De: Cristina  (México, D.F.)
Enviado: Martes 13 de septiembre de 2005    22:56
Estimado Sr. Conrado:

Muchas gracias por su comentario sobre mi envío anterior. Me da muchos ánimos para continuar bailando con la literatura. Es verdad que nuestra literatura es hermosa -a la cual me pienso dedicar-, mas por cuestiones laborales debí escoger Literatura Inglesa, pues me dará la oportunidad de trabajar como catedrática, maestra de idioma, traductora y demás.

También me gustaría agradecerle que haya escogido mi cuento para ejemplo de enseñanza en su página (ya sea por sus errores o aciertos, je je). Y bueno, de nuevo me tomo la oportunidad de mandarle otro cuento. Espero que le guste.

Sin más por el momento, le envió un saludo de chiles en nogada y agua de horchata (pues en esta semana estamos celebrando nuestra fiesta patria, del Día de la Independencia, que es el 16 de septiembre). Ya me veo cocinando algún platillo típico mexicano. ¿Alguna vez ha probado usted alguno? ¡Si no, cuando guste yo le invito uno!

Con mis mejores deseos,
Cristina.

                                                           Naranja dulce

Tres largas filas de gente sobresalían entre los muros del edificio de grandes tabiques viejos. Con los ojos rojos y las uñas sangrando, Berta se aproximó a una señora y le preguntó cautelosamente, casi con vergüenza, si ahí la gente se formaba para empeñar sus joyas. Efectivamente, esa era la fila. Mientras Berta esperaba formada, se fijaba en los zapatos de las personas pues -para ella- los zapatos son capaces de contar las vidas que sus dueños sufren o gozan. Todo tipo de zapatos desfilaba entre la gente. Algunos eran de cuero y tenían la punta pelada de tanto caminar; sus dueños trabajaban largas jornadas o no tenían para pagar el autobús. Otros eran de plástico y simulaban estar casi nuevos, pero el tacón los delataba como viejos y cuidados, y sus portadores con la mirada altiva pretendían no padecer de la miseria sino al contrario, estar formados para ver alguna obra de teatro. Los había algunos muy presentables, con acabados muy finos de piel, y hasta daba envidia mirarlos. Sus dueños, con las caras tristes y penosas, apenas alzaban la vista por el temor de ser descubiertos en un acto de bajeza, así que, o se hacían los que leían el periódico o, con sombreros y lentes muy amplios, se tapaban el rostro. Incluso Berta llegó a ver zapatos a los que ni siquiera se les veía forma, de tan rotos y acabados que estaban; parecerían una tira de cuero de ternera, pero zapatos ya no eran, así como los trajes que desaliñados y percudidos acompañaban a esas pobres personas que, con manos ásperas y pómulos sumidos, estaban ya secas por la vida que vivían y seguirían viviendo.

Berta sudaba. Nunca en su vida había empeñado algo suyo, y mucho menos algo que se había atrevido a tomar de las entrañas del colchón viejo en donde su mamá dormía. Ese día sabía que tenía que huir lo antes posible de su casa, pues si no lo hacía no podría soportar la angustia de ser aventada a la calle por sus padres. Motivos muy grandes la incitaban al escape, así que, como no tenía dinero, se amarró los dientes para no castañetear a la hora de alzar el colchón, meter la mano y sacar un collar grande, muy pesado y dorado, que su mamá guardaba con mucho celo por ser su único y preciado tesoro. Valdría una fortuna
-pensó Berta-, quizás obtendría miles de pesos y podría rentar un cuartito, vivir sin hambre hasta encontrar un trabajo, y hasta el lujo se daría de comprarse unas zapatillas nuevas, ya que las suyas estaban muy gastadas.

