Comentarios y aclaraciones sobre "Sin final y sin fe"

Jueves 07 de Enero de 2010  02:19
Asunto: Su texto en el taller literario

   Querida María José:
   Después de unas cuantas horas de trabajo, acabo de subir su texto al taller literario de mi sitio.
   Espero que no se sienta abrumada por tantos detalles, y tenga presente que trato de ofrecer estas lecciones no sólo para quienes tienen como usted la gentileza de enviarme sus escritos, sino para que toda persona interesada en mejorar sus habilidades literarias encuentre en el taller indicaciones sobre el lenguaje que no suelen aparecer en los textos escolares.

   Me agradaría que vuelva a escribirme con sus comentarios, y también me interesaría saber cuáles son sus actividades, si está estudiando alguna carrera, o lo que usted considere oportuno referirme.

   La saludo cordialmente.
   Conrado

P.S.: Tiene razón cuando me escribe: "Se nota que lo hace con pasión": entre "No soy filósofo" y "Sin final y sin fe", hace tres días que no hago otra cosa que tomar mate y teclear, sentado horas y horas frente a la computadora. Creo que realmente vale la pena.


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Viernes 08 de Enero de 2010  22:59
Asunto: Ida y vuelta

   Estimado Conrado:
   Antes que nada debo corregirle la frase: "...trato de ofrecer estas lecciones no sólo para quienes tienen como usted la gentileza de enviarme sus escritos... " La gentileza es enteramente suya. Nosotros sólo disfrutamos de su conocimiento y amabilidad. No hacemos otra cosa que colmar sus horas con trabajo, contribuir al declive de su vista y alentarlo a seguir llenando termos con agua caliente.

   He dedicado todo el día a estudiar detalladamente cada una de sus indicaciones. Creí necesario, y sobre todo, justo, consagrar unas cuantas horas –tal como usted lo hizo– a "Sin Final y sin Fe". Notará que nuevamente cometo el error de escribir algunas palabras del título con mayúscula. Pero esta vez irá acompañado de una apreciación personal que usted sabrá disculpar y corregir (en caso de ser un disparate o una confusión propia de una aprendiz viciosa). ¿Por qué este capricho, preguntará usted? Y la respuesta es: por endiosar al lenguaje, por creerlo capaz de irritar a la realidad con su poder de nombrar lo inefable. Aunque parezca contradictorio decir "nombrar lo inefable" creo que no lo es. Y las mayúsculas las concibo como una forma de escapar de esta realidad (aparente) que todo lo escribe con minúsculas. 1

1 Acepto sus ideas personales respecto del uso de mayúsculas, pero como docente debo señalar la forma correcta y dejar por cuenta de los alumnos que se aparten de ella según sus propios criterios. Por otra parte, estoy enteramente de acuerdo con su actitud de "endiosar al lenguaje": en varios comentarios del Taller he transcripto la afirmación de Martín Heidegger: "el lenguaje nombra lo sagrado". Lo sagrado es el ámbito de Dios, y por los mismos motivos que usted arguye escribimos "Dios" con mayúscula. Concuerdo en que "nombrar lo inefable" no implica una contradicción sino que puede considerarse un corolario de la frase de Heidegger. Y también es atinado su rechazo a la realidad tan sólo aparente de lo prosaico y lo minúsculo, frente a la suma Realidad expresada por la poesía.

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   Reproduzco unos versos que seguramente usted reconocerá inmediatamente: "No hay obstrucción posible: es el Principio, la promesa del Fin". Evaristo Carriego (Misas Herejes) se empecinó en violar las reglas de la Academia convirtiéndose, según lo entiendo yo (e insisto en que usted me corregirá) en un simbolista neto. He tomado nota: Único, Supremo, Gloria, Bueno, Maestro, Pecado, Consciencia, Amor, Principio, Nada, Justicia, Dolor, Cruz, Misa, Hombre, Fin, Belleza, Misterio, etc. Todo escrito con mayúscula. ¿Le parece una estupidez o tiene algún sentido escribir así? "Final" y "Fe" no serían muerte y dios respectivamente –aunque estas dos ultimas también las escribo con mayúscula– sino que son abstracciones que nombran, justamente, lo inefable. 2

