De: Germán Lucas Passerini  (Chascomús, Pcia. de Buenos Aires)
Enviado: Sábado 06 de Febrero de 2010 17:13
Asunto: Texto y saludos

Sr. Conrado:
Ante todo quería saludarlo y felicitarlo por su trabajo. Aunque hace mucho tiempo que no mando un texto, no dejo de visitar y aprender de sus trabajos y consejos. Le envío un texto que hace tiempo escribí y ya le dí su merecido descanso. Ahora que lo retomo para afinarlo, me gustaría una opinión suya. No lo quiero molestar pidiéndole una correción minuciosa ni mucho menos, sino algo que usted pueda aconsejarme a vuelo de pájaro, porque es texto que me hace un poco de ruido y, aunque no me desagrada, tengo intenciones de borrarlo completamente para reescribirlo. A ver qué opina.
Desde ya muchas gracias. Un abrazo.
Lucas Passerini

Nota: Pueden leerse otros envíos de Germán Lucas Passerini: "La desgracia" y "La inventada" (enero de 2007)
           y "Segunda oportunidad" (febrero de 2008)

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Versión corregida:

                                          Tal vez el amor o la desgracia

   Ahí estábamos los dos. Suena extraño decir "los dos", como si la unión de ese par fuera algo imposible. Juro que allí estábamos y hasta habíamos pedido un café. Ella sonriendo desde el otro lado de la mesa, yo con esas ganas enfermas de fumarme un cigarrillo.
   Recuerdo que en algún momento el murmullo del bar se fue callando, y cuando quisimos acordarnos el lugar estuvo vacío y nos sentimos solos en aquel rincón donde una ventana nos permitía ver la calle. Ambos veíamos por la abertura lo que la gente hacía afuera: esa cotidianeidad espantosa, ese amontonarse sobre la vereda como guiados por algún voyeur funesto. Nosotros intentábamos distraernos. Yo me perdía conjeturando cosas absurdas, intentando razonar por qué es tan complicado compartir un café con una mujer hermosa. Uno se fija en ciertos gestos, en cómo se entrecierran los ojos cuando el borde del pocillo llega a tocar la nariz, en la manera de tomar el recipiente con ambas manos mientras los codos permanecen apoyados sobre la mesa, o en ese bajar de cabeza y jugar con los dedos a quitar los puntos grises de la fórmica.
    No (pensaba yo, o deliraba yo): tomar un café no es el acto mecánico de beber, salvo para esas personas que sólo pueden ver lo explícito, lo que se define y se resuelve delante de ellos como una realidad real. No sé como explicarlo. No es una flor en un florero y razonar ese conjunto como un par de sustantivos. Hay otra realidad detrás de esa semántica, y ni la flor ni el florero son lo que dicen ser, sino que están ahí explicando algo, quizás la vida, la muerte, tal vez el amor o la desgracia. No lo sé, pero alguna otra cosa dicen. Por el mismo principio, la mujer que tiñe de rojo el filo de esa taza está ahí, frente a mí, diciendo que ni ella ni yo somos en ese momento lo que realmente somos. Menos aún, ella.
   Y yo la veía con ese amor primerizo, como se suele amar a cualquier otra mujer hermosa que se nos cruza en la esquina una sola vez en la vida. Así la había visto en la calle (porque antes estuvimos en la calle) en el momento en que llegaban los chusmas de siempre, con sus caras de chusma de siempre, a ver esa realidad tan primitiva como algo muerto sobre el pavimento. Creo que dije algo tan vulgar como esto: "ya llegan los fanáticos del espanto". Ella no dijo nada, pero pude verle los ojos entonces y comprendí que había aprobado esa estupidez mía. Es más, hasta ahí nosotros éramos parte de ese espanto.