Las piernas de Berta no paraban de agitarse de un lado al otro, el sudor le seguía escurriendo por todo el cuerpo y tenía la espalda empapada. Berta se sentía impaciente. Y entonces se acordó de aquella vez en que también sudaba mucho. Fue un día de excursión con sus compañeros de la escuela; todos iban muy contentos caminando sobre el monte de tierra ligera y fácil, que dejaba brotar hierba verde y frondosa. Los nopales sustituían a los árboles, y las tunas a las flores: motivo para cuidar el paso y evitar picarse con las espinas, algunas muy filosas y duras, que sobresalían de entre la flora exótica. El sol parecía escabullir sus rayos por entre las sombras de los nopales, y no dejaba de brillar ni de calentar el camino. Berta caminaba muy cerca de su amiga Andresina, para no perderse, pero Andresina se desesperaba porque quería recolectar tunas para comer durante el recorrido y Berta, francamente, no era muy ágil con eso de escoger las frutas. Así que decidieron separarse, y Berta, con su paso lento, terminó por caminar junto a Tomás, un joven con más de veinte años, que a veces se comportaba como un niño por su tontera. A pesar de esta condición era agradable caminar junto a Tomás, porque silbaba como si tuviese una flauta incrustada entre los dientes, y se daba el lujo de silbar canciones enteras y complicadas, y esto le gustaba a Berta, que a su vez hablaba y hablaba y nadie la callaba, porque era verdad que Tomás no callaba a nadie y era muy respetuoso con la gente. Entre las melodías de los labios y el paisaje que se asoma debajo del monte, Tomás y Berta caminaron cada vez más lento, acompañándose mutuamente, entre sueños y nubes, hasta el momento en que una espina reacia y fuerte atravesó el rostro de Tomás. Primero vieron las gotas de sangre, muy espesas y gordas, caer sobre la tierra; luego alzaron la mirada para pedir ayuda, pero el camino tan sólo tenía marcas en el polvo y ni una alma se asomaba. Tomás empezó a llorar y Berta empezó a llorar también, sólo que en vez de llorar por los ojos, lloraba con su cuerpo: sudaba. Fue entonces cuando decidieron seguir las huellas marcadas en el camino, las cuales no sólo eran de sus compañeros de excursión, sino también de los indios que iban al monte, algunos para emborracharse y dormir entre nopales, otros para llegar al otro lado, donde un pueblo semidesnudo y quieto abrigaba familias ocultas. Caminando con lágrimas de sangre, sudor y pena, Tomás y Berta no podían encontrar a sus compañeros. La noche se hizo negra y los coyotes comenzaron a aullar. Berta decidió que tenían que quedarse parados, y así quizás los mandarían a buscar. No había de otra, moverse era más peligroso: No conocían el terreno, los nopales no se veían casi, y no querían picarse ora los ojos o las manos con las espinas. Así que se quedaron sentados en una roca amplia y lisa, que miraba hacia el norte. Tomás dejó de llorar, pero Berta no dejó de sudar. Todo su temor se fundía, limpiando la suciedad del camino que había quedado pegada en su frente, y llevándose entre su corriente la angustia. Había desaparecido la calidez del sol, el tiempo pasaba lentamente y los ojos de Tomás y Berta se cerraron para descansar del paisaje bello y amenazante. Berta no supo cómo los rescataron, pues al parecer estaba más muerta que viva, y cuando volvió a abrir los ojos se encontraba en la enfermería de su escuela, acostada en una camilla de metal y rodeada de todos su compañeros que la veían con reproche. Tomás se encontraba durmiendo en la camilla de la pared lateral de la enfermería, con una gasa muy grande que le cubría todo un cachete. Nadie pregunto nada, ni nadie dejó escapar alguna palabra. Sólo la camilla estaba mojada.

De eso se acordaba Berta mientras esperaba empeñar su collar. La fila se veía más corta, pero aún así el reloj no apresuraba sus manecillas y dejaba a la paciencia avanzar tranquilamente. Pequeños niños panzones jugaban entre los muros, corrían entre las filas y se acostaban en el suelo. Una niña de piel muy morena, con las rodillas lastimadas, sonreía por todos lados, haciendo amigos de infancia con cualquier chiquillo que pasara a su lado. Berta empezó a llorar al ver a la pequeña. Tal vez así sería su bebé: sonriente y feliz. No valdría la pena tener un hijo si éste no supiera sonreír. Un señor muy amable le tendió un pañuelo y le dijo a Berta que no se preocupara, que siempre eran muy correctos los examinadores y que nunca daban menos del valor de la prenda. Pero Berta no lloraba por el metal que cargaba en sus manos, sino por el hecho de no poder creer aún que tendría un hijo. El motivo del por qué había quedado embarazada aún no lo sabía de cierto, pero algo le decía que había sido esa noche en el monte, que había sido mágica, y que el padre era Tomás. Ya lo confirmaría si su bebé tenía los ojos espesos y negros, y la piel muy morena como él. Por eso Berta huía, pues si era un oprobio resultar madre sin estar casada, era una injuria más perfilada y grave que el padre fuera el tonto del pueblo. Antes de querer escapar, cuando supo Berta lo que sus sospechas le intrigaban en las noches, se lo quiso contar a Tomás, pero lo único que consiguió fue que Tomás se riera y le dijera que los niños no venían de las panzas sino de los ahuehuetes, como le había dicho su abuelita. ¡Qué mentira tan grande! Y Berta empezó a golpear a patadas y puñetazos a Tomás, esperando que éste reaccionara y con mano firme aceptara su paternidad. Tomás empezó a llorar, lanzando quejidos muy fuertes y quebrados. Los vecinos, al escuchar al atormentado, se asomaron y fueron a su rescate, y al ver a Berta martirizando al pobre Tomás la gente del pueblo la acusó de ser una loca desquiciada y abusiva, pues el tonto no podía defenderse ni le hacía mal a nadie. Callada, con la mano en el vientre, Berta se fue a su casa para poder pensar qué hacer de su hijo y de ella. Así fue como decidió que tenía que irse de su casa, de su pueblo, y comenzar su vida nueva en otros terrenos donde no hubiera nopales, ni tierra suelta, ni tontos en los pueblos.

