De: Raúl Sergio Rustán
Enviado: Sábado 27 de Octubre de 2007 17:07
Asunto: Cuento

Maestro Conrado:
Quería compartir con usted un cuentito que escribí hace unas semanas, no para que lo publique en su sitio.
Sólo se lo quería enviar como gesto, por su gran amabilidad al corregir tantos poemas.
Espero sea de su agrado.
Lo saludo desde La Plata.
Raúl


De: Conrado
Enviado: Miércoles 03 de Junio de 2009  05:38
Asunto: Un año y medio sin noticias mutuas

Estimado Raúl:
No tengo noticias suyas desde hace más de un año y medio. Hace un rato, revisando textos enviados al taller literario, encontré un cuento que me envió en el año 2007: "El último día del rey negro".
En el correo que lo incluía usted me dijo que no era para publicarlo, porque no era un poema. En realidad recibo para su corrección toda clase de textos, tanto en verso como en prosa. Acabo de encontrar el suyo, y recordé que había desistido de leerlo por la dificultad que producían los errores formales, comenzando por las rayas de diálogo reemplazadas por dos guiones, que producen un efecto detestable.
Tal vez usted utilizó esa modalidad porque la encontró en algún manual de escritura. Se trata de un recurso anticuado, de la época en que se escribía mecánicamente y sólo se disponía del guión (-). Como no se encuentra en el teclado, la raya requiere el uso de varias teclas –se escribe con Alt+0150– , pero el hábito de hacerlo se adquiere rápidamente.
Ahora me puse a hacer dos cosas a la vez: Ir leyendo su interesante argumento, y corregir simultáneamente los errores gráficos. Ya esta listo, es decir, ahora puede leerse sin esos tropiezos que opacan la calidad del texto y pueden llegar a anular totalmente el interés del lector.
Acabo de volver a pasar a Word el texto corregido, y se lo envío adjunto. Me gustaría que coteje esta versión con la original, para poder mejorar la presentación gráfica de sus escritos observando las correcciones realizadas. En definitiva, para eso es que ofrezco el taller.
Lo saludo afectuosamente.
Conrado

De: Raúl Sergio Rustán
Enviado: Miércoles 3 de junio de 2009  18:04

No te imaginas la alegría que me dio recibir tu e-mail. Agradezco enormemente que hayas corregido mi trabajo “El último día del rey negro”. Al leer el texto corregido noto una belleza de la que carece el original. Debo confesarte que me cuesta mucho hacer uso de la coma y del punto y coma. Trato de pensar antes de escribir cómo queda la frase, y ahí es donde se produce la confusión. Pero cotejar tu versión con la original me permite aprender mucho de la técnica. Si es de tu interés publicar el trabajo en el taller, hacelo sin compromiso.
Un afectuoso saludo
Raúl
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Versión original:

                                   El último día del Rey Negro

                                                                         No imaginaba que una caminata por una tranquila playa podría cambiarme tanto.

