De: Majo S.  (La Plata, Pcia. de Bs. As.)
Enviado: Lunes 28 de Diciembre de 2009 02:56
Asunto: Texto para corregir

Descubrí la página y quedé fascinada.
Tengo 19 años y hace aproximadamente un año que comencé a escribir. Este es uno de mis primeros textos. Quizá un poco extenso. Pido disculpas por adelantado si es que existe un límite de extensión.
Siempre dudo de la puntuación, y temo cometer errores de sintaxis, entre otras cosas. La utilización correcta de los tiempos verbales también es un gran problema.
No tuve oportunidad de que me lo corrijan anteriormente. Así que agradecería profundamente si ustedes pudieran hacerlo. Leí los textos corregidos que fueron subidos a la página, y la devolución me pareció fantástica. Muy clara, prolija y atenta.
Muchas gracias por su atención.
Reitero mi admiración por su "trabajo". Se nota que lo hacen con pasión.
Un abrazo desde La Plata
María José

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Texto corregido:

                                                   Sin final y sin fe

                                                                                                                                                       En medio de la noche estoy soñando
                                                                                                                                                     que yo me cuento un sueño en el que he muerto:
                                                                                                                                                     me veo en tres espacios y me vierto
                                                                                                                                                     en sucesivos cuerpos, transitando.

    
                                                                                                                                                                                               Libertad Demitrópulos


   Tomó del séptimo estante de la biblioteca el libro que, según lo estipulado en el cronograma semanal, correspondía leer la noche del veinte de noviembre. Caminó hasta la esquina callada de su geométrica habitación y sobornó a su cuerpo extenuado por el sacrificio del día con una aspirina que se disolvió en un vaso de agua turbia y medio caliente.

   Manipuló con desgano las primeras hojas siempre despejadas y uniformes. Tomo un lápiz disminuido por el uso y comenzó a garabatear las primeras líneas que se inscribían en el centro de la página número diez. Encerró la primera frase en un marco circular que se desdoblaba hasta el infinito, una especie extraña de circunferencia irregular que contenía un enrejado de alambres vencidos y manipulados por las manos ebrias de algún dios abandonado. La frase decía: "¡Creer! He allí toda la magia de la vida".

   Se detuvo en aquellas palabras un tiempo demasiado exigido. Pensó en la incapacidad de comprender todo el significado que ellas encerraban. Sintió retumbar en sus oídos la música callada que se expandía en ondas ruidosas. Entendió que la bordeaban dos silencios: el silencio del espacio, de la noche, y el silencio del lenguaje, de las palabras.

    Más allá de aquella primera desilusión, continuó leyendo. Subrayó la palabra "atreverse", hundió la punta del lápiz en el verbo "erigir", extendió la fisura hasta "creencia" y aisló decididamente la última frase que contenía la falsa discreción de una formula logarítmica: "He allí todo el arte de la vida". Esta vez no se detuvo.

   Yo la observaba como a través de una cámara impuesta por un director caprichoso en un ángulo extravagante. Veía sus ojos cansados, veía su boca en suspenso, sentía su flamante voluntad de inventar algo en lo que pudiese creer.

   Había pasado veinte años de su vida asistiendo devotamente a todos los compromisos familiares y extrafamiliares sin ningún tipo de recompensa. Se había casado a los diecisiete años con un hombre que no amaba, sólo para oponerse a la voluntad de sus padres, y abandonó la carrera de filosofía tras el nacimiento de su primer, único y ya difunto hijo. Su vida carente de amor, de acción, de sueños, de libertad, me causaba asco. Me mareaba. Me revolvía el estomago como si estuviese subida en una de esas máquinas que divierten a los chicos.

   Medio segundo más tarde dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre el respaldo –siempre demasiado bajo– que sostenía sin otra alternativa las vértebras mordisqueantes y la carne asfixiada por las vestiduras reglamentarias. Su cuello cedió al empuje feroz de una cabeza aturdida. Sus ojos, afortunadamente, permanecieron cerrados. Yo tenía miedo de que me viera. ¿Cómo explicaría mi presencia en aquella habitación?

   Contabilicé tres minutos hasta que su cuerpo y su mente se dispusieron a retomar la lectura de aquel libro un poco ridículo. Las páginas siguientes parecieron resultarle interesantes, pues sus gestos indicaban una emoción creciente. Su pecho se hinchó de aire contaminado de nicotina y, en una especie de ejercitación, devolvió regularmente el oxígeno que había robado, mientras pronunciaba junto a la última exhalación la frase: "Ninguno de nosotros lo sabemos, aunque formemos parte de él…" ¿Qué significaba aquella oración inconclusa? ¿Que somos parte de algo de lo que no somos totalmente conscientes? ¿Que estamos enredados en una historia que no es la nuestra? Prendió un nuevo cigarrillo y su figura se camuflo con la nube de humo que se desprendía sin enredo de sus labios .