   No sé cuanto tiempo transcurrió ahí afuera, ahí donde seguían estando los chusmas que a esas alturas despreciábamos. Nos fuimos desplazando, nos fueron corriendo desde el cordón de la calle hacia la vereda. Resistimos todo lo que pudimos. Nos quedamos parados bajo el marco de la puerta de ese bar, hasta que las personas que estaban en el interior quisieron llegar a la vereda a ver ya no sé qué cosa, y ahí estábamos nosotros luchando para no entrar y al mismo tiempo para no salir. Lo extraño es que no nos habíamos hablado más allá de su respuesta a mi comentario, pero yo estaba convencido, no sé en qué medida, de que ella estaba conmigo, y de que la amaba. Recordé que el amor distrae, como dice Bunbury en una de sus canciones, porque para entonces yo ni buscaba la escena ni veía a nadie. Estaba perdido en una de las tantas formas del delirio, y comenzaba a rasguñar el marco de la puerta con cierta ferocidad.
   Luego ambos con las tazas entre las manos, mirándonos, sabiendo que esa realidad nos estaba consumiendo.
   Yo no intentaba seducirla. Nunca entendí ni supe cómo seducir a una mujer. Ni siquiera a un perro. Me limitaba a observar pequeñas cosas, ya lo dije, y a tratar de dilucidar cuántas palabras podría haber dicho hasta entonces. Sabía que el momento se iba disipar como se disipa ese hecho de la flor en el florero ante los ojos de algún ciego. Yo lo sabía de una manera terrible, y lo sufría. Así que le quitaba de encima la vista o trataba de distraerme viendo la televisión que colgaba de una pared, o persiguiendo el vuelo de una mosca, o buscando el rincón de la araña. Porque sabía que esas realidades estaban en cualquier bar, y que la araña caza la mosca y que el mozo cambia de canal y que ambas escenas se pueden ver tan facilmente como se toma un café. O sea que trataba de ser uno de ellos, de ser normal y vivir un presente donde una mujer ahora me hablaba, o yo imaginaba que me hablaba, y yo le respondía de un modo aniñado, temeroso de que ella se diera cuenta de que este hombre corriente trataba de no ver esa otra realidad inverosímil. Creo que en el fondo presentía lo que estaba ocurriendo, ambos lo presentíamos. Ella como una desdicha, como algo accidental, como: "así se dieron las cosas, por algo fue". Yo como un tipo que estaba a punto de sufrir una despedida injusta.
   Así, con lágrimas en los ojos, como para que ella no me viera, giré la silla y le di el perfil. Vi por la ventana que la multitud se había tragado la vereda. No sé qué esperaban, qué querían ver. Sentí como unas ganas de matar a alguien. Hasta había un tipo que mientras miraba se sacaba los mocos con el filo de la uña del meñique, otro que a su lado comía papitas fritas a puñados levantando para esto su estúpida boca de sapo hacia el cielo. Esas imágenes puras, propias de una realidad uterina, son las que me infundían esas ganas de matar y comerme crudo un puñado de idiotas. Porque yo lloraba un llanto real para entonces, y ella se fue dando cuenta, la tonta se fue dando cuenta de que en cada lágrima iba un pedazo de ese florero irreal, un pétalo de esa flor de fantasía. Como si terminara de entender que yo era un tipo tan real y enfermo como cualquier otro habitante de este mundo, para nada diferente de aquel que veinte minutos antes la había visto tendida ahí donde aún estaba. Recién entonces decidí marcharme. Me fui alejando, despojándome de comentarios y de imágenes absurdas. Caminé hacia afuera del círculo, me abrí paso aún convencido de que esa mujer de cabellera oscura no era en realidad lo que decía ser. Así de sencillo: para mí era un ángel dormido sobre el asfalto, para otros un cuerpo atropellado, y para ella, a esas alturas, yo no era nadie.

