De: Horacio C.  (Bahía Blanca)
Enviado: Domingo 05 de Abril de 2009  16:02
Estimado Conrado De Lucia:
Hace un tiempo vengo observando su taller virtual. Quiero felicitarlo por su trabajo y también por su persona.
Tengo 33 años de edad, y las personas de mi entorno me han observado de manera extraña cuando mencioné la palabra escribir. Lamentablemente, la mayoría de la gente sólo piensa en "tener", olvidando por completo las cosas más simples, como leer un libro, por ejemplo.
Usted ha motivado que escriba este cuento, que humildemente dejo a su disposición para que realice sobre él las correcciones y los comentarios que considere pertinentes.
Desde ya, muchas gracias por la posibilidad de poder expresarnos a través de este espacio.
Atentamente.
Horacio C.

Jueves 09 de Abril de 2009 18:09
Estimado Horacio:
Le reenvío su cuento con el trabajo de corrección "en crudo": tiene destacado en rojo lo que debe omitirse, y en amarillo lo que debe cambiarse o agregarse. Incluye también algunos comentarios que después pondré en la página.
Los colores –tan estridentes– no van a aparecer en el sitio, pero usted puede aprovechar el trabajo hecho y cotejar cada fragmento destacado con la versión original.
La tarea que le propongo, aunque tediosa, equivale a revisar juntos su cuento palabra por palabra. Por mi parte dediqué a su texto varias horas de trabajo, porque me resultó de interés comentar el tipo de correcciones que se requería. El taller literario tiene precisamente como finalidad enseñar a escribir mejor a partir de ejemplos reales.
Lo saludo cordialmente.
Conrado

Viernes 10 de Abril de 2009 11:47
Aprecio la dedicación, el tiempo que se ha tomado y la pasión con la que corrigió mi cuento.
Tendré que hacer una digestión lenta de todas las correcciones, reafirmando así el verdadero sentido de su taller virtual.
Ha sido Ud. muy amable.
Muchas gracias.
Horacio

Sábado 18 de Abril de 2009 18:32
Estimado Horacio:
Ya puede ver su cuento en el Taller literario de Terapia Tanguera.
Aunque usted me dio a entender que no le han molestado las correcciones, quería comentarle que en algunas oportunidades he recibido mensajes bastante agresivos e impertinentes de personas a las que he corregido sus trabajos, porque sólo esperaban recibir comentarios elogiosos. La vanidad es frecuente entre los aficionados a escribir, y malogra sus reales oportunidades de mejorar su producción literaria.
Lo saludo afectuosamente y espero que vuelva a escribirme en alguna oportunidad.

Miércoles 22 de Abril de 2009 21:37
Estimado Conrado:
Le agradezco su mensaje y la posibilidad de ver mi cuento en su página.
Tengo que admitir que tiene toda la razón en cuanto a la vanidad de los aficionados a escribir, y debo ser honesto con usted, contándole que lo odié cuando vi su primera corrección. Luego, me envió una segunda corrección, donde acotó un párrafo final que no alivió para nada mi odio, sino que además me dejó “inquieto como un niño sin su fiesta de cumpleaños”*. Todo esto ya es pasado, y se lo cuento riéndome de mí mismo por lo vanidoso que fui. De más está aclararle que en ningún momento pasó por mi mente insultarlo o ser un mediocre maleducado como esos de los que me cuenta en el mail, ya que nunca dejé de tener en cuenta las horas de corrección que incondicionalmente me regaló.
Le pido disculpas por lo escrito en el párrafo anterior, necesitaba contárselo. Me gustaría algún día poder enviarle otro cuento.
Sin otro particular, lo saludo cordialmente.
Horacio C.

* Horacio se refiere al comentario que aparece luego de las correcciones.

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María y el hombre del sombrero misterioso  (Original)

