Minicuentos
De: Ramón Peñalva
Enviado: Lunes 28 de Enero de 2008 12:44

Estimado Conrado:
Le agradezco infinitamente el trabajo que ha realizado y realiza con mis producciones, como así también su amabilidad al sostener que tengo el arte ("siga escribiendo, porque ya tiene el arte, que es un don, y lo que pueda faltar de ciencia, se aprende"), don inestimable y difícil de justipreciar desde la propia base de escritor.
Por supuesto, he mantenido vivo el gusto por escribir minicuentos similares a los que le envié, y que con el transcurso del tiempo espero me permitan formar una pequeña antología que valga la pena intentar publicar, a pesar de lo difícil que se nos hace el acceder a la imprenta a quienes no tenemos una reputación.
No he molestado su atención acerca de estas nuevas mini-historias, pensando en que no me correspondía usufructuar de su valioso tiempo con mis trabajos. Con una audacia que no me caracteriza, me atrevo a enviarle dos de los nuevos, el segundo basado bastante libremente en los postulados de la Gnosis de Princeton, con montaje de diálogo que seguramente tendrá errores de formato, dada mi inexperiencia en el campo, pero que espero sean lo suficientemente buenos a nivel literario como para distraerlo de sus ocupaciones habituales durante un breve período.
Reitero mi agradecimiento y lo saludo afectuosamente.
Ramón

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Primer texto (original):
Elfo.

Estaba allí, en mi mente, desde que abrí los ojos al mundo.
Era una presencia silente y escueta.
No entendí su razón de ser hasta que llegó el momento oportuno, entonces, abrió su boca y lo lamenté de por vida.
–Soy Elfo, –me dijo.
–¿Quién? –contesté con poca originalidad.
–Mi función es indicar tus errores éticos, morales y generales.
–Tu función es ind… –Mi confusión iba en aumento.
–Ya verás, –me dijo ignorándome y arrellanándose cómodamente en una de mis ideas más lúcida, que no las hay muchas, –nos llevaremos bien…

Primer texto (corregido):
Elfo

Estaba allí, en mi mente, desde que abrí los ojos al mundo.
Era una presencia silente y escueta.
No entendí su razón de ser hasta que llegó el momento oportuno. Entonces abrió su boca, y lo lamenté de por vida.
–Soy Elfo –me dijo.
–¿Quién? –contesté con poca originalidad.
–Mi función es indicar tus errores éticos, morales y generales.
–Tu función es ind…–balbucí. Mi confusión iba en aumento.
–Ya verás –dijo, ignorándome y arrellanándose cómodamente en una de mis ideas más lúcidas–; nos llevaremos bien…

Sugerencias y correcciones realizadas
El punto y seguido refuerza el efecto de la irrupción del nuevo personaje:
No entendí su razón de ser hasta que llegó el momento oportuno. Entonces abrió su boca, y lo lamenté de por vida.


El verbo agregado facilita la comprensión:
–Tu función es ind…–balbucí. Mi confusión iba en aumento.

Al quitar el pronombre "me" el relato pasa a incluir también al lector:
–Ya verás –dijo, ignorándome (...)

El tema se desvía con un comentario del protagonista sobre sí mismo, que debe estar entre rayas (–). Como contiene a su vez otro comentario, en éste se requiere usar paréntesis o si no suprimirlo directamente, ya que es una disculpa para no parecer pedante:

–Ya verás –dijo, ignorándome y arrellanándose cómodamente en una de mis ideas más lúcidas (que no son muchas)–; nos llevaremos bien…

O directamente:

–Ya verás –dijo, ignorándome y arrellanándose cómodamente en una de mis ideas más lúcidas–; nos llevaremos bien…


Como el texto anuncia implícitamente su continuación, el remate resulta débil con una coma, y aún el punto y coma puede reemplazarse por punto y seguido –y concluir netamente el texto con un punto, que en este caso induce a mayor suspenso aún que los puntos suspensivos–:

–Ya verás –dijo, ignorándome y arrellanándose cómodamente en una de mis ideas más lúcidas–. Nos llevaremos bien.

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Segundo texto (original):
Electrón Casual

–¿Has oído hablar del electrón casual? –a veces suelo hacerme estas preguntas como ejercicio mental. Esta vez olvidé que Elfo habita mi mente.
–Nada importante –intervino el nomo sin que se lo pidiera.
–¿Eh? –dije tontamente, sin saber de donde venía el comentario.
–Tonterías –repitió Elfo.
–¿Qué sabes tú? –le espeté en su rostro.
–Cuéntame.
–Bien, en principio el planeta era una masa primitiva y amorfa bajo condiciones de temperatura y presión inimaginables, en ella flotaba un grupúsculo de átomos diferente, en sustancia, no en esencia. De pronto desde la profundidad púrpura del firmamento un rayo desgarró la pesada atmósfera descargando un cuanto de casi infinita energía sobre el grupúsculo. Los átomos se desaforaron y volvieron a buscarse con intensidad y he aquí que al reaparecer ya existía en ellos un nuevo ser. La Vida estaba lista para subir por la escalera de la evolución.
Elfo estaba estupefacto:
–Pero, –balbució, –y ¿donde estaba Dios?
–No lo sé, –le dije honestamente, –quizá Él lanzó el rayo.