   Yo seguía vigilando temblorosamente cada uno de sus movimientos. No podía dejar de mirarla.

   Parecía que aquel libro había llegado a sus manos en un momento inoportuno. El cronograma empezaba a fastidiarla. ¿Por qué el veinte de noviembre de 2009 debía leer ese libro, y no cualquier otro? No lo sabía. Pero la costumbre la obligaba a continuar con la farsa. Con su trabajo miserable y esa vida cargada de continuas humillaciones y desprecios.

   Dejé que su lectura avanzara, intentando abandonar mi posición de espía secreta. Quería desprenderme de aquella realidad que me acosaba. Quería alejarme de aquella existencia que no me pertenecía o que al menos en apariencia no me pertenecía.

   Su evidente rebeldía me había contagiado. ¿Qué hacía yo en aquella habitación? ¿Qué función cumplía? ¿Conocía a aquella mujer?

   No quería seguir en ese papel estúpido de mera espectadora. No quería continuar narrando como un relator de fútbol excitado su repulsiva y latosa vida de sirvienta abnegada. Era ridículo. ¿Quién me obligaba a permanecer en aquella habitación? Nadie. Sin embargo estaba allí. Invariable. Perenne.

   Me resultaba inevitable seguir sus pasos. Sus pensamientos. Sus miradas. Sus gestos. Era una existencia compartida. "Ninguno de nosotros lo sabemos, aunque formemos parte de él…" Aquella frase había penetrado en mi mente como un parásito obstinado en corroer el tejido nervioso de mi inescrutable cerebro. ¿Cómo salir? ¿Cómo desembarazarme de aquella existencia?

   Los razonamientos se encadenaban unos a otros. Pasé horas recorriendo aquella habitación en cuidadoso silencio, respirando el poco aire que quedaba. Queriendo quitárselo todo a ella para acabar con su vida y así recuperar mi libertad.

   Pensé en una existencia encadenada. En una circunferencia de puntos enfilados imposibles de separar. En una red improvisada por aquel dios ebrio en la que se cruzan los destinos de todos los hombres. Pero ninguno de estos pensamientos me liberaba. Debía buscar una solución efectiva.

   Una llave de gas en el rincón de la pared pintada de azul me daba la clave para resolver aquel problema. Antes de cometer el delito fumé victoriosamente el último cigarrillo, que parecía no querer ser testigo de aquella traición. Pensé que en menos de doce horas estaría muerta. ¿Qué haría yo durante todo ese tiempo? ¿La vería agonizar?

   Me senté en el corredor que unía la habitación con la sala, y desde allí observé su cuerpo tendido sobre la alfombra roja, eclipsada de sueño. Sus parpados cobraron la forma de dos pétalos de rosa marchitos y su boca se abrió con un movimiento solemne, como se abren las puertas de una iglesia.

   El ritmo del péndulo se mantenía constante y a mí me irritó su indiferencia. Quise detenerlo. El vidrio que cubría las agujas me devolvió la mirada. Mi rostro era el de aquella mujer que se estaba muriendo.

   Corrí hasta la habitación. El cuerpo ya no estaba. Me acosté sobre la alfombra color sangre y sentí que conservaba el calor de un cuerpo ausente. ¿La había matado?

   El silbido de la llave de gas abierta me sobresaltó. Tuve la breve sospecha de una inminente explosión. Mi cuerpo, agitado, sin consultarle al pensamiento, atravesó los cristales que separaban mi noche de la noche de los demás. Caí cinco pisos.

  Me vi muerta por segunda, por cuarta... por décima vez. Vivía y moría simultáneamente, sola. Me mataba, me soñaba, me veía.

   Era yo.
   Siempre yo.

   Soy yo.
   Siempre yo.

   Yo viviendo.
   Yo muriendo.
   Yo contándome mis infinitas existencias.
        
                                                                                                           Majo S.


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Texto original:
Los párrafos han sido numerados para facilitar su cotejo con las correcciones.


                          
                         Sin Final y sin Fe

                                                                                                                                                        En medio de la noche estoy soñando
                                                                                                                                                     que yo me cuento un sueño en el que he muerto:
                                                                                                                                                     me veo en tres espacios y me vierto
                                                                                                                                                     en sucesivos cuerpos, transitando.

    
                                                                                                                                                                                               Libertad Demitrópulos


 1 Tomó del séptimo estante de la biblioteca el libro que, según lo estipulado en el cronograma semanal, correspondía leer la noche del veinte de noviembre. Caminó hasta la esquina callada de su geométrica habitación y sobornó a su cuerpo extenuado por el sacrificio del día con una aspirina que se disolvió en un vaso de agua turbia y medio caliente.

