25/10/96 - 01:57
                                          En busca de lo definitivo

  En la penumbra del Balabul, Carlo permanecía sentado junto a una mesa, con la mirada baja y el cuerpo encorvado expresando su aburrimiento y su desánimo. Sólo alegraba marginalmente su silencio interior y su soledad, en medio del ruido y del ir y venir de clientes y chicas, la visión de las apetecidas formas femeninas, símbolo de la abolición de todo mal: de la tristeza de vivir, del sinsentido aparente –pero percibido cotidianamente como real–, de la existencia de tantos hombres y mujeres en su misma situación de subjetivo desamparo. La carne femenina obraba la magia de recordarle el calor, la tibieza, el cobijo en el cuerpo del otro, el anticipo del esplendor del encuentro definitivo con todo lo bueno."Pero mientras tanto –se dijo–, aquí estamos, inmersos en el desencuentro y el engaño, en la parodia horrible de esa comunión real con otros hombres y mujeres que es nuestra única y verdadera necesidad".
  Marión se acercó a la mesa próxima, se inclinó sobre ella para hablar con uno de los dos hombres jóvenes que la ocupaban, y Carlo salió de su transcurrir grisáceo para poner todo su anhelo en la contemplación del redondo culo de la chica, que asomó esplendoroso bajo el ruedo del vestido blanco de minifalda, dejando ver una bombacha de tela inesperadamente dorada.
  El pliegue inferior de las nalgas conducía en un vértigo dulce de la mirada hacia el abismo de la entrepierna, apenas cubierta por la lujosa prenda. Carlo creyó percibir el perfume delicadamente caliente y húmedo y el roce satinado de la bombacha en su nariz hundida mentalmente entre las piernas de la santafesina joven y particularmente hermosa.
  Pero ya Marión se había incorporado, la visión de su intimidad convertida en paraíso por la necesidad había concluido, y Carlo volvía a oir la estridente música de cumbia, que por unos instantes había desaparecido de sus oídos cansados de no escuchar nada.
  Marión se dio vuelta, el profesor entró en su campo visual, e inmediatamente, con la poderosa percepción intuitiva de las hembras, ella supo que él estaba adorándola en silencio, como a una diosa dispensadora de consuelo y portadora de la felicidad. Por eso le sonrió con piedad, y como obedeciendo a un ambiguo impulso, mezcla de instinto de socorrerlo y de torturadora e innata coquetería de Eva, caminó un paso hasta estar frente a él, y con una muda sonrisa se levantó el ruedo delantero de la pollera, mostrándole la bombacha abultada por su pubis convexo y los muslos tocándose el uno con el otro, en máxima expresión de vertiginosa y cálida belleza.
  "Tantalización llaman a esto en las revistas de sexo", intelectualizó el profesor intentando evadirse del cerco femenino, mientras se sentía al mismo tiempo deliciosamente tentado de abrazarse a las caderas de Marión, sentir en el rostro el contacto de su vientre tenso bajo el vestido, y besarlo con devoción como al atrio de un templo al que no nos atrevemos a entrar, tanta es la ambivalente alegría y reverencia que nos embargan al creernos por un momento cerca de la felicidad definitiva.
  Un muchacho joven, alto, de aspecto deportivo y largos bucles oscuros, se acercó y abrazó realmente a Marión, tomándola desde atrás por la cintura. Ella giró su cuerpo y lo besó, escuchó una frase que él le deslizó al oído, y luego ambos rieron al unísono, mientras permanecían abrazados.
  Carlo se sintió en el involuntario papel de testigo molesto, y apartó la mirada hacia la alemanita María, que pasaba con su habitual actitud inexpresiva. El profesor había notado que, al igual que otras chicas de la noche, María sólo era accesible a cierto lenguaje corporal, consistente en manoseos y empujones que parecían comunicarle vida a su talante vegetativo. Cuando un cliente se apropiaba de ella con una especie de embestida confianzuda –que sin duda debía de tener la fuerza y la manera adecuadas, algo así como la correcta inflexión de la voz entre las personas que se comunican con palabras–, María entraba en inmediata resonancia con él, su rostro perdía su expresión bovina para iluminarse con sonrisas y gestos, y entonces Carlo podía reconocerla femenina y bella.
