Una lección de puntuación y un pastiche

De: G.V.
Enviado: Sábado 12 de Diciembre de 2009 16:19
Asunto: Texto para corregir

Querido Profesor:
Encontré entre mis carpetas un texto que escribí cuándo era una adolescente. Su fecha es 24 de agosto de 1995. Lo estuve corrigiendo, pensando en enviárselo. Se lo adjunto para que me dé su opinión; considero que usted verá errores que yo no he tomado en cuenta.


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Texto original:
                                                              Mi pequeño milagro.

   La coloqué suavemente en el frasco, que le había preparado, entre el papel secante y un colchón de algodón. Le canté una canción de cuna y esperé que se durmiera.
   Al día siguiente, apenas abrí los ojos fui a visitar a mi amiga, ella tenía un brillito especial, como si tuviera algo de vida. Tenía tantas ganas de que mi semilla floreciera y brotara de ella una hermosa planta.
   Estuve días y noches esperando mi pequeño milagro. Hasta pensé que se había muerto y sentí tristeza. Me puse a llorar, pero en ese mismo instante vi cómo mi semilla se rompía y salía de ella un pequeño brote verde. Salté de alegría. ¡Mi amiga vivía!
   En los días que siguieron fue sorprendente cómo creció: del pequeño brote una hoja y luego otra y otra…
   Hasta que un día cuando yo volvía de la escuela mi amiga tenía un regalo para mí: su preciosa y primera flor inmaculada.

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A)  Correcciones formales

    No aparecen en el texto errores de ortografía ni de sintexis, pero sí de puntuación.
  
 La puntuacion es mucho más importante de lo que suele considerarse, pues establece la diferencia entre un texto agradable y fácil de leer y comprender, y otro en el que se tropieza no sólo en su lectura sino también en su comprensión, ya que tanto las pausas indebidas como la inexistencia de las pausas necesarias inducen a interpretar erróneamente su sentido.
   Para quien desea escribir correctamente es imprescindible aprender a utilizar sin errores los signos de puntuación. Puede aplicarse aquí la conocida frase del especialista en comunicación Marshall McLuhan: "El medio es el mensaje" (Existe un libro de Mc Luhan con ese título, publicado en la Argentina por la editorial Paidós.).
   En el caso de la escritura, el enunciado de Mc Luhan significa que cuando los signos de puntuación mal ubicados originan entonaciones erróneas, y se necesita volver atrás y recomenzar la lectura para poder percibir su sentido correcto, el primer contenido que llega al lector es: "No sé comunicar mi pensamiento por escrito". Esta dificultad suele ocasionar incluso que se abandone la lectura de un texto que en otros aspectos es valioso.

Primera oración:

   La coloqué suavemente en el frasco, que le había preparado, entre el papel secante y un colchón de algodón. Le canté una canción de cuna y esperé que se durmiera.

   No va coma luego de "frasco", porque hasta allí la oración no tiene incisos (comentarios), que son los que deben estar delimitados por comas. Lo correcto es: La coloqué suavemente en el frasco que le había preparado.

   Analizando cada parte de esta oración, resulta:

   (Yo) (sujeto tácito) la coloqué (verbo con objeto directo "la" antepuesto) suavemente (complemento circunstancial de modo) en el frasco (compl.circ. de lugar) que (nexo para coordinar la oración siguiente) (yo) (sujeto tácito) le había preparado. (verbo con objeto indirecto "le" antepuesto).

   Para separar lo anterior del inciso (comentario) que sigue, "entre el papel secante y un colchón de algodón" ahora sí debe ir una coma (se omite la segunda coma, porque la suple el punto seguido):

   La coloqué suavemente en el frasco que le había preparado, entre el papel secante y un colchón de algodón. Le canté una canción de cuna y esperé que se durmiera.

   El punto seguido luego de "algodón" es correcto, porque el sentido del párrafo prosigue. También habría sido correcto un punto y coma, si se deseaba expresar una pausa menor:

   La coloqué suavemente en el frasco que le había preparado, entre el papel secante y un colchón de algodón; le canté una canción de cuna y esperé que se durmiera.

   En sentido estricto, debería haber también una coma luego de "cuna", porque en esta oración la "y" no anuncia el último término de una enumeración sino que funciona como nexo para coordinar con la oración siguiente. Es decir que no se está enumerando: "Le canté una canción de cuna y otra que recordé en ese momento", sino que se están coordinando dos oraciones: Le canté una canción de cuna, (primera oración) y esperé que se durmiera (segunda oración).

   De todos modos, esa coma no resulta imprescindible para el sentido. Su inclusión depende del criterio y hasta del gusto del autor: La coma interrumpe la continuidad de la acción, la hace más pausada, episódica, y esto puede ser un rasgo buscado deliberadamente o no.

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Segunda oración:

   Al día siguiente, apenas abrí los ojos fui a visitar a mi amiga, ella tenía un brillito especial, como si tuviera algo de vida. Tenía tantas ganas de que mi semilla floreciera y brotara de ella una hermosa planta.

