De: J.F.G.
Enviado: jueves, 19 de diciembre de 2013 17:28
Asunto: Cuento para el taller                               

Estimado Conrado:
Aquí le envío un cuento; creo que cumple con todas las normas del taller, pero si no es así hágamelo saber y lo modificaré.
¡Espero que no sufra demasiado leyéndolo, y que aunque sea logre entretenerlo un poco!
Un afectuoso saludo y –bromas aparte– verdaderamente espero que le guste el contenido del cuento, más allá de la gramática en la que seguramente habrá cosas que mejorar, Aguardo con gusto sus comentarios y sugerencias.
Facundo.  

Versión original:

                                          Cuestión de principios    
                                                                                                       
                                                                                                           “Quien no tiene el valor de vivir como piensa,
                                                                                                             termina pensando como vive”

                                                                                                                                                     Ignacio de Loyola.

  La pequeña Cindy Avendale alzó la vista y se apartó de la cara un mechón de pelo rubio. Arriba, a lo lejos, un edificio de al menos cincuenta metros de altura se perdía entre las nubes. Llamó al portero eléctrico y se identificó. La voz familiar del escáner de retina la invitó a ingresar al edificio, no sin antes desearle una cordial y fría bienvenida. Cindy avanzó al tiempo que la puerta se cerraba a sus espaldas, saludó con un gesto de la mano a Dan el recepcionista y se dirigió al ascensor principal.

  Hacía tiempo que Dan ya no la revisaba con su escáner ni solicitaba su huella digital para el libro de visitas: Cindy Avendale, nieta única del doctor Ian Avendale, jefe de la compañía, era una de las pocas personas que tenían ese privilegio. Con sus diez años de edad y una inteligencia muy precoz había conquistado rápidamente el corazón de su abuelo, un eminente científico y filántropo que dedicaba gran parte de su tiempo a realizar investigaciones por la humanidad.

  A modo de tesis al finalizar su carrera como ingeniero químico, Ian había construido una máquina capaz de soportar la fuerte reacción exotérmica producida por la combustión de átomos de oxígeno e hidrógeno en el proceso de formación de agua. El novedoso invento de Ian obtenía el hidrógeno como producto del metabolismo de una cianobacteria modificada genéticamente, y el oxígeno, de la depuración del aire atmosférico. Ambos elementos se concentraban en una cámara de grafeno ultrarresistente y un complicado sistema de superconducción a base de oro, cobre y grafeno convertía en energía aprovechable el calor generado por la reacción. Agua y energía limpias en un mismo invento se había llevado el aplauso y la envidia de la comunidad científica entera, además de la nada despreciable enemistad de los grandes banqueros del mundo.

  Mientras ascendía hasta el último piso, Cindy se distrajo observando a través de las ventanas transparentes el ajetreado ir y venir de las personas de la capital. Desde aquella altura parecían hormigas correteando rumbo al hormiguero. Sintió vértigo y volvió a concentrarse en sus pensamientos. ¿Por qué su abuelo había elegido un lugar tan alto para trabajar? Cierta vez se lo había preguntado, y él había respondido con una sonrisa afable que observar el mundo desde allí le recordaba constantemente el lugar que ocupaban los humanos en el universo.

  El sonido del ascensor antigravítico le indicó que había llegado a destino. Las puertas se abrieron y pudo divisar la oficina de su abuelo. Sabía que no estaría ocupado con trabajo aquel día, ya que los viernes por la tarde los reservaba solo para ella desde hacía por lo menos tres años. Cindy le tenía mucho cariño. Algún día sería como él, y consagraría su vida al servicio de los demás. Entró sin llamar. El rostro de Ian Avendale se iluminó al ver a su pequeña.

  –¡Cindy, querida! ¡Pasa! –Ian se levantó de su silla voladora, como ella la llamaba, y fue a su encuentro.

  –¡Hola abuelo! –Cindy le dio un afectuoso abrazo y un beso, y tomó asiento frente al escritorio de grafeno. Su abuelo estaba como siempre: alto, de ojos y pelo negro con algunas canas de experiencia en las sienes que lo hacían lucir estupendo.

  La oficina era sencilla pero imponente. Al menos del doble de grande que la sala de recepción, sus paredes estaban atestadas de diplomas, medallas y menciones que Ian había obtenido a lo largo de su carrera profesional. El escritorio era amplio y siempre estaba atestado por un mar de documentos escritos, carpetas y libros. A su izquierda, a modo de isla, se erigía un potente ordenador que tenía por fondo de pantalla un logo donde unas líneas ondeadas que simulaban ser agua eran atravesadas por un pequeño rayo de electricidad.

  –¿Cómo estás Cindy? –Preguntó Ian mientras apartaba algunos papeles de su escritorio, la mayoría repletos de incomprensibles diagramas y ecuaciones. La miró por encima de sus pobladas cejas negras.

  –Tengo un pequeño obsequio para ti –sonrió pícaramente.

  –¡Abuelo! –Protestó su nieta con su aguda vocecita– ¡No tenías que molestarte!

  –Tonterías –replicó él, al tiempo que le tendía lo que parecía ser una tarjeta envuelta en papel de regalo–, ya que el trabajo me impidió estar presente en tu cumpleaños me gustaría cuando menos obsequiarte esto. ¡Vamos, ábrelo! –La animó.

  Cindy rompió el papel y su propio rostro impreso en una tarjeta celeste le devolvió la mirada. Debajo se hallaba escrito su número de identificación personal y el espacio correspondiente para dejar su impresión digital. No podía creer aquello que tenía entre manos: las tarjetas de crédito celestes no tenían tope de litros, y solo un grupo muy reducido de personas en el mundo contaban con una de ellas. Miró a su abuelo sin poder articular palabra.

  –¿Te gusta, Cindy? –Preguntó mientras se sentaba– Está lista para ser utilizada, lo único que tienes que hacer para comenzar es marcarla con tu huella digital.

  –Abuelo… yo… muchas gracias… –Balbuceó, aún sin poder salir de su asombro– ¿Crees que mamá y papá estén de acuerdo con esto?

  –¡La verdad es que no tengo idea! Pero siempre es mejor pedir perdón que permiso, ¿no es así? –Ian guiñó un ojo– Tu solo preocúpate por no perderla querida, los gastos irán a parar directamente a mi cuenta personal del banco. Creo que puedo darme el lujo de ocuparme de los gastos de mi nieta favorita, ¿verdad?

  –¡Soy tu única nieta! –Rió Cindy volviéndolo a abrazar y propinándole un sonoro beso– ¡Muchas gracias abuelo! Te prometo que solo la usaré para cosas que necesite de verdad.

  –Lo sé querida, por eso es que te la regalo –le dirigió una mirada orgullosa y su voz adquirió un tono aprensivo–.
Cambiando de tema a algo más serio, ¿Cómo te fue en tu examen de matemáticas?

  Cindy se sentó a su lado y el rostro se le ensombreció un poco.

  –Bien –respondió pensativa ella–. En teoría me saqué un diez…

  –¡Esa es mi nieta! –Sufría más cuando Cindy tenía que rendir un simple examen de matemática o biología que cuando lo llamaban para dar conferencias internacionales– ¡Otro más para la colección! Hasta ahora venimos invictos, ¿eh? –Le revolvió el cabello– Pero, ¿por qué en teoría? ¿Y en la práctica?

  –En la práctica… Quiero decir, en realidad, hay un punto que tuve mal, pero la profesora no vio el error y me lo corrigió como si estuviera bien. Me di cuenta porque Brenn Allendorf, aquella chica hija de la amiga de mamá, vino a cotejar sus resultados con los míos. Ella sacó un ocho por tener un error en el mismo punto que el mío, solo que el de ella estaba bien y se lo habían corregido como mal.