 2 Manipuló con desgano las primeras hojas siempre despejadas y uniformes. Tomo un lápiz disminuido por el uso y comenzó a garabatear las primeras líneas que se inscribían en el centro de la página número diez. Encerró la primera frase en un marco circular que se desdoblaba hasta el infinito; una especie extraña de circunferencia irregular que contenía un enrejado de alambres vencidos y manipulados por las manos ebrias de algún dios abandonado. La frase decía: "¡Creer! He allí toda la magia de la vida".

  3 Se detuvo en aquellas palabras un tiempo demasiado exigido. Pensó en la incapacidad de comprender todo el significado que ellas encerraban. Sintió retumbar en sus oídos la música callada que se expandía en ondas ruidosas. Entendió que la bordeaban dos silencios. El silencio del espacio, de la noche. Y el silencio del lenguaje, de las palabras.

 4 Más allá de aquella primera desilusión, continuó leyendo. Subrayó la palabra "atreverse"; Hundió la punta del lápiz en el verbo "erigir", extendió la fisura hasta "creencia" y aisló decididamente la última frase que contenía la falsa discreción de una formula logarítmica: "He allí todo el arte de la vida". Esta vez no se detuvo.

 5 Yo la observaba como a través de una cámara impuesta por un director caprichoso en un ángulo extravagante. Veía sus ojos cansados; veía su boca en suspenso; sentía su flamante voluntad de inventar algo en lo que pudiese creer.

 6 Había pasado veinte años de su vida asistiendo devotamente a todos los compromisos familiares y extra-familiares sin ningún tipo de recompensa. Se había casado a los diecisiete años con un hombre que no amaba solo para oponerse a la firme voluntad de sus padres y abandonó la carrera de filosofía tras el nacimiento de su primer, único y difunto hijo. Su vida, carente de amor, de acción, de sueños, de libertad, me causaba asco. Me mareaba. Me revolvía el estomago como si estuviese subida en una de esas máquinas que divierten a los chicos.

 7 Medio segundo más tarde dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre el respaldo –siempre demasiado bajo– que sostenía sin otra alternativa las vértebras mordisqueantes y la carne asfixiada por las vestiduras reglamentarias. Su cuello cedió al empuje feroz de una cabeza aturdida. Sus ojos, afortunadamente, permanecieron cerrados. Yo tenía miedo de que me viera. ¿Cómo explicaría mi presencia en aquella habitación?

 8 Contabilice tres minutos hasta que su cuerpo y su mente se dispusieron a retomar la lectura de aquel libro un poco ridículo. Las páginas siguientes le parecieron interesantes, pues sus gestos eran fieles indicadores de una emoción creciente. Su pecho se hinchó de aire contaminado de nicotina y en una especie de ejercitación, devolvió regularmente el oxigeno que había robado para pronunciar junto a la ultima exhalación la siguiente frase: "Ninguno de nosotros lo sabemos, aunque formemos parte de el…" ¿Qué significaba aquella oración inconclusa? ¿Qué somos parte de algo de lo que no somos totalmente concientes? ¿Qué estamos enredados en una historia que no es nuestra? Prendió un nuevo cigarrillo y su figura se camuflo con la nube de humo que de sus labios se desprendía sin el menor enredo.

 9 Yo seguía vigilando temblorosamente cada uno de sus movimientos. No podía dejar de mirarla.

10 Parecía que aquel libro había llegado a sus manos en un momento inoportuno. El cronograma empezaba a fastidiarle… ¿Por qué un veinte el noviembre de 2009 a las 00 h. debía leer ese libro y no ningún otro? No lo sabía. Pero la costumbre la obligaba a continuar con la farsa. Con un trabajo miserable y una vida cargada de continuas humillaciones y desprecios.

11 Dejé que su lectura avanzara intentando abandonar mi posición de espía secreta. Quería desprenderme de aquella realidad que me acosaba. Quería alejarme de aquella existencia que no me pertenecía, o al menos, que no me pertenecía en apariencia.

12 Su inminente rebeldía me había contagiado. ¿Qué hacia yo en aquella habitación? ¿Qué función cumplía? ¿Conocía a aquella mujer?

13 No quería seguir en ese papel estúpido de mera espectadora. No quería continuar narrando su repulsiva y latosa vida de sirvienta abnegada como un relator de football excitado. Era ridículo. ¿Quién me obligaba a permanecer en aquella habitación? Nadie. Nadie. Sin embargo estaba allí. Invariable, perenne.

14 Me era inevitable seguir sus pasos. Sus pensamientos. Sus miradas. Sus gestos. Era una existencia compartida. "Ninguno de nosotros lo sabemos, aunque formemos parte de él…" Aquella frase había penetrado en mi mente como un parásito obstinado en corroer el tejido nervioso de mi inescrutable cerebro. ¿Como salir? ¿Cómo desembarazarme de aquella existencia?

15 Los razonamientos se encadenaban a los razonamientos… Pasé horas recorriendo aquella habitación en cuidadoso silencio. Apenas respirando el poco aire que restaba. Queriendo quitárselo todo a ella para acabar con su vida y así recuperar mi libertad.