Aquellos años fueron los mejores, singulares e irrepetibles1. Pensaba María; envuelta en los recuerdos de su infancia, que en vez de ser gratos, parecían sino dos manos apretando su garganta. Aun así, no conseguía llorar una sola lágrima, pues las había derramado todas cuatro horas antes, justo después del entierro.
Esa mañana, sin embargo, se sentía ajena a cualquier comentario. Estaba sentada dentro de la única cafetería que quedaba con vida en la cuadra que alguna vez había sido la mas transitada de la ciudad, “la cuadra de la estación”. La llamaban así sus habitantes; hábito que en algunos había hecho que olvidasen el verdadero nombre de esta avenida.
María sabía que en pocos minutos el tren partiría, llevándose a una veintena de enlutados parientes del difunto, y por nada del mundo perdería esa escena de su vista. Fue así que dentro de la cafetería ocupó la mesa que daba justo hacia la ventana.
La estación parecía una foto descolorida de la que fue cuatro décadas antes. Los gobiernos que se sucedieron fueron acortando sus numerosos ramales, tal vez para beneficio de otros medios de transporte, curiosamente más costosos y, por ende, menos accesibles para la gente común. Finalmente el ferrocarril disminuyó en un noventa por ciento, dejando innumerable cantidad de vías muertas y convirtiendo en fantasmas a los pequeños pueblos que pretendieron crecer a su paso.2 María observó desde la ventana la estación en ruinas y pensó; existe un castigo aun mayor que la muerte: El olvido.
Mientras un mozo traía un café a su mesa; sus ojos se perdían en los recuerdos del muerto. Manuel Leiva había sido su vecino durante veintitrés años, que eran los que ella tenia, amigo íntimo de su padre; querido por todos en el vecindario por esa eterna actitud servicial.
–Él ayudaba a todos, cuando alguien necesitaba algo allí estaba él. Quien sabe donde estará ahora–. Murmuraba María, tratando de entender su propio dolor.3
Cuando su mente pareció quedar en blanco, y libre de todo pensamiento, percibió la presencia de un hombre que la observaba desde afuera. Hubiese deseado volver a sus razonamientos pero nunca supo por qué optó por dejar que su vista tropiece con la de aquel hombre extraño. Fue en ese instante cuando sus miradas quedaron entrelazadas varios segundos por un sentimiento misterioso.4 María reparó en que se trataba de algún viejo amigo de Manuel Leiva y creyó propicio, y hasta necesario, compartir el sentimiento trágico de la muerte. Hizo un gesto con su mano y el hombre asintió con la cabeza. Cuando lo vio entrar pudo apreciar su definitivo aspecto: era un hombre con las maneras refinadas y el temple de un caballero. Vestido con chaqueta, pantalones de algodón y abrigo de cuero negro. Todo entallado. Llevaba puesto un sombrero bombín y un bastón. Al quitar su sombrero descubrió una cabellera blanca que hacía juego perfecto con la palidez de luna llena de su rostro. El hombre colgó el sombrero y el bastón en la percha.
Su cara le era un tanto familiar; se habían cruzado un par de veces en el pasillo de terapia intensiva del hospital. Pensó que podría tratarse de uno de los médicos que intentaron salvar la vida de Manuel Leiva. Pero descartó esa idea inmediatamente: los médicos no usan sombrero dentro del hospital.
Él la miró un momento con cierto altruismo.
–Sepa disculpar que no me quite el abrigo, es que el viento frío de esta ciudad ha calado hasta mis huesos–. Manifestó.
Aquello pareció causar una especie de simpatía en María.
–No se preocupe–dijo ella–. Aquí siempre hay viento. Nosotros estamos acostumbrados.
Luego se miraron detenidamente, esperando, uno tanto del otro, la ruptura del silencio.5
–El fallecimiento de Manuel ha conturbado a media ciudad, congregando no sólo a nuestra gente sino también a la de otros lares–. Expresó ella.6
El forastero fue concluyente, y sin mirar a María a los ojos, le dijo.7
–Efectivamente, era un buen hombre. Pero ya nada podemos hacer, tuvo que irse al otro barrio. El destino es así–.8
María sintió una revolución en su estómago que la llenó de indignación.9
–¡Es usted incapaz de servirle de consuelo a alguien!–. Gritó.
–¿Y cual sería el consuelo entonces? ¿Vivir eternamente o morirnos todos al mismo tiempo?– replicó el forastero sosegado.
–Es usted extremadamente frio!–exclamó María–. Pensando que de veras podría tratarse de un médico.
El caballero la observó de modo risueño, siempre conservando la armonía, y expuso:
–Permítame decirle, señorita, que el problema lo tiene usted, por no poder aceptar algo tan natural como la muerte. Creo que debería considerarlo, es el destino de todo ser–.
María lloró de impotencia; y en medio de su llanto vacilante, balbuceó:
–Es que siempre mueren los buenos–.10
El extranjero pareció querer decir algo, pero se detuvo. Y un silencio convincente surgió como una burbuja envolvente.11
Desde pequeña, María, anotaba frases en un diario íntimo; y recordó haber escrito lo siguiente:
“El destino es como un embudo gigante y extraño, donde todo ser vivo se desliza en tobogán durante toda su vida, desde que nace hasta que deja de existir”.11
Textualmente se lo relató al misterioso hombre, quien quedó sumergido en un silencio profundo, observándola tan abstraído en sus pensamientos que por un momento María creyó sentirse demás en la mesa. Luego, como quien resurge desde sí mismo y para siempre, manifestó:12
Es usted una persona de corazón noble pero de un temperamento que con el tiempo deberá aprender a amaestrar–.
El hombre recogió su bastón con ligereza y nerviosismo, sintiendo tal vez, la obligación de huir de sus propias palabras. Se aventuró hacia la puerta que el viento mantuvo abierta para él. Pero algo demoró su ida. Dio media vuelta y mirando a María de forma benévola, dijo:13
–A propósito, casi lo olvidaba, ¿nunca se puso a pensar que los embudos fueron inventados para trasvasar un líquido de un recipiente a otro? Creo que debería corregir ese apunte en su diario.
Fue lo último que dijo y se marchó para siempre. María, perpleja, no supo que decir. Su mirada confusa recorrió las cuatro paredes del salón, lentamente, hasta tropezar con aquel sombrero tan particular colgado en el perchero.
–¡Lo olvidó! –dijo ella–. Presagiando que el destino le había dado una excusa oportuna para esclarecer sus dudas.14 Corrió hacia la calle, observó una esquina, la otra y la otra. Nunca más lo vio. Se perdió en la claridad del día, como se pierden los fantasmas.15
 