Tan sólo unas cuantas personas más y Berta podría empeñar el collar. Ahora sí el corazón le palpitaba como queriéndosele escapar y echar a correr por las calles. Si fuese el caso
-pensó Berta-, no sería un problema encontrar a su corazón, ya que siempre era muy escandaloso y seguramente se lo vería rebotando en las esquinas y salpicando sangre sin parar. Una mujer se echó a llorar sobre sus rodillas cuando el examinador le negó el empeño de sus joyas, que al parecer no eran valiosas. La señora que precedía a Berta en la fila comentó que si ella fuese la desdichada se moriría de la pena, pues el hecho de estar esperando tanto tiempo y no recibir nada era para volverse loca. Berta no dijo nada, pero por dentro su voz interna estaba de acuerdo. Y entonces cerró los ojos y empezó a rezar todos los cantos que de pequeña le habían enseñado, con la esperanza que ser escuchada y socorrida. Las personas seguían avanzando y recibían su dinero conforme dejaban sus joyas. Berta alcanzó a ver que una señora dejaba un anillo, sencillo y austero, del cual le habían dado unos mil pesos. El orgullo de Berta se subió por las orejas y le cosquilleó las mejillas, haciéndola sonreír. Si el pequeño anillo valía unos mil pesos, entonces era posible que su collar, tan grande y dorado, valiese muchos más. Entre tantos pensamientos el turno de Berta había llegado. El examinador, muy amable, cogió con cuidado el collar, y lo halagó diciendo que era muy bello. Siguió mirando el collar con un ojo metálico que sus párpados apretaban para no dejar caer, y después de unos segundos se limitó a decir con una cara muy seria que el collar no era de oro, y no podía dar ni un quinto por él. Berta no lo podía creer. El collar seguro valdría algo, quizás unos cuantos pesos, pero algo tendría que valer. Y sin moverse ni dar un paso, Berta quedó mirando fijamente al examinador y le pidió volver a valuar su collar. El examinador, fastidiado por la súplica, mandó a llamar a dos policías para que sacaran a Berta de ese lugar. -¡Seguro vale! ¡Algo valdrá! -gritaba Berta mientras los policías la jalaban de los brazos y la lanzaban a la calle.

Ya afuera del edificio, Berta se tranquilizó y dejo su mente en blanco. No quería pensar en nada, ni siquiera quería ver el collar en sus manos, y lo aventó hacia donde los coches pasaban como caballos furiosos. Un camión que en su carga llevaba cartones y papeles viejos aplastó el collar, dejando una mancha dorada en el asfalto. Un anciano ciego, sentado en una esquina gritaba: -¡Naranjas dulces! ¡Llévese su naranja!-. Berta se acercó y pidió una naranja al anciano. A punto estaba Berta de pagar su naranja, cuando una mano morena se atravesó y una voz juguetona dijo:
-¡Naranja dulce, limón partido!

Dicen que la locura y la tontera son estados temporales, que liberan al hombre justo cuando éste lo desee y sepa su camino. Berta no podía creer que Tomás no pareciera ya el tonto del pueblo, sino un joven cuerdo y bien puesto. Por un momento dudó en dirigirle la palabra, pero Tomás, con un modo muy tranquilo, la tomó de la mano, y en tanto iba silbando una canción de cuna, la llevaba consigo rumbo a la catedral de la ciudad. El sol se fundía en una naranja dulce y se asomaba por los ojos de Berta, que con una mano en el vientre y la otra con Tomás, dejaba que las sombras de los edificios borraran sus huellas.

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Nota: A la izquierda aparece la versión original de este hermoso cuento. A la derecha pueden verse las correcciones
          -casi todas de puntuación, el más flexible de los aspectos de la sintaxis-, indicadas con letra itálica. 
                          

Tres largas filas de gente sobresalían entre los muros del edificio de grandes tabiques viejos. Con los ojos rojos y las uñas sangrando, Berta, se aproximó a una señora y le preguntó cautelosamente, casi con vergüenza, si ahí la gente se formaba para empeñar sus joyas. Efectivamente, esa era la fila. Mientras Berta esperaba formada, se fijaba en los zapatos de las personas- pues para ella- los zapatos son capaces de contar las vidas que sus dueños sufren o gozan. Todo tipo de zapatos desfilaba entre la gente. Algunos eran de cuero y tenían la punta pelada de tanto caminar, sus dueños trabajaban largas jornadas o no tenían para pagar el autobús. Otros eran de plástico y simulaban estar casi nuevos, pero el tacón los delataba como viejos y cuidados, y sus portadores con la mirada altiva pretendían no padecer de la miseria, si no al contrario, de estar formados para ver alguna obra de teatro. Los había algunos muy presentables con acabados muy finos de piel, y hasta daba envidia mirarlos, sus dueños con las caras tristes y penosas, apenas alzaban la vista por el temor de ser descubiertos en un acto de bajeza, así que, o se hacían los que leían el periódico o con sombreros y lentes muy amplios, se tapaban el rostro. Incluso Berta llegó a ver zapatos que ni siquiera se les veía forma de tan rotos y acabados que estaban, parecerían una tira de cuero de ternera, pero zapatos ya no eran, así como los trajes que desliñados y percudidos acompañaban a esas pobres personas, que con manos ásperas y pómulos sumidos, estaban ya secas por la vida que vivían y seguirían viviendo.