  –¡Oh…! –Ian enarcó las cejas.

  –Brenn me dijo que no le diría nada a la profesora. Después de todo a ella un ocho no le sienta nada mal, y por el contrario a mí me arruinaría el promedio –Cindy lo miró con preocupación a través de sus ojos color avellana–. ¿Crees que lo que hice estuvo mal?

  –Solo tú estás realmente en posición de decidir si lo que hiciste estuvo mal o no, querida.

  –¿Tú qué habrías hecho en mi lugar?

  Su abuelo esbozó una media sonrisa y se recostó en su silla para mirar el cielo a través del techo transparente.

  –Ten cuidado con esa pregunta cielo, puede resultar un arma de doble filo. Recuerdo en mi juventud haber leído un chiste en el que un chico pedía consejos a sus amigos sobre qué hacer ante una situación que ya no me acuerdo… De cualquier forma, todos empleaban frases del estilo “yo que tú…”, “en tu lugar…” etcétera. Luego, cuando recolecta la opinión de todos, el personaje termina pensando que al final nunca se enteró que haría él si estuviera en su lugar…

  Su nieta bajó la vista.

  –Entonces sí crees que lo que hice estuvo mal, aunque a Brenn no le afectaba el promedio.

  –Yo no he dicho eso, Cindy –suspiró–. Mira, te contaré una anécdota de cuando era joven.

  –¡Ea! –A Cindy le encantaban las historias.

  –Yo toda mi vida fui como tú, un jovencito preocupado por lo que estaba bien y lo que estaba mal. Como sabrás, no nací con todo esto –hizo un ademán con los brazos como abarcando toda la habitación–. En casa los litros escaseaban, pero aun así tus abuelos hicieron un gran esfuerzo y me mandaron a la universidad donde, modestia aparte, fui el mejor promedio histórico de la carrera y me gradué dos años antes de lo estándar. Calculo que sabes sobre qué tema hice mi tesis ¿verdad?
  –Por supuesto –respondió Cindy–, lo veo en la escuela por lo menos una vez al año.

  –Sí, quizá exageren un poco con eso. Bueno, el caso es que estaba cansado de ser pobre y de la pobreza en general, había momentos en que tener sed se tornaba doloroso. Tú no naciste en esa época y dudo que pudieras llegar a entenderlo, pero el malestar que reinaba en la población se podía palpar. Cuando los peces gordos de la economía mundial se dieron cuenta de que llegado el momento el dinero no serviría para nada, comenzaron a comerciar con el agua, un negocio mucho más lucrativo y en el que todos por igual debíamos entrar si queríamos sobrevivir –el rostro de Ian se ensombreció–. Luego de muchas disputas y no pocas guerras, finalmente el negocio del agua potable quedó en manos de unas tres o cuatro personas en todo el mundo: acapararon todas o casi todas las reservas naturales del mundo y comenzaron a comercializarla emitiendo una especie de… bonos… que se intercambiaban por una determinada cantidad de agua. Por una cuestión obvia, los litros no tardaron en sustituir al dinero corriente, solo que al tratarse de agua, la gente que no ganaba lo suficiente (que éramos varios, debo decir) comenzó a tener serios problemas de deshidratación e infecciones por beber agua contaminada.  Los hospitales no daban abasto, los ladrones estaban a la vuelta de la esquina dispuestos a todo con tal de robar unos cuantos litros… En fin, un desastre.

  –¿Y por qué esa gente que no ganaba lo suficiente no pedía un aumento?

  –No es tan sencillo, Cindy. Antiguamente cuando los obreros quería ganar más dinero cesaban en sus labores, y a veces conseguían un aumento, pero con el agua sucedió diferente. Una persona podía vivir sin dinero el tiempo que durase la protesta, pero ¿sin agua? Los grandes empresarios no tardaron en notar este pequeño gran detalle y bueno, la mano de obra barata dispuesta a trabajar mucho a cambio de poco abundaba.

  –¡Y entonces es cuando apareces tú! –Exclamó Cindy con alegría.

  –En realidad me gusta creer que alguien como yo fui el producto natural que algún día generaría aquel caos. Como siempre te digo, nadie es imprescindible y de no ser yo, hubiera sido otro –se encogió de hombros.

  –Pero no fue otro –sostuvo.

  –Está bien, fui yo. Hasta ese entonces los métodos de reciclado y potabilización del agua dejaban mucho que desear. La idea de crear agua a partir de otros elementos por supuesto que no era nueva, pero nadie había logrado llevar esta producción a escala industrial por ser poco práctica o demasiado costosa. Espero que no creas que fui un iluminado de mi tiempo y que ideé mi máquina en un momento de máxima inspiración. Me basé en un sinfín de trabajos que abordaban este tema. Finalmente, luego de mucho leer y poco dormir estuve en condiciones de construir una versión ‘portable’ de mi invento, demostrando que servía y que podría utilizarse a escala industrial.

»Muchas fueron las dudas que tenían mis evaluadores, y cada pregunta era más malintencionada que la anterior, pero yo estaba preparado, incluso contaba con la patente mi invento en mi poder. Transcurrieron tres interminables horas donde tocamos todos los temas, desde las implicaciones sociales que conllevaría mi dispositivo hasta la generación de energía limpia que abarataría los costos de producción. Obtuve la máxima calificación posible.

  La pequeña Cindy era un gran público para contar su historia, ya que contenía el aliento, suspiraba o se emocionaba en los momentos adecuados. Ian prosiguió:

  –La noticia se expandió como reguero de pólvora, y al poco tiempo me encontré abriéndole la puerta a varios periodistas que me pedían una demostración en vivo y en directo de la creación de agua. Tampoco faltaron empresarios dispuestos a pagar una suma millonaria con tal de adquirir la patente de mi invento que les permitiría crear agua para vender en todo el mundo. No dejaban de repetirme que guardarme algo tan espectacular sería un acto de egoísmo casi homicida, y que ellos se encargarían de darle vida a aquello que yo había comenzado.

  –No quiero ni imaginar dónde estaríamos ahora si hubieras accedido a vender tu invento, abuelo –comentó Cindy, reprochándolo como si lo hubiera hecho.

  –Ni hablar. Lo único que sabía es que de vender mi patente, los beneficiados serían los mismos de siempre, y la sed nunca desaparecería. La cuestión es que un día un hombre de aspecto muy formal que parecía salido de una película de espías se presentó en mi departamento con una holocarta a mi nombre, donde se me pedía por favor si podía reunirme en una “charla de amigos” para conversar ciertos temas donde “todos podríamos salir beneficiados”. Por un momento me sentí tentado de declinar la oferta, pero debo decir que la perspectiva de un viaje en la aerolimusina que asomaba por la ventana no estaba nada mal, así que acepté, ¿qué podía perder?

  –¿Y tenía comida, bar y todas esas cosas que se ven por holovisión?

  –Todo eso y más. ¡Tenía incorporada una máquina expendedora de agua gratis, qué diablos! Más rápido de lo que me hubiera gustado, llegamos a destino. El lugar era acorde al vehículo que me transportaba, una impresionante mansión que no tenía nada que envidiarle al campus de la universidad.

  Cindy puso los ojos como platos:

  –¿Los dueños del Banco Mundial?

  –Acertaste, querida. El dueño de casa me presentó a sus otros seis invitados, me invitó a sentarme a la mesa redonda y sin más preámbulos comenzó la reunión diciendo que se había enterado de mi invento y que me felicitaba por ello. También me confesó que las reservas naturales de agua no durarían para siempre, y que ya habían evaluado la posibilidad de producir o reciclar agua, solo que ninguna de las alternativas hasta el momento era rentable.