Noviembre es el mes ideal, para disfrutar de las lejanas playas de Mar de Ajó, carente de personas, el sol calienta la arena y el viento es suave. Si uno se aleja del centro se encuentra con playas totalmente desoladas ideales para los que gustan de caminar y disfrutar del mar.
Fue así, que caminando por esas desiertas playas un día de noviembre me encontré sorprendido cuando a lo lejos vi una pequeña casita de madera justo en medio de la arena, en una playa lejana del balneario costero. A medida que iba acercándome a ella pude contemplar toda su hermosura, estaba hecha de madera y tenía varias ventanas con cortinas blancas que danzaban con el viento del mar, el techo era de paja amarillenta.
La curiosidad siempre lo puede todo, por eso me acerqué y ahora caminaba descalzo por unas maderas perfectamente alineadas a modo de camino angosto que llegaba hasta la puerta de la casa, era extraño ver esa casita ahí sola en medio de la arena, miré a mi alrededor, estaba solo, no habían indicios de rastros humanos en kilómetros, no sentía que hubiere caminado tanto, todo lo contrario. Estar ahí parado delante de la casa me producía una extraña sensación de paz interior, y me quedé unos minutos muy quieto contemplándola, mirando como danzaban las blancas cortinas con el suave viento del mar, podía escuchar las olas rompiendo y la suave brisa que cantaba a mis oídos.
Abrí la puerta y vi unas mesas de madera muy pequeñas dispuestas junto a las ventanas, también había una barra de madera y unos vasos encima de la misma perfectamente alineados, sobre una esquina un viejo equipo de música tocaba " Thats amore" una canción de Dean Martín de los años 50. En una de las mesas estaba sentado un anciano, que miraba por la ventana hacia el mar, vestía una camisa blanca de mangas cortas, traía unos pantalones con tiradores como se usaban en los 40 y lucía unos zapatos negros muy cuidados, sobre una de las sillas pude observar que había dejado su sombrero de ala y un bastón de caoba, sobre la mesa había un tablero de ajedrez con las piezas listas para el enfrentamiento, sobre su lado jugaban las negras. El anciano me miró y me dijo muy tranquilo:
--¿Quiere jugar?
--Si claro. .-Le respondí,. A mi me apasionaba el ajedrez aunque siempre fui un mediocre jugador.
Me acerqué a la mesa y me presenté:
--Soy Manuel . -mucho gusto. -y le extendí la mano
Pero para mi sorpresa el hombre me dijo:
--yo me llamo Juan Pablo. -encantado, pero no puedo darte la mano, no me preguntes el porqué ya que no lo entenderías.
Debo confesar que esa extraña actitud me dejó un poco atónito, pero me senté en la mesa con él.
Mirando al anciano, yo diría que tenía unos 80 años un abuelo de los años 40, su rostro era regordete y su pelo muy blanco y corto, los ojos eran de un azul intenso y traía unos anteojos antiguos de negro marco, la camisa muy prolija y el cuello almidonado, sólo dos botones desabrochados y en su muñeca lucía un reloj de pulsera muy anticuado.
--Tu mueves -dijo el anciano con la mirada muy distante--
La partida comenzó sin sobresaltos, con jugadas clásicas como hacer un peón 4 rey, pero algo me intrigaba del hombre, él no encajaba en el paisaje ni en el tiempo.
Para conocer un poco al extraño, le pregunté --Juan Pablo, ¿qué hace usted aquí, y de quién es esta casa?
--Estoy haciendo tiempo, en unos minutos me iré, y no tengo idea de quien es la casa hace muy poco llegué y me senté a contemplar el mar -dijo el hombre
--¿irse? -le pregunté --¿dónde vive?
Entonces el anciano me respondió con otra pregunta:
--Y vos Manuel, ¿estás aprovechando bien tu tiempo?, quiero decir ¿estás viviendo plenamente?
Debo admitir que la pregunta me dejó un poco atónito, a lo cual sólo pude responder:
--Sí, eso creo
Entonces mirando hacia el mar dijo:
--Claro, a veces todos dudamos, pero lamentablemente nos damos cuenta al final del camino.
--Eso me pasó a mí -siguió hablando el hombre-viví toda la vida siguiendo las reglas que se acostumbran y nos imponen, o sea trabajar en un empleo de nueve horas, luego criar a los niños, bueno de eso claro no me puedo quejar, una vez por año salir de vacaciones con el dinero justo, y bueno, así van pasando los años y la vida, ahora reflexionando sobre eso al final del camino uno se lo plantea, aunque ya no tenga necesidad de hacerlo, y ¿qué me respondo? -mirándome a los ojos el hombre buscaba en mí, tal vez la respuesta, mirándome fijamente a los ojos, se miraba a él mismo muchos años atrás sentado en la misma casa en esta misma playa.
--Sí creo que viví tan intensamente como puede vivir un hombre responsable que trabaja para mantener a su familia, y se rige por las buenas costumbres que me fueron enseñadas, que se priva de todo, y sacrifica hasta el amor.
Una sensación de tristeza invadía mi pecho, veía en Juan Pablo los años de sacrificio, el amor que soslaya por las obligaciones y la soledad al fin nuestra compañera que nunca se cansa de nosotros y siempre vuelve, como las olas del mar.
Ahora Juan Pablo estaba callado miraba por la ventana como algunas gaviotas caminaban en la arena.
--Pero Juan Pablo, usted puede vivir muchos años -le dije animándolo
él me miró a los ojos y apenas sonrió, ahí entendí que para Juan Pablo sólo restaba esperar, estaba entregado a su destino, no quise preguntarle por su familia, por temor a que me respondiera con crueles verdades que no deseaba escuchar, en ese momento para mí era mejor quedarme con la duda.
El anciano movió otra pieza del tablero y pude observar que su reloj estaba parado en las once y diez.
--Estoy cansado, --dijo- tengo ochenta años, y me siento cansado, de lo único que no puedo cansarme es de mirar el mar, porque es como una amante, la amante apasionada que se entrega toda a cambio de nada, a la que no puedes dejar de mirar, porque es hermosa y audaz, el mar es como una amante incondicional.
--Yo estaba atónito escuchando sus bellas palabras, ahora el volvía hacia el mar.
--Si. Creo que viví intensamente, no siento culpa, sólo un poco de tristeza, creo que voy a extrañar estas playas, pero supongo que veré otras, y será otro el mar.
Mirándome me dijo:
-¿Me haces un favor?
--Claro Juan Pablo, dígame.
-Ve hacia la playa y mójate los pies, quiero saber si el agua está tibia
con paso apresurado casi corriendo me acerqué al mar, yo estaba descalzo así que mojé mis pies y comprobé que el agua estaba hermosa, muy tibia para esa región, entonces contento retrocedí sobre mis huellas para contarle a Juan Pablo, pero cuando entré, él ya no estaba, Juan Pablo había desaparecido, sólo podía ver el tablero de ajedrez y el rey negro caído.