2 Enteramente de acuerdo, como lo expresé en el comentario a su párrafo anterior.

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   Luego, el tema de la puntuación. He comprendido a través de sus correcciones que los comentarios deben ir entre rayas (las cuales mi teclado se niega a proporcionarme) pero no comprendo cuál es la diferencia entre éstas, los paréntesis, y las comas que encierran un inciso. Por ejemplo: "No soy filósofo, por eso mis pensamientos –liberados del razonamiento lógico– vuelan desde la más remota..." ¿No podría ir comas en vez de rayas? ¿Y el paréntesis? Éste parecería generar una distancia mayor entre oración e inciso. Como una isla. ¿Es correcto? 3  

3 Tal como usted lo menciona, los comentarios deben ir entre las mismas rayas que se emplean para escribir un diálogo (No están en el teclado, y se escriben con Alt + 0150. Es engorroso al principio, pero cuando se lo ha hecho unas cuantas veces resulta tan automático como cuando se usan combinaciones de acentos con mayúsculas.).

   Me voy a extender ahora en la cuestión de rayas, paréntesis y comas.
   
    La raya establece una separación lógica entre contenidos distintos. En los diálogos se coloca al comienzo de la intervención de cada participante, para indicar ese cambio (de lo que dice un hablante a lo que dice o responde otro). Por eso cada intervención debe finalizar con punto y aparte.
   
   Se emplean también rayas para señalar la intervención del narrador en medio de lo que dice uno de los dialogantes. En este caso lo expresado por el narrador debe concluir con una segunda raya, cuya posición correcta es a veces difícil de establecer, sobre todo cuando debe combinarse con otros signos de puntuación. Con las rayas de diálogo ocurre algo singular: cuando su colocación es correcta ni siquiera se las percibe, tan incorporado al subconsciente está su significado para el lector. En cambio todo error en su ubicación lo hace tropezar, y de inmediato percibe que algo está mal.
   
   Esto es tan así que cuando se lee –por ejemplo– un texto en italiano, en el que se interponen espacios entre la raya y el texto (en español las rayas deben ir pegadas al inicio y al final del inciso, aunque he encontrado espacios indebidos en textos impresos en Chile), se produce en el lector una extrañeza inicial, que se va disipando a medida que prosigue la lectura. Puede verse como ejemplo: María Bellonci, Tu vispera gentile (25ª reimpr., Milano, Mondadori, 2006).

   En Edmondo De Amicis, Cuore (Córdoba, Del Copista, 2008), en algunos capítulos aparecen páginas enteras de diálogo colmadas de texto, sin puntos y aparte y con las rayas "flotando" entre espacios. En otros capítulos se han hecho al menos los puntos y aparte correspondientes, con lo que la lectura resulta menos fatigosa. El primer libro extenso que leí, obsequiado por mi papá, fue precisamente Corazón, (Bs.As., Anaconda, 1952). En esta vieja edición la traducción resulta tal vez excesivamente castiza, pero su puntuación española es impecable.

   Para indicar expresiones textuales pueden utilizarse comillas en lugar de rayas de diálogo, pero sólo conviene hacerlo cuando se trata de un diálogo de unas pocas líneas. En italiano parece haber una mayor amplitud de criterios, que en algunos casos llega a entorpecer la fluidez de la lectura: Por ejemplo en Zorro. Un eremita sul marciapiede (Margaret Mazzantini, 10ª reimpr., Milano, Mondadori, 2008), páginas completas de diálogo aparecen entre comillas, y su abundancia llega a "ensuciar" gráficamente el texto.  

   A veces se llega a prescindir completamente de puntos aparte y de rayas, y se reemplaza todo por comas, como puede verse en Antonio Tabucchi, Sostiene Pereyra, 22ª ed., Milano, Feltrinelli, 2004. Resulta un texto denso, a la manera de las novelas de Franz Kafka, y es posible que la intención del autor haya sido la de producir un clima asfixiante como el de El proceso o El castillo.