  –¿También trataron de comprarte?

  –Yo diría más bien… absorberme. No me ofrecieron dinero, sino que a cambio de que les cediera mi patente me harían socio de la empresa, partícipe de un octavo de todos los beneficios netos que obtuvieran en el futuro.

  –No se andaban con chiquitas… –comentó Cindy.

  –Y que lo digas –silbó Ian–. Estaban claramente desesperados. Por un instante me vi en la gloria misma, rodeado de todos los lujos que los litros pudieran comprar… pero luego la imagen de mi niñez me vino a la mente. ¿Ser su socio? ¿Yo, que había sufrido en carne propia la falta de agua? ¿Que había sido testigo de lo que la miseria podía llegar a ocasionar en los seres humanos? Siempre odié y quise destruir a los del Banco de Agua Mundial, y esta podía ser mi gran oportunidad. Aquellas personas no tenían corazón –resopló enfadado–, solo les importaba el dinero y el poder. Me necesitaban de su lado, y sabían que yo lo sabía. De más está decir que me negué lo más elegantemente que pude diciendo que lo pensaría, pero en mi fuero interno ya sabía lo que tenía que hacer –miró sin ver el rostro de Cindy, con semblante reflexivo–. Yo creo que uno siempre sabe lo que es correcto y lo que no, Cindy, solo que muchísimas veces la opción no-correcta resulta ser la más atractiva, y no vemos (o no queremos ver) otras alternativas.

  Cindy no dijo nada y también cerró los ojos. Se hallaba en proceso de reflexión cuando su abuelo continuó su relato:

  –… así que ni bien llegué a mi departamento contacté a casi todas las Organizaciones No  Gubernamentales que se habían ofrecido a ser mis financistas y les propuse mi plan: ellos recaudarían fondos para mi proyecto y el mundo tendría agua para satisfacer todas sus necesidades. ¡Me hubiera gustado ver la cara de aquellos cuervos cuando se enteraron la noticia! ¡Y pensar que quisieron que fuera empleado de ellos, já!  –Abrazó a su nieta. –Al menos esta historia tuvo final feliz ¿eh?

Desde ese entonces trabajo arduamente para que no falte el agua a la personas. Nadie tiene por qué sufrir lo que yo, el agua es un derecho de todos. En fin –hizo una pausa para tomar aliento–, ¿te das cuenta lo que hubiera sucedido si yo hubiera optado por lo que era más fácil? Quizá una nota escolar no sea tan grave, nadie va a morir por ello, pero soy de los que creen firmemente que hasta en las más pequeñas acciones debemos hacer lo que creamos más justo, o corremos el riesgo de dejarnos llevar por lo que es cómodo.

  La pequeña Cindy lo observó con tristeza.

  –¿Crees que soy una mala persona por lo que hice?

  –¡Pero linda, por supuesto que no! –Rió de buena gana. –El mundo no se divide en buenos y malos o en blanco y en negro. Son nuestras decisiones del día a día las que nos van acercando hacia un lugar u otro, solo debes hacer lo que creas que te llevará en la dirección correcta.

  Un sonido ahogado emergió de entre los papeles del desordenado escritorio de Ian. Luego de revolver durante algunos segundos, contestó el teléfono:

  –¿Diga? Ah, está bien, perfecto, muchas gracias –colgó–. Cindy, querida, tus padres enviaron un aerotaxi a buscarte, será mejor que no los hagas esperar.

  –Está bien, abuelo –le propinó un fuerte beso en la mejilla–. Mañana le diré a la profesora que le suba la nota a Brenn y baje la mía. Ya no tendré promedio diez –se lamentó–, pero al menos habré hecho lo correcto –sonrió tristemente–. Supongo que luego me sentiré mejor.

  –Puedes apostarlo querida.

  –¡Muchas gracias abuelo!

  –No tienes nada que agradecer cielo, tú tomaste tu propia decisión, y me alegro que hayas optado por lo correcto –le dio un beso en la frente–. No olvides tu regalo y recuerda–añadió guiñándole un ojo–, es nuestro pequeño secreto.

  –¡Hasta el viernes que viene, abuelo! Te quiero.

  –Y yo a ti. Adiós querida.

  La puerta se cerró tras su nieta, e Ian volvió a enfrascarse en su habitual papelerío. ¡Tenía tanto por hacer! El nuevo sistema potabilizador que había desarrollado hacía poco no estaba siendo tan rentable como cabía esperarse, y para colmo los obreros del poblado se habían sublevado y tomado la planta. Ya verían lo que les esperaría cuando les cortara los suministros... Sus pensamientos volvieron a aterrizar en Cindy y sus inquietudes infantiles. Se sintió muy orgulloso de que su nieta optara por hacer lo correcto. Después de todo Ian Avendale, dueño único del Banco de Agua y Energía Mundial, hubiera hecho lo mismo.

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Versión con correcciones
(Separada en párrafos para facilitar su comparación. Los cambios están indicados en itálicas aunque sólo se trate de agregar o quitar una coma. Se ha incluido la explicación de algunas correcciones.).

                                          Cuestión de principios    
                                                                                                       
                                                                                                     “Quien no tiene el valor de vivir como piensa,
                                                                                                        termina pensando como vive”

                                                                                                                                                   Ignacio de Loyola.

  La pequeña Cindy Avendale alzó la vista y se apartó de la cara un mechón de pelo rubio. Arriba, a lo lejos, un edificio de al menos cincuenta metros de altura se perdía entre las nubes. Llamó al portero eléctrico y se identificó. La voz familiar del escáner de retina la invitó a ingresar al edificio, no sin antes desearle una cordial y fría bienvenida. Cindy avanzó al tiempo que la puerta se cerraba a sus espaldas, saludó con un gesto de la mano a Dan el recepcionista y se dirigió al ascensor principal.

  La pequeña Cindy Avendale se apartó de la cara un mechón de pelo rubio y alzó la vista. Frente a ella, un edificio de al menos cincuenta pisos de altura se perdía entre las nubes. Llamó por el portero eléctrico y se identificó. La voz familiar del escáner de retina la invitó a ingresar al edificio, no sin antes darle una cordial y fría bienvenida. Cindy avanzó, al tiempo que la puerta se cerraba a sus espaldas; saludó con un gesto de la mano a Dan, el recepcionista, y se dirigió al ascensor principal. (Los vocativos en aposición, como "el recepcionista" van entre comas.)

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   Hacía tiempo que Dan ya no la revisaba con su escáner ni solicitaba su huella digital para el libro de visitas: Cindy Avendale, nieta única del doctor Ian Avendale, jefe de la compañía, era una de las pocas personas que tenían ese privilegio. Con sus diez años de edad y una inteligencia muy precoz había conquistado rápidamente el corazón de su abuelo, un eminente científico y filántropo que dedicaba gran parte de su tiempo a realizar investigaciones por la humanidad.

   Hacía tiempo que Dan ya no la revisaba con su escáner ni solicitaba su huella digital para el libro de visitas: Cindy Avendale, única nieta del doctor Ian Avendale, jefe de la compañía, era una de las pocas personas que tenían ese privilegio. Con sus diez años de edad, y una inteligencia muy precoz, había conquistado rápidamente el corazón de su abuelo, un eminente científico y filántropo que dedicaba gran parte de su tiempo a realizar investigaciones por la humanidad.
(Los incisos –comentarios– van siempre entre comas o entre rayas, según el grado en que se apartan del tema principal.)

