From: Tomás D.
Sent: Domingo 11 de diciembre de 2005    03:03

Participé de algunos talleres literarios en mi ciudad de Córdoba, pero por lo general las correcciones que se me hacían no eran
de la ortografía o la gramática (lo que yo quería); eran críticas al contenido de lo que escribo –que no quiero explicar en este momento–.
No es poesía, pero usted califique como le parezca, por supuesto. Desde ya, gracias.
Tomás D.
PD: Perdón por el exceso de mayúsculas; es que no sé usar por completo Word, y desconozco cómo deshabilitar esa opción.


                         Educacíon de Posguerra

                        (¡Antes que nada,
                        carcajadas espontáneas!)
                        –Las almas son las que lloran, ¡el cuerpo no!;
                        ¿entienden, mis niños...? Yo les contaré:
                        Luego de que la granada explotara,
                        (¡carcajadas espontáneas!)
                        ¡ooh, sorpresa! Los brazos le faltaban.
                        Es que ella, mis niños, a su curiosidad sucumbió y la ruta segura dejó.
                        Sus manitos quedaron esparcidas a kilómetros.
                        Uno de los deditos sobre una mina –¿antipersonal?– cayó,
                        ¡se activó!
                        Más tarde otro niñito su cuerpo perdió.
                        (¡Antes que nada,
                        carcajadas espontáneas!)

                        Niños, ¡escuchen!:
                        Éramos veinte, ahora somos tres. ¡Los saludamos!
                        Es que esta historia... ¿mil veces he contado?
                       Y ustedes, entre carcajadas espontáneas,
                        ¡no han escuchado!
                        Flores les dejaremos cada semana,
                        y esta historia les repetiré.
                        En su segunda vida la recordaréis.

                                                                              Lavat–Root


Estimado Tomás:
Por supuesto que su texto es poesía. Y, como tal, ni el mismo Dios, que nos ha dado esta ínfima libertad humana de la que disfrutamos –¿padecemos?–, se ha arrogado atribuciones para criticar el contenido de lo que escribimos, en tanto se trata de la efusión de un espíritu que Él mismo ha querido que sea libre.

Marcelo Di Marco, en su libro Taller de corte y corrección, propone una tipología de los conductores de talleres literarios, y denomina a uno de esos tipos ideales –precisamente a quienes decretan que los escritos de sus alumnos deben adecuarse a los criterios de él–, "Adolfitos de bolsillo", en obvia referencia al Führer, lugar común del autoritarismo.

La editorial del diario "La Nueva Provincia" acaba de publicar una edición de trescientos ejemplares de un pequeño libro con los trabajos de los alumnos del taller literario que he conducido en 2005 en el Centro de Investigación Educativa de Bahía Blanca, y me he sentido muy satisfecho al leer en el prefacio, escrito por mis alumnos, que agradecen que se les enseñaran normas formales de escritura correcta, respetando los contenidos para que cada uno pudiera expresar mejor sus pensamientos, sentimientos y vivencias.

Un taller literario es un ámbito en el que se proponen correcciones a los errores técnicos que dificultan la comprensión de lo escrito, lo afean o lo oscurecen. Pero –como se queja con todo fundamento Tomás–, no tiene sentido que se pretenda corregir los contenidos. Cada quién sabe lo que quiere decir, y la misión del docente consiste en ayudarle para que pueda hacerlo con la mayor eficacia posible. La corrección formal tiene el propósito de facilitarle al otro que pronuncie su palabra más íntima y más propia. Los humildes aceptan que no saben, y a ellos se les puede enseñar.
Los necios no aceptan que se corrija su texto, porque ignoran no solamente la ciencia del lenguaje, sino que ignoran que son ignorantes. Cuando una de esas personas hizo una agresiva defensa de sus errores en vez de reconocer que su texto estaba mal escrito, una alumna humilde –que por esa actitud de humildad aprendió mucho– me impartió a su vez una enseñanza cuando me dijo, al verme perplejo ante la impertinencia: "Profesor, el ignorante es atrevido".
Todos aprendemos de todos, pero cada uno lo hace en su rango y desde su circunstancia. Es casi una obviedad repetir que los únicos que no aprenden nada son quienes creen que lo saben todo.

