From: Fiorella R. (Perú)
Sent: Domingo 28 de mayo de 2006    23:31
Subject: Favor, corríjanme y critíquenme.
No se usar muy bien Word,  por lo que se ponen las may˙sculas como locas y salen las correcciones. Pongo estos dos y pido me los corrijan y me digan que soy mala o que soy buena. Con amigos no cuento para esto porque siempre dicen que todo está bien, bonito, y nada más parece importar. En fin, creo no leen ellos tampoco. Espero me digan.
Atte.,
Fiorella (de un lugar de Perú)
Ah, si quieren me pueden poner algún seudónimo, pero inventen uno. Al fin y al cabo, Fiorella no es mi nombre. Gracias.

          Cuando murió diciembre

Cuando murió diciembre,
aquella tarde de primavera,
yo sólo pensaba en una estrella
y en que haría cualquier cosa para tenerla;
la tomaría con fuerza, con mucha fuerza.

Cuando murió diciembre, en mi mente
no era primavera, y menos verano.
Y entonces me dijo: "vamos, vamos", y
tomó mi mano.
Cómo pensaba en eso;
cómo pensaba en eso.
Con mucha fuerza,
con mucha fuerza .

Algo se repetía en mi cabeza
cuando murió diciembre:
sentí el frío del hambre, de la guerra,
descalza y sola en esa lejana tierra.
Latidos de mi corazón;
diciembre los sentía siempre,
los oía a lo lejos
y sabía qué tan nerviosa podía estar yo.
Latidos de mi corazón,
óyelos.
Latidos de mi corazón, diciembre,
egoísta siempre.
Y sabía, claro que sí,
no lo comprendo todavía:
¿cómo llegamos a ese día?

Cuando murió diciembre...
¿cuándo murió diciembre?
¿ese día de abril, o
tal vez aquel de mayo,
con las hojas que caen del árbol
o con el sol en las olas de aquel mar lejano ?
¿Cerca de un cerro,
cerca de un lago,
con el ruido del viento
y mi cabello en el cielo?

¿O fue cerca del arco iris con su final incierto?

Diciembre, diciembre...
Ese día sé
que quería la estrella.
Ese día
del frío, del hambre,
de una guerra lejana.

Diciembre, diciembre,.
ahora te llevo en el vientre,
ahora escucho yo los latidos
de tu corazón asustado.

Corazón de melón, como decías
aquellos días, diciembre,
aquellos días....

Pero no va para ti
ni para mí siquiera,
diciembre.
Te pariré en noviembre (y perdóname por eso)
con el dolor
de la leña
profanando el silencio del pozo,
quemando aquel bosque de duende,
quemando aquel sueño
de uvas verdes.
Fuerte, diciembre, fuerte...

El día en que murió diciembre
supe que estaría
dentro de mí
para siempre.

                                    Fiorella R.

        El fin de semana

Con los gritos del día siguiente
empezaba toda la historia
que yo querría terminar
con gloria y mucha euforia.

El recuerdo de las noches anteriores,
llena de colores,
olores, flores, y muchos, muchos licores,
me daban un sentimiento de vértigo.
Y el vómito tenía que salir;
un vómito cargado de odio
que me dejaba limpia
como cuando me parió mi madre.

-Otra vez llegas ebria -me decía-.
-¡Ebria noooo, ebria jamás!
Y muchos jajajás,
tropezones y faltas imperdonables.
Una que otra vez con marcas
moradas en alguna pierna
y el vómito
cargado de odio.

El hueco aquel, oscuro y solo,
aquél que me aterraba,
la sombra de la histeria,
de la historia, y de las clases
de sociales, días después...

Pasos veloces, nervios,
y días después risas estupendas,
llenas de misterio.
Y notas tontas,
musicales,
melancólicas y con mucha idiotez.
Una idiotez embriagadora
como mi mejor amigo, el ron.

Y he ahí, pues,
el grito de mi madre otra vez,
empezando aquí la historia, que
algún día terminaré con gloria.

                                                 Fiorella R.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Brillante, muchacha. Siga escribiendo, pero -eso sí- aprenda a manejar mejor el Word y también la puntuación.
Afectuosamente,
Conrado
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