El "psicólogo infantil" de Casa Harrod's

Seudonimo: Jorge Luis (Barcelona, España)

Famoso cuento, muy bien elaborado por Jorge Luis. Tiene particular vigencia en estos días,
en que acaba de reabrir la tienda Harrod's en el mismo palacio de aquella época situado en la
lujosa calle Florida, en el corazón del centro de Buenos Aires.
Me he permitido ponerle título.
Conrado

En las fotos que recuerdan mi primera infancia (bien iluminadas, hechas en sus estudios por fotógrafos profesionales), veo que, como mis hermanos, vestía trajecitos comprados en Les Bébés, una tienda de la calle Florida, cercana a Harrod's. No he vuelto a vestir con semejante elegancia, pero me consuelo pensando que, con la figura que he adquirido en los últimos años, los modelos de Les Bébés no me sentarían como entonces.
Eran tiempos lejanos, fines de los cincuenta, principios de los sesenta; había taxis, tranvías, trolebuses, colectivos, ómnibus y hasta mateos, todos arremolinándose en torno a la garita del vigilante. Siempre he pensado que fue porque crecí, aunque ahora comprenda que se trataba de la crisis -en la Argentina, siempre ha existido la sensación de que cada día se está un poco peor-; la cuestión es que, en determinado momento, pasé a vestirme de Harrod's, que en su planta dedicada a la infancia, tentaba a los papás con atractivas ofertas.
Harrod's ocupaba un enorme edificio de aspecto decididamente londinense -en el que, según una película, solía pernoctar Mirta Legrand- y a la mencionada planta infantil, que quedaba en el último piso, se accedía por medio de un escuadrón de ascensores, cada uno capitaneado por su respectivo ascensorista de uniforme. Además de la confitería («cafetería» en la Península), donde la tía Haydée iba ingiriendo taza tras taza de té, e intercalando de vez en cuando la tercera parte de uno de esos sánguches tostados que tanto se extrañan en el exilio, mientras por los altoparlantes sonaba, no muy fuerte, Fresedo con o sin Ray.
Además de la confitería, digo, estaba la peluquería para niños y la sala de espera con su famosa calesita («tiovivo», en España). Sí, lo confirmo, la calesita existió. Yo mismo monté en ella. Era una calesita especial, muy divertida, tanto que a algunos chicos, a la hora de partir, les costaba emprender el rumbo.
En ese momento solía aparecer un personaje legendario de Harrod's, más legendario aún que la calesita: el psicólogo de Harrod's. Era un profesional cuya principal función consistía en convencer a los chicos dubitativos de que, a la hora de partir, no había más remedio que emprender el rumbo.
Se acercaba al niño o niña en cuestión y le susurrarba arcanas palabras al oído, palabras que indefectiblemente provocaban que la criatura siguiera hacia el ascensor a su madre, padre, tutor o responsable, sin rechistar. Confirmo, por tanto, que el psicólogo de Harrod's también existió, yo
mismo sentí el peso de su severa mirada. Me dijo: «Che, nene, andate rapidito con tu tía Haydée porque, si no, te reviento».
                                                     _______________


Miércoles 5 de Noviembre de 2003 08:09
Querido amigo Conrado De Lucia:

Mi nombre es Jorge Luis Vernieri Guibourg, a fin de mes cumpliré medio siglo de vida, soy porteño del barrio de Constitución pero resido, desde 1977, en la ciudad de Barcelona, a unas veinte cuadras del mar Mediterráneo. Soy el «Jorge Luis» que, hace tiempo ya, le envió un texto
sobre el famoso psicólogo de Harrod's, en el marco de las actividades de la sección Taller Literario del sitio web de su programa radial. Pese a que trabajo de corrector para varias editoriales de esta ciudad, cuando le envié el texto omití por error el título del mismo, que es «El psicólogo de Harrod's», circunstancia que usted ha solucionado con acierto, y ahora comprendo que también debería haberle mencionado que dicho texto con su título original e ilustrado podía leerse entonces (y se puede aún) en mi sitio web: www.iespana.es/quemecontursi/harrods.htm , sitio dedicado a la melancolía -experimentada como la sensación de tener a un gordo sentado sobre el pecho- y a los misterios de Buenos Aires.