16 Pensé en una existencia encadenada. En una circunferencia de puntos enfilados imposibles de separar… En una red improvisada por aquel dios ebrio en la que se cruzan los destinos de todos los hombres. Pero ninguno de estos pensamientos me liberaba. Debía buscar una solución efectiva.

17 Una llave de gas al borde de la pared pintada de azul me daba la clave para resolver aquel problema. Antes de cometer el delito fumé victoriosamente el último cigarrillo que parecía no querer ser testigo de aquella traición. Pensé que en menos de doce horas estaría muerta. ¿Qué haría yo durante todo ese tiempo? ¿La vería agonizar?

18 Me senté en el corredor que unía la habitación con la sala y desde allí observé su cuerpo tendido sobre la alfombra roja eclipsada de sueño. Sus parpados cobraron la forma de dos pétalos de rosa marchitos y su boca se abrió con un movimiento solemne, como se abren las puertas de una Iglesia.

19 El ritmo del péndulo se mantenía constante y a mi me irritó su indiferencia. Quise detenerlo. El vidrio que cubría las agujas me devolvió una mirada. Mi rostro era el de aquella mujer que estaba muriendo.

20 Corrí hasta la habitación. El cuerpo ya no estaba. Me acosté sobre la alfombra color sangre y sentí el calor de un cuerpo ausente. ¿La había matado?

21 El silbido de la llave de gas abierta me sobresaltó. Tuve la breve sospecha de una inminente explosión. Mi cuerpo, agitado, sin consultarle al pensamiento, traspasó los cristales que separaba mi noche de la noche de los demás. Caí cinco pisos.

22 Me vi muerta por segunda, por tercera, por cuarta, por quinta…por décima vez. Vivía y moría simultáneamente, sola. Me mataba, me soñaba, me veía.

23 Era yo.
     Siempre yo.

    Soy yo.
    Siempre yo.

    Yo viviendo.
    Yo muriendo.
    Yo contándome mis infinitas existencias.

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Correcciones:

El título de un texto solamente debe llevar mayúscula inicial: "Sin final y sin fe".

  1 Tomó del séptimo estante de la biblioteca el libro que, según lo estipulado en el cronograma semanal, correspondía leer la noche del veinte de noviembre. Caminó hasta la esquina callada de su geométrica habitación y sobornó a su cuerpo extenuado por el sacrificio del día con una aspirina que se disolvió en un vaso de agua turbia y medio caliente. 
  
 2 Manipuló con desgano las primeras hojas siempre despejadas y uniformes. Tomo un lápiz disminuido por el uso y comenzó a garabatear las primeras líneas que se inscribían en el centro de la página número diez. Encerró la primera frase en un marco circular que se desdoblaba hasta el infinito; una especie extraña de circunferencia irregular que contenía un enrejado de alambres vencidos y manipulados por las manos ebrias de algún dios abandonado. La frase decía: "¡Creer! He allí toda la magia de la vida".

El comentario aclaratorio: "una especie extraña..." debe estar precedido por una coma. El punto y coma separa las partes de un párrafo con una pausa apenas menor que el punto y seguido.

  Se detuvo en aquellas palabras un tiempo demasiado exigido. Pensó en la incapacidad de comprender todo el significado que ellas encerraban. Sintió retumbar en sus oídos la música callada que se expandía en ondas ruidosas. Entendió que la bordeaban dos silencios. El silencio del espacio, de la noche. Y el silencio del lenguaje, de las palabras.

La expresión "
Entendió que la bordeaban dos silencios" debe concluir con dos puntos porque anuncia las explicaciones siguientes. Conviene unirlas con una coma y no con punto y seguido, para que el párrafo no quede tan fragmentado (a menos que se haya deseado precisamente acentuar la pausa.).

  4 Más allá de aquella primera desilusión, continuó leyendo. Subrayó la palabra "atreverse"; Hundió la punta del lápiz en el verbo "erigir", extendió la fisura hasta "creencia" y aisló decididamente la última frase que contenía la falsa discreción de una formula logarítmica: "He allí todo el arte de la vida". Esta vez no se detuvo.

Obviamente no va mayúscula luego de punto y coma. Puede tratarse de un error de tipeo, ya que –dentro del estilo de oraciones breves que caracteriza al texto– tal vez se quiso poner punto y seguido. De todos modos, también cabe poner coma, e integrar así el primer elemento de la enumeración con los siguientes.

  5 Yo la observaba como a través de una cámara impuesta por un director caprichoso en un ángulo extravagante. Veía sus ojos cansados; veía su boca en suspenso; sentía su flamante voluntad de inventar algo en lo que pudiese creer.

Los elementos de una enumeración: "Veía sus ojos cansados, veía su boca en suspenso, sentía..." deben separarse con coma, no con punto y coma.