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  A modo de tesis al finalizar su carrera como ingeniero químico, Ian había construido una máquina capaz de soportar la fuerte reacción exotérmica producida por la combustión de átomos de oxígeno e hidrógeno en el proceso de formación de agua. El novedoso invento de Ian obtenía el hidrógeno como producto del metabolismo de una cianobacteria modificada genéticamente, y el oxígeno, de la depuración del aire atmosférico. Ambos elementos se concentraban en una cámara de grafeno ultrarresistente y un complicado sistema de superconducción a base de oro, cobre y grafeno convertía en energía aprovechable el calor generado por la reacción. Agua y energía limpias en un mismo invento se había llevado el aplauso y la envidia de la comunidad científica entera, además de la nada despreciable enemistad de los grandes banqueros del mundo.

  A modo de tesis para finalizar su carrera como ingeniero químico, Ian había construido una máquina capaz de soportar la fuerte reacción exotérmica producida por la combustión de átomos de oxígeno e hidrógeno en el proceso de formación de agua. El novedoso invento de Ian obtenía el hidrógeno como producto del metabolismo de una cianobacteria modificada genéticamente, y el oxígeno, de la depuración del aire atmosférico. Ambos elementos se reunían en una cámara de grafeno ultrarresistente, y un complicado sistema de superconducción a base de oro, cobre y grafeno convertía en energía aprovechable el calor generado por la reacción. La obtención de agua y de energía limpias en un mismo invento había causado el aplauso y la envidia de la comunidad científica entera, además de la previsible enemistad de los grandes banqueros del mundo.

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  Mientras ascendía hasta el último piso, Cindy se distrajo observando a través de las ventanas transparentes el ajetreado ir y venir de las personas de la capital. Desde aquella altura parecían hormigas correteando rumbo al hormiguero. Sintió vértigo y volvió a concentrarse en sus pensamientos. ¿Por qué su abuelo había elegido un lugar tan alto para trabajar? Cierta vez se lo había preguntado, y él había respondido con una sonrisa afable que observar el mundo desde allí le recordaba constantemente el lugar que ocupaban los humanos en el universo.

  Mientras ascendía hasta el último piso, Cindy se distrajo observando a través de las ventanas transparentes el ajetreado ir y venir de las personas de la capital. Desde aquella altura parecían hormigas moviéndose alrededor del hormiguero. Sintió vértigo, y volvió a concentrarse en sus pensamientos. ¿Por qué su abuelo había elegido un lugar tan alto para trabajar? Cierta vez se lo había preguntado, y él le había respondido con una sonrisa afable que observar el mundo desde allí le recordaba constantemente el lugar que ocupaban los humanos en el universo.

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  El sonido del ascensor antigravítico le indicó que había llegado a destino. Las puertas se abrieron y pudo divisar la oficina de su abuelo. Sabía que no estaría ocupado con trabajo aquel día, ya que los viernes por la tarde los reservaba solo para ella desde hacía por lo menos tres años. Cindy le tenía mucho cariño. Algún día sería como él, y consagraría su vida al servicio de los demás. Entró sin llamar. El rostro de Ian Avendale se iluminó al ver a su pequeña.

El sonido del ascensor antigravítico le indicó que había llegado a destino. Las puertas se abrieron y pudo divisar la oficina de su abuelo. Sabía que no estaría ocupado con trabajo aquel día, ya que los viernes por la tarde los reservaba solo para ella desde hacía por lo menos tres años. Cindy le tenía mucho cariño. Algún día sería como él, y consagraría su vida al servicio de los demás. Entró sin llamar. El rostro de Ian Avendale se iluminó al ver a su pequeña.
(Aunque está aceptado no usarlo, el acento en "sólo" cuando equivale al adverbio "solamente" evita el equívoco con el adjetivo "solo" (sin compañía).

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  –¡Cindy, querida! ¡Pasa! –Ian se levantó de su silla voladora, como ella la llamaba, y fue a su encuentro.

  –¡Cindy, querida! ¡Pasa! –Ian se levantó de su silla voladora –como ella la llamaba– y fue a su encuentro.
(Los incisos van entre comas o rayas. Aquí es mejor usar rayas porque es un comentario dentro de otro comentario.)

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  –¡Hola abuelo! –Cindy le dio un afectuoso abrazo y un beso, y tomó asiento frente al escritorio de grafeno. Su abuelo estaba como siempre: alto, de ojos y pelo negro con algunas canas de experiencia en las sienes que lo hacían lucir estupendo.

  –¡Hola abuelo! –Cindy le dio un afectuoso abrazo y un beso, y tomó asiento frente al escritorio de grafeno. Su abuelo –alto, de ojos y pelo negro, con algunas canas de experiencia en las sienes– lucía estupendo como siempre.
(Una manera de evitar el sinsentido de "estaba alto como siempre".)

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  La oficina era sencilla pero imponente. Al menos del doble de grande que la sala de recepción, sus paredes estaban atestadas de diplomas, medallas y menciones que Ian había obtenido a lo largo de su carrera profesional. El escritorio era amplio y siempre estaba atestado por un mar de documentos escritos, carpetas y libros. A su izquierda, a modo de isla, se erigía un potente ordenador que tenía por fondo de pantalla un logo donde unas líneas ondeadas que simulaban ser agua eran atravesadas por un pequeño rayo de electricidad.

  La oficina era sencilla pero imponente, al menos el doble de grande que la sala de recepción. Sus paredes estaban atestadas de diplomas, medallas y menciones que Ian había obtenido a lo largo de su carrera profesional. El escritorio era amplio, y siempre estaba atestado de documentos, carpetas y libros. A su izquierda, una computadora mostraba en su pantalla unas líneas ondeadas que simulaban ser agua y eran atravesadas por un pequeño rayo de electricidad.
(Conviene evitar el exceso de palabras, en especial de términos técnicos.)

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  –¿Cómo estás Cindy? –Preguntó Ian mientras apartaba algunos papeles de su escritorio, la mayoría repletos de incomprensibles diagramas y ecuaciones. La miró por encima de sus pobladas cejas negras.
   –Tengo un pequeño obsequio para ti –sonrió pícaramente.
  –¡Abuelo! –Protestó su nieta con su aguda vocecita– ¡No tenías que molestarte!

  –¿Cómo estás, Cindy? –preguntó Ian mientras apartaba algunos papeles de su escritorio, casi todos repletos de incomprensibles diagramas y ecuaciones–. Tengo un pequeño obsequio para ti –prosiguió mientras sonreía pícaramente–.
  –¡Abuelo! –protestó su nieta con su aguda vocecita– ¡No tenías por qué molestarte!
(Una frase fue suprimida: no hay manera de mirar por encima de las cejas.)

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  –Tonterías –replicó él, al tiempo que le tendía lo que parecía ser una tarjeta envuelta en papel de regalo–, ya que el trabajo me impidió estar presente en tu cumpleaños me gustaría cuando menos obsequiarte esto. ¡Vamos, ábrelo! –La animó.
  Cindy rompió el papel y su propio rostro impreso en una tarjeta celeste le devolvió la mirada. Debajo se hallaba escrito su número de identificación personal y el espacio correspondiente para dejar su impresión digital. No podía creer aquello que tenía entre manos: las tarjetas de crédito celestes no tenían tope de litros, y solo un grupo muy reducido de personas en el mundo contaban con una de ellas. Miró a su abuelo sin poder articular palabra.

  –Tonterías –replicó él, al tiempo que le tendía lo que parecía ser una tarjeta envuelta en papel de regalo–. Ya que el trabajo me impidió estar presente en tu cumpleaños, me gustaría cuando menos obsequiarte esto. ¡Vamos, ábrelo! –la animó.
  Cindy rompió el papel, y su propio rostro impreso en una tarjeta celeste le devolvió la mirada. Debajo aparecía su número de identificación personal y el espacio correspondiente para dejar su impresión digital. No podía creer en lo que tenía entre manos: las tarjetas de crédito celestes no tenían tope de litros, y sólo un grupo muy reducido de personas en el mundo contaban con una de ellas. Miró a su abuelo sin poder articular palabra.