En otro orden de cosas, aún no he encontrado la manera de escuchar on-line su programa de radio, y lo lamento porque, tras navegar el sitio web, tengo la sensación de que disfrutaría del mismo. Y, por último, quisiera poner a su disposición otro texto de mi autoría (va en un archivo adjunto), escrito bajo la influencia -que en mi caso, a la distancia, fue intensa- de los sucesos ocurridos los días 19 y 20 de diciembre de 2001 en nuestro país (1), informándole (esta vez, sí) de que puede leerse on-line en: www.iespana.es/quemecontursi//cacerola.htm y también en www.actilingua.net , que es un sitio web dedicado a la lengua española, realizado por los alumnos de un instituto de educación secundaria de Matadepera, localidad cercana a Barcelona.
Reciba un fuerte apretón de manos.

                                                                                     Jorge Luis Vernieri Guibourg

El señor Jorge Vernieri se refiere a los tristes acontecimientos ocurridos en nuestro país a partir
del 3 de diciembre de 2002, día en que los bancos confiscaron los ahorros de todos los argentinos, mientras sacaban del país varios contenedores llenos de dólares en billetes. (1)

A continuación reproducimos el texto mencionado:

Enero, 2002
Anoche, me metí en la cama poco convencido. Me puse en la boca una Fisherman's Friend (pastilla fuertemente mentolada) (2) y a oscuras estuve procurando dejarme atrapar por el sueño. La radio me ofreció tres piezas cortas de música clásica que cupieron casi enteras en la media hora de conexión para la que estaba programada; después se apagó y dejó paso a una noche en la que el silencio de Barcelona sólo era violado, de cuando en cuando, por la sirena tritonal de alguna ambulancia que se dejaba caer por la calle Valencia en busca del Hospital de Sant Pau. A mi lado, Rosita, ya buceando en aquellas aguas límpidas que están reservadas a los seres justos, desprendía un aroma tibio y tierno. No sé si favorecía a mis esperanzas de conciliar el sueño haber estado corrigiendo apenas unas horas antes La vejez armónica, libro de medicina que, como su nombre lo anuncia, habla de la tercera edad. Por un lado, el tipo de reflexiones que el tema del advenimiento de la vejez y la muerte suele infundir en una personalidad tan sensible como la mía no eran del tono adecuado a mis pretensiones inmediatas; pero por otro, la circunstancia me brindaba la oportunidad de poner en práctica los consejos que La vejez armónica daba a sus lectores interesados en superar el insomnio:

«El insomnio lleva a preocuparse por el insomnio y sus consecuencias, y esto provoca ansiedad y nerviosismo que mantienen y agravan el insomnio. Por ello, lo primero que hay que conseguir es eliminar el temor al insomnio. Para conseguirlo, es necesario que el insomne se convenza de dos cosas: 1) que el insomnio no produce graves consecuencias, y 2) que se puede descansar sin dormir.»

¿Sería verdad que el insomnio no produce graves consecuencias? Me lo preguntaba porque, lógicamente, estos días he estado muy preocupado pensando en Argentina. En primer plano, me inquietaba la situación de mi familia y amigos queridos: salvo dos o tres, ninguno de ellos está hecho del material de los avisados, de los que convierten a tiempo sus pesos en dólares, y todas las alarmas internas me advertían que la catástrofe tenía que ser total. El hecho de haber recibido muy pocos mails -algún "Felices Fiestas", tecleado en una tipografía temblorosa- me induce a creer que la demora se debe a un inventario escalofriante que no termina de cerrarse.

¿Se puede descansar sin dormir? Porque, en segundo plano, se desplegaban unas imágenes que había visto por televisión: Una gran explanada. La nave de un supermercado. ¿Productos Marolio? ("¡Qué óleo!" (3)). Como la explanada es grande, el contenido del camión, que acaba de ser descargado, parece una montañita pequeña. Consiste en productos alimenticios: galletitas "Merengadas" (4) , yerba "La Hoja" (5), polenta "Mágica" ("cocina en 1 minuto") (6). Porque la dirección del supermercado, ante la situación de emergencia alimentaria en que se encontraba la población, había decidido realizar un reparto gratuito. Entonces sí, dejan pasar a la gente -son por lo menos diez mil-, invaden la explanada, cabecitas y cabecitas, apretados. Se ve a la multitud más de cerca, se individualiza a algún componente de la masa, en este caso una argentina joven con una nena en brazos, le veo bien los ojos, y veo bien los ojos de la nena, ¿se puede descansar sin dormir?, y los productos alimenticios desaparecen en un santiamén.

