamente con las correntadas
y descansado en los remansos.

Tendrás, una vez más,
la mira puesta en ese fulgor
que ilumina tus ciudades añoradas
aunque nunca vistas.

Infinitamente te habrás preguntado
cómo, cuándo, dónde y por qué.
Algunas respuestas habrás sospechado,
disfrazadas de cimbreantes verdes,
de anhelantes rosas,
de plenos azules
o de fantasmales grises.

Seguirás cantando
"Más vale trocar/ placer por dolor/
que andar sin amor".

Te verás, claro, cambiada.
Pero reconocerás, intacta,
tu capacidad de asombro.
Porque seguirás maravillándote
cuando compruebes que,
con majestuosa indiferencia
a tus pareceres,
sigue amaneciendo.

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Texto corregido:

   Cinco años

   Juguemos por un rato a que ya pasaron cinco años. Seré tu pitonisa.
   En cinco años seguirás intentando poner palabras donde no hay lugar. Seguirás buscando dónde era que las almas
dialogaban entre sí, y allí querrás estar.
   Nacientes resplandores desvelarán tu sueño, y siempre estarán por llegar renovadas brisas que desnudarán tu nuca.
   Habrás cuerpeado algunas nuevas realidades y otras tantas fantasías, lidiando afanosamente con las correntadas
y descansado en los remansos.
   Tendrás una vez más la mira puesta en ese fulgor que ilumina tus ciudades añoradas, aunque nunca vistas.
   Te habrás preguntado infinitamente: cómo, cuándo, dónde, por qué. Y habrás sospechado algunas respuestas, disfrazadas de cimbreantes verdes, de anhelantes rosas, de plenos azules o de fantasmales grises.
   Seguirás cantando: "Más vale trocar/ placer por dolores/ que andar sin amores".
   Te verás cambiada, claro. Pero reconocerás intacta tu capacidad de asombro.
   Porque seguirás maravillándote al comprobar que, con majestuosa indiferencia a tus pareceres, sigue amaneciendo.

                                                                                                                                     
Jorgelina Armington

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Comentario

En la versión corregida solamente se han salvado mínimos errores formales.
Se trata de un bello texto, cuya disposición gráfica permite comparar las diferencias entre las modalidades del poema y de la prosa. En este caso se trata de una prosa, bien que dispuesta espacialmente en líneas distintas. No se lo puede considerar como un poema escrito en versos libres, ya que –tanto cuando es libre como cuando está sujeto a la métrica y a la rima– lo que diferencia al poema de la prosa es el ritmo, que debe estar presente en la poesía y ausente en la composición en prosa. El efecto particular que produce la lectura de un poema depende de su estructura rítmica y no del aspecto gráfico de la división de sus párrafos.

  En textos de escritores que cultivan ambas formas, prosa y poema, suelen encontrarse pasajes en prosa en los que el autor no ha podido evitar el fluir acompasado del escandido –el rasgo más característico del poema– o no se ha percatado del efecto rítmico que ha producido involuntariamente. La presencia de ritmo en un texto en prosa suele ser considerada un defecto de construcción, su inesperada irrupción sorprende e incluso distrae al lector.

  Es interesante señalar que Azorín (José Martínez Ruiz), pese a que acostumbra utilizar frases muy breves en sus bellísimas prosas, no incurre nunca en el error de darles la forma rítmica del verso.

  Como contraste ilustrativo, Francisco Luis Bernárdez emplea en La ciudad sin Laura versos de una longitud desusada, que
producen un efecto opuesto al de un texto dividido en aparentes versos libres, y podrían considerarse visualmente como breves pensamientos o aforismos. Pero basta con iniciar la lectura para percibir cómo el ritmo transmuta la aparente prosa y torna evidente que se trata de versos, que han sido por añadidura trabajados cuidadosa y delicadamente por el autor, como el que resuelve: "El dulce nombre que pronuncio para poblar este desierto es el de Laura."

   
Así como una prosa puede ser dividida en fragmentos sin convertirse por ello en poema, los versos de un poema no deberían ser fragmentados por causa de requerimientos gráficos. Por extensos que resulten los versos, debería tratarse de disponerlos enteros, aunque eso requiera achicar el cuerpo de la letra. He encontrado versiones de "La ciudad sin Laura" con los versos caprichosamente divididos, e incluso centrados en la página –recurso considerado tal vez más "estético", pero que en realidad perturba la lectura del poema de manera lamentable–.
  
 
  En la necesidad de una meticulosa labor de pulido coinciden tanto el poeta Bernárdez como el prosista Azorín, quien ha afirmado: "Escribir el fácil; lo difícil es limpiar". Y otro tanto ha querido expresar Abelardo Castillo con la frase que encabeza nuestro Taller Literario:  "Corregir encarnizadamente un texto no es una tarea retórica o estilística, es un trabajo espiritual. Paul Valéry ya habló de la ética de la forma: corregir es una empresa espiritual de rectificación de uno mismo."


  Revisar una y otra vez lo escrito puede llegar a ser una tarea ardua, incluso penosa, como lo percibía Homero Expósito cuando buscaba durante semanas un término o un giro al que considerara más adecuado para la letra de alguna canción que estaba escribiendo: En 1973 nos contaba a sus alumnos de Cancionística las dudas que había tenido, por ejemplo, antes de decidirse a poner la palabra "dialéctica" –tan aristada– en la letra de "Chau no va más".

   Algunos escritores excepcionales, como Dostoiewski y Tolstoi, podían dictarle de corrido a sus respectivas esposas algunas de sus novelas. Tolstoi le dictó a Sofía la célebre Sonata a Kreutzer, al parecer como una sutil forma de castigarla por sus coqueteos con cierto músico que solía visitarlos –y que es precisamente el tema de la novela, que culmina con la muerte de la mujer, apuñalada por su celoso marido–. Dostoiewski le dictaba todas las mañanas un par de horas a su esposa Ana, y ella lo cuenta cándidamente en sus memorias, al parecer sin percatarse de la inmensa elaboración mental que había detrás de esa aparentemente sencilla rutina hogareña.

   James Joyce hizo tantas correcciones a su monumental obra Ulises que aún hoy existen dudas sobre su texto definitivo, y hace unos años se ha recurrido a un programa de computadora especialmente diseñado, para tratar de establecer cuáles son las variantes más consistentes entre las muchas que aparecen en el manuscrito.

  Otro enorme genio literario, Franz Kafka, llegó a escribir dos extensos finales diferentes para su novela El castillo, en cuyas ediciones se incluyen corrientemente ambas series de capítulos. La primera concluye de un modo tan angustiante que el lector se siente aliviado cuando en la segunda cree encontrar un aparente final feliz. Hasta que, reflexionando, cae en la cuenta de que al aceptar la propuesta de las mucamas del extraño hotel en que se encuentra –quedarse a vivir con ellas en las habitaciones inferiores– se consuma la atrofia definitiva y sin salida de la existencia del protagonista.

   En el caso de El castillo no se trata de un trabajo de corrección del texto definitivo, sino que se lo puede considerar como un recurso verdaderamente genial para llevar al extremo el clima de sinsentido que asfixia al lector durante toda la novela. Pero cabe mencionarlo como un ejemplo de la laboriosidad que se requiere para llegar a producir un texto –un poema de algunas estrofas o una extensa novela– que pueda perdurar definitivamente.
                                                                                                                                        Conrado De Lucia 
                                                                      
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