Berta sudaba. Nunca en su vida había empeñado algo suyo, mucho menos algo que se había atrevido a tomar de las entrañas del colchón viejo en donde su mamá dormía. Ese día, sabía que tenía que huir lo antes posible de su casa, pues si no lo hacía, no podría soportar la angustia de ser aventada a la calle por sus padres. Motivos muy grandes la incitaban al escape. Así que como no tenía dinero, se amarró los dientes para no castañear a la hora de alzar el colchón, meter la mano y sacar un collar grande, muy pesado y dorado, que su mamá guardaba con mucho celo, por ser su único y preciado tesoro. Valdría una fortuna, pensó Berta, quizás obtendría miles de pesos y podría rentar un cuartito, vivir sin hambre hasta encontrar un trabajo, y hasta el lujo se daría de comprarse unas zapatillas nuevas, ya que las suyas, estaban muy gastadas.

Las piernas de Berta no paraban de agitarse de un lado al otro y el sudor le seguía escurriendo por todo el cuerpo, sintiendo la espalda empapada. Berta se sentía impaciente. Y entonces se acordó de aquel día en que también sudaba mucho. Fue un día de excursión con sus compañeros de la escuela. Todos iban muy contentos caminando sobre el monte de tierra ligera y fácil, que dejaba brotar hierba verde y frondosa. Los nopales sustituían a los árboles, y las tunas a las flores, motivo para cuidar el paso y evitar picarse con las espinas algunas muy filosas y duras, que sobresalían de entre la flora exótica. El sol parecía escabullir sus rayos por entre las sombras de los nopales, y no dejaba de brillar ni de calentar el camino. Berta caminaba muy cerca de su amiga Andresina, para no perderse, pero Andresina se desesperaba porque quería recolectar tunas para comer durante el recorrido, y Berta, francamente, no era muy ágil con eso de escoger las frutas. Así que decidieron separarse, y Berta con su paso lento, terminó por caminar junto a Tomás, el joven con más de veinte años, que a veces, se comportaba como un niño, por su tontera. A pesar de su condición, era agradable caminar junto a Tomás, pues este silbaba como si tuviese una flauta incrustada entre los dientes, y se daba el lujo de silbar canciones enteras y complicadas, lo cual le gustaba a Berta, que hablaba y hablaba y nadie la callaba, porque era verdad que Tomas no callaba a nadie, y era muy respetuoso con la gente. Entre las melodías de los labios y el paisaje que se asoma debajo del monte, Tomas y Berta, caminaron cada vez más lento, acompañándose mutuamente, entre sueños y nubes, hasta el momento en que una espina reacia y fuerte, atravesó el rostro de Tomas. Primero vieron las gotas de sangre, muy espesas y gordas, caer sobre la tierra, luego alzaron la mirada para pedir ayuda, pero el camino tan solo tenía marcas en el polvo y ni una alma se asomaba. Tomas empezó a llorar y Berta empezó a llorar también, solo que en vez de llorar por los ojos, lloraba con su cuerpo; Sudaba. Fue entonces cuando decidieron seguir las huellas marcadas en el camino, las cuales no solo eran de sus compañeros de excursión, si no que también de los indios que iban al monte, algunos para emborracharse y dormir entre nopales, otros para llegar al otro lado, donde un pueblo semidesnudo y quieto, abrigaba familias ocultas. Caminando con lagrimas de sangre, sudar y pena, Tomas y Berta no podían encontrar a sus compañeros. La noche se hizo negra y los coyotes comenzaron a aullar. Berta decidió que tenían que quedarse parados, y así quizás los mandarían a buscar. No había de otra, moverse era más peligroso. No conocían el terreno, los nopales no se veían casi, y no querían picarse ora los ojos o las manos con las espinas. Así que se quedaron sentados en una roca amplia y lisa, que miraba hacía el norte. Tomas dejó de llorar, pero Berta no dejó de sudar. Todo su temor se fundía, limpiando la suciedad del camino que se quedaba pegada en la frente, desapareciendo la calidez del sol, y llevándose entre su corriente la angustia. El tiempo pasaba lentamente, y los ojos de Tomas y Berta se cerraron, para descansar del paisaje bello y amenazante. Berta no supo como los rescataron, pues al parecer estaba más muerta que viva, y cuando volvió abrir los ojos se encontraba en la enfermería de su escuela, acostada en una camilla de metal y rodeada de todos su compañeros que le veían con reproche. Tomas se encontraba durmiendo en la camilla de la pared lateral de la enfermería, con una gasa muy grande que le cubría todo un cachete. Nadie pregunto nada, ni nadie dejó escapar alguna palabra. Solo la camilla estaba mojada. De eso se acordaba Berta mientras esperaba empellar ese collar.

