De: Rock_o_co
Enviado: Sábado 13 de agosto de 2005   0:38

Soneto de infancia perdida

Se pierde entre la bruma mi sólida nostalgia.
pues llora el joven en mí y en dulce lecho muere,
que trágico pasado igual que el mío fuere,
y su vida entiende cual densa, amarga y agria.

Mas me acerco un poco hacia mi propio olvido,
y cuanto anhelo pierdo, más fuerte lo siento,
que cuyo triste niño, el protector del viento
arranca su corazón del pecho suyo hundido.

Perder la propia niñez, de un súbito golpe,
cual infierno de lúgubres vampiros nauseabundos,
es perder la cordura sin saber de su existencia.

Mas mucho peor fue siempre, muy más peor que la muerte,
perder vida consciente y vivir olvidando,
y en tu presente sentir que no te queda ya alma.
                                                                           R. A.

Estimado Rodrigo: La forma poco ortodoxa, acaso balbuceante, de sus versos, les imparte paradójicamente un mayor sentido de dolor y desgarramiento, que constituye su mayor acierto. Su poema no es estrictamente un soneto –en tanto que no respeta cabalmente sus cánones–, pero falsearía su intención si se cambiara el término "soneto" del título para que corresponda mejor con su forma. Se lo puede llamar "soneto" no como una licencia benevolente –lea usted en Textos enviados el análisis para nada concesivo que hice en El complejo arte del soneto, de un ejercicio sin forma ni contenido valederos– sino porque su poema lo es más allá de lo formal, y el poeta se vale de la forma en la medida en que le ofrece un soporte adecuado para su particular intuición del Ser (con mayúsculas, cuando se trata de verdadera poesía) que, como artista, está tratando de comunicarnos. Debe en lo posible respetar la forma, pero se siente a la vez libre de transgredirla toda vez que lo requiere la fuerza incontenible de su verdad poética, que no es capricho ni ocultamiento capcioso de su incapacidad de artesano, sino
sometimiento humilde a una realidad superior a toda preceptiva, y a la que siente que debe prestar acatamiento.

Por cierto que la forma puede y debe trabajarse –pulirse, enmendarse–, pues todo arte acabado es fruto tanto del esfuerzo como de la espontaneidad –caer en la idolatría de la efusión primera es error frecuente, fruto de la pereza cuando no de la necedad, y su resultado es la publicación de tanto libro de "poemas" olvidable y huero, que sólo revela la fatuidad de su autor.
Existe también la tontería de cierta pretendida "generosidad", con la que algunos seudo artistas anuncian su intención de "compartir" sus engendros, cuando en realidad sólo pretenden obligar a su prójimo a soportar sus desabridos y mal guisados manjares presuntamente poéticos. Puede leer, como ejemplo, la página Juan Francisco en Textos enviados.

Los versos que me ha enviado contienen en agraz lo poético, la des-ocultación original del ser que se persigue en toda obra de arte, y el mejor reconocimiento que usted puede hacerle a su propia obra es amarla pero sin enamorarse de ella, cultivarla y corregirla como se cultiva y corrige a un hijo, luego del deslumbramiento –tan humano– que nos produce el milagro de su nacimiento. Creo que vale la pena que se empeñe en la tarea, ya que no se es poeta por una decisión que puede estar inficionada de vanidad y egocentrismo, del mero anhelo de querer sobresalir de alguna manera entre la muchedumbre de quienes no somos poetas, sino que ser poeta es asentir a un llamado profundo del Ser, es la respuesta a un modo singular de ser vocado a encaminarse –como en toda verdadera vocación– hacia una particular, personal, única e irremplazable búsqueda del Ser.

Ciencia y arte –casi imposible diferenciarlas– son dimensiones de la condición intrínsecamente religiosa del hombre. Por eso pudo decir Goethe: "El que tiene ciencia y arte ya tiene una religión; quien no tenga ciencia ni arte, ¡que tenga una religión!".
Entender cabalmente la profunda humildad y a la vez la altiva grandeza de la afirmación de Goethe nos permite comprender cómo el poeta –él lo era en grado sumo– se remonta por encima de su época, de lo convencional, de lo presuntamente "correcto", y se acerca –se religa– al Dios por cuya gracia existimos, tanto como lo hacen desde sus respectivas vocaciones el santo, el héroe o el mártir.
                                                                                                                                   Conrado De Lucia

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