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  –¿Te gusta, Cindy? –Preguntó mientras se sentaba– Está lista para ser utilizada, lo único que tienes que hacer para comenzar es marcarla con tu huella digital.
  –Abuelo… yo… muchas gracias… –Balbuceó, aún sin poder salir de su asombro– ¿Crees que mamá y papá estén de acuerdo con esto?
  –¡La verdad es que no tengo idea! Pero siempre es mejor pedir perdón que permiso, ¿no es así? –Ian guiñó un ojo– Tu solo preocúpate por no perderla querida, los gastos irán a parar directamente a mi cuenta personal del banco. Creo que puedo darme el lujo de ocuparme de los gastos de mi nieta favorita, ¿verdad?

  –¿Te gusta, Cindy? –preguntó mientras se sentaba– Está lista para ser utilizada; lo único que tienes que hacer para comenzar es marcarla con tu huella digital.
  –Abuelo… yo… muchas gracias… –balbuceó, aún sin poder salir de su asombro– ¿Crees que mamá y papá estén de acuerdo con esto?
  –¡La verdad es que no tengo idea! Pero siempre es mejor pedir perdón que permiso, ¿no es así? –Ian guiñó un ojo– Tu sólo preocúpate por no perderla, querida; los gastos irán a parar directamente a mi cuenta personal del banco. Creo que puedo darme el lujo de ocuparme de los gastos de mi nieta favorita, ¿verdad?

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  –¡Soy tu única nieta! –Rió Cindy volviéndolo a abrazar y propinándole un sonoro beso– ¡Muchas gracias abuelo! Te prometo que solo la usaré para cosas que necesite de verdad.
  –Lo sé querida, por eso es que te la regalo –le dirigió una mirada orgullosa y su voz adquirió un tono aprensivo–. Cambiando de tema a algo más serio, ¿Cómo te fue en tu examen de matemáticas?
  Cindy se sentó a su lado y el rostro se le ensombreció un poco.
  –Bien –respondió pensativa ella–. En teoría me saqué un diez…
  –¡Esa es mi nieta! –Sufría más cuando Cindy tenía que rendir un simple examen de matemática o biología que cuando lo llamaban para dar conferencias internacionales– ¡Otro más para la colección! Hasta ahora venimos invictos, ¿eh? –Le revolvió el cabello– Pero, ¿por qué en teoría? ¿Y en la práctica?

  –¡Soy tu única nieta! –rió Cindy volviéndolo a abrazar y propinándole un sonoro beso– ¡Muchas gracias, abuelo! Te prometo que sólo la usaré para cosas que necesite de verdad.
  –Lo sé, querida, por eso es que te la regalo –le dirigió una mirada orgullosa y su voz adquirió un tono aprensivo–. Cambiando de tema a algo más serio, ¿Cómo te fue en tu examen de matemáticas?
  Cindy se sentó a su lado y el rostro se le ensombreció un poco.
  –Bien –respondió pensativa ella–. En teoría me saqué un diez…
  –¡Esa es mi nieta! –Sufría más cuando Cindy tenía que rendir un simple examen de matemática o biología que cuando lo llamaban para dar conferencias internacionales– ¡Otro más para la colección! Hasta ahora venimos invictos, ¿eh? –le revolvió el cabello– Pero, ¿por qué en teoría? ¿Y en la práctica?

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  –En la práctica… Quiero decir, en realidad, hay un punto que tuve mal, pero la profesora no vio el error y me lo corrigió como si estuviera bien. Me di cuenta porque Brenn Allendorf, aquella chica hija de la amiga de mamá, vino a cotejar sus resultados con los míos. Ella sacó un ocho por tener un error en el mismo punto que el mío, sólo que el de ella estaba bien y se lo habían corregido como mal.
  –¡Oh…! –Ian enarcó las cejas.
  –Brenn me dijo que no le diría nada a la profesora. Después de todo a ella un ocho no le sienta nada mal, y por el contrario a mí me arruinaría el promedio –Cindy lo miró con preocupación a través de sus ojos color avellana–. ¿Crees que lo que hice estuvo mal?
  –Solo tú estás realmente en posición de decidir si lo que hiciste estuvo mal o no, querida.
  –¿Tú qué habrías hecho en mi lugar?

(Este párrafo no requirió ninguna corrección.)

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  Su abuelo esbozó una media sonrisa y se recostó en su silla para mirar el cielo a través del techo transparente.
  –Ten cuidado con esa pregunta cielo, puede resultar un arma de doble filo. Recuerdo en mi juventud haber leído un chiste en el que un chico pedía consejos a sus amigos sobre qué hacer ante una situación que ya no me acuerdo… De cualquier forma, todos empleaban frases del estilo “yo que tú…”, “en tu lugar…” etcétera. Luego, cuando recolecta la opinión de todos, el personaje termina pensando que al final nunca se enteró que haría él si estuviera en su lugar…
  Su nieta bajó la vista.
  –Entonces sí crees que lo que hice estuvo mal, aunque a Brenn no le afectaba el promedio.
  –Yo no he dicho eso, Cindy –suspiró–. Mira, te contaré una anécdota de cuando era joven.
  –¡Ea! –A Cindy le encantaban las historias.

  Su abuelo esbozó una media sonrisa y se recostó en su silla para mirar el cielo a través del techo transparente.
  –Ten cuidado con esa pregunta, cielo; puede resultar un arma de doble filo. Recuerdo en mi juventud haber leído un chiste en el que un chico pedía consejos a sus amigos sobre qué hacer ante una situación que ya no recuerdo… De cualquier forma, todos empleaban frases del estilo: “yo que tú…”, “en tu lugar…”, etcétera. Luego, cuando recolecta la opinión de todos, el personaje termina pensando que al final nunca se enteró de lo que haría él si estuviera en su lugar…
  Su nieta bajó la vista.
  –Entonces sí crees que lo que hice estuvo mal, aunque a Brenn no le afectaba el promedio.
  –Yo no he dicho eso, Cindy –suspiró–. Mira, te contaré una anécdota de cuando era joven.
  –¡Ea! –A Cindy le encantaban las historias.

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  –Yo toda mi vida fui como tú, un jovencito preocupado por lo que estaba bien y lo que estaba mal. Como sabrás, no nací con todo esto –hizo un ademán con los brazos como abarcando toda la habitación–. En casa los litros escaseaban, pero aun así tus abuelos hicieron un gran esfuerzo y me mandaron a la universidad donde, modestia aparte, fui el mejor promedio histórico de la carrera y me gradué dos años antes de lo estándar. Calculo que sabes sobre qué tema hice mi tesis ¿verdad?
  –Por supuesto –respondió Cindy–, lo veo en la escuela por lo menos una vez al año.

  –Yo toda mi vida fui como tú, un jovencito preocupado por lo que estaba bien y lo que estaba mal. Como sabrás, no nací con todo esto –hizo un ademán con los brazos como abarcando toda la habitación–. En casa los litros escaseaban, pero aun así tus abuelos hicieron un gran esfuerzo y me mandaron a la universidad donde, modestia aparte, fui el mejor promedio histórico de la carrera y me gradué dos años antes de lo estándar. Calculo que sabes sobre qué tema hice mi tesis, ¿verdad?
  –Por supuesto –respondió Cindy–; lo veo en la escuela por lo menos una vez al año.