                                                                                                                                           Lucas Passerini

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Versión original:

                                                                   Talvez1 el amor o la desgracia

     Ahí estábamos los dos. Suena extraño decir "los dos", como si la unión de ese par fuera algo imposible. Juro que allí estábamos y hasta habíamos pedido un café. Ella,2 sonriendo desde el otro lado de la mesa, yo con esas ganas enfermas de fumarme un cigarrillo.
     Recuerdo que en algún momento el murmullo del bar se fue callando, y cuando quisimos acordar2 el lugar estuvo vacío y nos sentimos solos en aquel rincón donde una ventana nos permitía ver la calle. Ambos veíamos por la abertura lo que la gente hacía afuera: esa cotidianeidad espantosa, ese amontonarse sobre la vereda como guiados por algún voyeur funesto. Nosotros intentábamos distraernos. Yo me perdía conjeturando cosas absurdas, intentando razonar por qué es tan complicado compartir un café con una mujer hermosa. Uno se fija en ciertos gestos, en cómo se entrecierran los ojos cuando el borde del pocillo llega a tocar la nariz, en la manera de tomar el recipiente con ambas manos mientras los codos permanecen apoyados sobre la mesa, o en ese bajar de cabeza y jugar con los dedos a quitar los puntos grises de la fórmica. No (pensaba yo, o deliraba yo): tomar un café no es el acto mecánico de beber, salvo para esas personas que sólo pueden ver lo explícito, lo que se define y se resuelve delante de ellos como una realidad real. No sé como explicarlo. No es una flor en un florero y razonar ese conjunto como un par de sustantivos3. Hay otra realidad detrás de esa semántica4 y ni la flor ni el florero son lo que dicen ser, sino que están ahí explicando algo, quizás la vida, la muerte, talvez el amor o la desgracia. No lo sé, pero alguna otra cosa dicen. Por el mismo principio, la mujer que tiñe de rojo el filo de esa taza está ahí, frente a mí, diciendo que ella ni yo somos en ese momento lo que realmente somos. Menos aún, ella.
     Y yo la veía con ese amor primerizo, como se suele amar a cualquier otra mujer hermosa que se nos cruza en la esquina una sola vez en la vida. Así la había visto en la calle (porque antes estuvimos en la calle) en el momento5 que llegaban los chusmas de siempre, con sus caras de chusma de siempre, a ver esa realidad tan primitiva como algo muerto sobre el pavimento. Creo que dije algo tan vulgar como esto: ya llegan los fanáticos del espanto6. Ella no dijo nada, pero pude verle los ojos entonces y comprendí que había aprobado esa estupidez mía. Es más, hasta ahí nosotros éramos parte de ese espanto. No sé cuanto tiempo transcurrió ahí afuera, ahí donde seguían estando los chusmas que a esas alturas despreciábamos. Nos fuimos desplazando, nos fueron corriendo desde el cordón de la calle hacia la vereda. Resistimos todo lo que pudimos. Nos quedamos parados bajo el marco de la puerta de ese bar, hasta que las personas que estaban en el interior quisieron llegar a la vereda a ver ya no sé qué cosa, y ahí estábamos nosotros luchando para no entrar y al mismo tiempo para no salir. Lo extraño es que no nos habíamos hablado más allá de su respuesta a mi comentario, pero yo estaba convencido, no sé en qué medida, de que ella estaba conmigo, y de que la amaba. Recordé que el amor distrae, como dice Bunbury,7 porque para entonces yo ni buscaba la escena ni veía a nadie. Estaba perdido en una de las tantas formas del delirio, y comenzaba a rasguñar el marco de la puerta con cierta ferocidad.
     Luego ambos con las tazas entre las manos, mirándonos, sabiendo que esa realidad nos estaba consumiendo.
     Yo no intentaba seducirla. Nunca entendí ni supe como8 seducir a una mujer. Ni siquiera a un perro. Me limitaba a observar pequeñas cosas, ya lo dije, y a tratar dilucidar cuantas9 palabras podría haber dicho hasta entonces. Sabía que el momento se iba disipar como se disipa ese hecho de la flor en el florero ante los ojos de algún ciego. Yo lo sabía de una manera terrible, y lo sufría. Así que le quitaba de encima la vista o trataba de distraerme viendo la televisión que colgaba de una pared, o persiguiendo el vuelo de una mosca, o buscando el rincón de la araña. Porque sabía que esas realidades estaban en cualquier bar, y que la araña caza la mosca y que el mozo cambia de canal y que ambas escenas se pueden ver así de fácil10 como se toma un café. O sea que trataba de ser uno de ellos, de ser normal y vivir un presente donde una mujer ahora me hablaba, o yo imaginaba que me hablaba, y yo le respondía de un modo aniñado, temeroso de que ella se diera cuenta de que este hombre corriente trataba de no ver esa otra realidad inverosímil. Creo que en el fondo presentía lo que estaba ocurriendo, ambos lo presentíamos. Ella como una desdicha, como algo accidental, como así se dieron las cosas, por algo fue.11 Yo como un tipo que estaba a punto de sufrir una despedida injusta.
Así, con lágrimas en los ojos, como para que ella no me viera, giré la silla y le di el perfil. Vi por la ventana que la multitud se había tragado la vereda. No sé qué esperaban, qué querían ver. Sentí como unas ganas de matar a alguien. Hasta había un tipo que mientras miraba se sacaba los mocos con el filo de la uña del meñique, otro que a su lado comía papitas fritas a puñados levantando para esto su estúpida boca de sapo hacia el cielo. Esas imágenes puras, propias de una realidad uterina, son las que me infundían esas ganas de matar y comerme crudo un puñado de idiotas. Porque yo lloraba un llanto real para entonces, y ella se fue dando cuenta, la tonta se fue dando cuenta de que en cada lágrima iba un pedazo de ese florero irreal, un pétalo de esa flor de fantasía. Es como que terminó de entender12 que yo era un tipo tan real y enfermo como cualquier otro habitante de este mundo, para nada diferente de aquel que veinte minutos antes la había visto tendida ahí donde aún estaba. Recién entonces decidí marcharme. Me fui alejando, despojándome de comentarios y de imágenes absurdas. Caminé hacia afuera del círculo, me abrí paso aún convencido de que esa mujer de cabellera oscura no era en realidad lo que decía ser. Así de sencillo: para mi13 era un ángel dormido sobre el asfalto, para otros un cuerpo atropellado14 y para ella, a esas alturas, yo no era nadie.