   Todos estos ejemplos no hacen más que corroborar la importancia del empleo de una puntuación lo más precisa y ortodoxa posible, dentro de la variabilidad de los distintos lugares y épocas. Si bien la originalidad debería surgir más del contenido de un texto que de su presentación gráfica, es posible que el autor no esté intentando ser original sino que solamente prescinda de algunas convenciones que le resultan tediosas. Éste parece ser el caso de Mario Benedetti, que en su Inventario (Bs.As., Espasa Calpe, 1993, 607 p.) no coloca signos de puntuación. Además del riesgo de ambigüedad, esto origina la necesidad de leer cada poema varias veces para establecer la entonación y el énfasis correctos. Cuando los he leído en "Terapia Tanguera" recurrí a agregar con lápiz las comas, puntos y demás signos faltantes, para poder hacer sin tropiezos su lectura en voz alta.

   Los paréntesis delimitan una aclaración o comentario que interrumpe el párrafo sin apartarse de su sentido general, de modo que no modifica sustancialmente la entonación que se da a su lectura, tanto mental como en voz alta. En muchos casos se los puede reemplazar por comas, pero se justifica su uso cuando facilita la elocución de un párrafo con varias comas.

   En resumen, la raya es de uso prácticamente obligatorio en ciertas circunstancias, mientras que la elección de paréntesis o de comas para delimitar un inciso depende más bien de cierto equilibrio que se desea otorgar al párrafo, y es una decisión regida en cierto modo por el buen gusto del autor.

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   Siempre recuerdo una frase de Clarice Lispector: "No me corrija. La puntuación es la respiración de la frase. Y mi frase respira así" 4

4 La frase de Lispector es una expresión metafórica de quien ya ha mostrado a través de su obra que sabe escribir. Puede ser admisible en un caso así, pero no lo es tanto cuando se trata de formular una norma para la escritura correcta. La "ciencia del lenguaje" (Martín Alonso), como toda ciencia, debe ser propuesta con sencillez y objetividad, despojada de cualquier expresión que, a pesar de poseer cierta connotación didáctica, pueda resultar efectista y consistir en realidad en una mera defensa ante la crítica.

   Suele incurrirse en giros semejantes, literarios pero escasamente objetivos, en los así llamados "textos de divulgación científica". En Uno y el universo (4ª ed., Bs.As., Sudamericana, 1973, "Divulgación", pp. 42) Ernesto Sabato sostiene que es imposible realizar seriamente tal divulgación. Y aunque la filosofía no es estrictamente una ciencia, como ejemplo de tal imposibilidad bastan los dislates televisivos de José Pablo Feinmann tratando de hacer comprensible a los legos el pensamiento de Hegel, Kant o Descartes.

La Epistemología –o filosofía de la ciencia– tiene entre sus finalidades precisamente la de depurar el discurso científico de toda expresión que incluya connotaciones afectivas, emocionales –subjetivas, en suma–, y aproximarse así lo más posible a la imparcialidad y objetividad requerida por la ciencia. Un texto clásico y a la vez accesible sobre este tema es el del argentino Mario Bunge La ciencia, su método y su filosofía (Bs. As., Siglo Veinte, 1980, 110 p.).

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Yo agregaría: mas allá de las formalidades. Usted muchas veces –en las correcciones– ha resaltado la importancia de una lectura sin tropiezos, limpia, amena para el lector. Y esto, en varias oportunidades (como es mi caso), se ve afectado por la ubicación de los signos de puntuación. No dudo que usted tiene razón en esto. Pero me permito hacer una apreciación. Por ejemplo, en la frase: "Yo la observaba como a través de una cámara impuesta por un director caprichoso en un ángulo extravagante. Veía sus ojos cansados; veía su boca en suspenso; sentía su flamante voluntad de inventar algo en lo que pudiese creer". Usted me corrigió cambiando el punto y coma por una coma (ya que se trata de una enumeración). Pero si yo quiero/siento que entre acto (ver) y acto (sentir, volver a ver) transcurre un tiempo mayor al que me proporciona una coma necesito de un signo que detenga al lector entre acción y acción (sin llegar al punto). Digamos que la frase respira contagiada por la respiración (pausada, atenta, callada) del narrador que se encuentra en una situación cargada de tensión. Por favor, no piense usted que intento justificar mis errores con desvaríos. Comparto su idea de que los errores no constituyen ningún estilo. Es enteramente cierto. Pero este que acabo de expresarle es un sentimiento que no pude reprimir (quizá sea un despertar inoportuno de mi ego). Le pido disculpas y paciencia. 5