Escribir es un acto personal, individual, íntimo incluso. No se trata en absoluto –y por suerte–, de una tarea grupal, aunque suene mal este aserto entre quienes atribuyen los actos humanos no a personas reales, sino a grupos. El término "grupo" es un constructo teórico de la sociología, es algo inexistente en la realidad. Pero permite refugiarse en el anomimato, y de este modo huir de la responsabilidad personal a la que nos obliga nuestra condición de seres libres: "El grupo decidió"; "Así lo dispuso el grupo", es una afirmación confortable, pero falsa. Se trata a lo sumo del resultado numérico del acto de contar manos alzadas. Resulta cómodo y tranquilizador: No fui yo, fue el grupo. Tan infantil como el escolar que le pega un coscorrón a su compañero y le dice: "No fui yo: fue mi mano".

No acepto considerarme coordinador de talleres literarios, porque no coordino nada. Conduzco los esfuerzos personales, individuales, de cada participante para plasmar en un texto bien escrito su propio mundo interior, ese que los milagros del lenguaje y de la escritura nos permiten comunicar a nuestro prójimo.

Tanto en los talleres presenciales de que me ocupo como en este Taller Virtual, conduzco la tarea de cada uno. Como docente, asumo el papel de un duce, un führer, un conductor hacia la meta que el alumno –en modo alguno yo– se propone.
Un conductor conduce, guía, orienta, previene. No es necesariamente un dictador, un "Adolfito". Dejemos de tener miedo a las palabras, a lo "políticamente correcto": Rechacemos a los figurones que se arrogan públicamente la defensa de los derechos humanos de casi todos –menos de aquellos que no les simpatizan–. Juan XXIII ya los ha fustigado en su "Mater et Magistra", diciendo que quienes defienden el derecho de casi todos, así quede un sólo ser humano excluido –podría ser, p. ej. el criminal Pinochet– son tan injustos como los autores de injusticias a los que pretenden condenar.

Para que cada texto comunique lo más exactamente posible lo que su autor se propuso, le muestro a éste sus errores –se los enseño–, le ayudo a superar dificultades formales, le propongo alternativas, le explico por qué se debe reemplazar un signo de puntuación por otro, cambiar un término, o el orden en que debe incluirse un inciso dentro de la oración.
El oficiante del sacro acto de escribir –"el lenguaje nombra lo sagrado", ha dicho Martín Heidegger– está a solas con sus vivencias, con sus "volcánicos estados de ánimo", como los ha caracterizado Julio Sosa en el prólogo de su Dos horas antes del alba, y esa lava que lo atormenta interiormente lo impulsa a escribir, a participar a los demás su angustia, su alegría, su dolor o su tristeza. Se trata del drama o de la comedia individual, que a través de la escritura supera su solipsismo y se hace comunión con el otro, oración, plegaria al Dios de quien confiamos que está escuchándonos siempre.

Este poema me ha traído a la mente la angustiada pregunta de Antonio de Saint–Exupéry, en las postrimerías de la Segunda Guerrra Mundial: "¿Qué se debe decir, qué debemos decir a los hombres?" (Carta al general X).
"Educación de Postguerra" describe desgarradamente la insensatez y la locura del hombre, que no sólo desata las guerras sino que trivializa su horror, oculta el sufrimiento y la muerte y –lo más repugnante– prepara a las víctimas de las guerras futuras, "educa" a los niños en la insensibilidad y los acostumbra a aceptar lo absurdo como una circunstancia normal. Tomás ha puesto ese absurdo bajo la luz intensa de su palabra poética.

                                                                                                                         Conrado De Lucia

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