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Versión corregida:

                                        El último día del rey negro

                                                                                                                          No imaginaba que una caminata por una
                                                                                                                                                                   tranquila playa podría cambiarme tanto.

   Noviembre es el mes ideal para disfrutar de las lejanas playas de Mar de Ajó carente de personas.
   El sol calienta la arena y el viento es suave. Si uno se aleja del centro se encuentra con playas totalmente desoladas, ideales para los que gustan de caminar y disfrutar del mar.
   Fue así que, caminando por esas desiertas playas un día de noviembre, me encontré sorprendido cuando a lo lejos vi una pequeña casita de madera justo en medio de la arena, en una playa lejana del balneario costero. A medida que iba acercándome a ella pude contemplar toda su hermosura: estaba hecha de madera, y tenía varias ventanas con cortinas blancas que danzaban con el viento del mar. El techo era de paja amarillenta.
   La curiosidad siempre lo puede todo, por eso me acerqué y ahora caminaba descalzo por unas maderas perfectamente alineadas a modo de camino angosto, que llegaban hasta la puerta de la casa. Era extraño ver esa casita ahí sola en medio de la arena. Miré a mi alrededor: estaba solo, no había indicios de rastros humanos en kilómetros, aunque no sentía que hubiera caminado tanto, sino todo lo contrario. Estar ahí parado delante de la casa me producía una extraña sensación de paz interior, y me quedé unos minutos muy quieto contemplándola, mirando cómo las cortinas seguían danzando con el suave viento del mar. Podía escuchar las olas rompiendo y la brisa que cantaba a mis oídos.
   Abrí la puerta y vi unas mesas de madera muy pequeñas dispuestas junto a las ventanas. También había una barra de madera con unos vasos encima, perfectamente alineados. Sobre una esquina un viejo equipo de música tocaba " Thats amore" una canción de Dean Martín de los años '50. En una de las mesas estaba sentado un anciano que miraba por la ventana hacia el mar. Vestía una camisa blanca de mangas cortas y unos pantalones con tiradores como se usaban en los '40, y lucía zapatos negros muy cuidados. Sobre una de las sillas pude observar que había dejado su sombrero de ala y su bastón de caoba. En la mesa había un tablero de ajedrez con las piezas listas para el enfrentamiento. Sobre su lado jugaban las negras. El anciano me miró y me dijo muy tranquilo:
   –
¿Quiere jugar?
   –Sí, claro –Le respondí. A mí me apasionaba el ajedrez, aunque siempre fui un mediocre jugador.
   
Me acerqué a la mesa y me presenté:
   –
Soy Manuel, mucho gusto –y le extendí la mano.
   
Pero para mi sorpresa el hombre me dijo:
    –Y
o me llamo Juan Pablo, encantado, pero no puedo darte la mano. No me preguntes el porqué ya que no lo entenderías.
   
Debo confesar que esa extraña actitud me dejó un poco atónito, pero me senté a la mesa con él.
    Mirando al anciano yo diría que tenía unos ochenta años; un abuelo de los años '40. Su rostro era regordete y su pelo muy blanco y corto; los ojos eran de un azul intenso, y traía unos anteojos antiguos de marco negro, la camisa muy prolija y el cuello almidonado, con sólo dos botones desabrochados. En su muñeca lucía un reloj de pulsera muy anticuado.
   –
Tú mueves –dijo el anciano con la mirada muy distante.
   