5 El uso de coma, punto y coma o incluso punto y seguido en una narración está regido por normas generales, como la que establece que los elementos de una enumeración deben estar separados por comas. En la corrección me atuve una vez más a la regla que debe enseñarse, pero el autor puede apartarse de ella cuando no lo hace por ignorancia sino por consideralo oportuno para expresar mejor su pensamiento. El párrafo que usted me transcribe podría incluso, para enfatizar el clima de creciente tensión, "llegar al punto": ""Yo la observaba como a través de una cámara impuesta por un director caprichoso en un ángulo extravagante. Veía sus ojos cansados. Veía su boca en suspenso. Sentía su flamante voluntad de inventar algo en lo que pudiese creer.".

   Las muchas veces sutiles distinciones entre el uso de comas, paréntesis y rayas dependen, como usted lo ha dicho, del "modo de respirar" de cada autor, o del modo en que desea indicarle al lector que debe "respirar" para interpretar cabalmente su texto. "Interpretar" implica "recrear": admite un amplio margen de variación por parte de quien realiza la interpretación. Y esto no sólo acontece cuando un músico "interpreta" una partitura, sino también en otras profesiones. Los ópticos, por ejemplo, dicen que "interpretan" la receta del oculista, con lo que expresan que su tarea implica un verdadero aporte personal. Y aunque no suelen decirlo –tal vez porque el noble oficio de preparar la comida connota cierto matiz de humildad– las buenas amas de casa interpretan también con su arte doméstica las recetas de Doña Petrona, su maestra por antonomasia..

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   Otro punto. Si el narrador es omnisciente –como creo que es el de "Sin Final y sin Fe"– ¿no puede afirmar categóricamente que: "las páginas siguientes le parecieron interesantes"? 6

La omnisciencia del narrador admite, dentro del nivel que establece según el nivel del texto, distintos grados, y en un relato determinado lo habitual es que se conserve en un mismo nivel, sin hacer concesiones que implicarían un cambio en la situación en que se desarrolla el relato. En el caso de "Sin final y sin fe", la omnisciencia del narrador se limita a que puede contemplar todos los elementos de la escena y percibir cada detalle significativo, incluyendo –por ejemplo– la temperatura de la alfombra. Pero tal como está presentado el texto, el narrador sólo debería poder conocer indirectamente a través de sus gestos, como cualquier mortal no omnisciente, lo que está pensando la persona a la que describe.

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   Lo último. "...su cuerpo tendido sobre la alfombra roja eclipsada de sueño" Con esto yo me estaba refiriendo a la alfombra (eclipsada = oscurecida de sueño, del sueño de la mujer). Eso es lo que quise expresar, una alfombra roja pero oscurecida, apagada, disminuida por el peso del sueño de aquella mujer. 7

   7 Cuando hice la corrección consideré que la ambigüedad de la oración podía significar que no se hablaba de la mujer sino de la alfombra, pero me incliné por la posibilidad más convencional porque se supone que el narrador está precisamente narrando, y si aparecen expresiones o imágenes atípicas no deberían ser suyas sino de la protagonista.

   Dentro del particular estilo del relato, podía significar, como usted dice: "una alfombra roja pero oscurecida, apagada, disminuida por el peso del sueño de aquella mujer.". El narrador puede estar efectivamente refiriéndose a la alfombra, pero corre el riesgo de resultar ambiguo. La norma general –el maestro debe enseñar la forma considerada canónica, no sus excepciones– es evitar la anfibología, porque el lector no dispone de la cercanía inmediata del autor para que éste le aclare lo que quiso decir.