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  –Sí, quizá exageren un poco con eso. Bueno, el caso es que estaba cansado de ser pobre y de la pobreza en general, había momentos en que tener sed se tornaba doloroso. Tú no naciste en esa época y dudo que pudieras llegar a entenderlo, pero el malestar que reinaba en la población se podía palpar. Cuando los peces gordos de la economía mundial se dieron cuenta de que llegado el momento el dinero no serviría para nada, comenzaron a comerciar con el agua, un negocio mucho más lucrativo y en el que todos por igual debíamos entrar si queríamos sobrevivir –el rostro de Ian se ensombreció–. Luego de muchas disputas y no pocas guerras, finalmente el negocio del agua potable quedó en manos de unas tres o cuatro personas en todo el mundo: acapararon todas o casi todas las reservas naturales del mundo y comenzaron a comercializarla emitiendo una especie de… bonos… que se intercambiaban por una determinada cantidad de agua. Por una cuestión obvia, los litros no tardaron en sustituir al dinero corriente, solo que al tratarse de agua, la gente que no ganaba lo suficiente (que éramos varios, debo decir) comenzó a tener serios problemas de deshidratación e infecciones por beber agua contaminada.  Los hospitales no daban abasto, los ladrones estaban a la vuelta de la esquina dispuestos a todo con tal de robar unos cuantos litros… En fin, un desastre.

  –Sí, quizá exageren un poco con eso. Bueno, el caso es que estaba cansado de ser pobre y de la pobreza en general; había momentos en que tener sed se tornaba doloroso. Tú no naciste en esa época y dudo que pudieras llegar a entenderlo, pero el malestar que reinaba en la población se podía palpar. Cuando los peces gordos de la economía mundial se dieron cuenta de que llegado el momento el dinero no serviría para nada, comenzaron a comerciar con el agua, un negocio mucho más lucrativo y en el que todos por igual debíamos entrar si queríamos sobrevivir –el rostro de Ian se ensombreció–. Luego de muchas disputas y no pocas guerras, finalmente el negocio del agua potable quedó en manos de unas tres o cuatro personas en todo el mundo: acapararon todas o casi todas las reservas naturales del mundo y comenzaron a comercializarla emitiendo una especie de… bonos… que se intercambiaban por una determinada cantidad de agua. Por una cuestión obvia, los litros no tardaron en sustituir al dinero corriente, sólo que, al tratarse de agua, la gente que no ganaba lo suficiente (que éramos varios, debo decir) comenzó a tener serios problemas de deshidratación e infecciones por beber agua contaminada.  Los hospitales no daban abasto; los ladrones estaban a la vuelta de la esquina dispuestos a todo con tal de robar unos cuantos litros… En fin, un desastre.

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  –¿Y por qué esa gente que no ganaba lo suficiente no pedía un aumento?
  –No es tan sencillo, Cindy. Antiguamente cuando los obreros quería ganar más dinero cesaban en sus labores, y a veces conseguían un aumento, pero con el agua sucedió diferente. Una persona podía vivir sin dinero el tiempo que durase la protesta, pero ¿sin agua? Los grandes empresarios no tardaron en notar este pequeño gran detalle y, bueno, la mano de obra barata dispuesta a trabajar mucho a cambio de poco abundaba.
  –¡Y entonces es cuando apareces tú! –Exclamó Cindy con alegría.
  –En realidad me gusta creer que alguien como yo fui el producto natural que algún día generaría aquel caos. Como siempre te digo, nadie es imprescindible y de no ser yo, hubiera sido otro –se encogió de hombros.
  –Pero no fue otro –sostuvo

  –¿Y por qué esa gente que no ganaba lo suficiente no pedía un aumento?
  –No es tan sencillo, Cindy. Antiguamente cuando los obreros quería ganar más dinero cesaban en sus labores y a veces conseguían un aumento, pero con el agua sucedió algo diferente. Una persona podía vivir sin dinero el tiempo que durase la protesta, pero ¿sin agua? Los grandes empresarios no tardaron en notar este pequeño gran detalle y... bueno, la mano de obra barata dispuesta a trabajar mucho a cambio de poco abundaba.
  –¡Y entonces es cuando apareces tú! –exclamó Cindy con alegría.
  –En realidad me gusta creer que alguien como yo fue el producto natural que algún día generaría aquel caos. Como siempre te digo, nadie es imprescindible, y de no ser yo hubiera sido algún otro –se encogió de hombros.
  –Pero no fue otro –sostuvo Cindy.

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  –Está bien, fui yo. Hasta ese entonces los métodos de reciclado y potabilización del agua dejaban mucho que desear. La idea de crear agua a partir de otros elementos por supuesto que no era nueva, pero nadie había logrado llevar esta producción a escala industrial por ser poco práctica o demasiado costosa. Espero que no creas que fui un iluminado de mi tiempo y que ideé mi máquina en un momento de máxima inspiración. Me basé en un sinfín de trabajos que abordaban este tema. Finalmente, luego de mucho leer y poco dormir estuve en condiciones de construir una versión ‘portable’ de mi invento, demostrando que servía y que podría utilizarse a escala industrial.
  Muchas fueron las dudas que tenían mis evaluadores, y cada pregunta era más malintencionada que la anterior, pero yo estaba preparado, incluso contaba con la patente mi invento en mi poder. Transcurrieron tres interminables horas donde tocamos todos los temas, desde las implicaciones sociales que conllevaría mi dispositivo hasta la generación de energía limpia que abarataría los costos de producción. Obtuve la máxima calificación posible.

  –Está bien, fui yo. Hasta entonces los métodos de reciclado y potabilización del agua dejaban mucho que desear. La idea de producir agua a partir de otros elementos por supuesto no era nueva, pero nadie había logrado llevar esta producción a una escala industrial, por ser poco práctica o demasiado costosa. Espero que no creas que fui un iluminado en mi tiempo, y que ideé mi máquina en un momento de inspiración. Me basé en un sinfín de trabajos que abordaban este tema. Finalmente, luego de mucho leer y poco dormir estuve en condiciones de construir una versión ‘portable’ de mi invento, demostrando que servía y que podría utilizarse a escala industrial.
  Muchas eran las dudas que tenían mis evaluadores, y cada pregunta suya era más malintencionada que la anterior, pero yo estaba preparado; incluso ya contaba con la patente de mi invento. Transcurrieron tres interminables horas en las que tocamos todos los temas: desde las implicaciones sociales que conllevaría mi dispositivo hasta la generación de energía limpia que abarataría los costos de producción. Obtuve la máxima calificación posible.

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  La pequeña Cindy era un gran público para contar su historia, ya que contenía el aliento, suspiraba o se emocionaba en los momentos adecuados. Ian prosiguió:
  –La noticia se expandió como reguero de pólvora, y al poco tiempo me encontré abriéndole la puerta a varios periodistas que me pedían una demostración en vivo y en directo de la creación de agua. Tampoco faltaron empresarios dispuestos a pagar una suma millonaria con tal de adquirir la patente de mi invento que les permitiría crear agua para vender en todo el mundo. No dejaban de repetirme que guardarme algo tan espectacular sería un acto de egoísmo casi homicida, y que ellos se encargarían de darle vida a aquello que yo había comenzado.
  –No quiero ni imaginar dónde estaríamos ahora si hubieras accedido a vender tu invento, abuelo –comentó Cindy, reprochándolo como si lo hubiera hecho.
  –Ni hablar. Lo único que sabía es que de vender mi patente, los beneficiados serían los mismos de siempre, y la sed nunca desaparecería. La cuestión es que un día un hombre de aspecto muy formal que parecía salido de una película de espías se presentó en mi departamento con una holocarta a mi nombre, donde se me pedía por favor si podía reunirme en una “charla de amigos” para conversar ciertos temas donde “todos podríamos salir beneficiados”. Por un momento me sentí tentado de declinar la oferta, pero debo decir que la perspectiva de un viaje en la aerolimusina que asomaba por la ventana no estaba nada mal, así que acepté, ¿qué podía perder?