  "Hasta su culo de alemana regordeta se transfigura: pasa de culo–para–sentarse a culo–para–amar, cuando alguien consigue ingresar en su ámbito existencial con la clave de un gesto adecuado", se dijo el profesor. "El mismo gesto que a vos te resulta tan inaccesible como si tuvieras que hablarle en su dialecto del Volga.", prosiguió, castigándose por cometer esa noche una vez más la falta de permanecer incomunicado y solo.
  Marión iba y venía con su andar consciente de reina de las apetencias masculinas. Tenía un rostro hermoso, oval, enmarcado por cabellos negros lacios. Sus grandes ojos y su boca generosa le daban el aspecto de una modelo de las que anuncian cosméticos en las contratapas de las revistas.
  Ese aire de perfección profesional era lo que menos le agradaba a Carlo. Hubiera querido verla de entrecasa, excedida apenas de peso, con la misma bombachita de lamé dorado pero bajo un vestido mañanero como para ir al almacén. El no la habría dejado ir, le habría levantado un poco el ruedo del vestido, con el gesto de segura intimidad que ella misma le habría enseñado y, agachándose, le hubiera besado directamente el pubis con olor a mamá atareada, antes de erguirse nuevamente para besarla en la boca. Así pensaba Carlo que debía ser la intimidad hogareña, y así había sido alguna vez en la realidad.
  El local nocturno ofrecía la ilusión de un encuentro que pudiera ir más allá de lo transitorio y corporal, que se aproximara a lo definitivo reclamado por cada aspiración humana, más allá de lo contingente de su realización. La precariedad del sucedáneo nocturno del amor no radicaba tanto en el hecho de conseguirse mediante dinero, sino en una condición que lo tornaba aún más artificial: la de tener que adecuarse, en una actitud exterior y forzada, al lenguaje verbal y gestual requerido para alcanzar un mínimo de comunicación con esas humildes chicas trabajadoras. Y si se tenía cierto éxito, sólo se establecía una relación convencional de alternadora a cliente, análoga a la de una vendedora de comercio con cada posible comprador.
  "A pesar de las charlas, las risas y los manoseos que pudieran aparentar que aquí se han abolido las barreras que nos hacen extraños unos con otros, tan sólo hemos cambiado de convenciones, y éstas son tan estrictas como las del protocolo en una ceremonia del gobierno", se dijo Carlo.
  La posibilidad del encuentro verdadero quedaba sin embargo abierta, y el plano para alcanzarlo seguía siendo el de la corporeidad, que podía iniciar la anhelada trasmutación de lo biológico en lo humano. Así como María requería un modo de relacionarse que era inicialmene más animal que anímico, una vez superada esa valla cultural podía quizás mostrarse con una afectividad y una emotividad femeninas que descalificaran el prejuicio –también cultural– de su aparente escasez de cualidades personales.
  La dificultad que Carlo encontraba para comunicarse con mujeres como María era tal vez, más que una limitación de ellas, un caso particular de su falta de fluidez para utilizar el lenguaje corporal. La misma inhibición que lo constituía en un mediocre bailarín y un desgarbado caminante, lo paralizaba a la hora de atraer a las mujeres con algo que se pareciese medianamente al magnetismo corporal de esos hombres a los que Carlo caracterizaba como faunos satisfechos, aun comprendiendo que los despreciaba tanto como los envidiaba.
  Recordaba a veces con admiración a aquel repartidor domiciliario estadounidense del que habían hablado los diarios –una especie de rey de los soderos–, que había hecho pública su habilidad para meterse en la cama de la gran mayoría de sus clientas. Le vino a la memoria también el recuerdo de Coco, un mestizo de indio cuyano al que había visto en la playa de Mar del Plata atraer a las chicas con su presencia, cautivarlas con su instintiva conducta de conquistador, y convenir por separado citas con cada una de ellas. Luego, desde el interior de un bar, se daba el lujo de divertirse con sus amigos viendo llegar a la esquina convenida a varias de las chicas citadas, que quedaban perplejas y confusas al no encontrar a su galán.