   Por otra parte, si bien en la interpretación de un texto cada lector proyecta elementos de su propio psiquismo, debería haber cierto significado objetivo más allá de sus implicancias psicológicas, para no caer en el psicologismo que a todo le atribuye un sentido oculto, como si la vida fuera una sucesión de láminas de Rorschach. El propio Sigmund Freud, ante el abuso de intepretación psicoanalítica que suscitaba su obra, exclamó en tono humorísticamente desconsolado: "¿Cómo debe hacer una persona que sueña con un tren, para que su sueño signifique que soñó con un tren?".

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   Desde luego que el texto volverá a ser puesto bajo la lupa. Intentare perfeccionarlo. Siempre me ocurre que, con el tiempo, todo lo que escribí me resulta –al cabo de unos meses– defectuoso. Nunca termino de anexarle fragmentos. Esto me recuerda al modo de escribir de Griselda Gambaro, quien en una entrevista confesó: "Trabajo por agregados. Nunca tacho sino que agrego". En fin, creo en la frase de Abelardo Castillo. Yo acostumbro repetir: "Corregir hasta que duela" y es así como vivo, corrigiendo no solo la escritura sino también las acciones, el modo de proceder, la forma de hablar. Y concuerdo en que es necesario un maestro, una guia. Usted ha sido un privilegiado, tener a Homero Expósito como maestro debe haber sido maravilloso. Ya pinté su frase: "Dejar de mirarse al espejo y mirarse desde el espejo" en la pared de mi "cueva", junto a muchas otras que diariamente me recuerdan lo que nunca olvido.

Yo me forjé (aún lo hago y lo seguiré haciendo) un caminito de tierra –al margen de muchas opiniones y reglamentaciones (familiares y extrafamiliares)– en el que sólo existe la voluntad de vivir libremente y el deseo de llegar a comprender algo algún día.

   Usted dice "...no meramente alumnos interesados en aprobar una asignatura..." esto me recuerda al método de Pierre Boulez. Al inicio de las clases a todos sus alumnos les ponía 10.  8  Así no sólo evitaba la competencia sino que también anulaba la idea de que el profesor es El Jefe. En esto, la teoría de "El maestro ignorante" de Rancière es fundamental y muy atractiva (cercana a la mayeutica socrática). 9

8 El procedimiento adoptado por Boulez es un recurso didáctico que en el contexto adecuado –alto nivel de motivación de los alumnos, abundantes conocimientos previos–, puede resultar eficaz. Los alumnos de cierto brillante profesor de Teología –el doctor Benito Santecchia, S.D.B.– sabíamos, por experiencia de otros cursos, que todos seríamos calificados con un diez o en el peor de los casos con un nueve, y esto nos motivaba a estudiar a conciencia y a profundizar la reflexión personal sobre los temas de la asignatura. Es también –evidentemente– el caso suyo, María José, con respecto al aprendizaje de la mejor manera posible de escribir. Pero la inmensa mayoría de los profesores de la parodia en que se ha convertido la escuela secundaria –ese nivel que antaño producía capacitados técnicos, bachilleres, peritos mercantiles y maestras– sonreiría tristemente si se les propusiera calificar de antemano con sobresaliente a todos sus alumnos para evitar que compitan entre ellos. Creo que resulta innecesario enumerar aquí los porqués, pero puede ser oportuno remitirse al libro de Guillermo Jaim Etcheverry La tragedia educativa (3ª  reimpr., Bs.As. F.C.E., 1999, 231 p.).