La fila se veía más corta, pero aún así el reloj no apresuraba sus manecillas y dejaba a la paciencia avanzar tranquilamente. Pequeños niños panzones jugaban entre los muros, corrían entre las filas y se acostaban en el suelo. Una niña, de piel muy morena, con las rodillas lastimadas, sonreía por todos lados, haciendo amigos de infancia con cualquier chiquillo que pasara a su lado. Berta empezó a llorar al ver a la pequeña. Tal vez así sería su bebé. Sonriente y feliz. No valdría la pena tener un hijo si este no supiera sonreír. Un señor muy amable le tendió un pañuelo y le dijo a Berta que no se preocupará, que siempre eran muy correctos los examinadores, y que nunca daban menos del valor de la prenda. Pero Berta no lloraba por el metal que cargaba sus manos, si no por el hecho de no poder creer aún, que tendría un hijo. El motivo del porque había quedado embarazada aún no lo sabía de cierto, pero algo le decía que había sido esa noche en el monte había sido mágica, y que el padre era Tomas. Ya lo confirmaría si su bebé tenía los ojos espesos y negros, y la piel muy morena como él. Por eso Berta huía, pues, si era un oprobio resultar madre sin estar casada, era una injuria más perfilada y grave, que el padre fuera el tonto del pueblo. Antes de querer escapar, cuando supo Berta lo que sus sospechas le intrigaban en las noches, se lo quiso contar a Tomas, pero lo único que consiguió fue que Tomas se riera y le dijera que los niños no venían de las panzas, si no de los ahuehuetes, como le había dicho su abuelita. ¡Qué mentira tan grande! Y Berta empezó a golpear a patadas y puñetazos a Tomas, esperando a que este reaccionará y con mano firme aceptara su paternidad. Tomas empezó a llorar, lanzando quejidos muy fuertes y quebrados. Los vecinos al escuchar al atormentado se asomaron, y fueron a su rescate, y al ver a Berta martirizando al pobre Tomas, la gente del pueblo la acusó de ser una loca desquiciada y abusiva, pues el tonto no podía defenderse ni le hacia mal a nadie. Callada, con la mano en el vientre, Berta se fue a su casa para poder pensar que hacer de su hijo y de ella. Así fue como decidió que tenía que irse de su casa, de su pueblo, y comenzar su vida nueva en otros terrenos, donde no hubiera nopales, ni tierra suelta, ni tontos en los pueblos.

Tan solo unas cuantas personas más y Berta podría empeñar el collar. Ahora si el corazón le palpitaba como queriéndosele escapar y echar a correr por las calles. Si fuese el caso, pensó Berta, no sería un problema encontrar a su corazón, ya que siempre era muy escandaloso y seguro se le vería rebotando en las esquinas y salpicando sangre sin parar. Una mujer se echo a llorar sobre sus rodillas, cuando el examinador le había negado el empeño de sus joyas, que al parecer no eran valiosas. La señora que presidía a Berta en la fila, comentó que si ella fuese la desdichada, se moriría de la pena, pues el hecho de estar esperando tanto tiempo y no recibir nada era para volverse loco. Berta no dijo nada, pero por dentro, su voz interna estaba de acuerdo. Y entonces, Berta, cerró los ojos y empezó a rezar todos los cantos que de pequeña le habían enseñado, con la esperanza que ser escuchada y socorrida. Las personas seguían avanzando y recibían su dinero conforme dejaban sus joyas. Berta alcanzó a ver que una señora dejaba un anillo, sencillo y austero, del cual le habían dado unos mil pesos. El orgullo de Berta se subió por las orejas y le cosquilleó las mejillas, haciéndola sonreír. Si el pequeño anillo valía unos mil pesos, entonces era posible que su collar tan grande y dorado, valiese muchos más. Entre tantos pensamientos el turno de Berta había llegado. El examinador muy amable cogió con cuidado el collar, y lo halagó diciendo que era muy bello. Esté, miraba el collar con un ojo metálico que sus párpados apretaban para no dejar caer, y después de unos segundos, se limitó a decir con una cara muy seria, que el collar no era de oro, y no podía dar ni un quinto por él. Berta no lo podía creer. El collar seguro valdría algo, quizás unos cuantos pesos, pero algo tendría que valer. Y sin moverse ni dar un paso, Berta quedo mirando fijamente al examinador, y le pidió volver a valuar su collar. El examinador, fastidiado por la suplica, mandó a llamar a dos policías para que sacaran a Berta de ese lugar. -¡Seguro vale! ¡Algo valdrá! - gritaba Berta, mientras los policías la jalaban de los brazos, y la lanzaban a la calle.

Ya afuera del edificio, Berta se tranquilizó y dejo su mente en blanco. No quería pensar en nada, ni siquiera quería ver el collar en sus manos, y lo aventó hacia donde los coches pasaban como caballos furiosos. Un camión que en su carga llevaba cartones y papeles viejos, aplastó el collar, dejando una mancha dorada en el asfalto. Un anciano ciego, sentado en una esquina gritaba: -¡Naranjas dulces! ¡Llévese su naranja!-. Berta se acercó al viejo y pidió una naranja al anciano. A punto estaba Berta de pagar su naranja, cuando una mano morena se atravesó y una voz juguetona dijo: - ¡Naranja dulce, limón partido!-.

