Consideraciones sobre teoría poética

   Los comentarios y correcciones que aparecen en el taller literario de "Terapia Tanguera" se refieren generalmente a la forma del texto: puntuación, sintaxis, a veces también ortografía. Puede ser oportuno hacer ahora algunas consideraciones sobre los rasgos –ya no formales, sino de contenido– que diferencian a un poema de una prosa.

   Los textos en prosa tratan de comunicar ordenada y claramente una serie de ideas, o de narrar un suceso, describir personas, lugares, objetos o situaciones. En suma, se proponen expresar eficazmente un contenido, y su intención puede ser tanto literaria –la de producir una obra artística–, como totalmente utilitaria –la de formular un contrato comercial–.

   Por el contrario, la poesía tiene siempre una finalidad estética –es obvio que no se esciben contratos en verso–, y en todo poema bien logrado es mucho mayor el sentido que se sugiere que lo que las palabras dicen. Los tropos –figuras retóricas– más frecuentes: las metáforas, las imágenes, incluso las de apariencia inconexa, aluden a una realidad que ha sido compuesta a partir de los elementos multiformes del mundo en que vivimos, recreados por la imaginación del poeta, e inducen al lector a evocar y recrear sus propias percepciones y experiencias.

   El arte poético requiere, sin embargo, que al utilizar las palabras atribuyéndoles significados originales, y al relacionarlas entre sí de manera desacostumbrada, no se caiga en una mera yuxtaposición de términos –un collage–, y se logre en cambio iluminar de determinada manera –la que el autor ha reconocido con su intuición artística como la más acertada para su propósito– un aspecto de la realidad al que intenta des-cubrir de un modo nuevo y original.

   En un texto en prosa de tipo utilitario no se esperan rasgos originales, sino determinadas cláusulas que la costumbre ha consagrado como las más adecuadas para alcanzar su propósito, ya sea el de comunicar datos o hechos, establecer normas o explicar un procedimiento. En el contenido puede haber novedad, pero la forma resulta hasta cierto punto previsible, y un giro novedoso puede llegar a ser considerado como totalmente fuera de lugar.

   Por el contrario, el texto en prosa compuesto con intención artística –desde un cuento de pocas líneas hasta una novela de centenares de páginas– ofrece al autor una total libertad formal, con los únicos requisitos de utilizar el léxico general del idioma, y de permanecer dentro de los cánones de su sintaxis. (En realidad, tampoco esta restricción es absoluta. Un ejemplo conocido es el glíglico utilizado por Cortázar en Rayuela.).

   El texto poético tiene, obviamente, una intención estética, es decir, pretende hace partícipe al lector de un modo original de percibir la realidad. Cuando el poema carece de esta condición de novedad, su finalidad se desluce y hasta llega a desaparecer completamente, como ocurre con las producciones meramente medidas y rimadas de tantos versos tan previsibles como olvidables. Un ejemplo lo constituye el "arte" trivial de los así llamados repentistas.

   El poeta escribe arbitrariamente sólo en apariencia. En realidad lo hace bajo la firme guía de un propósito que a veces tan sólo intuye, pero que reconoce cuando, así sea en el fugaz instante de un verso bien logrado, consigue alcanzarlo. Juan Gelman lo ha expresado con gran acierto: "¡Quién pudiera agarrarte por la cola, magiafantasmanieblapoesía...!" .

   Ningún otro iguala la consistencia que permite alcanzar el poema. En tanto que actividad demiúrgica, intermedia entre la creación de Dios y los quehaceres cotidianos de los hombres, no existe algo más real que la poesía. Podemos caracterizar al poema como el producto más cercano a la creación ex nihilo (desde la nada) hecha por Dios, y también el más alejado de los productos utilitarios con los que el hombre satisface sus necesidades cotidianas. En ese sentido se ha afirmado: "No hay nada más inútil que la poesía".

   Así como el agricultor y el artesano actúan como intermediarios entre lo creado por Dios y lo requerido por el hombre para su subsistencia, también el poeta es un intermediario, un artesano que pone en comunicación lo divino con lo humano mediante un puente construido con palabras. El poeta es un verdadero pontífice (pons, pontis: puente;  facio, fecis: hacer), un hacedor de puentes entre lo celestial y lo terreno.