9 Tal como usted lo dice, la propuesta de Rancière es una variante más de la mayéutica socrática. En realidad no aporta nada nuevo, y se la puede incluir en la modalidad de quienes actualmente son presentados como "filósofos" por los medios masivos de comunicación: Reitera un tema manido, y esto desata una gran cantidad de interpretaciones, anécdotas y discusiones, hasta que sobreviene el hartazgo y es reemplazado por otra cuestión que también pasará al olvido con mayor o menor rapidez. Mi actitud al respecto, desde hace décadas, es no darle de comer al chancho, y limitarme al estudio de los clásicos, comenzando por Sócrates y sus mejores comentaristas: Al respecto, le sugiero la lectura de una de las más hermosas obras de Romano Guardini –aunque todas ellas son tan sólidas intelectualmente como bellas literariamente–: La muerte de Sócrates (Bs.As., Emecé, 1997, 317p.).

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Me sorprende (seguramente usted me lo podrá refutar y explicar) que me haya preguntado por mi "carrera", es decir, por mis estudios universitarios. El término carrera, entendido como conjunto de estudios que habilitan para el ejercicio de una profesión deriva de la primera acepción, o es mas bien una deformación, o degeneración de esta palabra. Porque la RAE entiende que "carrera" significa: pugna de velocidad entre dos personas que corren. Se trata de un trayecto, de un recorrido, sin duda, pero carrera siempre implica velocidad. ¿Es esto la universidad? ¿Una carrera tanto para alumnos como para profesores? Muchas veces lo he sentido de este modo. 10

10 En efecto, "carrera" es una manera convencional de referirse al "conjunto de estudios que habilitan para el ejercicio de una profesión", y aunque su empleo es correcto (es la séptima acepción de "carrera" de entre las veinticuatro que reconoce la RAE) comparto totalmente su apreciación. Desde la época en que estudiaba hasta hoy, más de tres décadas después,
me ha producido una particular repugnancia lo que connota el término "carrera" aplicado a la universidad. Y he llevado a la práctica ese rechazo, que siento visceralmente, hacia esa multitud de personas que intenta conservar una apariencia de dignidad y decoro mientras pugnan a codazos y empujones por llegar primero a ninguna parte humanamente valiosa, pero retribuida con una beca, un cargo, una distinción o un viaje "de estudios" pagado con el dinero de muchos que nunca han podido estudiar.

   Personalmente he llevado a la práctica ese rechazo, y como me negué a correr, ni siquiera llegué último en la que se supone que era "mi carrera": académica y universitariamente hablando no llegué a ninguna parte. A cambio de eso, tanto desde la cátedra como en lo que he publicado por escrito, y sobre todo por radio y televisión, siempre he hecho lo que se me daba la gana, en el sentido de sostener no sólo lo que me parece correcto desde el punto de vista "profesional", sino también lo que considero valioso desde un punto de vista ético.

   La tan generalizada cultura del oportunismo profesional suele ordenar así los valores del deber, del gusto y de la conveniencia: Hago lo que me conviene, aunque no sea lo que debo hacer, y ni siquiera lo que me gusta. Por mi parte, cuando me han dicho que no me convenía trabajar gratis para personas desconocidas a la vez que rechazaba un puesto muy bien remunerado por no ser cómplice de las empresas que envenenan el aire y el agua de Ingeniero White, he contestado que ante todo trato de hacer lo que debo, aunque no me convenga y muchas veces, como todo deber, me desagrade. En segundo lugar trato de hacer lo que me gusta, aunque no me convenga e incluso aunque no sea lo que debería hacer. Y dejo en el último puesto la búsqueda de mi conveniencia, porque como sucede con los lirios del campo y los gorriones de los sembrados, existe Quien se ocupa de que no me falte nada indispensable.

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   Como usted recuerda, soy de La Plata. Una ciudad que adoro y que me da mucha felicidad. Estudio Historia del Arte en la facultad de Bellas Artes de la UNLP. Ingresé el año pasado y un solo año me ha bastado para sentir la competencia, la falta de pasión por el ejercicio de la docencia ( y de preparación) y el desinterés de mis compañeros por todo. Es frustrante y demoledor para un espíritu que, como el mío, intenta superarse de la mano de otros. Abrazado al deseo de encontrarse (en el sentido único de la palabra) con el otro para crecer y para compartir conocimiento. En este sentido, y entrando en un ámbito que usted conoce a la perfección, rescato la actividad que se lleva a cabo en Radio Universidad de La Plata. Justamente a esta hora se transmite un programa llamado "Los misteriosos espejos del tango" conducido por Gustavo Provitina. Un gran amante y conocedor del tango, además de una excelente persona. Le dejo el link para que lo escuche, si así lo desea: http://www.lr11.com.ar
Y le pregunto: ¿Continúa "Terapia Tanguera" durante los meses de enero y febrero? Aún no he podido escucharlo nunca. Espero poder hacerlo pronto. 11

