De: Manuel Bailez (seud.). (Córdoba, Argentina)
Enviado: Sábado 20 de Octubre de 2007 12:31
Les envío este fragmento para obtener algunas ideas para su corrección.
Muchas gracias.

Texto original

            En mi casa de San Antonio siempre había olor a leña quemada, que venía del hogar de la sala y de la salamandra del pasillo. Dormir en mi pieza no me gustaba, me daba miedo; pensaba que por la ventana podría entrar un monstruo o alguno de los sapos que vivían en el patio; por eso siempre intentaba pasarme a la cama de mi mamá. La habitación de ella era más grande y luminosa, y parecía estar al resguardo de sapos y de monstruos.

            Por las noches el patio de mi casa era horrible, me imaginaba que había gente mala que quería entrar a la casa para robarnos y hacernos daño; pero de día era un lugar maravilloso, lleno de escondites. Lo mejor era esconderse detrás de los árboles y de las plantas más grandes que estaban cerca de la medianera.

            San Antonio era un pequeño pueblo de montaña, con calles de tierra de formas irregulares y con muchos terrenos baldíos. Durante el invierno había muy poca gente en el pueblo, pero en el verano los turistas invadían las calles, los negocios y la playa del río.

            Al lado de mi casa vivía Agustina; era muy linda y era tres meses más joven que yo. A veces jugábamos juntos a las escondidas o a construir caminos en el barro de su patio o el mío. También jugábamos a "la casita", yo era el papá y ella la mamá; ese era el juego que más me gustaba, porque yo era su marido y cuando me iba a trabajar en el auto ella me daba un beso. Dos veces me dio un beso en la boca, porque yo decía que así se saludaban los que estaban casados, pero después ella dijo que muchas esposas se despedían de sus maridos con un beso en la mejilla, de modo que ella haría eso.

            A veces Agustina se enojaba conmigo, sin que yo entendiera el motivo de su enojo, y volvía a su casa diciéndome que no quería ser más mi amiga, porque yo era un tonto, y que si jugaba conmigo era sólo porque no tenía otro vecino de su edad, pero que en realidad ella quería vivir en la ciudad, donde vivían sus primos, que eran mucho más divertidos e inteligentes que cualquier chico del pueblo.

            Papá no vivía conmigo, se había separado de mamá cuando yo tenía un año de edad; vivía en la ciudad y estaba en pareja con Gabriela, una mujer rubia muy linda que era profesora de educación física. Casi todos los fines de semana papá llegaba a casa en su auto a buscarnos a mi hermano Agustín y a mí. Luego de viajar una hora llegábamos a la casa de mi abuela Esther, quien nos esperaba con la comida lista.

            Mi abuela siempre estaba cocinando y limpiando, y era difícil hablar con ella porque estaba bastante sorda, pero era muy buena y nos daba con todos los gustos. Su casa era fabulosa, tenía un jardín enorme con una parte de suelo de granito y otra con césped y plantas; estaba ubicada sobre una calle sin salida, de modo que los únicos coches que circulaban por ella eran los de los residentes, y gracias al escaso tránsito los chicos del vecindario pasaban gran parte del día jugando en la acera.


