De: Armando Varano (San Carlos de Bariloche, Pcia. Río Negro)
Enviado: 10 de octubre de 2011

   Envío un corto texto sobre el que, más que una corrección sintáctica, agradecería el juicio de valor acerca de si es correcta la correlación que hago entre el presupuesto inicial de cada oración  y su conclusión final.

 

                Por eso

Porque te avergüenza  tu vanidad, lograrás la humildad.

Porque lloras tu avaricia, brotará tu generosidad.

Porque te espanta  tu agresividad, llegarás a dar consuelo.

Porque te estremece la música, se endulzará tu decir.

Porque destellan en tus ojos los colores de un cuadro, desaparecerá el gris de tus dudas.

Porque tiemblan tus labios desgranando los versos de un poema, te acercarás a la verdad de lo real.

Porque te duele el desamor, estás destinado a amar.

Porque descubriste tu pequeñez, eres grande.

                                                                                  Armando Varano

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Comentario:

  En lo que se refiere a la corrección sintáctica, no se requiere el menor cambio.

  Conceptualmente, la correlación entre antecedente y consecuente de cada oración no sólo es adecuada, sino que en ella encuentro lo más original y creativo del texto.

  Cada enunciado se resuelve naturalmente en su conclusión, sin ninguna imagen que pueda resultar estridente, “traída de los cabellos”, como sucede a menudo en la que suelo llamar “literatura de poster”.

  Solamente he encontrado una oración cuya conclusión podría precisarse mejor: “te acercarás a lo real de la verdad”.
Propongo considerar dos variantes:

  “Porque tiemblan tus labios desgranando los versos de un poema, te acercarás a la verdad de lo real.”

  O, simplemente:
  “Porque tiemblan tus labios desgranando los versos de un poema, te acercarás a la verdad”.

  Sucede que “lo real de la verdad”, puede interpretarse como que la verdad tiene aspectos reales y otros que sólo lo parecen, o directamente que no lo son.

  Por definición, verdad es la afirmación de lo que cada cosa es, la adecuación del intelecto con la realidad presente en cada cosa percibida. Así lo enunció Aristóteles.

  Dicho de otro modo, lo que la cosa es no depende de nuestro intelecto, sino que es nuestro intelecto el que debe tratar de reconocer la naturaleza de cada cosa, y adecuarse a ella para poder acercarse a la verdad de lo real o, simplemente, acercarse a la verdad.

  Por cierto que también puede interpretarse que acercarse a lo real de la verdad equivale a la afirmación peroniana: “la única verdad es la realidad”, pero este aserto da por sobreentendido que la única verdad es el conocimiento de lo que la realidad es. 

  Las afirmaciones que anteceden se refieren a la verdad lógica, la verdad considerada en su dimensión de pensamiento correcto.

  Existen otras maneras de considerar la verdad. La de contenido más valioso, porque atañe a nuestro propio devenir como seres históricos, es la verdad existencial, que es mucho más amplia que la adecuación lógica del intelecto con la realidad.

  Como lo propuso Antoine de Saint-Exupéry, la verdad existencial implica asumir dos tareas: la primera es hacer que una cosa sea verdadera constituyéndola en algo propio, doméstico, entrañable, íntimo: él lo llamó apprivoisment –lamentablemente traducido como "domesticación": la rosa sería "domesticada" como si fuera una especie de una mascota–.

  La segunda tarea, complementaria de esa íntima apropiación, es el engagement, el compromiso de la propia existencia con esa verdad descubierta y asumida.

  Ambas propuestas se perciben como trasfondo este texto, que me complace publicar en el Taller Literario.

  Se trata de un augurio formulado desde la sabiduría, una propuesta para que alguien alcance la plenitud de sus posibilidades humanas de desarrollo, y también una guía para que, teniéndola presente, pueda orientarse en aspectos fundamentales de la vida.

  Me viene a la memoria un poema que un joven estudiante escribió hace más de cuatro décadas. Su intuición de poeta –con los años mostró que lo era– lo motivó a escribir esa propuesta que, sin mediar palabra, entregó a un compañero suyo a quien apenas conocía.                

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