  Carlo quiso ocultar a su propio pudor el recuerdo de sus innumerables plantones esperando a mujeres que jamás acudieron al lugar prometido. Creyendo en cierto voluntarismo mágico las había esperado a veces tres, cuatro y hasta seis ansiosas
horas, como si su lealtad de centinela inútil que custodia en realidad su propio anhelo pudiera propiciar la simpatía de los dioses para que éstos las hicieran aparecer, sonrientes y luminosas.
  Marión accedería posiblemente a convenir citarse con Carlo afuera del boliche. Pero se sentiría interiormente tan sin interés y hasta tan molesta, que probablemente no iría a la cita. Y María, estaba seguro, iba a mirarlo con fastidio, como si no entendiese sus palabras, cuando él le propusiese verla en otro lugar. Daba lo mismo que intentar pasar allí mismo a las habitaciones interiores con ella. Carlo conocía la experiencia de marciano-en-la-morgue que había vivido en pases con chicas semejantes. De nada servían la cortesía, el trato galante y bien dispuesto. Chocaban con la realidad de una mujer exponiéndose a la penetración como un cadáver exangüe, y él se había sentido como un viajero inteplanetario que intentara descifrar la genitalidad de seres extraños.
   El boliche estaba por cerrar. Los faunos recogían con indiferencia rutinaria su cosecha de chicas, que desaparecían de la sala como cenicientas presurosas, para reaparecer poco después en toda su vulgaridad, con sus vaqueros y su bolso, y emprender juntos la huida. En el trayecto de salida pasaban con rapidez junto a los borrachos de la barra, que pretendían iniciar una perorata altisonante y trataban de detenerlas, inmersos en su fantaseo de hombres exitosos. Desprovisto de la analgesia del alcohol, Carlo sentía empobrecerse su ánimo con cada chica que partía con su compañero. Ya fuera éste un cliente con dinero, un amante por capricho o un proxeneta respetado y temido, todos obtenían lo suyo al término de la noche, y la prolongarían en el sórdido cuarto de un barrio marginal o en una suite de hotel alfombrada para borrar cada paso y con paredes recubiertas de espejos para no verse.
   "Y yo también tengo lo mío, con mis mujeres de papel", dijo en voz alta el profesor, levantándose para irse. Como si un doble suyo lo estuviera contemplando, no quería verse a sí mismo en la desairada situación de quien se retira de un boliche en estéril asepsia, ni borracho ni acompañado. Y sin embargo, eso mismo es lo que veía con frustrante lucidez, mientras pensaba en las horas desoladas que lo esperaban antes de marchar a cumplir con sus obligaciones docentes, mal dormido y despreciado tanto por las imprescindibles mujeres como por sí mismo.
Otras chicas iban a recibirlo por la mañana, alegres, y dicharacheras. También a ellas les molestaría la irrupción, en sus mundos de despreocupados parloteos, de ese profesor que venía a exigirles que pensaran, que reflexionaran, que dirigieran su atención hacia un universo abstracto de ideas en las que él sin duda creía, pero que para ellas, en su mundo de castos amoríos, cosméticos y telenovelas, no tenían ningún significado.
   "Para mi próxima reencarnación", se dijo con humor lúgubre –en realidad él creía en la Resurrección, que lo redimiría definitivamente de su castigada condición de animal con espíritu–, "voy a pedirle a Dios que no me dé el don de pensar en abstracto, sino los talentos que hacen falta para poner una empresa de modelos como la de Pancho Dotto". Cuando niños, el hijo del jefe de la Prefectura de Quequén había sido su compañero en el conservatorio de barrio donde ambos estudiaban piano, ayudados por la mezcla didáctica de cariño y cachetadas de Anita, la profesora obviamente solterona.
   Y mientras caminaba por el adoquinado húmedo y casi desierto por donde sólo de tanto en tanto se veía pasar un remís con las últimas mujeres, le pareció que Dios, omnipotente y benévolo, estaba tomando en cuenta su pedido y lo obsequiaría con una indulgente excepción, antes de pronunciar su juicio definitivo.

25/10/96 - 03:36
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