Dicen que la locura y la tontera son estados temporales, que liberan al hombre justo cuando esté lo deseé y sepa su camino. Berta no podía creer que Tomas, no pareciera ya el tonto del pueblo, sino un joven cuerdo y bien puesto. Por un momento dudo en dirigirle la palabra, pero Tomas, con un modo muy tranquilo, la tomó de la mano, y en tanto iba silbando una canción de cuna, la llevaba consigo rumbo a la catedral de la ciudad. El sol se fundía en una naranja dulce y se asomaba por los ojos de Berta, que con una mano en el vientre, y la otra con Tomas, dejaba que las sombras de los edificios borraran sus huellas.

  Tres largas filas de gente sobresalían entre los muros del edificio de grandes tabiques viejos. Con los ojos rojos y las uñas sangrando, Berta se aproximó a una señora y le preguntó cautelosamente, casi con vergüenza, si ahí la gente se formaba para empeñar sus joyas. Efectivamente, esa era la fila. Mientras Berta esperaba formada, se fijaba en los zapatos de las personas pues -para ella- los zapatos son capaces de contar las vidas que sus dueños sufren o gozan. Todo tipo de zapatos desfilaba entre la gente. Algunos eran de cuero y tenían la punta pelada de tanto caminar; sus dueños trabajaban largas jornadas o no tenían para pagar el autobús. Otros eran de plástico y simulaban estar casi nuevos, pero el tacón los delataba como viejos y cuidados, y sus portadores con la mirada altiva pretendían no padecer de la miseria sino al contrario, estar formados para ver alguna obra de teatro. Los había algunos muy presentables, con acabados muy finos de piel, y hasta daba envidia mirarlos. Sus dueños, con las caras tristes y penosas, apenas alzaban la vista por el temor de ser descubiertos en un acto de bajeza, así que, o se hacían los que leían el periódico o, con sombreros y lentes muy amplios, se tapaban el rostro. Incluso Berta llegó a ver zapatos a los que ni siquiera se les veía forma, de tan rotos y acabados que estaban; parecerían una tira de cuero de ternera, pero zapatos ya no eran, así como los trajes que desaliñados y percudidos acompañaban a esas pobres personas que, con manos ásperas y pómulos sumidos, estaban ya secas por la vida que vivían y seguirían viviendo.

Berta sudaba. Nunca en su vida había empeñado algo suyo, y mucho menos algo que se había atrevido a tomar de las entrañas del colchón viejo en donde su mamá dormía. Ese día sabía que tenía que huir lo antes posible de su casa, pues si no lo hacía no podría soportar la angustia de ser aventada a la calle por sus padres. Motivos muy grandes la incitaban al escape, así que, como no tenía dinero, se amarró los dientes para no castañetear a la hora de alzar el colchón, meter la mano y sacar un collar grande, muy pesado y dorado, que su mamá guardaba con mucho celo por ser su único y preciado tesoro. Valdría una fortuna -pensó Berta-, quizás obtendría miles de pesos y podría rentar un cuartito, vivir sin hambre hasta encontrar un trabajo, y hasta el lujo se daría de comprarse unas zapatillas nuevas, ya que las suyas estaban muy gastadas.