   La pausa breve que introduce la coma luego de "amiga" es insuficiente, porque precipita al lector en una oración distinta, que debe anunciarse con punto y coma o punto y seguido:

   Al día siguiente, apenas abrí los ojos fui a visitar a mi amiga. Ella tenía un brillito especial, como si tuviera algo de vida.

   La oración siguiente debe colocarse entre signos de exclamación, para no inducir al lector a interpretar la frase como un antecedente, y a esperar su consecuencia lógica: "Tenía tantas ganas de que mi semilla floreciera y brotara de ella una hermosa planta..." (antecedente) "...que pasó tal cosa." (consecuente).

   En cambio, cuando los signos de énfasis advierten de que se trata de una exclamación no se aguarda ninguna consecuencia:

   ¡Tenía tantas ganas de que mi semilla floreciera y brotara de ella una hermosa planta!

   Incluso podría mejorarse el sentido de la expresión dejando en suspenso su final mediante el uso de puntos denominados precisamente "suspensivos" (tan mal empleados, por pereza o ignorancia, por quienes escriben mensajes en Internet en forma de fragmentos o balbuceos. Se suelen utilizar, por añadidura, ráfagas de puntos en vez de los tres únicos puntos (...) en que consiste el signo.):

   ¡Tenía tantas ganas de que mi semilla floreciera y brotara de ella una hermosa planta...!

   También se acepta como correcto el poner los puntos suspensivos luego del signo de cierre de la exclamación, pero impresiona como un agregado al que se olvidó de incluir en la oración:

   ¡Tenía tantas ganas de que mi semilla floreciera y brotara de ella una hermosa planta!...

   La puntuación correcta se basa en criterios lógicos, tal como si se tratara de los signos de una suma algebraica o de una ecuación: En álgebra, si se coloca erróneamente una expresión dentro o fuera del paréntesis que le corresponde, o precedida de un signo equivocado –"más" en lugar de "menos"– el resultado es totalmente erróneo.

   En el lenguaje escrito se puede salvar el error, porque el significado de las palabras proporciona un contexto que permite suponer cuál es el significado correcto, pero esto requiere igualmente un esfuerzo por parte del lector, que espera poder comprender el texto directamente sin tener que ponerse a descifrar su sentido,

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Tercera oración:

   Estuve días y noches esperando mi pequeño milagro. Hasta pensé que se había muerto y sentí tristeza. Me puse a llorar, pero en ese mismo instante vi cómo mi semilla se rompía y salía de ella un pequeño brote verde. Salté de alegría. ¡Mi amiga vivía!

   Este párrafo no requiere modificación, porque su sentido se percibe sin dificultad. Estrictamente, cabría poner comas luego de "muerto" y luego de "rompía", por la misma razón que en el caso –ya analizado– de: "le canté una canción de cuna, y esperé que se durmiera". Pero también puede considerarse que las comas no son indispensables porque –basándose nuevamente en la la teoría de la Gestalt–, como en los tres casos la conjunción "y" está seguida por un verbo, no hay duda de que lo que sigue no es el término final de una enumeración sino el comienzo de una nueva oración.

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Cuarta oración:

   No tiene defectos de puntuación, pero en cambio hay omisión de términos  (ver, surgió) que deberían estar expresados, y que el lector se ve obligado a suponer:

   En los días que siguieron fue sorprendente ver cómo creció: del pequeño brote surgió una hoja, y luego otra y otra...

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Última oración:

   Contiene un inciso (comentario o aclaración) que, como tal, debe ir entre comas: "cuando yo volvía de la escuela":

  Hasta que un día, cuando yo volvía de la escuela, mi amiga tenía un regalo para mí: su preciosa y primera flor inmaculada.

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Con las correcciones formales, el texto quedaría así:

                                                         Mi pequeño milagro (el título no debe llevar punto al final)

   La coloqué suavemente en el frasco que le había preparado, entre el papel secante y un colchón de algodón. Le canté una canción de cuna y esperé que se durmiera.
   Al día siguiente, apenas abrí los ojos fui a visitar a mi amiga; ella tenía un brillito especial, como si tuviera algo de vida. ¡Tenía tantas ganas de que mi semilla floreciera y brotara de ella una hermosa planta!
   Estuve días y noches esperando mi pequeño milagro. Hasta pensé que se había muerto y sentí tristeza. Me puse a llorar, pero en ese mismo instante vi cómo mi semilla se rompía y salía de ella un pequeño brote verde. Salté de alegría. ¡Mi amiga vivía!
   En los días que siguieron fue sorprendente ver cómo creció: del pequeño brote surgió una hoja, y luego otra y otra…
   Hasta que un día, cuando yo volvía de la escuela, mi amiga tenía un regalo para mí: su preciosa y primera flor inmaculada.