   Un poema no es una mera descripción de situaciones o circunstancias individuales que el autor ha conocido o vivido, sino que el hecho de referirse a ellas debe tener por objeto despertar en el ánimo del lector un eco que surja a partir de sus propias intuiciones y vivencias personales. Este es el sentido de la máxima "Pinta tu aldea y serás universal": Cuando se describe lo propio, aun lo íntimo, con colores y matices acertados, todo lector se sentirá aludido, interpretado, y se adueñará del poema como de algo profundamente suyo.

   Es algo semejante a lo que sucede en El Principito de Saint Exupéry cuando éste se encuentra con la rosa: El término que emplea el autor, aprivoissement, significa "convertirla en algo propio" –domesticarla, según la poco afortunada traducción usual–.

    La adhesión emotiva y afectiva que nos despierta el poeta a través de su obra es la actitud de agradecimiento con la que los lectores retribuimos su gesto gratuito de ofrecer un aporte para entender un poco más sobre la realidad e incluso sobre nosotros mismos.

   Otra misterioso y sorprendente efecto del poema es que ciertos términos en apariencia mal empleados, a los que el autor ha atribuido significados y connotaciones desusadas, no sólo no confunden al lector sino que por el contrario se constituyen en vehículo eficaz para introducirlo en el clima anímico que el poeta propone.

   Por cierto que un buen lector de poemas es aquél que sabe eliminar de su ánimo toda prevención, todo prejuicio, para adentrarse con cierta ingenuidad en lo que se le ofrece, para ingresar el nuevo ámbito que el poeta le invita a conocer. Antonio Machado ha descripto magistralmente la aceptación confiada de la guía de su propia musa:

                                      LXIV
                      Desde el umbral de un sueño me llamaron...
                   Era la buena voz, la voz querida. 

                  –Dime, ¿vendrás conmigo a ver el alma?...
                   Llegó a mi corazón una caricia.
                       –Contigo siempre... –y avancé en mi sueño
                   por una larga, escueta galería,
                   sintiendo el roce de la veste pura
                   y el palpitar suave de la mano amiga.

   Esa mágica interpelación se asemeja a la que el autor dirige a cada lector de sus poemas. La fuerza sutil, y a la vez imponente, de la poesía de Machado radica en esa capacidad de "tomarnos de la mano", de conducirnos a través de su propio mundo para mostrarnos una nueva manera de percibirlo. Dócilmente lo seguimos, aun en ese crepúsculo en el que se percibe con un estremecimiento de frío y de soledad la presencia cercana de la Muerte:

                                 LIV                  
                            LOS SUEÑOS MALOS
              
                            Está la plaza sombría;
                        muere el día. 
                        Suenan lejos las campanas.
                            De balcones y ventanas
                        se iluminan las vidrieras,
                        con reflejos mortecinos,
                        como huesos blanquecinos
                        y borrosas calaveras.
                            En toda la tarde brilla
                        una luz de pesadilla.
                        Está el sol en el ocaso.
                        Suena el eco de mi paso.
                           –¿Eres tú? Ya te esperaba...
                       –No eres tú a quien yo buscaba. 

   Y también nos hacer partícipes del drama, cuando aceptamos su invitación a conocer los pormenores de una historia de codicia y de crimen, como la que narra en su romance "La tierra de Alvargonzález".  Machado escribió además como "cuento-leyenda" una versión en prosa de este poema, que publicó en la revista francesa Mundial en 1912.

   Resulta significativo que dedicara este romance a Juan Ramón Jiménez, de cuyo Platero y yo se ha dicho, con toda razón, que constituye cabalmente una prosa poética. Este es un ejemplo de que lo poético no exige necesariamente métrica y rima, sino solamente que produzca de un modo original y propio cierto des-ocultamiento de la realidad, enmarcado por el ritmo que el autor ha sabido conferirle para acompasar su lectura y hacerla melodiosa y agradable al espíritu.

                                                                                                                                Conrado De Lucia

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