Las piernas de Berta no paraban de agitarse de un lado al otro, el sudor le seguía escurriendo por todo el cuerpo y tenía la espalda empapada. Berta se sentía impaciente. Y entonces se acordó de aquela vez en que también sudaba mucho. Fue un día de excursión con sus compañeros de la escuela; todos iban muy contentos caminando sobre el monte de tierra ligera y fácil, que dejaba brotar hierba verde y frondosa. Los nopales sustituían a los árboles, y las tunas a las flores: motivo para cuidar el paso y evitar picarse con las espinas, algunas muy filosas y duras, que sobresalían de entre la flora exótica. El sol parecía escabullir sus rayos por entre las sombras de los nopales, y no dejaba de brillar ni de calentar el camino. Berta caminaba muy cerca de su amiga Andresina, para no perderse, pero Andresina se desesperaba porque quería recolectar tunas para comer durante el recorrido y Berta, francamente, no era muy ágil con eso de escoger las frutas. Así que decidieron separarse, y Berta, con su paso lento, terminó por caminar junto a Tomás, un joven con más de veinte años, que a veces se comportaba como un niño por su tontera. A pesar de esta condición era agradable caminar junto a Tomás, porque silbaba como si tuviese una flauta incrustada entre los dientes, y se daba el lujo de silbar canciones enteras y complicadas, y esto le gustaba a Berta, que a su vez hablaba y hablaba y nadie la callaba, porque era verdad que Tomas no callaba a nadie y era muy respetuoso con la gente. Entre las melodías de los labios y el paisaje que se asoma debajo del monte, Tomás y Berta caminaron cada vez más lento, acompañándose mutuamente, entre sueños y nubes, hasta el momento en que una espina reacia y fuerte atravesó el rostro de Tomás. Primero vieron las gotas de sangre, muy espesas y gordas, caer sobre la tierra; luego alzaron la mirada para pedir ayuda, pero el camino tan sólo tenía marcas en el polvo y ni una alma se asomaba. Tomás empezó a llorar y Berta empezó a llorar también, sólo que en vez de llorar por los ojos, lloraba con su cuerpo: sudaba. Fue entonces cuando decidieron seguir las huellas marcadas en el camino, las cuales no sólo eran de sus compañeros de excursión, sino también de los indios que iban al monte, algunos para emborracharse y dormir entre nopales, otros para llegar al otro lado, donde un pueblo semidesnudo y quieto abrigaba familias ocultas. Caminando con lágrimas de sangre, sudor y pena, Tomás y Berta no podían encontrar a sus compañeros. La noche se hizo negra y los coyotes comenzaron a aullar. Berta decidió que tenían que quedarse parados, y así quizás los mandarían a buscar. No había de otra, moverse era más peligroso: No conocían el terreno, los nopales no se veían casi, y no querían picarse ora los ojos o las manos con las espinas. Así que se quedaron sentados en una roca amplia y lisa, que miraba hacia el norte. Tomás dejó de llorar, pero Berta no dejó de sudar. Todo su temor se fundía, limpiando la suciedad del camino que había quedado pegada en su frente, y llevándose entre su corriente la angustia. Había desaparecido la calidez del sol, el tiempo pasaba lentamente y los ojos de Tomás y Berta se cerraron para descansar del paisaje bello y amenazante. Berta no supo cómo los rescataron, pues al parecer estaba más muerta que viva, y cuando volvió a abrir los ojos se encontraba en la enfermería de su escuela, acostada en una camilla de metal y rodeada de todos su compañeros que la veían con reproche. Tomás se encontraba durmiendo en la camilla de la pared lateral de la enfermería, con una gasa muy grande que le cubría todo un cachete. Nadie preguntó nada, ni nadie dejó escapar alguna palabra. Sólo la camilla estaba mojada.

De eso se acordaba Berta mientras esperaba empeñar su collar. La fila se veía más corta, pero aún así el reloj no apresuraba sus manecillas y dejaba a la paciencia avanzar tranquilamente. Pequeños niños panzones jugaban entre los muros, corrían entre las filas y se acostaban en el suelo. Una niña de piel muy morena, con las rodillas lastimadas, sonreía por todos lados, haciendo amigos de infancia con cualquier chiquillo que pasara a su lado. Berta empezó a llorar al ver a la pequeña. Tal vez así sería su bebé: sonriente y feliz. No valdría la pena tener un hijo si éste no supiera sonreír. Un señor muy amable le tendió un pañuelo y le dijo a Berta que no se preocupara, que siempre eran muy correctos los examinadores y que nunca daban menos del valor de la prenda. Pero Berta no lloraba por el metal que cargaba en sus manos, sino por el hecho de no poder creer aún que tendría un hijo. El motivo del por qué había quedado embarazada aún no lo sabía de cierto, pero algo le decía que había sido esa noche en el monte, que había sido mágica, y que el padre era Tomás. Ya lo confirmaría si su bebé tenía los ojos espesos y negros, y la piel muy morena como él. Por eso Berta huía, pues si era un oprobio resultar madre sin estar casada, era una injuria más perfilada y grave que el padre fuera el tonto del pueblo. Antes de querer escapar, cuando supo Berta lo que sus sospechas le intrigaban en las noches, se lo quiso contar a Tomás, pero lo único que consiguió fue que Tomás se riera y le dijera que los niños no venían de las panzas sino de los ahuehuetes, como le había dicho su abuelita. ¡Qué mentira tan grande! Y Berta empezó a golpear a patadas y puñetazos a Tomás, esperando que éste reaccionara y con mano firme aceptara su paternidad. Tomás empezó a llorar, lanzando quejidos muy fuertes y quebrados. Los vecinos, al escuchar al atormentado, se asomaron y fueron a su rescate, y al ver a Berta martirizando al pobre Tomás la gente del pueblo la acusó de ser una loca desquiciada y abusiva, pues el tonto no podía defenderse ni le hacía mal a nadie. Callada, con la mano en el vientre, Berta se fue a su casa para poder pensar qué hacer de su hijo y de ella. Así fue como decidió que tenía que irse de su casa, de su pueblo, y comenzar su vida nueva en otros terrenos donde no hubiera nopales, ni tierra suelta, ni tontos en los pueblos.