                                                                                                                                   Lucas Passerini
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   Estimado Germán (o Lucas, si prefiere que lo llame así):
   Aunque usted me pide una opinión "a vuelo de pájaro", aprovecho la oportunidad para hacer indicaciones que pueden interesar a quienes visitan el taller –como me dice que lo hace usted– en busca de algún aspecto formal que les resulte útil para mejorar sus escritos.

Correcciones

1 "talvez" es un americanismo aceptado, pero la forma española más usual es "tal vez".

2 Puede prescindirse de la coma después de "ella".

2 "cuando quisimos acordar": Es más correcta la forma pronominal: "cuando nos quisimos acordar", o "cuando quisimos    acordarnos". Se prefiere la forma enclítica para disminuir la reiteración con los "nos" que siguen.

3 Esta oración (totalmente correcta) es un buen ejemplo de cuándo no va coma antes de la conjunción:"No es una flor en un    florero y razonar ese conjunto como un par de sustantivos.". Aunque la "y" parece unir dos oraciones –caso en que debería    precederla una coma–, es una enumeración que une "una flor en un florero" y "razonar ese conjunto..."

4 Por el contrario, va una coma antes de "y" en: "Hay otra realidad detrás de esa semántica y ni la flor ni el florero son lo que dicen ser", porque en este caso la conjunción une dos oraciones.

5 "en el momento que llegaban los chusmas de siempre" Debe ir otra preposición "en": "en el momento en que llegaban..."