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B)  Cuestiones relativas al contenido:

   A menudo se incurre en el error de querer abarcar varias imágenes, vivencias, conceptos o circunstancias dentro de una misma oración. El resultado suele ser un texto en el que abundan los sobreentendidos dejados a cargo del sufrido lector, en lugar de estar adecuadamente explicitados. También se requiere circunstanciar el asunto que va a relatarse. Esto debe hacerse con moderación y equilibrio, a menos que el exceso de pormenores, o su escasez, constituyan un recurso estilístico para expresar un contenido con matices particulares.
   Stendhal, en Rojo y negro, emplea una página entera en describir los detalles del bordado de un almohadón. Balzac también ofrece descripciones minuciosas y, para algunos lectores, simplemente tediosas. En Naná, Emilio Zola emplea numerosas páginas para describir un hecho secundario dentro de la trama de la novela: una tarde en el hipódromo. También el premio Nobel Alejo Carpentier, en Los pasos perdidos, detalla en prolongadas y fantásticas descripciones acontecimientos que pueden considerarse triviales. Estas exageraciones satisfacen el gusto literario de los lectores de algunas épocas, pero
carece de sentido imitarlos.
   En el extremo opuesto puede ubicarse el conocido texto que suele ser considerado como el cuento más breve del mundo: "Cuando despertó, el unicornio todavía estaba allí". En este caso, para magnificar el efecto del relato se prescinde deliberadamente de toda circunstancia accesoria.

El breve texto que he corregido en sus aspectos formales es, en cuanto a su contenido, un relato puramente conceptual, formulado en abstracto. Requiere ser desarrollado, agregar detalles vivenciales que le den amenidad y verosimilitud. Podría comenzar presentando alguna circunstancia, por ejemplo cómo surgió la idea de hacer germinar la semilla, de dónde se obtuvo, de qué planta se trata. También sería oportuno comentar si el intento tiene relacion con un episodio anterior, con algún recuerdo afectivo relacionado con hechos, lugares o personas..

Veamos una primera reelaboración posible –un pastiche–, como ejemplo de los agregados que pueden otorgar mayor interés al relato:

                                                 Mi pequeño milagro

   Nunca me habían interesado las plantas. Desde chica veía a mi mamá ocupada en el jardín del frente de nuestra casa, conversando con mi abuela sobre variedades de flores, cambiando tierra de las macetas, arrancando hojas marchitas o sembrando cuidadosamente las semillas que le había traído alguna vecina.
   Me parecía una actividad demasiado parsimoniosa, y yo esperaba, como la mayoría de las personas jóvenes, un resultado inmediato para cualquier tarea que emprendiera.
   Pero en esa primavera las cosas fueron diferentes. Yo había cumplido recientemente catorce años y, si bien aguardaba con muchas ilusiones para el año siguiente mi fiesta de quinceañera , esta vez me había sorprendido y emocionado recibir un ramo de humildes flores provenientes del jardín de la casa de una vecina, que solía venir algunas tardes a coser en nuestra máquina la ropa que cortaba para sus hijos.
   No sé por qué, pero al recibir el ramo pensé inmediatamente en el hijo mayor de la señora, un muchacho alto y varios años mayor que yo, que siempre me saludaba tímidamente cuando salía para su trabajo y me veía en la vereda de nuestra casa.
   Aunque mamá las puso en una jarra con agua, a los pocos días las flores se marchitaron. Cuando vio mi expresión de tristeza al tener que tirarlas, me dijo que podía pedirle las semillas a nuestra vecina, aprovechando que era la época de sembrarlas.
   Así lo hizo, y a los pocos días mamá me entregó un paquetito de papel de diario con las esperadas semillas. Recuerdo que me sorprendió mi propia emoción al ubicarlas cuidadosamente en un germinador con algodón y papel secante, como me habían enseñado años antes en la escuela primaria. Mamá insistió en que debía ponerlas en una maceta, pero yo le tenía más confianza al procedimiento de mi maestra.
   Fue así que a través de las paredes del vaso pude contemplar cómo se producía la germinación. Cuando aparecieron los primeros brotes le hice caso a mamá, saqué con mucho cuidado las semillas con sus minúsculas y tiernas hojitas, y las coloqué en la tierra mullida de una pequeña maceta, como si estuviera acostando bebés en sus cunas. Nuevamente pensé en Carlos, el hijo de nuestra vecina.
   Se acercaba el verano, comenzaban los días de calor y, gracias a mis cuidados, las plantitas comenzaron a brotar cada vez con mayores bríos, hasta cubrir la maceta con sus grandes hojas y tallos.
   Eran caléndulas –no silvestres, sino "dobles", dijo mi mamá–, y pronto aparecieron los discos festoneados de sus futuras flores. Hasta que una mañana, luego de una noche de lluvia suave y prolongada, al levantarme encontré la maceta colmada de luminosas flores anaranjadas, las primeras que cultivaba en mi vida.
   Desde ese día aumentó mi impaciencia por que llegara el siguiente invierno y con él mi cumpleaños y mi fiesta de quinceañera. No me importó que al comenzar el otoño las caléndulas se marchitaran y finalmente se secaran. Guardé cuidadosamente las pequeñas semillas en forma de pequeñas letras "c", para volver a sembrarlas en la primavera siguiente.

   Han pasado varios años. Ahora soy la esposa de Carlos, y él se ríe cuando me ve a fines de cada otoño guardar las semillas de caléndulas. Yo le digo que lo hago porque la semilla de esas flores es como la inicial de su nombre. Y él siempre me trae un gran ramo de flores para mis cumpleaños.

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