  6 Había pasado veinte años de su vida asistiendo devotamente a todos los compromisos familiares y extra-familiares sin ningún tipo de recompensa. Se había casado a los diecisiete años con un hombre que no amaba, solo para oponerse a la firme voluntad de sus padres, y abandonó la carrera de filosofía tras el nacimiento de su primer, único y difunto hijo. Su vida, carente de amor, de acción, de sueños, de libertad, me causaba asco. Me mareaba. Me revolvía el estomago como si estuviese subida en una de esas máquinas que divierten a los chicos.

El prefijo "
extra" debe ir unido sin guión intermedio con el término con el que forma el compuesto.

Después de "
un hombre que no amaba" debe ir coma, porque sigue una explicación.

"
Sólo" lleva acento porque aquí no es adjetivo ("sin compañía") sino adverbio ("solamente").

Quitar "
firme", que aludiría más bien a la voluntad de la protagonista que a la de sus padres.

Va coma antes de "
y abandonó..." porque no sigue el último término de una enumeración, sino que se inicia una nueva oración.

No va coma después de "
Su vida", porque el sujeto completo de la oración es "Su vida carente de amor". Con la coma, lo que "me causaba asco" se refiere a "su vida" a secas, separado de los motivos: "carente de amor, de acción, de sueños, etc."

  7 Medio segundo más tarde dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre el respaldo -siempre demasiado bajo- que sostenía sin otra alternativa las vértebras mordisqueantes y la carne asfixiada por las vestiduras reglamentarias. Su cuello cedió al empuje feroz de una cabeza aturdida. Sus ojos, afortunadamente, permanecieron cerrados. Yo tenía miedo de que me viera. ¿Cómo explicaría mi presencia en aquella habitación?

El inciso "siempre demasiado bajo" debe ir entre rayas –que se escriben, como aquí, con Alt+0150–, y no entre guiones (-), que son más cortos y están disponibles en el teclado.

8  Contabilice tres minutos hasta que su cuerpo y su mente se dispusieron a retomar la lectura de aquel libro un poco ridículo. Las páginas siguientes le parecieron interesantes, pues sus gestos eran fieles indicadores de una emoción creciente. Su pecho se hinchó de aire contaminado de nicotina y en una especie de ejercitación, devolvió regularmente el oxigeno que había robado para pronunciar junto a la ultima exhalación la siguiente frase: "Ninguno de nosotros lo sabemos, aunque formemos parte de el…" ¿Qué significaba aquella oración inconclusa? ¿Qué somos parte de algo de lo que no somos totalmente concientes? ¿Qué estamos enredados en una historia que no es nuestra? Prendió un nuevo cigarrillo y su figura se camuflo con la nube de humo que de sus labios se desprendía sin el menor enredo.

"Las páginas siguientes le parecieron interesantes"
Se debe reemplazar por: "
Las páginas siguientes parecieron resultarle interesantes", porque el narrador describe el probable significado de los gestos que observa, pero no puede conocer directamente lo que piensa la persona observada.

"pues sus gestos eran fieles indicadores de una emoción creciente"
Se debe quitar el adjetivo "fieles", que aquí resulta un lugar común propio del estilo periodístico. Corresponde simplemente: "
pues sus gestos indicaban una emoción creciente.".

"...en una especie de ejercitación..." debe ir entre comas, porque es un comentario o inciso al margen.

"...el oxígeno que había robado para pronunciar..."
Debe ponerse coma luego de "
robado", para separar esta oración de la siguiente, y evitar que el sentido resulte confuso: "...el oxígeno que había robado, para pronunciar..."

"...para pronunciar junto a la última exhalación la siguiente frase: "Ninguno de nosotros..."

Se debe reemplazar "para pronunciar", que indica una acción posterior, por "mientras pronunciaba", porque la exhalación y la pronunciación son simultáneas. Se debe también quitar el término "siguiente", que reitera innecesariamente lo que indican los dos puntos y las comillas: "...mientras pronunciaba junto a la última exclamación la frase: "Ninguno de nosotros..."

"Ninguno de nosotros lo sabemos aunque formemos parte de el..."

Ciertos acentos pueden ser indispensables para una correcta comprensión: La falta de acento en "el" antes de los puntos suspensivos de la oración puede parecer la contracción "del" separada por error como "de el", cuando en realidad es el pronombre "él": "...aunque formemos parte de él...".

"¿Qué significaba aquella oración inconclusa? ¿Qué somos parte de algo de lo que no somos totalmente concientes? ¿Qué estamos enredados en una historia que no es nuestra?"

"que" lleva acento cuando tiene un sentido interrogativo, esté o no entre signos de interrogación, como aparece correctamente en la primera oración. En las siguientes no debe llevar acento porque no interroga sino que funciona como nexo coordinador con el verbo "significaba" de la oración anterior. Equivale a: "¿(Significaba) que somos...", "¿(Significaba) que estamos...".

Aunque existe la palabra "conciencia", en castellano no existe "concientes". El término correcto es "conscientes".