11 Me propongo iniciar un nuevo ciclo de Terapia Tanguera el domingo 7 de marzo, de 22 a 24. Se podrá oir por Internet en www.nacionalbahiablanca.com.ar

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Bueno, como sé que estas cosas no lo aburren, y en cierto modo todo es una respuesta a sus observaciones sobre el texto que envié, no me he inhibido mucho al escribir extensamente.
Y plagiando a Fernando Pessoa: "Perdóneme aquello en que las expresiones hayan fallado a las ideas y lo que las ideas hayan robado a la mentira o a la indecisión". Todo lo he escrito de buena fe y con absoluto respeto por su persona, sus conocimientos y sus ideas. Muy pronto le enviaré un nuevo texto, si me autoriza.

Reitero mi agradecimiento y admiración por su trabajo.
Lo saludo afectuosamente
María José

P.S. (¿P.S significa posdata? Siempre lo escribí PD porque así lo vi escrito infinidad de veces. ¿Podría aclararme la cuestión?): He conseguido el libro recomendado por Ud. en muchos textos: Ciencia del lenguaje y arte del estilo, de Martín Alonso. ¡Es maravilloso! Le agradezco la recomendación. 12

12 La inscripción "posdata" es una costumbre latina, de cuando un escrito concluía solemnemente "charta data" (documento dado) en tal lugar y tal fecha.
Aún hoy se suele otorgar especial formalidad a un escrito poniendo al final, por ejemplo: "Dado en La Plata, a los ocho días del Año del Señor 2010." (aquí aparecen las mayúsculas con el sentido ponderativo que usted les ha asignado en el tercer párrafo de su carta.).
Cuando se deseaba hacer una añadidura al texto luego del lugar y la fecha, se le anteponía –como se lo sigue haciendo actualmente– "postdata" o "posdata", o sea "P. D."
Como existe desde hace mucho tiempo la costumbre de encabezar el escrito con el lugar y la fecha en vez de ponerlos al final, se suele anteponer a las añadiduras "P. S.", o sea "post scriptum" o "post scripta" (según se lo considere en singular o en plural).

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Jueves 21 de Enero de 2010 02:49
Estimado Conrado:

   En Ciencia del lenguaje y arte del estilo, Martín Alonso distingue la función y las características del lenguaje oral y del lenguaje escrito. Yo creo –retomando el tema del lenguaje que se utiliza en las cartas y en los mails– que se han transferido las características del lenguaje oral (del dialogo cotidiano: desordenado, intuitivo, veloz, sin reflexión previa, etc.) al lenguaje escrito, por una cuestión de comodidad. Y esto, también, se relaciona con la forma en que vivimos como sociedad y como individuos. Hedonismo, individualismo, vértigo, liviandad, narcisismo, y egoísmo, todo se refleja en el lenguaje. 13

13 Efectivamente, esa es una prueba más de que, como lo ha dicho Martín Heidegger, "el lenguaje es la casa del ser".

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   Lo recordé al releer La agonía del cristianismo, de Miguel de Unamuno, porque usted me ha dicho que es cristiano (al igual que yo). ¡Es un libro fantástico! Sobre todo esa primera afirmación que rescata el verdadero (original) sentido de la palabra "agonía": "Agonía quiere decir lucha. Agoniza el que vive luchando, luchando contra la vida misma. Y contra la muerte.". Jesús vino a traernos agonia, no paz. Luego me detuve a pensar sobre el termino "discípulo", y me pregunté si no deriva de "disciplina". Internet no supo contestarme, y la biblioteca, desgraciadamente, esta cerrada, por lo que no pude consultar ningún diccionario de etimologías. Le sumo a todos los pedidos anteriores esta nueva y reciente duda. 14

14 Tal como usted lo dice, agonista es el luchador, el que se traba en lucha con las dificultades de la existencia. En el teatro griego ya se denominaba protagonista" (proto agonista, primer luchador) al "primer actor" de la obra.