Tiempo después, expertos coleccionistas y estudiosos de la ropa y los estilos, analizaron el misterioso sombrero bombín sin llegar a una conclusión razonable. Concluyeron que se trataba de uno de los diseños de los sombrereros ingleses Thomas y William Bowler, y que dicha pieza podría no haber sido usada jamás, por el estado perfecto en que se encontraba. Lo más asombroso era que el sombrero se remontaba al año1850.16
La noticia fue tomada como una burla. Uno de los tantos engaños para distraer la atención sobre los verdaderos problemas del lugar. A María le sirvió para cerrar el suceso extraño de aquella mañana.17

Del diario de María:
“Ahora sé lo que pasó ese día, ahora tengo el secreto y la libertad que mi alma tanto necesitaba conseguir. El camino esta lleno de señales, de cada uno depende el tener la habilidad de poder verlas. Probablemente sea ahí, donde nuestras dudas y miedos deban desparecer por un momento para dar lugar a nuestro sentido más abandonado y descuidado: el del corazón. Quien logre alcanzar esto, quizás haya dado con el tesoro mas preciado, el de la inmortalidad del ser”.18

FIN

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Correcciones:

 1
 Lo dicho o lo pensado por alguien debe ser citado entre comillas.
 
 2  Este párrafo (desde "La estación...") ha sido reelaborado para quitarle cierto tono periodístico que apartaría al lector del     tema del relato.).

 3 
Error en la colocación de las rayas de diálogo, que se reitera a lo largo del texto. Notar también que la raya es más larga     que el guión del teclado, y se tipea con Alt+0150.

 4
 Desde "Cuando su mente..." el texto sobreentiende términos que están presentes en el pensamiento del autor, pero que al      no ser expresados dejan incompleta la estructura lógica del discurso.

 5
 Lo inmediato de la acción requiere eliminar la demora implicada en "Luego...") Dado que ya habían hablado, no      corresponde la expresión "la ruptura del silencio. Podría ser: "Ambos se miraron detenidamente, esperando que el otro      prosiguiera."

 6
 "Conturbado", "congregando" y "lares" resultan términos estridentes dentro del nivel de lenguaje propuesto por el relato.      Resulta más adecuado, por ejemplo: –El fallecimiento de Manuel ha conmovido a media ciudad y también a gente de otros      lugares –dijo finalmente ella. (el adverbio temporal "finalmente" vincula sus palabras con la pausa anterior.).

7  No debe anticiparse que la respuesta fue "concluyente", porque el lector todavía no la conoce. Mejor: "Sin mirar a María a     los ojos, el forastero replicó:"   

 8
 Si la oración no prosigue con otro inciso, no se la debe concluir con una raya de diálogo.

 9
 La "revolución" fue efecto, y no causa de la "indignación" –a lo sumo fueron simultáneas–. Mejor: "María sintió que una      repentina indignación le revolvía el estómago.".

10
 Desde "–¡Es usted incapaz..." se han quitado varios términos y se han agregado otros, para mejorar la fluidez del diálogo.

11
 Los dos participios activos, además de extraños, producen cacofonía. Mejor: "El desconocido pareció querer decir algo,      pero se detuvo. Un silencio prolongado los envolvió.".