"¿Que estamos enredados en una historia que no es nuestra?"

Se debe intercalar el artículo "la", porque "una historia" indeterminada no es "nuestra historia", a menos que se especifique que se trata de "la" nuestra: ¿Que estamos enredados en una historia que no es la nuestra?

"su figura se camuflo con la nube de humo que de sus labios se desprendía sin el menor enredo.
Esta oración puede mejorar su fluidez cambiando el orden de algunos términos: "su figura se camufló con la nube de humo que sin el menor enredo se desprendía de sus labios."

  9 Yo seguía vigilando temblorosamente cada uno de sus movimientos. No podía dejar de mirarla.

 10 Parecía que aquel libro había llegado a sus manos en un momento inoportuno. El cronograma empezaba a fastidiarle… ¿Por qué un veinte el noviembre de 2009 a las 00 h. debía leer ese libro y no ningún otro? No lo sabía. Pero la costumbre la obligaba a continuar con la farsa. Con un trabajo miserable y una vida cargada de continuas humillaciones y desprecios.

"El cronograma empezaba a fastidiarle…"
El pronombre "le" indica un objeto indirecto. Aquí el objeto es directo, por lo que corresponde "fastidiarla" (En el párrafo 9 el pronombre se usó correctamente: "No podía dejar de mirarla.").

No existe más que un día veinte de noviembre de 2009, de modo que debe decirse "
el veinte de noviembre de 2009". Si no se especifica el año puede decirse "un". Por ejemplo: "yo nací un 20 de noviembre. Para ser más precisa, el 20 de noviembre de 1990".

Se debe quitar la hora "
a las 00 h.". Es una precisión innecesaria para el relato, e incluso escasamente verosímil. Por otra parte, no existe ninguna notación horaria que admita la forma "00 h.".

"¿Por qué el veinte el noviembre de 2009 debía leer ese libro y no ningún otro?"
El giro "...y no ningún otro?" implica una contradicción lógica. Lo correcto es "...y no cualquier otro?"

"Con un trabajo miserable y una vida cargada de continuas humillaciones y desprecios."
Para señalar que se trata de algo personal, propio, conviene reemplazar "un" por "su", y "una" por "esa":
"Con su trabajo miserable y esa vida cargada de continuas humillaciones y desprecios."

 11 Dejé que su lectura avanzara intentando abandonar mi posición de espía secreta. Quería desprenderme de aquella realidad que me acosaba. Quería alejarme de aquella existencia que no me pertenecía, o al menos, que no me pertenecía en apariencia.

Después de "avanzara", va una coma, para separar "avanzara", que se refiere a la lectora, con "intentando", que se refiere al narrador.

Quería alejarme de aquella existencia que no me pertenecía, o al menos, que no me pertenecía en apariencia.

Para el orden lógico de la oración es más correcto que se anteponga la condición "en apariencia": "...aquella existencia que en apariencia no me pertenecía...". Incluso es mejor poner el inciso "al menos" después del nexo coordinador "que", que introduce la oración siguiente.

Al ordenar mejor el párrafo se facilita la comprensión y la fluidez de la lectura, y pueden omitirse las comas del original:
"Quería alejarme de aquella existencia que no me pertenecía o que al menos en apariencia no me pertenecía."

12 Su inminente rebeldía me había contagiado. ¿Qué hacia yo en aquella habitación? ¿Qué función cumplía? ¿Conocía a aquella mujer?

"inminente" probablemente sea un lapsus calami (error involuntario –inconsciente, según Freud– al escribir), ya que el verbo latino "inmineo" significa literalmente "estar suspendido sobre", y quiere decir que algo está por suceder de un momento a otro. Aquí corresponde "evidente": "Su evidente rebeldía me había contagiado."

 13 No quería seguir en ese papel estúpido de mera espectadora. No quería continuar narrando su repulsiva y latosa vida de sirvienta abnegada como un relator de football excitado. Era ridículo. ¿Quién me obligaba a permanecer en aquella habitación? Nadie. Nadie. Sin embargo estaba allí. Invariable, perenne.

Va una coma despues de "abnegada", para que no pueda intepretarse "abnegada como un relator de fútbol".

Anteponiendo el inciso "como un relator de fútbol excitado" se evita toda ambigüedad de sentido:
"No quería continuar narrando como un relator de fútbol excitado su repulsiva y latosa vida de sirvienta abnegada."

La palabra inglesa "football" en forma castellanizada se escribe "
fútbol".

Puede quitarse un "
nadie". El tono terminante de este párrafo queda igualmente remarcado por los adjetivos finales. Conviene separarlos con punto y seguido para reforzar su efecto conclusivo, y porque expresan conceptos diferentes: "¿Quién me obligaba a permanecer en aquella habitación? Nadie. Sin embargo estaba allí. Invariable. Perenne.