¿Y si -me decía-, sin dejar totalmente de lado los consejos de La vejez armónica, probara otra cosa?, ¿rezar, por ejemplo?, ¿acaso no soy exalumno de Don Bosco?, pedirle a la Virgen María que ruegue por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén, o a Dios, para que venga de una vez a nosotros su Reino, es decir que el imperio multiestelar decida por fin recalificar este barrio de nuestra galaxia, y lo convierta en un shopping a su gusto, … y muy especialmente lo del «pan nuestro de cada día» porque somos muy frágiles. Y no nos dejes caer en la tentación de ir a la cocina, cachar la olla a presión y mi cucharón salsero, abrir la ventana y decirle a esta Barcelona a cero grados, a esta noche cuyo silencio sólo es violado, de cuando en cuando, por la sirena tritonal de alguna ambulancia que se deja caer por la calle Valencia en busca del Hospital de Sant Pau, ponerme a golpear la olla a presión con el cucharón salsero y gritar bien fuerte que… si cayera en la tentación, claro. En ese caso, Rosita me pediría mañana un volante para el psiquiatra.

Tengo que admitir, sin embargo, que siempre termino durmiéndome. En mi último recuerdo de despierto, o primero de dormido, estaba contando pesetas en euros, parecido a lo de las ovejitas que saltan la verja.

Que tengas un buen año.

                                                                          Jorge Luis Vernieri Guibourg

Notas

(1) Durante los días 19 y 20 de diciembre de 2001 fueron saqueados numerosos supermercados de Buenos Aires      por muchedumbres famélicas, en medio del caos desatado por la ineptitud del gobierno del doctor Fernando      de la Rúa, quien huyó de la Casa Rosada unos días después tras ordenar una represión policial que causó      decenas de muertos y heridos.

1) En abril de 2005 el Banco Rio ha prometido comenzar a devolverme (en pesos) poco más de la mitad de los
   
u$s 10.590 que fui depositando en billetes, ahorrando durante años sobre mis magros sueldos de docente     universitario. Se trata del delictivo Banco Río de la Plata, vinculado con Monseñor Derisi, la Universidad     Católica Argentina, las empresas Techint y Pérez Companc, y finalmente con el Estado del Vaticano, en el que     está refugiado un delincuente financiero internacional buscado por la Interpol: el cardenal Marcinkus, amigo     del polaco que ejerce de Papa, y que oficia de encubridor al facilitarle su regio aguantadero.

(2) Las"Fisherman's Friend son fabricadas en Fleetwood, Lancashire, Inglatera, y vienen en una hermosa latita
     de 40 gramos, litografiada con la ilustración de un velero y un anciano pescador de barba blanca y bigotes.

(3) El aviso publicitario radial del aceite Marolio decía: "¡Mmm... ¡qué óleo!", y un corito femenino
     lo confirmaba cantando: "¡Qué bueno que es...!"

(4) Las galletitas "Merengadas" viene juntas de a dos, aprisionando entre ambas una capa de merengue 
     de textura gelatinos y elástica.

(5) El paquete de yerba mate "La hoja", elaborado por Martín & Cía., es de color amarillo, y lleva
     como ilustración una gran hoja de Ilex paraguariensis.

(6) La harina de maíz  -"polenta"- requiere una cocción de unos cuarenta minutos. Lo "magico" de la polenta      mencionada es que ha sido precocida para que esté lista rápidamente, pero es conveniente dejarla hervir      cuatro o cinco minutos, nos informa la asesora culinaria de "Terapia Tanguera", profesora Nora Oliveto.
     Mi abuelo materno emigró de Apiro, Macerata, a sus quince años, harto de no comer otra cosa que polenta      -cuando había-. Algunos descendientes de italianos todavía la consumimos "a la tabla", virtiéndola sobre la      tabla de amasar los tallarines dominicales, alisándola con una cuchara de madera y haciendo un hueco en el      medio en el que se vierte la salsa de estofado, en la que todos los comensales pueden rebañar cada bocado.      Sobre la superficie alisada de la polenta también se vierte un poco de la salsa junto con trozos de carne      guisada, y se espolvorea todo con queso de rallar. Si no alcanza el dinero para comprar la carne, los chicos de      la casa salen de antemano a cazar con su gomera -que en la Argentina se llama "honda"- palomas torcaces      que se guisan con el estofado. A esta humilde modalidad se la denomina "polenta con pajaritos".

                                                                                                             Conrado De Lucia          

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