  La pequeña Cindy era un gran público para contar su historia, ya que contenía el aliento, suspiraba o se emocionaba en los momentos adecuados. Ian prosiguió:
  –La noticia corrió como reguero de pólvora, y al poco tiempo me encontré abriéndole la puerta a varios periodistas que me pedían una demostración en vivo y en directo de la creación de agua. Tampoco faltaron empresarios dispuestos a pagar una suma millonaria con tal de adquirir la patente de mi invento, que les permitiría crear agua para vender en todo el mundo. No dejaban de repetirme que guardarme algo tan espectacular sería un acto de egoísmo casi homicida, y que ellos se encargarían de darle vida a aquello que yo había comenzado.
  –No quiero ni imaginar dónde estaríamos ahora si hubieras accedido a vender tu invento, abuelo –comentó Cindy, reprochándolo como si lo hubiera hecho.
  –Ni hablar. Lo único que sabía es que, de vender mi patente, los beneficiados serían los mismos de siempre, y la sed nunca desaparecería. La cuestión es que un día un hombre de aspecto muy formal, que parecía salido de una película de espías, se presentó en mi departamento con una holocarta a mi nombre, donde se me pedía por favor reunirme en una “charla de amigos” para conversar sobre ciertos temas, de lo que “todos podríamos salir beneficiados”. Por un momento me sentí tentado de declinar la oferta, pero debo decir que la perspectiva de hacer un viaje en la aerolimusina que asomaba por la ventana me atraía bastante, así que acepté. ¿Qué podía perder?

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  –¿Y tenía comida, bar y todas esas cosas que se ven por holovisión?
  –Todo eso y más: ¡Tenía incorporada una máquina expendedora de agua gratis, qué diablos! Más rápido de lo que me hubiera gustado, llegamos a destino. El lugar era acorde al vehículo que me transportaba: una impresionante mansión que no tenía nada que envidiarle al campus de la universidad.
  Cindy puso los ojos como platos:
  –¿Los dueños del Banco Mundial?
  –Acertaste, querida. El dueño de casa me presentó a sus otros seis invitados, me invitó a sentarme a la mesa redonda y sin más preámbulos comenzó la reunión diciendo que se había enterado de mi invento y que me felicitaba por ello. También me confesó que las reservas naturales de agua no durarían para siempre, y que ya habían evaluado la posibilidad de producir o reciclar agua, solo que ninguna de las alternativas hasta el momento era rentable.
  –¿También trataron de comprarte?

  –¿Y tenía comida, bar y todas esas cosas que se ven por holovisión?
  –Todo eso y más: ¡Tenía incorporada una máquina expendedora de agua gratis, qué diablos! Más rápido de lo que me hubiera gustado, llegamos a destino. El lugar era acorde con el vehículo que me había transportado: una impresionante mansión que no tenía nada que envidiarle al campus de la universidad.
  Cindy puso los ojos grandes como platos:
  –¿Eran los dueños del Banco Mundial?
  –Acertaste, querida. El dueño de casa me presentó a sus otros seis invitados, me invitó a sentarme a la mesa redonda, y sin más preámbulos comenzó la reunión diciendo que se había enterado de mi invento y que me felicitaba. También me comentó que como las reservas naturales de agua no durarían para siempre, ya habían evaluado la posibilidad de producir o reciclar agua, sólo que ninguna de las alternativas conocidas hasta ese momento era rentable.
  –¿También trataron de comprarte?

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 –Yo diría más bien… absorberme. No me ofrecieron dinero, sino que a cambio de que les cediera mi patente me harían socio de la empresa, partícipe de un octavo de todos los beneficios netos que obtuvieran en el futuro.
  –No se andaban con chiquitas… –comentó Cindy.
  –Y que lo digas –silbó Ian–. Estaban claramente desesperados. Por un instante me vi en la gloria misma, rodeado de todos los lujos que los litros pudieran comprar… pero luego la imagen de mi niñez me vino a la mente. ¿Ser su socio? ¿Yo, que había sufrido en carne propia la falta de agua? ¿Que había sido testigo de lo que la miseria podía llegar a ocasionar en los seres humanos? Siempre odié y quise destruir a los del Banco de Agua Mundial, y esta podía ser mi gran oportunidad. Aquellas personas no tenían corazón –resopló enfadado–, solo les importaba el dinero y el poder. Me necesitaban de su lado, y sabían que yo lo sabía. De más está decir que me negué lo más elegantemente que pude diciendo que lo pensaría, pero en mi fuero interno ya sabía lo que tenía que hacer –miró sin ver el rostro de Cindy, con semblante reflexivo–. Yo creo que uno siempre sabe lo que es correcto y lo que no, Cindy, solo que muchísimas veces la opción no-correcta resulta ser la más atractiva, y no vemos (o no queremos ver) otras alternativas.

 –Yo diría más bien… de absorberme. No me ofrecieron dinero, sino que a cambio de que les cediera mi patente me harían socio de la empresa y partícipe de un octavo de los beneficios que obtuvieran en el futuro.
  –No se andaban con chiquitas… –comentó Cindy.
  –Por cierto que no. Se notaba que estaban desesperados. Por un instante me vi en la gloria misma, rodeado de todos los lujos que los litros pudieran comprar… Pero luego la imagen de mi niñez me vino a la mente. ¿Ser su socio? ¿Yo, que había sufrido en carne propia la falta de agua? ¿Que había sido testigo de lo que la miseria podía llegar a ocasionar en los seres humanos? Siempre odié y quise destruir a los del Banco de Agua Mundial, y esta podía ser mi gran oportunidad. Aquellas personas no tenían corazón –resopló enfadado–; sólo les importaba el dinero y el poder. Me necesitaban de su lado, y sabían que yo lo sabía. De más está decir que me negué lo más elegantemente que pude diciendo que lo pensaría, pero en mi fuero interno ya sabía lo que tenía que hacer –miró sin verlo el rostro de Cindy, con semblante reflexivo–. Yo creo que uno siempre sabe lo que es correcto y lo que no, Cindy, sólo que muchísimas veces la opción incorrecta resulta más atractiva, y no vemos –o no queremos ver– las otras alternativas.

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  Cindy no dijo nada y también cerró los ojos. Se hallaba en proceso de reflexión cuando su abuelo continuó su relato:
  –… así que ni bien llegué a mi departamento contacté a casi todas las Organizaciones No  Gubernamentales que se habían ofrecido a ser mis financistas y les propuse mi plan: ellos recaudarían fondos para mi proyecto y el mundo tendría agua para satisfacer todas sus necesidades. ¡Me hubiera gustado ver la cara de aquellos cuervos cuando se enteraron la noticia! ¡Y pensar que quisieron que fuera empleado de ellos, já!  –Abrazó a su nieta. –Al menos esta historia tuvo final feliz ¿eh? Desde ese entonces trabajo arduamente para que no falte el agua a la personas. Nadie tiene por qué sufrir lo que yo, el agua es un derecho de todos. En fin –hizo una pausa para tomar aliento–, ¿te das cuenta lo que hubiera sucedido si yo hubiera optado por lo que era más fácil? Quizá una nota escolar no sea tan grave, nadie va a morir por ello, pero soy de los que creen firmemente que hasta en las más pequeñas acciones debemos hacer lo que creamos más justo, o corremos el riesgo de dejarnos llevar por lo que es cómodo.