Segundo texto (corregido):
Electrón casual

–¿Has oído hablar del "electrón casual"? –suelo hacerme esta clase de preguntas como ejercicio mental. Esta vez olvidé que Elfo habita en mi mente.
–Nada importante –intervino el gnomo sin que se lo pidiera.
–¿Eh? –dije tontamente, sin saber de dónde venía el comentario.
–Tonterías –repitió Elfo.
–¿Qué sabes tú? –le espeté en su rostro.
–Cuéntame –replicó.
–Bien: en principio el planeta era una masa primitiva y amorfa bajo condiciones de temperatura y presión inimaginables; en ella flotaba un grupúsculo de átomos diferente –en sustancia, no en esencia–. De pronto, desde la profundidad púrpura del firmamento un rayo desgarró la pesada atmósfera descargando un cuanto de casi infinita energía sobre el grupúsculo. Los átomos se desaforaron y volvieron a buscarse con intensidad, y he aquí que al reaparecer ya existía en ellos un nuevo ser: La vida estaba lista para subir por la escalera de la evolución.
Elfo estaba estupefacto:
–Pero –balbució–, ¿y dónde estaba Dios?
–No lo sé –le respondí honestamente–; quizás Él lanzó el rayo.

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Comentario sobre "Elfo" y "Electron casual"
En lo que respecta a su contenido, y tal como Ramón lo considera, ambos "minicuentos" podrían agruparse en una serie con unidad de sentido, referida en este caso a los diálogos del protagonista con Elfo, el gnomo que se ha instalado en su mente. El recurso literario es lo suficientemente rico como para permitirle al autor incursionar en toda clase de temas, expresando en ellos sus propias opiniones y convicciones y a la vez objetándolas y mostrando otros aspectos posibles de cada cuestión. La serie podría constituir un texto interesante articulando cada "minicuento" con los que lo anteceden.

El duende podría designarse con otro nombre, para no incurrir en el lugar común puesto de moda por Tolkien. Mis alumnos más jóvenes de taller literario acostumbran hacer uso y abuso de nombres inventados uniendo dos sílabas sin sentido. Suelo proponerles zumbonamente que relaten cómo los invasores Essos y Shelles –cuyo alimento básico sería el petróleo– son derrotados por los patagónicos Ypefos.

El tema del así llamado "electrón casual" posee atracción literaria por sus connotaciones míticas –bien que no científicas–.
En su obra de juventud Uno y el universo, Ernesto Sabato, ya se preguntó: "Casualidad. ¿anagrama por causalidad?".
La ciencia se ocupa del "electrón causal", y deja las casualidades en manos de novelistas y de poetas. El propio doctor Sabato debió dejar de lado su condición de científico para escribir sus ficciones, como se evidencia particularmente en Abaddón, el exterminador.

En el minicuento sobre el "electrón casual" podría darse mayor solidez al relato utilizando algunos términos con mayor precisión. Corrijo los errores formales de los envíos al Taller Literario sin opinar sobre lo que el autor ha querido expresar, pero señalo también los errores conceptuales, porque deterioran al texto tanto como los errores ortográficos o sintácticos:

En la frase
"en principio el planeta era una masa primitiva y amorfa bajo condiciones de temperatura y presión inimaginables", "primitiva" es redundante en ese contexto, y más allá del tono afectivo que trasuntan, "amorfa" y "condiciones de temperatura y presión inimaginables" son errores de concepto, pues se confunde el origen del universo –según la teoría del big bang–, con el de la vida sobre la Tierra. En la frase siguiente, la diferencia entre "sustancia" y "esencia" resulta sugestiva pero es irrelevante porque mezcla ciencia con ontología. Un cuanto de energía es una cantidad ínfima, concepto opuesto a "casi infinita".

En suma: Para no desmerecer la calidad un texto se debe evitar el macaneo, cualquiera sea el tema abordado. Un texto con referencias a leyes o a hechos científicos requiere, como fundamento para resultar de interés, que no defraude al lector con errores conceptuales. Por ejemplo Un valor imaginario, de Stanislav Lem, es un libro fantástico pero de total solidez en lo que se refiere a los datos científicos en que se fundamenta.

En la "ciencia ficción" –ficción sobre temas científicos– se dispone, como en cualquier otro género, de cierto grado de libertad, pero limitada por las exigencias, tanto formales como de contenido, de cada modalidad literaria: Escribir un soneto, por ejemplo, implica ajustarse a ciertas reglas, no sólo de extensión, métrica o rima, sino también de significado de las palabras y de sentido general –a menos que se intente adrede el disparate, como en "Rompe la niebla de una gruta escura..."–.

Aunque los textos de ciencia ficción se apartan de la ciencia para presentar su propia novedad literaria, para no resultar inconsistentes deben respetar el sentido de los términos utilizados y de su acepción científica correcta. Si se atribuye a las palabras un significado arbitrario se hace imposible toda auténtica comunicación. El glíglico utilizado por Cortázar en Rayuela es un recurso literario, pero si toda la novela estuviera escrita en glíglico habría resultado ilegible.

Respecto de la así llamada "ciencia ficción", cabe hacer una última digresión: La ciencia y la tecnología han llegado a tal grado de desarrollo que sus logros resultan más sorprendentes aún que las audaces fantasías científicas escritas en el pasado. Sin embargo, esto no legitima la postura ideológica de quienes niegan la existencia de la "ciencia ficción", y afirman que es ciencia –sin otro calificativo– porque se trata de una "anticipación" de lo que se va a descubrir o inventar en el futuro.
Esta pretensión ha sido descreditada una y otra vez por las omisiones y desaciertos en que han incurrido los futurólogos. Por citar un par de ejemplos, nadie fue capaz de profetizar el automóvil, ni tampoco el teléfono. En cambio los autos voladores anunciados en tantos textos presuntamente científicos –y presentados como inminentes en revistas como "Popular Mechanics"– están actualmente más lejanos que hace cincuenta años, mientras que el uso universal de los teléfonos celulares y sus cada vez más numerosos aditamentos no fue siquiera imaginado.

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