 14 Me era inevitable seguir sus pasos. Sus pensamientos. Sus miradas. Sus gestos. Era una existencia compartida. "Ninguno de nosotros lo sabemos, aunque formemos parte de él…" Aquella frase había penetrado en mi mente como un parásito obstinado en corroer el tejido nervioso de mi inescrutable cerebro. ¿Como salir? ¿Cómo desembarazarme de aquella existencia?

Es más correcto reemplazar "Me era" por "Me resultaba".

 15 Los razonamientos se encadenaban a los razonamientos… Pasé horas recorriendo aquella habitación en cuidadoso silencio. Apenas respirando el poco aire que restaba. Queriendo quitárselo todo a ella para acabar con su vida y así recuperar mi libertad.

Es más correcto: "Los razonamientos se encadenaban unos a otros." La oración no requieren concluir con puntos suspensivos.

Conviene quitar "Apenas", que solamente debilita el sentido, y cambiar el punto y seguido por coma, porque la acción prosigue: "Pasé horas recorriendo aquella habitación en cuidadoso silencio, respirando el poco aire que restaba."

El empleo erróneo de "restar" es habitual en los periodistas: "
restaba" significa "quitaba". Lo correcto es: "el poco aire que quedaba."

16  Pensé en una existencia encadenada. En una circunferencia de puntos enfilados imposibles de separar… En una red improvisada por aquel dios ebrio en la que se cruzan los destinos de todos los hombres. Pero ninguno de estos pensamientos me liberaba. Debía buscar una solución efectiva.

"Pensé en una existencia encadenada. En una circunferencia de puntos enfilados imposibles de separar…"
Conviene quitar los puntos suspensivos, que debilitan la fuerza de la sucesión de imágenes acotadas por puntos seguidos, que además están dentro del estilo general del párrafo y de todo el texto.

17 Una llave de gas al borde de la pared pintada de azul me daba la clave para resolver aquel problema. Antes de cometer el delito fumé victoriosamente el último cigarrillo que parecía no querer ser testigo de aquella traición. Pensé que en menos de doce horas estaría muerta. ¿Qué haría yo durante todo ese tiempo? ¿La vería agonizar?

"Una llave de gas al borde de la pared"

"al borde" (en mejor español, "a borde") no tiene significado espacial sino temporal, y quiere decir que algo está próximo a suceder. Para indicar un lugar lo correcto es "en el borde". Igualmente es mejor un giro como "en el rincón de la pared" que "en el borde de la pared".

"...fumé victoriosamente el último cigarrillo que parecía..."
Va una coma después de "cigarrillo", para indicar que comienza otra oración.

 18 Me senté en el corredor que unía la habitación con la sala y desde allí observé su cuerpo tendido sobre la alfombra roja eclipsada de sueño. Sus parpados cobraron la forma de dos pétalos de rosa marchitos y su boca se abrió con un movimiento solemne, como se abren las puertas de una Iglesia.

"...el corredor que unía la habitación con la sala y desde allí..."
Estrictamente, debería haber una coma después de "sala" porque la "y" no anuncia el último término de una enumeración sino que vincula la oración con la siguiente. No iría la coma si la oración dijera, por ejemplo: "el corredor que unía la habitación con la sala y el zaguán".

"...su cuerpo tendido sobre la alfombra roja eclipsada de sueño."
Va una coma después de "roja", porque es el cuerpo de la persona el que está "eclipsado de sueño".
Corresponde "
eclipsado" y no "eclipsada", porque el sujeto no es "persona" sino "cuerpo".

"...
cobraron la forma de dos pétalos de rosa marchitos y su boca..."
También aquí, como en "unía la habitación con la sala", debería ir una coma después de "marchitos". Como el contexto no resulta equívoco, en ambos casos puede prescindirse de la coma, cuya pausa siempre altera un poco el ritmo del relato.

Conviene tener presente que la finalidad de un texto literario no es ofrecer un modelo de perfección formal sino comunicar un contenido de la mejor manera posible. Se debe buscar un equilibrio entre lo más correcto y lo más adecuado desde el punto de vista literario.

"iglesia" debe ir con minúscula, porque no se trata de "la Iglesia" (por antonomasia, la católica) sino de "una iglesia".

19 El ritmo del péndulo se mantenía constante y a mi me irritó su indiferencia. Quise detenerlo. El vidrio que cubría las agujas me devolvió una mirada. Mi rostro era el de aquella mujer que estaba muriendo.

"mi" lleva acento porque aquí no es adjetivo sino pronombre. Es otro ejemplo de acento importante para la comprensión del signficado. El adjetivo "mi" anunciaría un sustantivo, como por ejemplo: "El ritmo del péndulo se mantenía constante y a mi mente acudió..."

El vidrio que cubría las agujas me devolvió una mirada."
"me devolvió la mirada" –la propia mirada vista como en un espejo–. Aquí también el error es mínimo pero importante, porque hace suponer que la oración va a proseguir: "me devolvió una mirada que me hizo estremecer: mi rostro era el de aquella mujer que se estaba muriendo."