La partida comenzó sin sobresaltos, con jugadas clásicas como hacer un "peón 4 rey". Pero algo me intrigaba del hombre: él no encajaba en el paisaje ni en el tiempo. Para conocer un poco al extraño, le pregunté:
   –Juan Pablo, ¿qué hace usted aquí, y de quién es esta casa?
   –Estoy haciendo tiempo, en unos minutos me iré, y no tengo idea de quien puede ser el dueño. Llegué hace muy poco y me senté a contemplar el mar –dijo el hombre.
   –
¿Irse? –le pregunté– ¿Dónde vive?
   
El anciano me respondió con otra pregunta:
   –
Y vos, Manuel, ¿estás aprovechando bien tu tiempo? Quiero decir ¿estás viviendo plenamente?
   
Debo admitir que la pregunta me dejó un poco atónito. Sólo pude responder:
   –
Sí, eso creo.
   
Entonces, mirando hacia el mar, dijo:
   –
Claro, a veces todos dudamos, pero lamentablemente nos damos cuenta al final del camino. Eso me pasó a mí –siguió diciendo el hombre–. Viví toda la vida siguiendo las reglas que se acostumbran y nos imponen, o sea trabajar en un empleo de nueve horas, luego criar a los niños... bueno, de eso, claro, no me puedo quejar. Una vez por año salir de vacaciones con el dinero justo y, bueno, así van pasando los años y la vida. Ahora, reflexionando sobre eso al final del camino, uno se lo plantea, aunque ya no tenga necesidad de hacerlo. Y ¿qué me respondo? –mirándome a los ojos el hombre buscaba en mí tal vez la respuesta. Mirándome fijamente a los ojos se miraba a él mismo muchos años atrás, sentado en la misma casa en esta misma playa.
   –
Sí, creo que viví tan intensamente como puede vivir un hombre responsable que trabaja para mantener a su familia y se rige por las buenas costumbres que me fueron enseñadas, que se priva de todo y sacrifica hasta el amor.
   
Una sensación de tristeza invadía mi pecho, veía en el rostro de Juan Pablo los años de sacrificio, el amor que se soslaya por las obligaciones, y la soledad al fin, nuestra compañera que nunca se cansa de nosotros y siempre vuelve, como las olas del mar.
   Ahora Juan Pablo estaba callado y miraba por la ventana cómo algunas gaviotas caminaban en la arena.
   –
Pero, Juan Pablo, usted puede vivir muchos años –le dije, animándolo.
   É
l me miró a los ojos y apenas sonrió. Ahí entendí que para Juan Pablo sólo quedaba esperar; estaba entregado a su destino. No quise preguntarle por su familia por temor a que me respondiera con crueles verdades que no deseaba escuchar. En ese momento era mejor quedarme con la duda.
   El anciano movió otra pieza del tablero y pude observar que su reloj estaba parado en las once y diez.
   –
Estoy cansado –dijo–, tengo ochenta años y me siento cansado. De lo único que no puedo cansarme es de mirar el mar, porque es como una amante, la amante apasionada que se entrega toda a cambio de nada, a la que no puedes dejar de mirar porque es hermosa y audaz. El mar es como una amante incondicional.
   Y
o estaba atónito escuchando sus bellas palabras, mientras él volvía a mirar hacia el mar.
   –Sí, creo que viví intensamente. No siento culpa, sólo un poco de tristeza; creo que voy a extrañar estas playas, pero supongo que veré otras, y será otro el mar.
    Mirándome, me dijo:
   –
¿Me haces un favor?
   –Claro, Juan Pablo. Dígame.
   –Ve hacia la playa y mójate los pies, quiero saber si el agua está tibia.
   C
on paso apresurado, casi corriendo, me acerqué al mar. Estaba descalzo, así que mojé mis pies y comprobé que el agua estaba hermosa, muy tibia para esa región. Entonces retrocedí contento sobre mis huellas para contárselo a Juan Pablo, pero cuando entré a la casa él ya no estaba. Juan Pablo había desaparecido, y sólo podía verse el tablero de ajedrez con el rey negro caído.
                                                                                                                             Raúl Sergio Rustán

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