   Por su parte, la palabra "discípulo" viene del latín "discipulus", y ésta a su vez de "discere", aprender, o sea "quien aprende o quien se deja enseñar". La palabra "disciplina" también deriva de "discipulus" en el sentido del orden que se necesita para poder aprender. De aquí procede también –dentro del macaneo didáctico actual– el jueguito con palabras que se asemejan: "docente" (de "doceo", enseñar) y "discente" (el que aprende). También se ponen de moda otros parónimos semejantes: "me preocupo y me ocupo", dicen algunos políticos; a otro lo oí decir: "soy un funcionario, de modo que funciono", y he oído otras gansadas semejantes, como: "lo entiendo y tiendo a solucionarlo".

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P.S.: He encontrado el libro de Abelardo Castillo Ser escritor, y saber que comenzó su diario a los 19 años me impulso a comenzar el mío. Siempre creí que ya era tarde. Pero descubro que no. Escribir un diario me resulta muy divertido.15

15 Escribir un diario personal, además de su valor como motivación para reflexionar sobre los acontecimientos y decisiones de la propia vida, es una excelente manera de ejercitarse en el oficio de poner por escrito pensamientos, sentimientos, emociones, con claridad, con orden y hasta con amenidad y gracia literaria. Además de sus novelas, he leído tres extensas biografías de León Tolstoi, y en ellas se cuenta que tanto él como su esposa Sofía, algunos de sus hijos, e incluso su secretario, llevaban minuciosos diarios que han servido precisamente para reconstruir aspectos interesantes y complejos de la vida de este gran hombre.

   Es notable como varía con los años la percepción de nuestra propia existencia. Usted me dice: "Siempre creí que ya era tarde" para comenzarlo, y eso me recuerda que cuando inicié la escritura del mío también vacilaba porque me parecía que ya había habido muchos acontecimientos importantes en mi vida que no iba a poder reflejar. ¡Y tenía catorce años!

   Conservo más de tres mil páginas en una treintena de cuadernos, que abarcan desde esos años de adolescente hasta poco antes de concluir mis estudios de filosofía en 1975, y creo que ese ejercicio sistemático ha sido entre otras cosas una excelente manera de disciplinarme y de encontrar en su relectura nuevas fuerzas para seguir adelante con mis proyectos.

   Ahora conservo tan sólo la oración como fuente de paz y motivo de reflexión. Al respecto, un compañero de docencia en
filosofía, el profesor Héctor Omad, me obsequió un libro que puedo recomendar, y que contiene lecturas para cada día del año. Me apresuro a consignar que no se trata de una agenda más, de esas con obviedades y frases hechas, sino de la obra de un gran teólogo benedictino, Anselm Grün, cuyo título alude a la que debe ser nuestra manera de amar a Dios: Con el corazón y todos los sentidos (Bs.As., Lumen, 2003, 399 p.)

   El pasado invierno estuve en Buenos Aires, y en la librería "San Pablo" de la avenida Callao encontré y compré otro excelente libro de Grün, que cada día me resulta más indispensable, puesto que estoy cercano a cumplir sesenta y tres años: El arte de envejecer (Bs. As., San Pablo, 2009, 143 p.) Creo que algo estoy comenzando a aprender, y una de las actitudes que me he propuesto y que ha alegrado a mi amigo Héctor (quien me lo pide desde hace años) es: "hablar menos y escribir más". Por eso me estoy dedicando cada vez más a esta tarea tan agradable de pasar de la enseñanza oral a la enseñanza por escrito, que tal vez resista el paso del tiempo mejor que la palabra.

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