Texto revisado
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   En mi casa de San Antonio siempre había olor a leña quemada, que venía del hogar de la sala y de la salamandra del pasillo. Dormir en mi pieza no me gustaba, me daba miedo; pensaba que por la ventana podría entrar un monstruo o alguno de los sapos que había en el patio; por eso siempre intentaba pasarme a la cama de mi mamá. La habitación de ella era más grande y luminosa, y parecía estar al resguardo de sapos y de monstruos.
   Por las noches el patio de mi casa me parecía horrible, me imaginaba que había gente mala que quería entrar a la casa para robarnos y hacernos daño; pero de día era un lugar maravilloso, lleno de escondites. Lo mejor era esconderse detrás de los árboles y de las plantas más grandes que estaban cerca de la medianera.
   San Antonio era un pequeño pueblo de montaña, con calles de tierra de formas irregulares y con muchos terrenos baldíos. Durante el invierno había muy poca gente en el pueblo, pero en el verano los turistas invadían las calles, los negocios y la playa del río.
   Al lado de mi casa vivía Agustina; era muy linda y apenas tres meses más chica que yo. A veces jugábamos juntos a las escondidas o a construir caminos en el barro de su patio o el mío. También jugábamos a "la casita", yo era el papá y ella la mamá; ese era el juego que más me gustaba, porque yo era su marido y cuando me iba a trabajar en el auto ella me daba un beso. Dos veces me dio un beso en la boca, porque yo decía que así se saludaban los que estaban casados, pero después ella dijo que muchas esposas se despedían de sus maridos con un beso en la mejilla, de modo que ella iba a hacerlo así.
   A veces Agustina se enojaba conmigo sin que yo entendiera el motivo, y se volvía a su casa diciéndome que no quería ser más mi amiga porque yo era un tonto, y que si jugaba conmigo era sólo porque no tenía otro vecino de su edad, pero que en realidad ella quería vivir en la ciudad, donde vivían sus primos, que eran mucho más divertidos e inteligentes que cualquier chico del pueblo.
   Papá no vivía con nosotros, se había separado de mamá cuando yo tenía un año de edad; vivía en la ciudad y estaba en pareja con Gabriela, una mujer rubia muy linda que era profesora de educación física. Casi todos los fines de semana papá llegaba a casa en su auto a buscarnos a mi hermano Agustín y a mí. Después de una hora de viaje llegábamos a la casa de mi abuela Esther, que nos esperaba con la comida lista.
   Mi abuela siempre estaba cocinando y limpiando, y era difícil hablar con ella porque estaba bastante sorda, pero era muy buena y nos daba todos los gustos. Su casa era fabulosa, tenía un jardín enorme con una parte de piso de granito y otra con césped y plantas; estaba en una calle sin salida, de modo que los únicos coches que pasaban eran los de la gente que vivía allí, y los chicos podíamos pasar todo el día jugando en la calle.
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Comentario

El único cambio de forma propuesto es el de la disposición espacial, con sangrías más pequeñas y suprimiendo la separación entre los párrafos. La sangría habitual en un texto literario es de sólo tres o cuatro espacios; a veces, ninguna. La sangría más grande y los párrafos separados por líneas en blanco se emplean sobre todo en la correspondencia comercial, para facilitar la comprensión del asunto, que generalmente abarca pocos conceptos.

Un agregado circunstancial es el de las líneas de puntos al comienzo y al final, para indicar que se trata de un fragmento y anticiparle al lector que algunas referencias pueden resultar poco comprensibles y que el texto quedará trunco.

Pueden hacerse algunos ajustes en el discurso, que por momentos parece oscilar entre el modo de hablar de un niño y su consiguiente manera de percibir el mundo, y el modo que correspondería a la evocación de un adulto. Por ejemplo:

"alguno de los sapos que vivían en el patio" podría ser "alguno de los sapos que había en el patio";
"Por las noches el patio de mi casa era horrible", o "Por las noches el patio de mi casa me parecía horrible";
"era muy linda y era tres meses más joven que yo.", o "era muy linda y apenas tres meses más chica que yo.";
"de modo que ella haría eso.", o "de modo que ella iba a hacerlo así.";
"se enojaba conmigo, sin que yo entendiera el motivo de su enojo,", o "se enojaba conmigo sin que yo entendiera el motivo,"
"y volvía a su casa", o "y se volvía a su casa";
"que no quería ser más mi amiga, porque yo era un tonto, y que si jugaba conmigo", o "que no quería ser más mi amiga porque yo era un tonto, y que si jugaba conmigo";
"Papá no vivía conmigo", o "Papá no vivía con nosotros";
"Luego de viajar una hora", o  " Después de una hora de viaje";
"quien nos esperaba con la comida lista.", o "que nos esperaba con la comida lista."
"nos daba con todos los gustos", o "nos daba todos los gustos";
"una parte de suelo de granito", o "una parte de piso de granito";
"estaba ubicada sobre una calle sin salida", o "estaba en una calle sin salida";
"los únicos coches que circulaban por ella eran los de los residentes, y gracias al escaso tránsito los chicos del vecindario pasaban gran parte del día jugando en la acera.", o "los únicos coches que pasaban eran los de la gente que vivía allí, y los chicos podíamos pasar todo el día jugando en la calle."

Todo depende del contexto general del relato, del que este texto es sólo un fragmento. Algunas expresiones modificadas resultan menos correctas desde lo gramatical y aun para la lógica del discurso, pero son también más verosímiles. Una buena narración no requiere ser un modelo de corrección formal, sino reflejar la realidad y expresar, mediante el uso oportuno de términos y giros, el clima y el ritmo que el autor se ha propuesto.

Bajo este último punto de vista –en definitiva, el único que cuenta– el texto está bien logrado, y esto se puede evaluar de una manera subjetiva pero legítima, ya que es uno de los propósitos de todo relato: despierta el deseo de seguir leyendo para conocer más sobre el protagonista y lo que se propone contarnos.
                                                                                                                           Conrado De Lucia

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