Sábado 2 de marzo de 1991 - 04:15

                                                   En lo de Marión

  Carlo salió del "Marión" sintiéndose un poco menos mortificado que al entrar, dos horas antes. La sencilla inmediatez de la relación con las chicas y con los otros parroquianos había sido, como siempre, un bálsamo para el dolor de su crónico desencuentro existencial. En la diáfana actitud de los camioneros y en el ingenuo regateo de los tripulantes filipinos por el
precio de media hora de genitalidad; en la sólida esbeltez –algo chueca– de las piernas de Susana; en la noble expresión del
rostro de Viviana, con su nariz decididamente árabe y su mirada frontal –que mantenía una transparencia sin deterioros, a pesar de los rigores del oficio–; en la contundencia de las mamas de Miriam, que de tanto en tanto, obedeciendo a misteriosos estímulos dudosamente corticales, erguían sus pezones para alegría de Carlo; allí, en esa cuasi ratonera de un rincón de Puerto Quequén, las cosas y personas que lo rodeaban en total indiferencia, y el mundo en general, volvían a cobrar su sentido, y en ese significado, en ese "todo está bien" que le transmitían las mesas y los culos, las luces rojas y azules y las ropas sucias de los camioneros, sentía que el sordo dolor permanente de estar en el mundo pero manteniendo el salvífico propósito de evitar pertenecer a él, se mitigaba hasta hacerse apenas perceptible.
  "Veo una mujer de piernas sólidas, y siento que el mundo está un poco más ordenado", había escrito una década antes. Esta noche, con su vestidito blanco con diminutos estampados y una breve falda, Susana, rubia casi pelirroja, de antebrazos y muñecas increíblemente delgados y carnes mórbidas y elásticas, que se adivinaban tiernas y cálidas –"como si estuviera rellena de plumas" había dicho Henry Miller–, se alejaba hacia la barra, y Carlo, contemplando sus muslos llenos de promesas femeninas, sentía que el orden cósmico iba en aumento con cada paso de esas finas piernas un poco curvadas, pero que al mismo tiempo ella se hacía cada vez más distante e inalcanzable, como la belleza del perfecto pero ¡ay! intangible cielo estrellado del puerto de Quequén.
  Así Susana se alejaba de él, y Carlo percibía que la posibilidad de albergarse en su intimidad y habitarla para siempre, de encontrar en la armonía de esas piernas, de ese cuerpo, el equilibrio y el descanso del orden definitivo y reparador, era tan sólo un sueño, incompatible incluso con la duración del pase más largo que se atreviera a pagar.
Marión, una morena uruguaya que había sido excelente cantante y bailarina de cabaret, se encargaba de dirigir al negocio y a las chicas con matriarcal dignidad. Una quincena de años antes, cuando Carlo todavía no la conocía, un alcohólico extraviado por las calles adoquinadas cercanas a los elevadores le habia preguntado al profesor:
  –Maestro, ¿no sabría indicarme por aquí una casa de volteo, "El Bambi de Marión"?
  Carlo, que escuchaba por primera vez la expresión "casa de volteo" –él sólo había oído hablar de casas de comidas–, y que habiendo llevado una existencia más monástica que sociable conocía muy pocos aspectos de la vida nocturna, no supo indicarle nada.
  Años despues, recordando el episodio, le había preguntado a Marión:
  –¿No sería usted la de la casa que buscaba ese señor?
  –¡Claro que sí! –le había respondido Marión con una carcajada–, pero no era "El Bambi", maestro –ella lo consideraba siempre un músico antes que un filósofo–, sino "La Bembita".
  Y tras explicarle que los cubanos llaman "bemba" a la boca, canturreó a modo de ejemplo:
  ­¡Mmmbésame la bembita!
  Ahora, a pocos metros del lugar donde había estado "La Bembita de Marión" en la calle de los bares nocturnos, la señora, sosegada por los años, había iniciado la actividad de un coqueto local denominado simplemente "Marion", en el que media docena de bellas chicas reconfortaban a los parroquianos, en su mayoría provenientes de ultramar. La ruidosa puerta metálica y la gruesa cortina que velaba la visión desde la calle, eran traspuestas por hombres recios pero tiritantes de desamor, agradecidos náufragos que eran recibidos en esa frágil balsa, siempre a merced del oleaje policial, con un poco de teta tibia y de piedad instintiva de mujer.
  Una reciente separación habia hecho adelgazar en exceso a Vicky, acentuando su elegancia en desmedro de su esplendor. Lo estético puro suele ser del agrado solamente de modistos y maricones; la belleza femenina en abstracto poco tiene que ver con la carne viva con la que el varón aspira a fundirse, sin reparar demasiado en el defecto o exceso de las formas. Por eso, aún con su delgadez, Vicky atraía fuertemente a todos los clientes, con su pelo rubio lacio, sus ojos verdes, su rostro de perpetua quinceanera y su aire irresponsable.
  Una nueva chica, rebautizada como Karen, había comenzado a trabajar esa noche, y con ella eran cinco las que se distribuían por los sillones de la pequeña sala alargada, cuya escasa iluminación se convertía en densas tinieblas hacia el fondo. Al encarnar un tipo opuesto al de Vicky, Karem satisfacía otra clase de preferencias: era morena, de color de tez y apariencia criolla, y contextura maciza.