Cindy no dijo nada y también cerró los ojos. Se hallaba en proceso de reflexión cuando su abuelo continuó su relato:
  –… así que ni bien llegué a mi departamento contacté a casi todas las Organizaciones No  Gubernamentales que se habían ofrecido a ser mis financistas y les propuse mi plan: ellos recaudarían fondos para mi proyecto y el mundo tendría agua para satisfacer todas sus necesidades. ¡Me hubiera gustado ver la cara de aquellos cuervos cuando se enteraron la noticia! ¡Y pensar que quisieron que fuera empleado de ellos, já!  –Abrazó a su nieta. –Al menos esta historia tuvo final feliz ¿eh? Desde ese entonces trabajo arduamente para que no falte el agua a la personas. Nadie tiene por qué sufrir lo que yo, el agua es un derecho de todos. En fin –hizo una pausa para tomar aliento–, ¿te das cuenta lo que hubiera sucedido si yo hubiera optado por lo que era más fácil? Quizá una nota escolar no sea tan grave, nadie va a morir por ello, pero soy de los que creen firmemente que hasta en las más pequeñas acciones debemos hacer lo que creamos más justo, o corremos el riesgo de dejarnos llevar por lo que es cómodo.

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  La pequeña Cindy lo observó con tristeza.
  –¿Crees que soy una mala persona por lo que hice?
  –¡Pero linda, por supuesto que no! –Rió de buena gana. –El mundo no se divide en buenos y malos o en blanco y en negro. Son nuestras decisiones del día a día las que nos van acercando hacia un lugar u otro, solo debes hacer lo que creas que te llevará en la dirección correcta.
  Un sonido ahogado emergió de entre los papeles del desordenado escritorio de Ian. Luego de revolver durante algunos segundos, contestó el teléfono:
  –¿Diga? Ah, está bien, perfecto, muchas gracias –colgó–. Cindy, querida, tus padres enviaron un aerotaxi a buscarte, será mejor que no los hagas esperar.
  –Está bien, abuelo –le propinó un fuerte beso en la mejilla–. Mañana le diré a la profesora que le suba la nota a Brenn y baje la mía. Ya no tendré promedio diez –se lamentó–, pero al menos habré hecho lo correcto –sonrió tristemente–. Supongo que luego me sentiré mejor.
  –Puedes apostarlo querida.
  –¡Muchas gracias abuelo!

  La pequeña Cindy lo observó con tristeza.
  –¿Crees que soy una mala persona por lo que hice?
  –¡Pero linda, por supuesto que no! –Rió de buena gana. –El mundo no se divide en buenos y malos o en blanco y en negro. Son nuestras decisiones del día a día las que nos van acercando hacia un lugar u otro, solo debes hacer lo que creas que te llevará en la dirección correcta.
  Un sonido ahogado emergió de entre los papeles del desordenado escritorio de Ian. Luego de revolver durante algunos segundos, contestó el teléfono:
  –¿Diga? Ah, está bien, perfecto, muchas gracias –colgó–. Cindy, querida, tus padres enviaron un aerotaxi a buscarte, será mejor que no los hagas esperar.
  –Está bien, abuelo –le propinó un fuerte beso en la mejilla–. Mañana le diré a la profesora que le suba la nota a Brenn y baje la mía. Ya no tendré promedio diez –se lamentó–, pero al menos habré hecho lo correcto –sonrió tristemente–. Supongo que luego me sentiré mejor.
  –Puedes apostarlo querida.
  –¡Muchas gracias, abuelo!

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  –No tienes nada que agradecer cielo, tú tomaste tu propia decisión, y me alegro que hayas optado por lo correcto –le dio un beso en la frente–. No olvides tu regalo y recuerda–añadió guiñándole un ojo–, es nuestro pequeño secreto.
  –¡Hasta el viernes que viene, abuelo! Te quiero.
  –Y yo a ti. Adiós querida.
  La puerta se cerró tras su nieta, e Ian volvió a enfrascarse en su habitual papelerío. ¡Tenía tanto por hacer! El nuevo sistema potabilizador que había desarrollado hacía poco no estaba siendo tan rentable como cabía esperarse, y para colmo los obreros del poblado se habían sublevado y tomado la planta. Ya verían lo que les esperaría cuando les cortara los suministros... Sus pensamientos volvieron a aterrizar en Cindy y sus inquietudes infantiles. Se sintió muy orgulloso de que su nieta optara por hacer lo correcto. Después de todo Ian Avendale, dueño único del Banco de Agua y Energía Mundial, hubiera hecho lo mismo.

  –No tienes nada que agradecer, cielo; tú tomaste tu propia decisión, y me alegro de que hayas optado por lo correcto –le dio un beso en la frente–. No olvides tu regalo, y recuerda –añadió guiñándole un ojo–: es nuestro pequeño secreto.
  –¡Hasta el viernes que viene, abuelo! Te quiero.
  –Y yo a ti. Adiós, querida.
  La puerta se cerró tras su nieta, y Ian volvió a enfrascarse en su habitual papelerío. ¡Tenía tanto por hacer! El nuevo sistema potabilizador que había desarrollado hacía poco no estaba siendo tan rentable como cabía esperarse, y para colmo los obreros del poblado se habían sublevado y habían tomado la planta. Ya verían lo que les iba a esperar cuando les cortara los suministros... Sus pensamientos volvieron a Cindy y sus inquietudes infantiles. Se sintió muy orgulloso de que su nieta optara por hacer lo correcto. Después de todo Ian Avendale, único dueño del Banco de Agua y Energía Mundial, habría hecho lo mismo.

Los vocativos –abuelo, querida– van entre comas. Cuando la oración lo requiere, la segunda coma se reemplaza por un punto y coma o por un punto..
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Comentario

   
Se han corregido escasos defectos formales, pero que se reiteran y empobrecen el texto. Se han fundamentado solamente algunas de las correcciones, pero el taller está abierto a las preguntas de quien requiera mayores detalles sobre los cambios propuestos.

   En este texto resultan importantes las cuestiones de estilo, menos taxativas que las gramaticales y más opinables, pero que es necesario señalar. Puede percibirse una inclusión algo forzada de descripciones de objetos de una supuesta tecnología del futuro, que coexisten con otros que no habrían cambiado, a pesar de ser susceptibles de un desarrollo semejante. Esto disminuye la verosimilitud del relato, que en algunos pasajes sugiere una actitud de idealización ingenua del devenir futuro de la ciencia, junto a rasgos de la cultura actual que permanecen inalterados.

   
Por cierto que resultaría mucho más significativo que el autor aventurara el posible desarrollo, no ya de objetos elegidos arbitrariamente, sino de la visión del mundo, el sentido de la vida y la relación con Dios de los seres humanos que vivirán en el futuro. Pasaríamos de "Harry Potter" a Julio Verne, que por lo avanzado de las cosmovisiones que propone es con justicia considerado un gran escritor. Por supuesto que "no es pa' todos la bota 'e potro", pero quienes aman la buena literatura pueden intentar aumentar la densidad de significado de sus escritos.

    Ray Bradbury es un ejemplo de discurso profundamente humano desarrollado a partir de una aparente aridez técnica. Otro caso de notable calidad literaria enmarcada en un futuro mundo tecnicista es el de George Orwell en su novela 1984. El acierto de su profecía fue negado durante ese año por el periodismo, como una prueba más de su cumplimiento.

   La profusión de giros copiados del inglés mal traducido propio de la televisión, en reemplazo de las expresiones en correcto castellano, y la infantil admiración por el poder y el dinero –con su correspondiente moralina para intentar poner a salvo "los valores"– evocan los textos de inferior calidad del estilo de "Harry Potter" y otros lamentables éxitos comerciales apropiados para cautivar y empobrecer la mente de lectores adolescentes.

   Quienes desean escribir sin taras mediáticas, en vez de imitar esas trivialidades pueden abocarse a la lectura de los clásicos de la literatura de todas las épocas y culturas, para inmunizarse ante la estupidez que se nos propone cada día y que absorbemos involuntariamente.

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