12 Párrafo reelaborado para adecuarlo a las circunstancias que lo anteceden. (Pueden compararse las dos versiones de este      párrafo y de los siguientes.).

13
 Reelaborado para darle mayor precisión semántica.

14
 Con mayor precisión y sencillez: "sintiendo que el destino le daba una oportunidad para esclarecer sus dudas.".

15  Reelaborado para dar mayor fuerza al hecho que relata.

16  Reelaborado para ordenar las circunstancias que describe.

17  Reelaborado para dar mayor continuidad a los hechos.

18  Reelaborado para mejorar el sentido.

Comentario

   Hay que pulir el vocabulario, al que le falta precisión. También aparecen fallas en la lógica del contenido de algunas oraciones –curiosamente, el defecto que el desconocido le señala a María–.
   El final no queda resuelto de modo convincente. Tal vez se aclare su sentido reemplazando "la inmortalidad del ser", por "el conocimiento de la inmortalidad del ser" o por "el de poder intuir la inmortalidad del ser" –que sí son "tesoros" que puede humanamente alcanzarse–.

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María y el hombre del sombrero misterioso   (Corregido)

   "Aquellos años fueron los mejores, singulares e irrepetibles", pensaba María, envuelta en los recuerdos de su infancia, que en vez de ser gratos parecían dos manos apretando su garganta. Aun así, no conseguía llorar una sola lágrima, pues las había derramado todas cuatro horas antes, justo después del entierro.
   Esa mañana, sin embargo, se sentía ajena a cualquier comentario. Estaba sentada dentro de la única cafetería que quedaba con vida en la cuadra que alguna vez había sido la mas transitada de la ciudad. "La cuadra de la estación", la llamaban sus habitantes, costumbre que en algunos había hecho que olvidasen el verdadero nombre de la avenida.
   María sabía que en pocos minutos el tren partiría llevándose a una veintena de enlutados parientes del difunto, y por nada del mundo quería perderse esa escena. Por eso había ocupado una de las mesas que estaban junto a la ventana.   
   La estación parecía una foto descolorida de lo que había sido cuatro décadas antes. Sucesivos gobiernos habían eliminado numerosos ramales y reducido los servicios a un mínimo, dejando innumerable cantidad de vías muertas y convirtiendo en pueblos fantasmas a muchas de las localidades que en otro tiempo habían crecido a su paso.
   María observó desde la ventana la estación casi en ruinas y pensó: "Existe un castigo aún mayor que la muerte, y es el olvido".
   Mientras un mozo traía un café a su mesa, su mirada se perdía, absorta en los recuerdos del muerto. Manuel Leiva había sido su vecino durante veintitrés años, tantos como los que ella tenía. Amigo íntimo de su padre, era querido por todos en el vecindario por su permanente actitud de hombre servicial.
   –Ayudaba a todos. Cuando alguien necesitaba algo, allí estaba él. Quién sabe en dónde estará ahora –murmuraba María tratando de entender su propio dolor.
   Cuando su mente pareció quedar en blanco y libre de todo pensamiento, percibió la presencia de un hombre que la observaba desde afuera. Hubiese deseado volver a sus razonamientos, pero nunca supo por qué motivo optó por dejar que su vista tropezara con la de aquel hombre extraño. Fue en ese instante cuando sus miradas quedaron entrelazadas durante varios segundos, como unidas por un sentimiento misterioso.
   María reparó en que se trataba de algún viejo amigo de Manuel Leiva, y creyó propicio, y hasta necesario, compartir el sentimiento trágico que le producía su muerte. Hizo un gesto con la mano, y el hombre asintió con la cabeza. Cuando lo vio entrar pudo apreciar su aspecto: era un hombre con la apariencia y las maneras refinadas de un caballero, vestido con chaqueta, pantalones de algodón y abrigo de cuero negro entallado. Llevaba un bastón y tenía puesto un sombrero bombín. Al quitarse el sombrero dejó al descubierto una cabellera blanca que hacía juego con la palidez de luna llena de su rostro. El hombre se dirigió al perchero, en el que colgó el sombrero y el bastón.
   Su cara le era un tanto familiar; se habían cruzado un par de veces en el pasillo de la terapia intensiva del hospital. Pensó que podría tratarse de uno de los médicos que habían intentado salvar la vida de Manuel Leiva, pero descartó esa idea inmediatamente, al reparar en que los médicos no usan sombrero dentro del hospital.
   Él la miró durante un momento con cierta condescendencia.
   –Sepa disculpar que no me quite el abrigo; es que el viento frío de esta ciudad ha calado hasta mis huesos –manifestó.