  El profesor, mirando su minifalda roja y su blusa negra, comenzó a vestirla con la imaginación con un vestido celeste a lunares blancos, una falda larga y un moño blanco en el pelo. Le agregó un mate de calabaza entre sus manos, y la vio idéntica a la paisana del paquete de yerba "Salus", cuidando a su hombre y pariendo, generosa y honesta, los hijos que la tierra necesita poder a su vez darnos sus frutos.
  Viviana era "un rifle" –como hubiera dicho don Otto, el camionero danés–, así de estilizadas eran sus formas y de firmes sus carnes. El pelo negro cortísimo y el rostro alargado de nariz aguileña le daban un contradictorio aire de muchachito, desmentido de inmediato por una honda expresion femenina que le jugueteaba en los ojos y en la boca, sugiriendo una promesa de encuentro dichoso que sus caderas bellamente erguidas corroboraban.
Susana parecía una campesina de Ucrania. El profesor le hacía sujetar con su imaginación un baldecito de madera con sunchos de hierro, agregaba algunas aves de corral en torno, y él se sentía el ruso Iván, que en su fantasía se le acercaba, le daba un beso cerca de la sien para aspirar el perfume de sus cabellos, y le metía la mano bajo las polleras, entre los muslos cálidos, suaves y apretados. Era una chica de rara belleza, delicadamente frágil y al mismo tiempo dotada de apetecibles pechos, piernas y caderas.
  Miriam era, sin atenuantes, la hembra, de cuerpo y rostro redondeados, ojos grandes y mejillas de muñeca, pechos enormes, un culo alto e imperial y una pancita algo excedida que invitaba a quedarse a vivir allí. Junto a la barra, sentada en un banco alto cercano al suyo, Carlo la contemplaba incansablemente, con el ánimo sosegado y feliz de un bebé que estuviera realmente dentro de ese vientre maternal. Esa noche demoró unos instantes en salir de su éxtasis, cuando Susana, recorriendo la sala casi vacía, se le acercó y le dijo:
  –¿No se aburre, profesor, de estar aquí?
  –No, no, me siento muy bien –atinó a decir Carlo, y volvió a sumirse en su devota contemplación.
  –Lo que pasa es que él tiene insonio –explico Miriam–, y por eso se queda. En la casa no puede dormir.
  Susana le corrigio:"insomnio", y las dos chicas siguieron hablando del tema, mientras Carlo aprovechaba una nueva postura de Miriam, que le dejaba en sombra el pubis bajo el arco del vientre, para imaginarse los portales del templo, con sus arcos, curvas y detalles llenos de inexpresable sentido e inexplicable belleza, y por un momento se sintió atravesando el pórtico con su cuerpo y con su alma, para adentrarse gozoso en el tibieza oceánica de la diosa.
  Algunas veces, sorprendiéndolo en la tarea de admirar cómo cumplían su inconsciente misión de ser signos de la bondad, verdad y belleza de la Creación –contemplar mujeres de cerca o de lejos, vestidas o desnudas, era para el profesor la forma más acabada del turismo–, las chicas lo miraban a los ojos, y le sonreían brevemente. En esas ocasiones Carlo solía preguntarse cómo lo considerarían ellas a su vez: ¿Enamorado de todas –como lo estaba–, o totalmente estúpido? ¿En busqueda de comunión –como creía estarlo–, o simplemente baboso? ¿Cercano a una actitud casi mística –como se deliraba–, o fastidioso a secas?
  El profesor aceptaba a medias lo invencible de su ignorancia: ¡Como saberlo, desde afuera del maravilloso misterio de ser mujer! El creía conocer algunos rasgos de su condición de varón, despues de años de continuadas y muchas veces dolorosas reflexiones. Pero, con pechos de análoga estructura pero sin desarrollar, con tejidos homólogos en sus genitales, pero asombrosa y complementariamente opuestos, con mente y con espíritu francamente masculinos, qué otra actitud cabía tomar que no fuera la de amar y reverenciar, buscar y extasiarse, admirar y conmoverse ante el don que Dios había hecho para él también.
  –¡Esta sí que es carne de mi carne, y hueso de mis huesos! –rezó, saliendo de su ensoñación. Y de improviso le dijo a Miriam, que durante un momento lo miró con extrañeza para volver de inmediato a su sereno metabolismo:
  –Tal vez, con este poco de amor, en lo que queda de la noche pueda dormir.

  Eran las siete de la manana, y en su casa de la ciudad vieja de Necochea Carlo pensaba en esa mujer que Nietzsche había observado desde una pequeña ventana, y que se alejó por la calle sin llegar a saber nunca cuánto consuelo había proporcionado su contemplación fugaz al gran hombre atormentado por el encierro de su desesperante soledad. ¿Habría percibido Miriam, cuando le abrió con su presencia una pequeña ventanita, cuánto sentido le había dado a la noche en vela de Carlo, aun sin haber podido aliviarlo de su pertinaz insomnio?
  El profesor les sonrió a todos los ángeles de su cansancio: Miriam, Vicky, Karen, Viviana, Susana y Marión velarían su intranquilo sueño diurno. Lía se levantaba ya, y pronto despertaría a los chicos para ir a la escuela.
   El Señor los miraba a todos con la misma benevolencia.

02/03/91 - 07:15
                                                               Volver a Textos Enviados
                                                                                  Volver a la Página Principal