Tan sólo unas cuantas personas más y Berta podría empeñar el collar. Ahora el corazón le palpitaba como queriéndosele escapar y echar a correr por las calles. Si fuese el caso -pensó Berta-, no sería un problema encontrar a su corazón, ya que siempre era muy escandaloso y seguramente se lo vería rebotando en las esquinas y salpicando sangre sin parar. Una mujer se echó a llorar sobre sus rodillas cuando el examinador le negó el empeño de sus joyas, que al parecer no eran valiosas. La señora que precedía a Berta en la fila comentó que si ella fuese la desdichada se moriría de la pena, pues el hecho de estar esperando tanto tiempo y no recibir nada era para volverse loca. Berta no dijo nada, pero por dentro su voz interna estaba de acuerdo. Y entonces cerró los ojos y empezó a rezar todos los cantos que de pequeña le habían enseñado, con la esperanza que ser escuchada y socorrida. Las personas seguían avanzando y recibían su dinero conforme dejaban sus joyas. Berta alcanzó a ver que una señora dejaba un anillo, sencillo y austero, del cual le habían dado unos mil pesos. El orgullo de Berta se subió por las orejas y le cosquilleó las mejillas, haciéndola sonreír. Si el pequeño anillo valía unos mil pesos, entonces era posible que su collar, tan grande y dorado, valiese muchos más. Entre tantos pensamientos el turno de Berta había llegado. El examinador, muy amable, cogió con cuidado el collar, y lo halagó diciendo que era muy bello. Siguió mirando el collar con un ojo metálico que sus párpados apretaban para no dejar caer, y después de unos segundos se limitó a decir con una cara muy seria que el collar no era de oro, y no podía dar ni un quinto por él. Berta no lo podía creer. El collar seguro valdría algo, quizás unos cuantos pesos, pero algo tendría que valer. Y sin moverse ni dar un paso, Berta quedó mirando fijamente al examinador y le pidió volver a valuar su collar. El examinador, fastidiado por la súplica, mandó a llamar a dos policías para que sacaran a Berta de ese lugar. -¡Seguro vale! ¡Algo valdrá! -gritaba Berta mientras los policías la jalaban de los brazos y la lanzaban a la calle.

Ya afuera del edificio, Berta se tranquilizó y dejo su mente en blanco. No quería pensar en nada, ni siquiera quería ver el collar en sus manos, y lo aventó hacia donde los coches pasaban como caballos furiosos. Un camión que en su carga llevaba cartones y papeles viejos aplastó el collar, dejando una mancha dorada en el asfalto. Un anciano ciego, sentado en una esquina gritaba: -¡Naranjas dulces! ¡Llévese su naranja!-. Berta se acercó y pidió una naranja al anciano. A punto estaba Berta de pagar su naranja, cuando una mano morena se atravesó y una voz juguetona dijo:
-¡Naranja dulce, limón partido!

Dicen que la locura y la tontera son estados temporales, que liberan al hombre justo cuando éste lo desee y sepa su camino. Berta no podía creer que Tomás no pareciera ya el tonto del pueblo, sino un joven cuerdo y bien puesto. Por un momento dudó en dirigirle la palabra, pero Tomás, con un modo muy tranquilo, la tomó de la mano, y en tanto iba silbando una canción de cuna, la llevaba consigo rumbo a la catedral de la ciudad. El sol se fundía en una naranja dulce y se asomaba por los ojos de Berta, que con una mano en el vientre y la otra con Tomás, dejaba que las sombras de los edificios borraran sus huellas.

                                          
Estimada Cristina:
Estoy de acuerdo con sus razones para dedicarse a la literatura inglesa, pero le sugiero que siga también ejercitándose en el manejo lo más correcto posible de la gramática y la sintaxis de nuestra hermosa lengua. Usted ya tiene la gracia que no se puede aprender en ninguna academia, el arte del estilo y la magia de una imaginación espléndida. El dominio de la ciencia del lenguaje -la otra vertiente que debe poseer un escritor- está a su alcance tan sólo con dedicarle esfuerzo y perseverancia.
Le auguro muchos éxitos como cuentista. Toda mi vida he sido un tonto emotivo, y al concluir la primera lectura de su cuento, y nuevamente ahora, al concluir la revisión, se me han llenado los ojos de lágrimas. Es que leo mucho todos los días, pero no encuentro a menudo un relato tan logrado como el suyo.
Algunos alumnos de mi taller literario "real" -presencial- han objetado el final del cuento por encontrarlo formalmente un tanto precipitado, y porque en su contenido se asemeja "a una telenovela venezolana" -que son consideradas un modelo del relato cursi con obligado final feliz-. Por mi parte, les expliqué que el final de un cuento puede ser tan abrupto como el autor lo decida, y puede dejar sin resolver las líneas del relato y las situaciones intermedias que el autor considere oportuno. Como ejemplo, les recordé el final de una sola palabra -no la repetiré aquí- con que Gabriel García Márquez concluye, interrumpiendo abruptamente la línea argumental, su cuento "El coronel no tiene quien le escriba". Esta es una diferencia fundamental del cuento con la novela, el género mayor de la literatura, que implica un desarrollo mucho más complejo, como puede verse en Cien años de soledad, del mismo autor.

                                                                                                     Conrado


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