6 La frase textual debe ir entre comillas: Creo que dije algo tan vulgar como esto: "ya llegan los fanáticos del espanto".

7 "Recordé que el amor distrae, como dice Bunbury". Esta mención puede resultar extraña al lector. Para aclarar su sentido y    mantenerlo con el paso del tiempo, se agregó: "en una de sus canciones".

8 y 9 Acento en "cómo" y en "cuántas".

10 "así de fácil": esta expresión coloquial vulgar se reemplazó con "tan facilmente".

11 La frase textual se anuncia con dos puntos y va entre comillas: Ella como una desdicha, como algo accidental, como: "así se      dieron las cosas, por algo fue".

12 "Es como que terminó de entender": esta expresión coloquial vulgar se reemplazó con: "Como si terminara      de entender".

13 "para mi": lleva acento porque es el pronombre "mí".

14 Coma para delimitar el inciso: "para otros un cuerpo atropellado, y para ella..."

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Comentario

   Aunque usted afirma que le hace "un poco de ruido", su cuento está muy bien logrado y no requiere ser reescrito, salvo como mera ejercitación de su parte.

   Tanto los detalles de la escena como las ideas que se suscitan en el narrador están bien elegidos y descriptos.

   El contenido ofrece desde el principio claves sutiles: "como si la unión de ese par fuera algo imposible"; "como guiados por algún voyeur funesto", que contribuyen a la consistencia del relato sin debilitar el efecto de su conclusión.

   Del mismo modo, el enunciado: "diciendo que ni ella ni yo somos en ese momento lo que realmente somos. Menos aún ella" puede pasar desapercibido como un comentario más, pero continúa desarrollando eficazmente el discurso lógico que subyace en la mente del protagonista.

   El final da un cierre adecuado a los diversos significados propuestos: el nivel superficial de lo que acontece, el nivel más profundo de reflexión psicológica, y el nivel de lo sobrenatural o fantástico, que otorga particular significación a todo el relato. 

   Creo que este cuento está en condiciones de ser publicado con éxito en una revista o en el suplemento literario de un diario.

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De: Conrado De Lucia
Enviado: Jueves 11 de Febrero de 2010  18:22
Querido Germán:
Acabo de subir al sitio su cuento, por el que lo quiero felicitar.
Espero que vuelva a escribirme con sus comentarios, o indicándome errores que haya encontrado en la página.
T
ambién me gustaría que me contara cuáles son sus actividades actuales.
Lo saludo afectuosamente.
Conrado

De: Germán Lucas Passerini
Enviado: Sábado 13 de Febrero de 2010  00:02

Estimado Conrado De Lucia:
Quería agradecerle enormemente el trabajo que ha hecho con mi texto y la pronta respuesta sobre el mismo. La página está muy bien, y no creo que le encuentre yo algún defecto que merezca corregirse.

Las correciones me parecen perfectísimas, y le cuento que una vez envié a un corrector literario un cuento que quería mandar a un concurso internacional. Me pareció que la magnitud del concurso me obligaba a enviar el cuento a un especialista. Lo cierto es que el texto que me devolvieron no era el mío. Cuando lo leí corregido encontré ciertos vestigios o ideas que yo había escrito, pero el texto parecía de otra persona.

Voy a lo siguiente: debe ser muy difícil corregir un trabajo respetando el trazo, el pulso narrativo del autor, por más "amateur" que este sea. En todas las correcciones del taller usted respeta al autor, y eso es por demás valorable.

Lo que yo hago no tiene nada que ver con las letras. Trabajo en un taller dedicado a la herrería, soldadura en general. He hecho algún que otro taller de escritura más que nada para relacionarme con gente que también escribe, porque si no existe un punto de referencia uno no sabe dónde está parado, si lo que escribe se puede mostrar o debe esconderlo donde nadie lo vea. Algo así.

Bueno, nuevamente gracias por su corrección y su página.
Un abrazo.
Germán Lucas Passerini

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