   Aquello pareció causar una especie de simpatía en María.
   –No se preocupe –dijo ella–. Aquí siempre hay viento. Nosotros estamos acostumbrados.
   Ambos se miraron detenidamente, esperando que el otro prosiguiera.   
   –El fallecimiento de Manuel ha conmovido a media ciudad y también a gente de otros lugares –dijo finalmente ella.
   Sin mirar a María a los ojos, el forastero replicó:
   –Efectivamente, era un buen hombre. Pero ya nada podemos hacer, tuvo que irse al otro barrio. El destino es así.
   María sintió que una repentina indignación le revolvía el estómago.
   –¡Es usted incapaz de servirle de consuelo a alguien! –gritó.
   –¿Y cuál sería el consuelo entonces? ¿Vivir eternamente o morirnos todos al mismo tiempo? –replicó el forastero sosegadamente.
   –Es usted extremadamente frío!–exclamó María, pensando que su interlocutor podría quizás ser un médico–.
   El caballero la observó de modo risueño, siempre conservando la tranquilidad, y repuso:
   –Permítame decirle, señorita, que si existe algún problema lo tiene usted, al no poder aceptar algo tan natural como la muerte. Creo que debería considerarlo: es el destino de todo ser viviente.
   María se sintió impotente. Comenzó a llorar, y en medio de su llanto vacilante, balbuceó:
   –Es que siempre mueren los buenos.
   El desconocido pareció querer decir algo, pero se detuvo. Un silencio prolongado los envolvió.
   Desde pequeña, María anotaba frases en un diario íntimo, y recordó que una vez había escrito lo siguiente:
   "El destino es como un embudo gigante y extraño en el que todo ser vivo se va deslizando durante la vida como por un tobogán, desde que nace hasta que deja de existir."
   María pronunció la frase en voz alta, y el desconocido volvió a sumergirse en un silencio profundo, tan abstraído en sus pensamientos que por un momento María se sintió de más en la mesa. Luego, como quien resurge desde sí mismo, el hombre volvió a hablar:
   –Es usted una persona de corazón noble pero de un temperamento que con el tiempo deberá aprender a dominar.
   Luego se levantó, recogió su bastón con rapidez y nerviosismo, sintiendo tal vez la obligación de huir de sus propias palabras, y se dirigió hacia la puerta, que el viento pareció mantener abierta para él. Pero algo demoró su partida. Se dio vuelta, y mirando a María con expresión benévola, le dijo:
   –A propósito, casi lo olvidaba: ¿nunca se puso a pensar que los embudos fueron inventados para trasvasar un líquido de un recipiente a otro? Creo que debería corregir ese apunte en su diario –Y rápidamente se marchó.
   María permaneció perpleja. Su mirada confusa recorrió lentamente las cuatro paredes del salón, hasta tropezar con aquel sombrero tan particular que seguía colgado en el perchero.
   –¡Lo olvidó! –dijo en voz alta, sintiendo que el destino le daba una oportunidad para esclarecer sus dudas. Corrió hacia la calle y miró hacia una esquina, la otra y la siguiente. Había desaparecido. Se había perdido en la claridad del día, del modo en que se pierden los fantasmas.

   Tiempo después, expertos coleccionistas y estudiosos de la ropa y los estilos analizaron el misterioso sombrero bombín, sin poder llegar a una conclusión razonable. Averiguaron que se trataba de uno de los diseños de los sombrereros ingleses Thomas y William Bowler, y que, por el estado perfecto en que se encontraba, dicha pieza podría no haber sido usada jamás. Lo más asombroso era que el sombrero había sido confeccionado hacía más de un siglo, alrededor de 1850.
   La publicación de esa noticia fue percibida como una burla, uno de los tantos recursos para distraer la atención de la gente de los verdaderos problemas de la ciudad. Por su parte, María dio por concluido el extraño suceso de aquella mañana con esta reflexión que dejó anotada en su diario:
   "Ahora sé lo que pasó ese día; ahora tengo el secreto y la libertad que mi alma tanto necesitaba. El camino está lleno de señales, y de cada uno depende la habilidad de poder verlas. Probablemente ocurra cuando nuestras dudas y miedos desaparecen por un momento y dan lugar a nuestro sentido más abandonado y descuidado: el del corazón. Quien logre alcanzar esto quizás haya dado con el tesoro más preciado: el don de poder intuir la inmortalidad del ser".

                                                                                                                                       Horacio C.

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