"estaba muriendo" es correcto, porque el verbo "morir" es intransitivo. Pero resulta una expresión un tanto castiza, y también es correcta y más frecuente la forma pronominal: "se estaba muriendo".

20 Corrí hasta la habitación. El cuerpo ya no estaba. Me acosté sobre la alfombra color sangre y sentí el calor de un cuerpo ausente. ¿La había matado?

"...sentí el calor de un cuerpo ausente."
Puede completarse el sentido de la oración: "sentí que conservaba el calor de un cuerpo ausente."

21 El silbido de la llave de gas abierta me sobresaltó. Tuve la breve sospecha de una inminente explosión. Mi cuerpo, agitado, sin consultarle al pensamiento, traspasó los cristales que separaba mi noche de la noche de los demás. Caí cinco pisos.

"traspasó": puede resultar más apropiado "atravesó".
"que separaba" debe estar en plural: "que separaban"

22 Me vi muerta por segunda, por tercera, por cuarta, por quinta…por décima vez. Vivía y moría simultáneamente, sola. Me mataba, me soñaba, me veía.

"Me vi muerta por segunda, por tercera..."
Para aligerar la oración se pueden quitar, incluso salteando el orden,
algunos términos que no agregan significado: "Me vi muerta por segunda, por cuarta…por décima vez."

23 Era yo.
     Siempre yo.

    Soy yo.
    Siempre yo.

   Yo viviendo.
   Yo muriendo.
   Yo contándome mis infinitas existencias.

_______________________________________

Comentario:

Estimada Majo:

   El contenido de su texto, aunque en lo formal haya requerido las correcciones que se han detallado, se destaca por su excelente calidad.

   Como usted ha notado a través de la lectura de los textos publicados en el taller, cada uno es utilizado como motivación para desarrollar conceptos de teoría literaria –sobre todo en sus aspectos formales y técnicos– y de estética.

   La teoría de los valores –la axiología–, es la parte de la filosofía que abarca la ética, la filosofía de la religión y la estética. Esta última disciplina intenta precisar en qué consiste la belleza como valor específico del arte, y por consiguiente señala las diferencias que existen entre la valoración y el valor: La valoración estética depende del gusto subjetivo, de la preferencia personal, y es por lo tanto siempre relativa, mientras que el valor belleza es algo absoluto que atrae y orienta la actividad del artista en tanto que aspiración y anhelo de lo definitivo y perfecto.

   Es frecuente que personas aficionadas a la lectura de obras artísticas, e incluso docentes de literatura, no consigan hacer abstracción de sus gustos personales cuando emiten juicios de valor sobre la calidad de un texto. También abundan –como lo he podido comprobar durante el dictado de talleres literarios– quienes se detienen en cuestiones formales irrelevantes, tales como la determinación de la categoría a que pertenece un texto. Algunas veces me han interpelado: "¿Pero, éste es realmente un cuento? Yo creo que no cumple con los tres momentos que debe tener."
Mi respuesta intenta dirigirse más allá de esa visión meramente formal y clasificatoria, por lo que contesto: "No lo sé. Lo que interesa es que está bien logrado, es un texto agradable de leer, tiene innegable belleza."

   Surgen otros cuestionamientos originados también en la valoración subjetiva. Al proponer la lectura de un texto como el que estamos analizando en esta página, algún alumno de taller literario suele objetar: "¿No podemos leer otra cosa? No me gustan los cuentos fantásticos". En diferentes circunstancias, otros dicen: "No me interesa leer poemas". Les respondo que así como no es relevante determinar si una producción es un cuento o es otra clase de texto, tampoco debería tener importancia si a uno le gustan o no los relatos fantásticos, los poemas o las novelas. El objetivo de un verdadero taller no es satisfacer gustos personales en materia literaria ni colmar la vanidad de quienes disfrutan exhibiendo su producción y aplaudiéndose mutuamente, sino tan solo ayudar a escribir mejor. Por consiguiente, todo texto puede resultar resultar útil para adquirir conocimientos y desarrollar nuevas habilidades de escritura.

   En suma, Majo, creo que carece de importancia determinar si un texto como el suyo es un cuento, si pertenece al género fantástico o si está o no "dentro del estilo experimental que actualmente preconiza Mongo Picho" –como suelen dictaminar ciertas personas que se consideran conocedores de literatura–. 

   Por mi parte sólo me considero un estudioso de la mejor manera de presentar un texto para que su lectura sea comprensible y agradable. Mi mayor satisfacción es comprobar que como docente tengo discípulos –y no meramente alumnos interesados en aprobar una asignatura– que estudian mis indicaciones para lograr que sus obras se conviertan en flores espirituales cada vez más bellas y –si se me permite– delicadamente perfumadas por su talento.
                                                                                                                                    
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